Archivo de la etiqueta: Ángel Gálvez

ALLÍ DONDE MUEREN LAS PARALELAS

Las paralelas viven un amor imposible,

anhelando un punto en común

que la equidistancia impide.

Dotadas de ojos, carentes de manos,

tan cerca

y a la vez tan lejos.

 

La contemplación de un amor platónico

es un sucedáneo que durante el día

les resulta útil. Aunque no suplirá al tacto

que a las paralelas

roban, en el plano, las rectas secantes.

 

En el lecho sueñan

que se atraviesan sus trazos

por ese punto infinito que brinda la noche.

Y dormidas, buscando un instante de clímax,

un parto de ángulos, acaban doblándose.

 

En los cruces y en las curvas

del noctámbulo camino de sus líneas,

encuentran el amor al tiempo que mueren

todas las rectas paralelas.

Ángel Gálvez

DUELO

A esos dos hombres les separaban unos cuantos metros. Sus miradas se cruzaron un instante y acto seguido el más alto extendió las manos al tiempo que su cuerpo se agitaba nervioso de lado a lado sin apenas desplazarse. El otro se dispuso a fusilar, con frialdad extrema, al enemigo de aquel día. Sin más dilación disparó. Vio cómo su rival alzaba sus manos abiertas y caía hasta el suelo. El certero disparo le había entrado por la parte izquierda. Extendido en el suelo quedó quieto, parecía muerto. Entre leves lamentaciones, la multitud, enloquecida, gritaba ¡gol, gol, gol!…

Ángel Gálvez 

PITÁGORAS

Quería calcular la magnitud del alma

desconociendo la altura de la vida

y la fría extensión de sus sombras.

Una noche soñó su muerte,

recorrió este lado terreno, exiguo,

que forma un ángulo recto con otro lado mayor,

en el confín del aire. Observó desde el vérticepitagoras

cómo arraiga el esqueje de un nuevo horizonte

que cuadra y suma los dos lados. Y en su raíz

halló el tiempo que no vemos -el techo del alma-,

la hipotenusa de un silencio sin alimento,

el lado que cierra un universo triangular

que despierta en la armonía de los números.

Obediente en la mañana

esa inmortalidad que siempre defendió,

volvió con el teorema en su mente,

y pudo dibujar el plano de una casa.

Y en un sueño de eternidad,

con tierra de la isla de Samos, aire y fuego de

[Crotona

y lágrimas del mar Egeo, forjó entre el azul y el

[averno

esa casa que luce un pentágono estrellado en su

[fachada

donde el alma

ávida de una cárcel carnal que la encierre

entre sus transmigraciones duerme.

Donde el alma viene y va hasta que redimida

en una greca del tiempo desaparece.

Con este poema, no obstante:

ni la geometría muere, ni el escepticismo sueña.

 

DIFERENCIAS

Cargaban toda la compra en el maletero del coche junto al que Rebeca estaba sentada. Era viernes y avanzaba la tarde de aquella alegre familia hacia el fin de semana. Ella, en cambio, sonreía sin saber distinguir este día de cualquier otro. Dio un bocado de cuatro años al trozo de pan que mantenía firme con una mano mientras con la otra dirigía, hasta los ojos de los transeúntes, aquel cartel con la parte más amable de su biografía.

             Ángel Gálvez

LA SOMBRA DEL TIEMPO

             Parece que fue ayer y son unas cuantas décadas ya las que me visten. Apenas un guiño inapreciable de ese inmenso reloj que desde siempre cuenta y guarda para él los días, las horas, los minutos, cada segundo de vida que se le pone por delante. No obstante, soy sencillamente ese tiempo. Una existencia más, cercada por esa magnitud que nos devora.

            De brazo en brazo, de tropezón en tropezón y vestido de marinero ridículo en el día de la primera comunión, en un barco no elegido por nadie y cuyo azaroso destino rompe todas las leyes de la probabilidad. Siniestra carretera de un solo sentido en cuya cuneta dejé un acné juvenil mezclado con amores de plástico que se derritieron con el calor de los primeros cigarros furtivos y un montón de primeras experiencias. Domingos de fútbol con solo veinte duros en el bolsillo. Alegrías y tristezas cogidas de la mano, abrazos, risas y, cómo no, lágrimas. Tardes ya arrugadas que en un último intento de gallardía terminaban entre unas cervezas y las resbaladizas servilletas de aquellos bares de barrio. Un pueblo tan pequeño que me hizo creer en algún momento más maduro de lo que realmente era. Una calle perdida en una ciudad demasiado grande para encontrarte a ti mismo. Y dudas, muchas dudas.

            Las saetas de cada momento comunicaban inexorablemente su fin, una y otra vez, indicando que cada instante es vida, mejor o peor pero vida. No se sabe cuánta cuerda tiene ese reloj y, peor aún, no existe certeza alguna de que funcione correctamente. ¿Cambiaría todo si supiésemos cuándo se detendrá para siempre? ¡Cuántas veces nos gustaría parar momentáneamente o ralentizar ese reloj! Poder recrearnos en aquello que más nos gusta y respirar un aire limpio de verdad. Que el lunes fuese domingo y los festivos tristes se transformaran en felices días de sol.

            Conducimos un vehículo que debe circular permanentemente, con un combustible limitado y además tiene averiada la aguja del carburante. En ocasiones me gustaría poder detenerlo y bajar a estirar las piernas. Sencillamente, ocultarme del tiempo, esperar a que este se diera la vuelta para coger mi parte, y así dibujar cada escena cuando yo desease. Pero esto es imposible… por mucho que intentes atraparlo, el tiempo pasa y, cuando quieres cogerlo, tan solo encuentras su sombra.

Ángel Gálvez

GEOGRAFÍA DE NUESTRA MEMORIA

Existe un territorio eterno cuya geografía, en ocasiones abrupta, tiene unas fronteras que nuestros sentimientos atraviesan. Corretean, cogidos de la mano, miedos y alegrías pasados. Al adentrarnos en él, convergemos hacia nosotros mismos. Nuestra naturaleza selectiva convertida en recuerdo, es el vehículo que nos transportará allí. Podremos luchar contra ese enemigo que encarcela y quiere al final ejecutar todas nuestras vivencias: el tiempo.

Sus regiones presentan una amalgama de colores que ni la razón puede a veces interpretar. Se viaja sin equipaje, pues este, está todo allí. Una vez en ese lugar la sangre transporta cada instante vivido en el pasado a nuestro corazón. Después se guarda para volver de nuevo a nosotros en ulteriores visitas. Un olor, un lugar… cualquier resorte físico o anímico serán el único salvoconducto de entrada en este intemporal territorio. Despiertos, dormidos, da igual. Los paisajes que aquí dibuja nuestro interior, generan un universo único y libre. Exprimimos en este viaje la naranja por segunda, tercera o por enésima vez. La vista de unas huellas que, aunque desdibujadas por el paso de la vida, nos indican un camino trazado por aciertos y fracasos, por luces y por sombras, por amores y desengaños. También nos enseñan escenas de vidas todavía por completar y de muchas caídas al otro lado.

¿Quién no ha saboreado el néctar en ocasiones agridulce de esas tierras? Una mezcla de disfrute, añoranza, sufrimiento y deseo de olvido que unas veces dibujan la expresión y otras nos la borran. No obstante, coexistiendo en dicho territorio, encontramos de todo.

En mi caso es la comarca de Los Serranos la que ocupa una parcela en esta demarcación. Un mismo término para territorios superpuestos (pasado y presente). Habitaron sus gentes de antaño una zona castigada en muchas ocasiones por la pobreza y el duro trabajo, pero encontraremos amplios vergeles en unos corazones humildes que enterraron sus esperanzas entre el frío y los montes. Tierra de azadas que abrieron y todavía abren la tierra encontrando balas que cerraron tantas vidas.

Visité en un viaje ese lugar. Estuve en una zona de esa geografía de la memoria. Los que ya no están nos legaron la mayor parte del guión, también es cierto que nos dejaron muchas escenas por completar. Cada momento, cada nimio acto que llevamos a cabo, es un poco de ellos. La memoria de nuestra comarca no tiene que habitar en una región de sombras escondidas, tampoco la comarca que ahora tenemos debe quedar dormida en la noche. Debemos presentarle a diario el sol que juega entre los almendros y más tarde se esconde tras los pinos, se lo debemos a nuestra esencia, así lo demandan los que nos precedieron. Para que sigan entre nosotros, para que ocupen aquellos y estos parajes que son los mismos, debemos seguir viajando a dicho territorio.

En un pequeño libro, De cero a infinito, cuento lo que para mí fue ese viaje. Visito una zona del mismo (mi pueblo) que reencuentro en la década de los setenta. Contemplo escenas que no siempre se corresponden con el momento presente del viaje y me acerco a los míos, a mi origen, en resumen a mí. Mi visión “anacrónica” es un traductor interno de emociones que en ocasiones no tan sólo juega con el tiempo sino también con mis sentimientos.           No todo es blanco o negro en esta zona que se viste de amarillo cuando el sol se duerme en la sierra; amarillo de luz tardía y huidiza de tormentas que el transformador no soportaba. Son tierras regadas con el sudor de los nuestros, a veces con sangre, donde corriendo cabras y jabalíes dibujaron los montes con pinos, carrascas y aliagas. Cuántos ratos compartidos junto al hogar cuando la televisión aquí era cine. Territorio de miserias que andaban sobre espartos, de zurrones y frías mañanas de olivas, de mulos que de humildes cuadras pasaban a las mesas pudientes. Por estas calles anduve buscándome con aquellos que conocí o que ni siquiera pude conocer. En este ir y venir me crucé con jóvenes de décadas ya perdidas en el tiempo, abrí puertas de madera con anillos de tantos estíos pasados, me calenté con un sol lejano que en la serranía parece enfriarse más de la cuenta en el invierno de nuestros corazones.

Los recuerdos me guiaban sin un orden cronológico. Les seguí en todo momento, respeté dicho orden como ellos respetaron esa innata búsqueda hacia mí mismo.

Si escuchamos a los recuerdos que se nos presentan y les prestamos la debida atención nos adentraremos allí donde late más fuerte nuestro corazón… Cuando descubramos esta geografía interior pasaremos, en un instante, de cero a infinito.

Ángel Gálvez.

Un par de poemas cortos

NOCAUT

Aunque el mundo

se me cae fuera del mundo,

cada cual continúa en su silla.

Y siento penetrar en mi pecho

el frío suelo de este ring.

 

NIÑOS  MAYORES

A mis padres, a todos los enfermos

                                    de Alzheimer y a sus cuidadores

Por el cielo menos azul del día

atraviesan, como si fueran pájaros,

las horas añoradas de la infancia.

Y entonces –en el mismo firmamento–,

de esa luz indeleble del pasado,

nace un ocaso nuevo que distingue

miradas de niño en ojos ancianos.

 

                                                Ángel Gálvez

LA VERDADERA HISTORIA DE MI CUERPO

LA VERDADERA HISTORIA...

Tendría unos catorce años, cuando, un día, al salir de la ducha, abrí el mueble-espejo del baño para procurarme una tirita que protegiese la pequeña rozadura que llevaba bajo el tobillo derecho. Advertí que, maniobrando con las puertas laterales de aquel mueble, se obtenía una perspectiva de mi cara desconocida hasta el momento. Mientras recordaba que a mi padre le servían, durante el afeitado, para dejar sus patillas lo más igualadas posible, contemplé una nariz desconocida, unas orejas muy grandes, una frente amplia y curvada y un pelo repleto de remolinos. Para tener la certeza de que aquel realmente era yo, realicé una serie de muecas cuyo reflejo confirmó mis temores.

            Pensando que aquellos espejos tuviesen algún defecto, busqué otros que me sosegaran. Entonces encontré, en el armario de la habitación de mis padres, un nuevo laboratorio; en la parte posterior de las puertas centrales, dos lunas permitían seguir observando más fallos de fábrica: piernas largas y desiguales, abdomen abultado en exceso, una chepa tremenda y una serie interminable de desproporciones que remataban una asimetría casi “perfecta”.

            No sólo me asustaba verme en los espejos de casa; no soportaba los de ascensores, escaparates, ni siquiera estar delante de cualquier superficie que pudiese devolver vagamente mi imagen. Mi inseguridad aumentaba con los días.

            Pasado un tiempo, me convencí de que aquella perspectiva tampoco era la buena; quería saber cómo me percibían los demás. En este intento de continuar investigando, un fotomatón cercano a mi casa se convirtió en mi aliado. Allí dejaba toda la asignación semanal en fotos frontales, de perfil, y, cómo no, en otras donde ensayaba posturas que disimulasen, en la medida de lo posible, cada uno de los innumerables defectos de mi cuerpo, procurando siempre que, durante el proceso de secado de las fotos, nadie de los que hacía cola para usar la máquina pudiera verlas.

Ahora, después de muchos años, tengo cámaras de vídeo instaladas por la casa que recogen imágenes mías desde todos los ángulos posibles, y que más tarde examino; las paredes y el techo están cubiertos de espejos, y pronto una empresa de Barcelona hará lo mismo con el suelo. Así, le hago frente al problema y, al tiempo, descubro en mí nuevas deformidades. Me encuentro mucho mejor y casi he olvidado la época de visitas continuas a psicólogos y psiquiatras. Pronto, muy pronto, mi cabeza terminará por conocer cada una de mis imperfecciones y todo se solucionará: ya tengo localizado al cirujano plástico más célebre del país… Después, se acabarán de una vez los odiosos barracones de feria. Cambiaré de ciudad y, allí, nadie sabrá la verdadera historia de mi cuerpo.

  Ángel Gálvez

Dibujo de Juan Díaz