En una cafetería céntrica, la susurradora se sienta junto a la ventana. Ha dejado el casco sobre la silla. Con la mirada perdida, sus pensamientos atraviesan el cristal. Sueña. La susurradora también sueña. Imagina que está en uno de esos cafés donde hace casi un siglo se reunían intelectuales, artistas, políticos, corresponsales de guerra. Un lugar donde los ideales manaban de las conversaciones, se respiraban junto al humo de los cigarrillos, se adivinaban en los ojos ajenos. Un lugar como el café Ideal Room.
Pero el Ideal Room ya no existe, ni España abandera la República.
Hoy el partido votado mayoritariamente por el pueblo es levadura para la corrupción. Y cada vez le votan más.
Hoy la alternativa al asco, los que históricamente han defendido los ideales perdidos, los encargados de proteger a los ciudadanos de a pié de las tropelías de un gobierno tirano e irresponsable, agonizan en medio de luchas intestinas.
También hay otro grupo al que muchos ojos observan entre la esperanza y la sospecha.
Y de los del medio no se fía casi nadie.
La mujer pelirroja se lleva la taza a los labios y sueña con el regreso de la ilusión perdida, de la fe en que las cosas van a funcionar; imagina que la vorágine que nos circunda no es más que la transición a una madurez cercana que va a permitir que todo fluya, es la fiebre que precede a la curación, el caos preciso para construir un presente digno y un futuro rayano en lo idílico.
Y su deseo se convierte en susurro y el susurro en alquimia, en ese hálito mágico que transforma la realidad.
Confiemos. Aunque cueste.
Sin disculpa (Valencia)


