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DE FACEBOOK AL CIELO:A PESAR DE SER ASIDUA DE TU RED, NUNCA SERÉ UNA CHICA POSTMODERNA.

Partiendo de que toda literatura se escribe desde algún punto en que se mira a la realidad, existiría una literatura postal, que se asienta en unos principios éticos sociales, externos, que distingue el bien del mal por convencionalismo, por unas normas establecidas desde fuera, una literatura apta para borregos. Vacía, buenista, estupidista, literatura del coma. Léase Coelho o cualquier best seller con menos profundidad que un charco en el desierto. Literatura ciertamente conservadora.

En una segunda fase, superando esa moral convencional llena de clichés, estaría la literatura postmoderna, en la que todo vale, o nada vale, la que pretende entender al asesino, al corrupto, al cobarde, al maltratador, al héroe, la que pretende que en el fondo da lo mismo ser español que de Arizona, ser obrero que capitalista. Deslocalizada, en cierta manera transgresora pero que en el fondo no transgrede demasiado porque no pasa del egocentrismo del autor, aparentemente progresista pero que no progresa porque no transforma nada. Literatura que se sabe mejor porque ha superado las normas sociales borreguiles, pero que aún no ha encontrado un anclaje ético. Móvil, borrosa, difusa, entra bien porque vende un producto novedoso y deslumbrante en apariencia, muy avanzado, muy postmoderno, pero inmaduro y poco profundo. Literatura esteticista. Léase muchos nocillistas y postmodernos varios.

 

Y luego estaría una literatura que supera esa moral social, que supera esa aparente falta de moral postmoderna, la que entiende al asesino, al maltratador, al cobarde, al héroe pero da un pasito más allá y se posiciona, sí, se posiciona, aunque sea junto al asesino, al maltratador o al cobarde.

La que se moja, en definitiva, la que derriba convenciones, la que viaja de una cabeza a otra, para finalmente retornar a la propia y tomar posición. Sí, tomar posición. La literatura verdaderamente valiente, de la que uno sale transformado de sus páginas, la más evolucionada.

Si Plath decía que un escritor es alguien a quien le das un mueble y te hace un árbol, una literatura que no produce crucifijos u objetos de diseño sino árboles. Que conecta con el origen.

Bárbara Blasco (Valencia)

DE FACEBOOK A LA ETERNIDAD : Querido Stalin

Querido Stalin, no voy a negar que me ha producido cierta sorpresa tu solicitud de amistad en el Face, aunque no tanta. No tanta. El tiempo le otorga un extraño color a las cosas, las pequeñas rencillas, las discrepancias ideológicas, los intentos de asesinato acaban diluyéndose en los litros y litros de años transcurridos, y se hace más denso ese poso de contemporaneidad que compartimos, esa coincidencia con peso específico en el espacio y el tiempo.

En fin, que tampoco quiero caer en la nostalgia, a mi edad.

Sí te diré que, puestos a morir, creo que es infinitamente más glamouroso morir asesinado, y a manos de un hombre guapo- Ramón lo era, español y guapo- , que en la cama, de algo tan vulgar como la hipertensión.

Ya vi que la posteridad, esa máquina etiquetadota, te ha colocado entre los más crueles dictadores de la historia, no sé qué opinas al respecto. La Wiki dice que en occidente eres visto como un tirano brutal pero en Rusia sigues teniendo cierto tirón. En un estudio realizado por la televisión estatal para determinar cuál era el personaje ruso más popular, salías en el puesto número tres. A tu edad y encabezando la lista de los 40 principales, no te quejarás.

Justamente hoy pensaba que el mundo no ha cambiado casi nada en este último medio siglo. Casi nada. Por fuera sí, los hombres ahora se depilan, las mujeres engendran hijos a distancia, sin necesidad de ser penetradas, la vida se ha convertido en una partida a tres bandas, en la que la bola roja es el Facebook, el twiter, el youtube o los blogs. Sin embargo, por dentro, la estructura del mundo apenas ha variado en todos estos años, quién nos lo iba a decir a nosotros, que vivimos todos los cambios posibles, que imaginamos todos los cambios posibles menos este, el no cambio.

No pienses que no he llegado a comprenderte. Tanto tiempo tumbado, dedicado a la pura contemplación, hace que uno comprenda hasta al carnicero de Rostov. Sé que ya no podías parar, que una vez empezaste con la poda, te quemaba en las manos la cizalla de la desconfianza, zas, zas, era ya una adicción, el enemigo te acechaba, zas, la iglesia, la burguesía, los diversionistas, zas, los ucranianos, tus propios compañeros de partido, zas, hasta dónde, zas. No me hubiera sorprendido que un día te cortaras una mano, por sospechar que firmaba acuerdos secretos a tus espaldas. Tantas sombras amenazándote- la barba de Lenin se dibujaba claramente en una de ellas- y ninguna tan grande como tu propia inseguridad.

Hace tiempo que he dejado de preguntarme qué hubiera sido de la historia si… hace tiempo que sé que tres puntos sólo significan tres finales seguidos, y que todo final es una ficción. Que la historia es lo suficientemente autónoma como para encontrar su propio camino, más allá de lo que le marquen los individualismos, por notables que sean. La historia es ese rodillo gigantesco que nos ablanda. Nos ablanda.

En fin, que por mí, el piolet de guerra está enterrado, sin rencores.

¿Siguen gustándote los retratos de hombres desnudos de aquellos artistas rusos de principios del XX? ¿Y la mermelada de pétalos de rosa? ¿Aún te subyugan las interpretaciones de Mariya Yúdina?

Si tienes página de fans, házmelo saber para que le dé al Me gusta.

Estamos en contacto,

Trotsky.

 

DE FACEBOOK A LA ETERNIDAD : Querido Stalin

Querido Stalin, no voy a negar que me ha producido cierta sorpresa tu solicitud de amistad en el Face, aunque no tanta. No tanta. El tiempo le otorga un extraño color a las cosas, las pequeñas rencillas, las discrepancias ideológicas, los intentos de asesinato acaban diluyéndose en los litros y litros de años transcurridos, y se hace más denso ese poso de contemporaneidad que compartimos, esa coincidencia con peso específico en el espacio y el tiempo.

En fin, que tampoco quiero caer en la nostalgia, a mi edad.

Sí te diré que, puestos a morir, creo que es infinitamente más glamouroso morir asesinado, y a manos de un hombre guapo- Ramón lo era, español y guapo- , que en la cama, de algo tan vulgar como la hipertensión.DE FACEBOOK A LA E.

Ya vi que la posteridad, esa máquina etiquetadota, te ha colocado entre los más crueles dictadores de la historia, no sé qué opinas al respecto. La Wiki dice que en occidente eres visto como un tirano brutal pero en Rusia sigues teniendo cierto tirón. En un estudio realizado por la televisión estatal para determinar cuál era el personaje ruso más popular, salías en el puesto número tres. A tu edad y encabezando la lista de los 40 principales, no te quejarás.

Justamente hoy pensaba que el mundo no ha cambiado casi nada en este último medio siglo. Casi nada. Por fuera sí, los hombres ahora se depilan, las mujeres engendran hijos a distancia, sin necesidad de ser penetradas, la vida se ha convertido en una partida a tres bandas, en la que la bola roja es el Facebook, el twiter, el youtube o los blogs. Sin embargo, por dentro, la estructura del mundo apenas ha variado en todos estos años, quién nos lo iba a decir a nosotros, que vivimos todos los cambios posibles, que imaginamos todos los cambios posibles menos este, el no cambio.

No pienses que no he llegado a comprenderte. Tanto tiempo tumbado, dedicado a la pura contemplación, hace que uno comprenda hasta al carnicero de Rostov. Sé que ya no podías parar, que una vez empezaste con la poda, te quemaba en las manos la cizalla de la desconfianza, zas, zas, era ya una adicción, el enemigo te acechaba, zas, la iglesia, la burguesía, los diversionistas, zas, los ucranianos, tus propios compañeros de partido, zas, hasta dónde, zas. No me hubiera sorprendido que un día te cortaras una mano, por sospechar que firmaba acuerdos secretos a tus espaldas. Tantas sombras amenazándote- la barba de Lenin se dibujaba claramente en una de ellas- y ninguna tan grande como tu propia inseguridad.

Hace tiempo que he dejado de preguntarme qué hubiera sido de la historia si… hace tiempo que sé que tres puntos sólo significan tres finales seguidos, y que todo final es una ficción. Que la historia es lo suficientemente autónoma como para encontrar su propio camino, más allá de lo que le marquen los individualismos, por notables que sean. La historia es ese rodillo gigantesco que nos ablanda. Nos ablanda.

En fin, que por mí, el piolet de guerra está enterrado, sin rencores.

¿Siguen gustándote los retratos de hombres desnudos de aquellos artistas rusos de principios del XX? ¿Y la mermelada de pétalos de rosa? ¿Aún te subyugan las interpretaciones de Mariya Yúdina?

Si tienes página de fans, házmelo saber para que le dé al Me gusta.

Estamos en contacto,

Trotsky.

Bárbara Blasco

 

Querido Facebook

El otro día fue el día de la mujer, como notarías por la profusión de mensajes, unos empalagosos y bienintencionados, otros acres y explosivos, en los muros de tus calles. Pero yo me pregunto: si el año tiene 365 días, y este mundo sólo dos sexos, ¿los 364 días restantes son el día del hombre?

Dos sexos siempre se me han antojado escasos, a decir verdad, debería existir al menos un tercer sexo en discordia que imprimiera un poco emoción a esa apuesta tan sosa de niño o niña, un tercer sexo que nos salvara de esta pobreza evolutiva, un tercer sexo que animara el cotarro. Que la vida no es blanco o negro ya lo sabemos desde la irrupción del Technicolor, que entre el hombre-hombre y la mujer-mujer, sin saber bien qué es ninguna de esas dos cosas, existen matices es algo tan evidente como que entre Madrid y Barcelona existen cientos de pueblos donde se hace posible la vida a diario.

Hablando de ciencia ficción y de feminismo, quería aprovechar para contarte la historia

de Lana Wachowski, que dirigió la espléndida película Matrix junto a su hermano, y a la que en 2012 la Human Rights Company le concedió el premio a la visibilidad.

Lana arrancó su discurso de agradecimiento reproduciendo la charla que había mantenido con su peluquero esa misma mañana.

– Nene, que me dan un premio,

– Anda, ¿y por qué?

– Pues no lo sé muy bien, por ser yo misma, creo.

– Bueno, te lo mereces, exclamó el peluquero tras extender la última pincelada de tinte rosa sobre sus rastas. Seguramente seas la mejor siendo tú misma.

Lana, que nació Larry Wachowski, y que en los últimos años fue deslizándose por el lado salvaje de la feminidad, contestó:

– Ya, bueno, tampoco es que hubiera mucha competencia…

– Eso es cierto, respondió el peluquero. Pero imagina que le hubieran dado a otra persona el premio a ser tú. Menudo drama.

Cuando se estrenó Matrix, Lana era Larry, y los flashes lo cegaron de tal forma que pensó que aquello era lo más parecido al infierno que podía imaginar, y sus trabajos dan fe de lo hondo que puede imaginar. Declaró que perder el anonimato- algo que sólo se pierde una vez, como la virginidad- era a todas luces traumático. Y se negó a dar más ruedas de prensa, a comparecer ante ningún medio, decidido con encono a ser invisible. También inició su cambio de aspecto físico, aunque siguió casada con la misma mujer de siempre. Años después, paradójicamente, a Lana le dieron el premio a la visibilidad. Por ser ella misma siendo invisible. Por ser mujer siendo hombre. Por ser sin más.

Bárbara Blasco

La política, un problema lingüístico

Lo mío con la política es un problema básicamente lingüístico. No puedo debatir sobre el fondo del discurso de algunos políticos porque tendría que pararme antes a cuestionar el significado de cada término empleado, y unos años después, tal vez empezar a discutir en serio el asunto.

Me sucede lo mismo que con la trampa-pregunta ¿tú crees en Dios?  Me quedo pillada. Pero… ¿qué cosa es Dios? Su definición nos llevaría una vida entera, su definición es una carrera de filosofía más un máster en existencialismo. Líbreme Dios de acotar a Dios, líbreme Dios de encarcelarlo.

Del mismo modo, impugnaría toda afirmación política que dé por sentadas definiciones que ellos mismos se han sacado de la manga.

Sufro de incompatibilidad léxica con muchos políticos, y quedo sumida en una perpleja irritación cuando veo que sus delirantes definiciones son asimiladas por otros partidos, por la prensa, por gran parte de la sociedad, por personas inteligentes incluso.

El populismo por ejemplo. Hoy todo es populismo,  En ese saco cabe gente tan dispar  como Nicolás Maduro, Bernie Sanders, Donald Trump, Pablo Iglesias, Marine Le Pen o Nigel Farage. ¿No se nos está yendo de las manos esto del populismo? El otro día en un patio de colegio oí que un niño le decía a otro, devuelve el balón, populista de mierda.

No importa que algunos a los que se acusa de populistas sean precisamente los que se esfuerzan por elevar intelectualmente el discurso  y desmarcarse de los que tratan al votante como a un deficiente mental. Por lo visto, populismo es cuando el pueblo vota equivocadamente a todo lo que no soy yo.

Radical, según estos improvisados académicos de la lengua, es quien intenta conservar un sistema , una seguridad social, una educación pública, una sanidad universal, unos derechos laborales y no quien pretende hacerlos saltar por los aires, quien se empeña en dinamitar el estado del bienestar  mediante el saqueo y la venta del país a amiguetes.

Y es que el estado del bienestar es ese solecito que te pega en la barriga cuando surcas el mar con tu yate, esa agradable brisa que refresca lo suficiente pero no llega a apagar el puro.

Una persona respetable es quien roba según un estricto código de honor que dicta que si subes tienes la obligación moral de robar a los de abajo, que para eso eres español. Queda así estipulado que las mismas ventosas usadas para trepar hay que hacerlas servir para que los billetes queden adheridos a ellas, dinero público se entiende, aquel que parece del Monopoly cuando se adhiere y de curso legal cuando se despega.

Y el nacionalismo, ah, el nacionalismo, esa cosa tan fea en los demás, tan peligrosa,  tan delictiva, tan buena en uno. Una definición directamente robada a la mafia.

El trabajo se redefine como un lujo, no importa si las condiciones rozan el esclavismo, no importa si los contratos se han convertido en incunables. Por supuesto, lo que ellos hacen no es trabajo sino dedicación y servicio público a la ciudadanía, algo que aunque no tiene precio, resulta más bien caro.

Nos quieren vender sus definiciones surrealistas, alejadas de todo sentido etimológico y común. Son punkis del lenguaje, al que también quieren destruir, viven al límite lexicológicamente hablando, qué tíos.

Porque saben, como sabe Banville, que el lenguaje crea el mundo, que si algo no se nombra no existe, que dependiendo de cómo se nombre existirá de una determinada manera.

Comprenden, como comprende Banville, que la realidad no es real hasta que no pasa por el tamiz de las palabras.

Después de todo, igual no son tan idiotas.

Bárbara Blasco

Distopía española

En el taller propusimos distopías: llevar al límite con la imaginación una situación actual hasta crear un mundo propio, futurista, un mundo basado en el nuestro, pero que ya nada tiene que ver con él, un mundo construido a partir de la exageración, de la radicalidad. Es decir, lo que viene haciendo cualquier relato literario.

Me divierte mucho, mis alumnos escriben cosas estupendas como que Europa vive un desastre nuclear sin precedentes y tiene que emigrar en masa a África, el único continente habitable, no contaminado por la mano del hombre. ¿Cómo nos reciben los africanos, cierran a cal y canto sus fronteras mientras los europeos morimos tratando de alcanzar la costa? distopia 2

O esos  estudiantes que despiertan tras el larguísimo sueño de la criogenización, para descubrir que son los últimos especímenes con capacidad artística que alguien decidió poner a salvo justo antes de que desaparecieran las humanidades del planeta, justo antes de que se extinguiera el arte por considerar que no servía para nada.

O los robots que cuidan encomiablemente de nosotros, que vigilan nuestra tensión, nuestra diabetes, que previenen infartos, que eliminan células cancerosas y además nos hacen las tareas domésticas, nos cocinan, y hasta nos dan masajes eróticos. A cambio de todo esto, nos vigilan. Nos vigilan por nuestro bien. Y lo hace una empresa comercial.

Una, que tiene problemas con la ficción y sus límites, como quien tiene problemas con las drogas, que considera el flequillo de Trump una distopía, lee sin demasiada distancia ni extrañamiento estas fantásticas historias y se le antojan reales, verosímiles, tal vez porque vive con un pie en la realidad y el otro no ya en la ficción, sino en la ciencia ficción.

Pongamos que España, un país republicano, es tomado, tras una cruenta guerra, por una facción de hombres bajitos, con bigote y camisa de manga corta, en alianza galáctica con la facción de los faldones negros y la papada blanca, cuyo jefe supremo habita el espacio exterior. Tienen un oscuro plan y, para llevarlo a cabo, imponen un sacramental  y férreo orden, usando técnicas de lobotomía, más o menos explícitas, rayos paralizantes, gases invisibles que inducen el miedo. Consiguen así que la población viva de forma pacíficamente robótica durante casi 40 años. Cuando el hombre de orejas puntiagudas anuncia a través de la pantalla interestelar que el líder bajito ha muerto, parece que la pesadilla ha terminado. Pero no, años después, se descubre que unos clones de los invasores originales, con aspecto perfectamente humano, han sido infiltrados en la sociedad actual para seguir con el oscuro plan.  

En fin, un derroche de imaginación, una ensoñación fantástica. Despierto, y vuelvo a la realidad. Cuando despierto de nuevo,  hay otra realidad, distinta, no sé si más trágica o más cómica. Y cuando vuelvo a hacerlo, otra. Y así cada día.

Dicen que tragedia es igual a comedia más tiempo. Cuarenta años parecen tiempo suficiente para amasar una tragedia de proporciones griegas pero ¿y si le añadimos más tiempo aún, qué sucede?  Que todo se vuelve delirante, extremo, se añade un toque de comedia absurda a la tragedia necesaria, se obtiene una distopía en toda regla, ni más ni menos que el lugar exacto donde vivimos.

Bárbara Blasco

 

Los ojos amados

Hay dos cosas que cada vez me seducen menos: el sadomasoquismo, sobre todo de mitad de palabra hasta el final, y la vida vivida a través de un avatar: ya sea un perfil de Facebook o un desdoblamiento esquizoide de personalidad in situ, es decir habitar en esa capa entre la troposfera y la estratosfera, donde se dan las condiciones idóneas de frivolidad y artificiosidad para que crezcan fuertes y sanas todas esas proyecciones de identidad delirantes, emperifolladas y, las más de las veces, ridículas.

Puede que ambas cosas no estén relacionadas o puede que sí (escribir no deja de ser tirar flechas a diestro y siniestro).

El caso es que desde que dejé el sadomasoquismo, que practiqué de forma amateur a decir verdad, y los machotes malotes fueron despojándose de lujuria para ir cargándose de compasión, desde que ÉL es sexy y es bueno, es sexy porque es bueno, es bueno porque es inteligente (la bondad es la forma más refinada de la inteligencia), cada vez me da más pereza y también más vergüenza sacar a pasear al avatar, lanzar al mundo esa identidad que pretende ser un compacto boomerang y que resulta ser un bote de humo mal tirado.

He llegado a la conclusión de que cuanto más necesitamos construirnos desde fuera, más dolor nos está mordiendo las entrañas, cuanto más dolor, más necesitamos construirnos desde fuera: ahí está la relación.

Llámame misántropa pero empiezo a imaginar un futuro no muy lejano en que el anonimato será el auténtico lujo, el paraíso un espacio ciego, como el que queda en los retrovisores, la vida privilegiada aquella que crece a partir de unos ojos, los propios y los amados.

“La realidad nos matará a todos”

Entrevista a un redactor de noticias

El redactor de noticias llega puntual a nuestra entrevista en un conocido hotel del centro de la capital. Dos mujeres de una de las mesas cercanas le reconocen y hablan en voz baja sin dejar de mirarlo. El camarero asegura que es seguidor suyo cuando le sirve el Martini. El redactor de noticias se lo agradece con humildad. La grabadora lleva unos minutos en marcha.

P: ¿dónde encuentra usted inspiración para sus textos?

R: No sabría decirle, en mi memoria, en la imaginación, en la literatura, en mi entorno… Realmente los caminos de la inspiración son intrincados, aunque su luz se nos aparezca de pronto como un rayo iluminador. El redactor de noticias no es más que un médium al fin y al cabo, un simple transmisor que conecta  lo trascendental con lo cotidiano. Así lo veo yo al menos.

P: ¿Cómo construye sus personajes?

R: Tengo siempre presente que sin personaje no hay historia pero también que sin historia no hay personaje.

P: A veces se le ha acusado, a usted y a otros periodistas, de construir personajes en exceso planos, poco verosímiles, el caso de Rajoy sin ir más lejos…

R: Uno crea los personajes y ellos se apoderan del relato, a lo Frankenstein. Así debe ser. Es verdad que con Rajoy  salió un hombre pasivo, superficial en sus juicios, pusilánime, pero también entrañable, risible, fácilmente querible por el público. Dice muy poco cuando habla, es cierto, pero eso no significa que sea plano. Que un personaje tenga simpleza de carácter no significa que el autor lo haya escrito sin profundidad, me gustaría que apreciara la sutil diferencia.  Y además en la realidad existe la gente así, me atrevería a decir que es la gran mayoría, puede que ahí radique la clave de su éxito…

P: Suele ponerse la realidad como excusa en la ficción pero, ¿se rigen las noticias por las mismas leyes que el mundo real?

R: Evidentemente no. En eso me alineo con Vilamatas, todo intento de narración es ficción, pero es importante distinguir entre lo real y lo verosímil. Yo intento hacer noticias que sean  verosímiles, con coherencia interna dentro de ese microcosmos que son los diarios, que tiene sus propias reglas, su propia lógica, que trata de alguna manera de representar la realidad o de referirse a ella pero que por supuesto nada tiene que ver con ella.

P: ¿Cuáles son los géneros que más le gustan?

R: Siento especial predilección por la ciencia ficción, por las distopías y las ucronías, ¿cómo sería el mundo si los hechos o las consecuencias de esos hechos hubieran sido otros?  Los diarios exploran justamente ese territorio.

P: A la hora de escribir, ¿tiene usted en cuenta lo que espera el público o escribe con total libertad?

R: Evidentemente, uno tiene que comer. Mis ficciones tienen que gustar a un sector del público, no a todos pero sí a un sector, y también a mis editores, que si no, no me publicarían. En fin, no le estoy descubriendo nada nuevo…

P: ¿Piensa, como apuntan algunos, que el género periodístico está en vías de extinción?

R: Los apocalípticos llevan tanto augurando su desaparición. Pero la gente necesita ficción a diario, necesita historias que le distraigan de sus problemas cotidianos, aunque sea con otros problemas. El ser humano es así: contradictorio, escapista y sentimental. Nos entretienen los escándalos de la casa real, las fanfarronadas de un académico, las mentirijillas de un ministro. Hoy y mañana.

P: La mayoría de ustedes, de El país, de El mundo, del ABC insisten en desmarcarse de sus colegas de El mundo today, o de Rockambol news. ¿A qué es debido esto?

R: Ante todo, mi respeto al trabajo de los compañeros, grandes profesionales sin duda,  pero el objetivo último que persiguen  nuestras historias difiere bastante del suyo. Ellos apelan a instintos mucho más básicos como la carcajada. Es como si me compara  usted a Tarkovski o a Bergman con una peli porno. Es cine sí, pero no es lo mismo.

P: ¿Y Wilder, o Lubisth, o Berlanga por no irnos tan lejos? ¿No le parece que noticias como: “Un alcalde inaugura un tobogán” con foto de 13 políticos  y subtítulo  “beneficiará a 150 niños” apela claramente al humor? ¿O esta otra de su diario  “El ayuntamiento de Teruel se plantea denunciar a El mundo today por su noticia: La alcaldesa de Teruel robó fondos públicos aprovechando que la ciudad no existe,  no supera en humor a la noticia original?

R: Bueno, puede haber casos puntuales, pero  el periodismo que nosotros hacemos tiene mayor ambición, incluye el drama, la tragedia, la parodia también, pero no se limita a esta última.

P: Se dice que la gente más creativa de su profesión está en las encuestas. ¿Requieren una capacidad de imaginación especial, una formación específica?

R: En general, todo nuestro trabajo es tremendamente creativo. Yo estuve un año en encuestas, y es verdad que aprendí mucho, desarrollé técnicas narrativas, mecanismos imaginativos que me han sido de gran utilidad en otras secciones.   Pero también son necesarias grandes dosis de fantasía  en Obituarios por ejemplo – todos sabemos que los hijos de puta también mueren- , o en Economía. Tal vez economía sea el género más fantástico de todos.

P: Y la realidad, ¿no queda un tanto desamparada sin nadie que la cuente?

R: No sea ingenua, la realidad es superior a todo y a todos, la realidad es ese líquido que siempre encuentra la grieta. La realidad es tan poderosa que  no necesita ser relatada, la realidad nos matará a todos.

Bárbara Blasco

 

Einstein, titiriteros, realidad y ficción

El tema de los titiriteros, con toda su carga de miserabilidad y patetismo, ha puesto de relieve sin embargo un asunto fascinante: los límites entre la realidad y la ficción

Si he de ser sincera, yo no tengo claro dónde empieza una y dónde acaba la otra. Desde bien niños, nos plantea no pocos problemas esta disyuntiva. Aún recuerdo a mi Bruno, con tres años, pidiéndole permiso a Dora la exploradora para ir a hacer pis al baño, alto y claro, y la muy perra que no se dignaba a contestarle.

No tengo claro, digo, si la realidad es una representación del mundo en nuestra mente, una idea, una percepción concreta de algo que es inabarcable. Y si es inabarcable, ¿no se convierte automáticamente en ficción al ser troceada y recompuesta por la mente humana? ¿Es por tanto la realidad una subcategoría de la ficción?

Me es difícil determinar el grado de realidad de lo que me rodea. ¿Cuántos puntos en la escala de lo real tienen los objetos?, ¿y los hechos?, ¿y los sueños?, ¿y los delirios?, ¿y las novelas?, ¿y ese poema en concreto, que rasga físicamente? ¿en qué momento dejamos de hablar de realidad para empezar a hablar de ficción? ¿deberíamos introducir la verdad en este razonamiento?

Demasiadas preguntas, me hago cargo.

Einstein, con su pícara sonrisa, viene a liar un poco más el asunto (o a echar algo de luz). Ayer mismo, las ondas gravitacionales pusieron de manifiesto el larguísimo recorrido de la realidad: resulta que ahora, en 2016, estamos captando una onda que se produjo tras el choque tremebundo de dos agujeros negros hace millones de años luz (no es que llegue la noticia en diferido, con cierto retardo distorsionador como la ventresca de Rita Barberá, o las fotocopias más caras de la historia de Urdangarín, sino que llega millones de años luz después, pulverizando los conceptos de espacio y tiempo, demostrando en qué medida está sujeta la percepción de la realidad a nuestros sentidos, si se me permite llamar gran órgano sensorial a LIGO). Haciendo tambalear en definitiva el concepto de realidad.

Y no sólo eso: pone de manifiesto también en qué medida la ficción, esa idea en la cabeza de Einstein, precedió a lo que hoy podemos considerar una realidad.

Podemos por tanto estar de acuerdo en que antes del acto está la idea, incluso en un acto impulsivo, antes hay una idea fugaz que recorre la mente y que impulsa el brazo, la lengua o la pancarta.

A estas alturas, somos conscientes de la importancia de las ideas en los hechos históricos, del papel de los mítines del nazismo, de los shows de Alfonso Rus, del adoctrinamiento etarra. Ya vimos los juicios de Núremberg, ya vimos Vencedores o Vencidos, ya leímos La banalidad del mal, y nos planteamos hasta qué punto es culpable una sociedad que mira a otro lado, que sustenta una idea que luego se hará realidad en forma de monstruosa aberración.

Einstein titiriteros

¿Pero son culpables en sí las ideas? ¿puede perseguirse la ficción antes de convertirse en una realidad determinada? ¿Puede una teoría merecer el Nobel antes de ser comprobada en la realidad?

Todo apunta a que no.

¿Podemos cagarnos metafóricamente en el juez Ismael Moreno? Todo apunta a que sí.

Escrito por Bárbara Blasco

Me gusta

–  Le he dado me gusta a más de 20.000 páginas. Empecé con que me gusta Kafka, claro, ¿a quién no le gusta Kafka?, luego que si Satie, que si Flaubert, que si Pessoa, más tarde que si el autobús “Unidad uno” de Johnny Cash, que si los encuadres bizarros de Carl Theodor Dreyer, que si el aire visible que respiran los personajes de Raymond Carver. Ya no puedo parar. Todos los días busco nuevas páginas a las que declarar mi gusto, consciente de que, en lugar de definirme, me desdibujo, en lugar de mover los brazos desde esa isla desierta que es nuestra soledad, me ahogo en el mar de la multitud. ¿Quién va a rescatarme así? Es un problema… Temo que algún día no quede nada que me guste sin clicar. En realidad, no es del todo cierto, lo que temo es que no haya fin, que me sigan gustando páginas y más páginas hasta que… hasta que… ¿entiende lo que le digo?

– Ajá…

–  Y entonces me pregunto: ¿qué es la cultura?, ¿un escaparate, una plancha de estampación para camisetas? La cultura ¿se consume, se esnifa, se gusta? El otro día fui a ver una peli sólo para poder darle al me gusta, porque ya sabía que me iba a gustar. ¿no es de locos?

-visto así…

–  No hay carretera humana para tanto coche. Y claro, el nivel va bajando. El otro día cliqué en Me gusta el cine, así sin más.  ¿Qué será lo próximo, que me gusta respirar? Francamente, estoy preocupada, esto se me está yendo de las manos. Temo que desemboque en un trastorno obsesivo compulsivo, eso que llaman con acierto TOC, como un golpe dado a la puerta del cerebro. ¿Qué opina usted?

-Mmm…

–  No puedo parar. Todo empieza con un deseo frágil que eclosiona con un clic. Pero cada clic, en vez de calmar mi sed, la aviva y esa sensación inicial placentera crece y crece en intensidad hasta volverse monstruosa. Y entonces… entonces…

–  Lo siento, se ha acabado su tiempo. Denos un megusta si le ha gustado nuestra sesión de terapia.

Bárbara Blasco