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EVALUACIÓN CONTINUA

Lejos de amilanarse el profesor Orenga ante lo que consideró un abusivo atropello a su virtud, tuvo a bien pasado su cabreo ꟷdel que dejó constancia escrita en su volumen «Tortolicos en celo», publicado por Ediciones Paulinasꟷ personarse ante la autoridad competente en materia nacional y ponerse a disposición del menestral de interior, toda vez que su antigua región devenía en estado independiente con su lengua, su frontera, su pasado milenario y su escudo antimisiles.

Inició su andadura burocrática con escasa voz y sin ningún voto, pero con ojos y oídos bien abiertos en busca de donaciones traspapeladas, porcentajes camuflados en tenedurías y arañazos a créditos ilegales que le permitieron con brevedad acaparar una pequeña fortuna con las que satisfacer su libido en apartamentos amueblados de noche y también de día, sin ser lo mismo, y sufragar en su pueblo al mismo tiempo su otra sublime pasión: los fuegos artificiales.

Sorprendido con las manos en la masa por una operación organizada en el seno de la propia juventud de su partido, y bendecida toda ella por sectores de la banca, de la construcción, de la hostelería y puede que hasta de la Santa Sede, salvó su pellejo de la húmeda gayola mediante la utilización de dos viejos recursos: la delación y el soborno, dejó a recaudo el resto de su peculio en entidades transalpinas y aceptó de la nueva administración un singular puesto acorde a su historial en la más vengativa de las oficinas, el Cultural Office, con la noble misión de preparar las preguntas que examinaban a migrantes en busca de papeles timbrados con sellos oficiales.

Primero se moderó, no cabe duda, se limitaba a leer en voz alta desde la tribuna cuestiones consensuadas que normalmente eran del tipo:

 

ꟷOn està el Nou Camp?..

  1. a) A Barcelona
  2. b) A Tarragona
  3. c) A Lleida
  4. d) A Girona

 

O bien:

 

ꟷQuè farem al Canigó?

  1. a) Pujar
  2. b) Baixar
  3. c) Pujar i baixar
  4. d) Pujar, encendre la flama i baixar

 

Se había de ver la cara de satisfacción en la cátedra ante las respuestas satisfactorias de los examinandos, quienes obtenían unas notas altísimas acompañadas de diplomas que les permitían entrar con pleno derecho en la extorsión de las empresas de trabajo temporal.

Para quien conociera la insidia de don Celedonio no cuesta imaginar que tanta bondad se le hacía insoportable. No bien llegó noviembre aprovechó de sus gripes adosadas el estrago de bajas que mermó la plantilla funcionarial, se quedó una jornada solo ante el peligro y después de saltarse el protocolo, con la camisa despechugada, barba de tres días y el birrete del revés, interpeló de uno en uno a los aspirantes:

 

ꟷCanteu-me: «És la Moreneta».

 

Los integrantes de la colonia magrebí se derrumbaron ante semejante cuestión fuera de temario. No digamos oriente y cono sur, alguno de los cuales, por su antigua formación en manos misioneras, tarareaban a su albur:

 

ꟷVida y dulzura, esperanza nuestra, a ti llamamos los desterrados hijos de Eva…

 

«¡Suspenso, el siguiente!», mascullaba don Celedonio con apretadas mandíbulas y mirada de inquina sobre las masas temblonas. Aquella mañana se cargó a más de treinta, pero como siempre hay excepciones que justifican la barbarie, el etíope Messali Al Hadj entonó brazos en alto, templado compás en sus pies e insinuación de aires de cobla:

 

ꟷÉs la Moreneta

La fe del poble catalàevaluacion continua

L’estel del seu camí

L’afany dels seus amors,

De l’escolania

La veu han escoltat

I el so de l’oració

Ressona per tot Monserrat.

 

Alzóse el doctor Orenga de la tribuna con lágrimas en los ojos para acoger al muchacho en su seno, le hizo agachar para permitir mejor encuadre de la foto y balbuceó entre sollozos: «D’un gran mal en surt un gran bé».

Ni que decir tiene que aquel joven fue cubierto de agasajos, fanfarrias, alabanzas, glorias, y su persona recomendada a las más altas instancias. Así obtuvo un merecido puesto de trabajo en la limpieza, escoba en mano, de la Plaça Imperial y sus aledaños, labor desempeñada con la eficacia, virtud y esmero que otorgan catorce pagas y seguridad social.

¿Y don Celedonio? Colmadas sus cuitas patrióticas vio momento de hacer un discreto mutis por el foro de la gestión democrática y disfrutar, ahora sí, de un merecido retiro en Niza, entre el Hotel Negresco y la ortodoxa iglesia de San Nicolás de la que se hizo ferviente feligrés, con una esperanza de vida que para sí la quisiera el mismísimo obispo de la Seu d’Urgell.

 

 

 

Para conocer más sobre D. Celedonio, léase «Ex Cathedra», publicado en esta misma revista en marzo de 2016.

COLOQUIOS

Hola, bienvenidos de nuevo a este final de verano al que apenas le queda una semana. La temperatura deviene agradable y hace que las tardes se prolonguen con candelas en las terrazas de las tabernas, sobre el frescor nacido de las esquinas, tal vez entre el aroma inconfundible de la hierba cortada. Hablamos en ellas del pasado inmediato porque nos gusta rememorarlo y todavía conocemos bien sus pormenores. Quien salió de vacaciones ꟷquien se quedó, quien le hubiera gustado salir, quien hubiera preferido quedarseꟷ hablará hasta agotar mil y una anécdotas y sucedidos. Continuarán otros debates ꟷla noche sigue agradable y cuesta recogernosꟷ temas de enjundia, de actualidad, geopolíticos, teológicos, territoriales; temas apasionados en los que mostrar nuestro convencimiento con expresiones del tipo: «Lo que hay que hacer es…», «Esto lo arreglaba yo pronto…», «Si me dejaran a mí…». Por eso mismo me permito introducir unas variantes en las tertulias que pueden dar mucho de sí, dependiendo del momento. Leedlas si os parece.

Hace años, quizá dos décadas, escuché de Juan José Millás una licencia poética que me persigue, literalmente, pues la llevo a cuestas como el que lleva la chaqueta al brazo un día de calor, quien se siente vigilado por siluetas ensombrecidas que García-Calvo agradecía al Sol o al volver una y otra vez a las rupturas amorosas no resueltas (por uno mismo, claro). «Dios no inventó el mundo, creó la lógica». Hay días que me levanto y entiendo perfectamente esa frase, le pongo ejemplos, la corroboro; otras no, y me embadurno de pensamientos encadenados que me llevan a sitios muy lejanos. Demasiado alejados, diría yo. A lo mejor depende de mañanas en que me levanto más o menos lógico. Los días primeros, los más lógicos, pienso cosas de sembrar y recoger, proporciones, porqués, todo me cuadra, espanto el miedo, vivo seguro de llevar el camino correcto y pienso que las cosas me saldrán bien porque hice mis deberes. No me extraña que personas así admitan la existencia de un libro donde el destino esté escrito, no hacen (hago) si no jugar con reglas de tres simples y único resultado. Pero otros días me levanto más poético, más ilógico y me veo más enfrentado a los retos, afortunados o no, en los que no tengo ni idea de cómo solucionarlos. Me siento más animal, más de intuiciones, valoro el miedo como sistema de alarma y salgo del atolladero como puedo al utilizar mis recursos. Desconozco qué forma de levantarme lleva más razón, más cordura. Supongo que la primera, la lógica, pues es de la misma familia (razón, cordura, lógica, moral, sentido común). Pero la otra es igualmente real. No sé, lo mismo son problemas de digestión.

Para enredar la cosa todavía más, en la lectura estos días pasados de la última novela de David Trueba, «Tierra de Campos», una de sus páginas comenta (aproximadamente): «Aplicó la lógica a la realidad y por tanto se equivocó». Entiendo por realidad en ese caso a la naturaleza, sea humana (una pequeña porción) o no (todo el resto de naturaleza previa, incluso, a la aparición de los primates). En un escenario integrado tan grande, con una puesta en escena tan descomunal y un argumento tan espontáneo y libre como perpetuo, ꟷdonde incluso los dioses no se atrevieron a meter mano y prefirieron crear un método de lógica retroalimentariaꟷ, dudo del juicio altruista de los recién llegados sobre conductas de miles de millones de antigüedad, fundamentalmente por cuestiones empíricas. Algunos griegos clásicos mostraron vilezas de las que somos capaces, hechos que nos horrorizan pero que se han sucedido en diferentes épocas a lo ancho de la historia. No intentaron analizarlas, sólo las representaron. Eran muy cautos.

Cuesta entender la realidad, por eso se nos explica de manera conveniente y/o reconfortante. Cuesta menos convencer con argumentos tranquilizadores que determinadas actitudes no pasarían si se obrara, o se hubiera obrado, de otro modo. ¿De cuál? De este. Ah, bueno. (Pardiez, que buen invento el subjuntivo).

Eso sí, procurad no emprender según qué conversaciones presos de la euforia o del arrebato, mucho menos del alcohol, ni os arroguéis dotes justicieras en vuestros veredictos y proclamas. Probad, antes de salir de casa, a escuchar de Los Punsetes un tema a propósito de la opinión. De nada.

Ramón Díez

REMEDIOS

Los resultados académicos de este curso arrojan un nivel ínfimo entre el alumnado de la República de Nueva Asdrubalia, por lo que su Presidente ha convocado un gabinete de crisis para elevar la moral de las tropas pioneras, mantener serena a la ciudadanía ahora que no hay fútbol y estimular la fabricación de juguetes, muy resentido su consumo tras los catastróficos boletines recibidos.

Comprometidos tanto el titular del Ministerio de Cultura como el de Sanidad en ahondar sobre las causas de semejante desidia y tras haber cobrado las dietas por lo extraordinario de la reunión, han acordado reunir en un colmado adaptado como laboratorio -de ubicación imprecisa por cuestiones de seguridad-, a un grupo de científicos en materia de alimentación, con el fin de hallar la enzima necesaria que convierta en nutrientes humanos los materiales de imprenta que conforman los libros –hipótesis observada en la alimentación de las cabras-, convencidos de que el pueblo, incapaz de asumir los contenidos curriculares por vía intelectual, lo haga al menos por la digestiva, y ver si de esta manera se amortiza algo de la inversión escolar, se alivia el stock editorial o cesa al menos el dolor de cabeza entre los docentes.

Con esta fórmula se pretende además controlar realmente qué come y qué lee la población, pues obesidad e ignorancia van de la mano y ya es hora de tomar cartas en el asunto, pues en palabras del presidente, «” semos” el hazmerreír de la ínsula».

El procedimiento por el que los individuos adquieran nociones por vía oral sobre una u otra materia será el habitual de las recetas emitidas por el médico de cabecera, dejando para el profesorado la comprobación de sus obligadas tomas, su control de peso en ayunas y evaluar la eficacia del proyecto mediante reválidas.

Las ventajas de esta pionera Reforma Educativa apuntan hacia diluir el sempiterno problema de falta de lectura entre las masas y realizar convenientemente cinco comidas por persona y día, bajando la intensidad de la ingesta desde la mañana a la noche para así acurrucarse liviano en los brazos de Morfeo. Para adecuar metabolismos, los servicios de Propaganda Moral han elaborado unos folletos-guía donde el menú standard es más o menos el siguiente. Se recomienda desayunar sobre las siete y media un volumen de literatura medieval, tipo Jorge Manrique, eso sí, con un tazón de jarchas. Almorzar sobre las diez algún ensayo frugal de filosofía clásica (Ovidio muy saludable, Epicuro también) aunque puede trocarse por una obrita corta de teatro vanguardista (Pirandello, Fo, quizá Arrabal). Comer al mediodía un primer plato de cuchara a base de realismo mágico sudamericano (García Márquez, Vargas-Llosa, Mújica Láinez…), de segundo un relato de Chéjov y en el postre yogurt de Kavafis o una casida lorquiana; asegurarse un mínimo proteínico en la merienda con narrativa italiana de posguerra (Italo Calvino, Moravia o Pavese, preferentemente) y ya cenar ligerísimo algo de Gloria Fuertes. Nada de pornografía (Bukowski y Apollinaire quedan censurados) ni picar tratados de economía marxista entre horas.

Calculan los eruditos que en la siguiente década serán notorios los resultados. Y entonces que nos vengan con informes PISA… ¡ja!

Ramón Díez

VIAJEROS AL TREN

A las ocho en punto de la mañana el taxi dejó al viajero en la entrada de la intermodal estación de la ciudad. Un edificio sofisticado y de dudoso gusto ecléctico que bien podía albergar en su entraña un palacio de congresos, un horno crematorio o una iglesia privada subvencionada con fondos públicos. La célula fotoeléctrica detectó y abrió las puertas de manera falsamente hospitalaria y Licinio Cascante entró con más pena que gloria.

El despliegue de hormigón contaba con el presupuesto aprobado por el gobierno regional, del central y de fondos europeos de ayuda a maquilladores contables de progreso, desarrollo, ciencia y armonía social.

Licinio interpretó en un panel que al andén primero, vía segunda, acudiría su tren y una flecha escueta pero firme le conminaba a escanearse previamente, para lo cual se despojó, no sin pudor, no sin recelo, del cinturón, el llavero, un mechero, ocho euros con sesenta céntimos y el reloj Longines que heredó de su padre. Convenientemente registrado, declarado inocente y aceptado a filas, recogió sus pertenencias y dudó en la encrucijada de cola izquierda o derecha, optando (cómo no) por la errónea. Una azafata respaldada por un encargado (traje gris, entradas en la frente, prominente barriga) le comprobó billete y hora tras el desliz, invitándole a desparramarse por el andén y vía adecuados con la advertencia, no obstante, que para facilitar el acceso no se plantara ni muy cerca ni muy lejos, por lo que Cascante intuyó que con ochenta y siete pasos que diera desde el origen tendría suficiente. Así lo hizo aguantando con estoica paciencia cada indicación y con la ansiedad propia de quien urge una copa de Castellana.

Camuflado entre sus semejantes vio cómo la máquina doblaba una curva y ante el alborozo general tomo posición para entrar en el coche adecuado, localizar su asiento, colocar el hatillo en el pescante y observar el gesto mecánico del pasaje en su conexión a móviles, portátiles y monitores de televisión por medio de auriculares.

Licinio Cascante entristecía por instantes pensando en la inoportunidad de sacar más adelante la fiambrera con lomo y pimientos, ensalada de huevo duro y escabeche y su inseparable bota, compañera de tantos antiguos kilómetros que poco a poco se desvanecían en la memoria.

No bien partió el tren con acelerado trote, su ventanilla le propuso fábricas abandonadas en suburbios de ropa tendida, campos de fútbol entre pedregales y zarzas y unas tapias pintarrajeadas con colores fluorescentes, Lucinio, cazando al vuelo la mirada perdida de su compañero, le preguntó esperanzado:

– ¿Este va a Barcelona, no?

Ramón Díez

MARZO, MUJER, 8

Huérfana de alternativas, liceos y hasta del más cercano más allá, Traslación Bergés aprendió no sin esfuerzo que la pareja realidad-ficción era altamente permutable y hasta soluble, en especial a partir de la voladura controlada de las viejas tradiciones inspiradas en mañanear para ir al tajo de fábricas, surcos, talleres, esas cosas.

Transcurrió sus años sin pausa ni prisa con obligada permuta de virtud por queja, relax por decencia, soltura por decoro; pilares maestros de un historial sólidamente edificado frente a la veleidad postmoderna: anticiparse al sol la primera y con las camas hechas antes de las diez. Ceñida a escaso pecunio, sordas sisas semestrales le permitían acudir a la peluquera de su barrio dos veces al año: cumpleaños y Patrona. En cuestiones de ropaje siempre su falda, como máximo, un centímetro por encima de la rótula.

Hubo de tocarle en suerte un marido ejemplarmente inútil -boina a rosca, faria* adosada, ojos vidriosos, amoratadas venas en los pómulos- que apenas le puso la mano encima y con el que engendró tres hijos sanos, voraces de apetito entre horas y notablemente pendencieros, coetáneos en el sofá frente al televisor de abuelos ancianos a punto de fallecer durante lustros, entre retahílas interminables de alaridos, blasfemias e incontinencias mayores y menores que le impidieron a Trasla, siquiera, deprimirse un cuarto de hora.  Ausente de nómina, de paro, de pensión, sin derecho a subir al asiento delantero de los autos, cerraba los saraos navideños hora y media más tarde que el resto de la prole, toda vez que al despejar la cocina mecía con su ajetreo el sopor del alcohol ajeno.

Murió discreta. Los minúsculos enseres que repartió, botín por cierto que provocó innumerables procacidades entre sus allegados, fueron un cepillo apoyado en un espejito de alpaca, dos tacitas de “tú y yo” esmaltadas, un velo de tul ilusión, el último recibo pagado de El Ocaso y la cartilla de ahorro con treinta y siete mil euros. A día de hoy es estadística olvidada; su historial ilustra en coloquios lo que fue, pero ni es hoy ni debe mañana serlo en materia de manuales represivos, dominios y sumisiones.

Su recuerdo recorre cerebros arrinconados y rincones cerebrales como un fantasma insomne de luna llena, pero no os debe azorar la charla apoltronada en comparativas tertulias sobre el antes clasificado, el juvenil futuro, el presente efímero.

–          ¿En el presente tampoco?

–          No, no, nada de zozobra porque en nuestra familia no… Bueno, no creo ¿no?

Ni cuando vuestro acogedor paladar opine de esta o aquella cosecha en cavas office y mucama por horas; ni cuando las enriquecedoras técnicas del progreso aplicadas a la velocidad progresiva os transporten de lado a lado del planeta en un plis plás progresado. Cuando creáis en definitiva que a salvo vivís y que los problemas ocurren lejos, muy lejos de aquí. EPD (En Paz Descansa).

(*) En muchas riberas la marca Farias sigue siendo el plural de Faria

Ramón Díez

MENS SANA ET CORPORE INSEPULTO

Ausencia de ejercicio, dieta libre, rubio americano y tinto con sifón en abundancia le producían espantosos dolores de espalda que todos los especialistas consultados le aconsejaron mitigar nadando. 

-De mañana no pasa, dijo con determinación al aplastar una colilla en el cenicero.

Al llegar a casa buscó y rebuscó por los cajones de su armario hasta encontrar un bañador del que estaba seguro de su existencia, pues recordaba haberse visto con él puesto en una fotografía junto a su amigo Pulido en el espigón del puerto. Cuando al fin lo encontró envuelto en una bolsa de Lanas Aragón lloró emocionado ante tanto recuerdo acumulado.

Le costó dormir. Tan pronto recordaba a Weissmuller introduciendo palos en las fauces de los cocodrilos, como a Spitz con el pecho cuajado de medallas; las piernas de Esther Willians saliendo coreográfica de la piscina o a los almirantes Churruca, Gravina y Alcalá Galiano prefiriendo morir con honra a vivir con vilipendio. Sin dar las seis se levantó pensando conveniente ducharse y lavarse los dientes para así matar tres pájaros de un tiro en materia de salud. Con el pelo aplastado hacia detrás salió de su casa comenzando a silbar “El puente sobre el río Kwai” acabando con el tarareo de “Barras y Estrellas” sin saber exactamente en qué parte de la melodía pasaba de un tema a otro.

Las instalaciones no abrían hasta las nueve y cuando lo hicieron encontraron a Cosme con dos carajillos, fuertemente nicotinizado y con el Marca leído de cabo a rabo, lo cual no fue óbice para pedir impetuoso un tiquet de entrada. No era tan sencillo: a los cinco euros del servicio había que añadir otros tres de un gorro de naylon y diez más para unas chancletas, poniéndose la broma en una desequilibrante cifra para un martes por la mañana. Pasando el cartoncito por un lector de barras pudo atravesar el torno y a través de intrincados pasillos llegar hasta la zona de vestuarios donde le indicaron la conveniencia de adquirir una llave, previo pago reembolsable, con que abrir y cerrar la taquilla y guardar sus pertenencias. Sobre sus pasos volvió para reclamar cambio y hacerse con la susodicha moneda de dos euros pero al querer nuevamente traspasar el torno se encontró con unos fuertes pitidos semejantes a la alarma de una inminente fuga nuclear. Sus ojos hablaban. Otra vez en el vestuario se despojó de la ropa con la vergüenza propia de la falta de costumbre, pues hacía que no mostraba su cuerpo ante otros hombres desde su época de juvenil en el Rosquilletas y no siempre, pues la mitad de los campos carecían de duchas. Con la pulserita de la llave en la muñeca se encaminó a la pileta pero una voz decidida le observó que tan preceptivas eran las chanclas como la utilización previa de la ducha y el secado con su toalla. Llevaba entre unas cosas y otras casi una hora intentando mejorar su deteriorada salud y aún no había conseguido dar una sola brazada, sopesando si no hubiera sido mejor sumergirse directamente en Lourdes ahorrando tiempo y dinero. El primer contacto con las aguas le comunicó que estaban más frías de lo pensado, que el resto de los bañistas nadaban con singular pericia y que no hacía pie. Tentado con abandonar, un viejecito muy campechano con ojos azules y fino bigote de otra época le aconsejó utilizar un corcho fosforescente a modo de flotador. Asido a él no se sintió como pez en el agua pero casi, si bien a los treinta segundos sus ojos estaban irritados de cloro, su nariz encharcada y sus oídos prácticamente sordos, sin contar con la presencia de un experto nadador que a velocidad de crucero le abordó por detrás haciéndole perder su cilindro de salvación. Entre estornudos y eructos salió por la escalerilla camino de la segunda ducha y ni siquiera blasfemó cuando se percató de la ausencia de gel con que limpiarse a fondo las mucosidades ajenas. Chorreante delante de su taquilla comprobó la ausencia de la pulsera observando humillado a través de un cristal cómo una muchacha se zambullía apareciendo casi instantánea con la llavecita rescatada del fondo. Después de despedirse uno a uno del resto de bañistas huyó faltándole tiempo para acodarse en la barra del bar de siempre donde el camarero, viejo conocido, le preguntó por sus inmediatos deseos.

-Para mí una copa de Veterano y para mi hernia sacro-lumbar lo que ella quiera tomar. 

Ramón Díez

 

NÁUFRAGA

naufragaDifieren los planes de futuro entre generaciones como así lo atestiguan cirujanas con hijos cantantes de tangos o campeonas de súper welters herederas de notario. O el caso de Ligia Monturiol, educada entre el parqué de la Bolsa, el verdín hípico, los domingos de Catedral, colegios trilingües, clases particulares de piano y endurecimiento físico-mental a cargo de disciplinas orientales. Todo ello no evitó que la noche del quince de mayo, recién estrenados los diecinueve, Ligia proclamara impávida desde el centro del comedor su determinación firme de ganarse la vida ejerciendo de náufraga. Presa de estupor su madre, dejando caer la cuchara con estrépito de porcelana y salpicando de natillas el mantel almidonado, exclamó fatigada de suspiros: “Lo que nos faltaba, y encima tu padre en el Casino”.

            Ni elocuentes silencios tras abanicos, ni homilías insinuantes, ni gritos extemporáneos desde la alcoba principal hicieron cejar a Ligia en su afán de afirmar que nadie sino la mar era quien podía juzgarla.

            Sobornos con deportivos, vacaciones en Ibiza o pisito de soltera fueron rechazados uno tras otro desistiendo incluso de su herencia, pidiendo a cambio un sencillo chaquetón atemperador de mañanadas pelágicas, una visera de loba de mar y un pasaje rumbo a las islas egeas. Animados ante semejante renuncio, sus hermanos convencieron a los papás sobre la conveniencia de dejar fluir anhelos, deseos y vocaciones, pues la alternativa de una frustración negadora podía acarrearles, a la larga, vitalicios remordimientos.

            La mañana del primero de noviembre zarpó de Cartagena el buque “Fenicia” con una tripulante única en desear tormentas huracanadas, marejadas, tempestades y hasta abordajes de piratas. Tras dos jornadas de calmada travesía barajó si tirarse por la borda en busca de una primera oportunidad y así lo hizo, pero tras el vibrante aviso de “¡Mujer al agua!” una chalupa improvisada la devolvió a cubierta empapada y con síntomas de amigdalitis. Interrogado su proceder por el contramaestre naval, confesó que su acto no respondía a tentativas suicidas sino a las de aprender un oficio con que labrarse el porvenir. Estupefactos ante semejante argumentación se le conminó a permanecer en la sentina veinte horas al día, no acercarse más allá de un metro a la baranda y pegar a su espalda, en los entreactos, un grumete susceptible de dar alarma en caso de reincidencia.

            Con semejantes expectativas fue invitada a desembarcar en la isla de Malta y mediante conferencia ponerse en contacto con su familia. Tras el relato de la oportunidad perdida su hermana mayor le deseó por cable los mejores augurios, esperanzándola con mejores momentos a lo largo de próximas travesías.

            Desempeñó fatigados trabajos trampeando los días hasta enrolarse en un mercante con bandera de conveniencia y destino a ninguna parte cuya marinería conformaba un batiburrillo multicultural. Hizo amistad con dos liberianos que tras escuchar sus embarrados planes temieron el peor fario en sus componendas supersticiosas, ofreciéndose a encontrarle el callado momento nocturno en que abandonar el navío. “¡Echadme un trozo de mesana para poderme apoyar!” les gritó desde estribor, arrojándole sus compañeros el larguero del jergón de uno de sus catres y una bolsa de galletas. Dos largos días con sus noches permaneció de esta guisa y fue el tercero cuando avistó, con más pena que gloria, una enorme barcaza que viraba sobre sí misma abarrotada de caras oscuras. El ánimo de Ligia merced a su primer éxito profesional contrastaba cruelmente con la angustia de aquellos expertos en la materia, más preocupados en enderezar la nave rumbo a la vieja Europa que en el relato de ansias profesionales.

            La corbeta que finalmente los remolcó hasta Lampedusa estaba pilotada por unos italianos muy simpáticos que les ofrecieron agua, terrones de azúcar y unos rosarios bendecidos por el Santo Padre; nada más atracar les fue tomada su filiación y alojados en una residencia rodeada de alambre espinado en cuyo interior se erigían inmensos barracones hacinados de semejantes. No tardó Ligia en hacer valer sus influencias de joven notable y merced a las credenciales que proporciona una Visa impermeable las puertas de aquel campo le fueron abiertas. “Cuídese -le aconsejaron los carabineros al despedirla- y no ande con malas compañías”. Para corresponder a tamaña amabilidad la aprendiz de náufraga envió un ramo de azucenas al altar de la capilla de aquel centro y unas cajas de bombones a repartir entre los cuatro mil internos.

            Dos naufragios consecutivos en menos de una semana auguraban una fulgurante carrera. Trasladada al continente por el puerto de Nápoles tropezó con unas robustas muchachas norteamericanas que le aconsejaron la conveniencia de hacer deporte a lo largo y ancho del Mediterráneo y abrirse paso al Mar tan Rojo como Sarraceno a través de Suez. Dicho y hecho. En pocas horas se había alistado como cabo de segunda en el portaaviones “Truman” e intuyendo que sus deseos iban estupendamente encaminados un bajel les descargó un torpedo casero confeccionado a base de bombas fétidas, bengalas de cumpleaños y unos clavos del ocho frente a las costas de Tunicia, justo en el momento que Ligia hacía aguas mayores. La pequeña explosión, que provocó una tolerante aquiescencia por parte del almirantazgo, no fue óbice para que tras arduos esfuerzos consiguiera Ligia atravesar el ojo de buey del retrete, lanzarse al agua para ampliar su currículum profesional y ver cómo aquella escuadra se alejaba intacta por el horizonte dejándola a merced de la estela provocada por las hélices a reacción. Apresada por la misma embarcación agresora fue canjeada a las pocas horas por diez cartones de Marlboro que les entregó el primer oficial de un crucero de dudoso lujo, el “Costa Concordia”, con destino a la isla de Giglio,

            Hizo Ligia buenas migas con el capitán, un caballero de moral alegre y campechana quien le ofreció un dry martini apenas fueron presentados. Las noches de aquel buque eran auténticos saraos donde alcohol y síntesis química corrían a canales entre pasaje y tripulación, intimando unos con otros hasta altas horas y estableciendo fervientes lazos de amistad mediante lujuriosas gimnasias. “De continuar así, me temo lo mejor” pensó Ligia cuando atisbó aquella hilera de farallones sordos frente al chun-chun de cubierta. Escorado el buque en plena zozobra y contemplando el espectáculo a horcajadas de la quilla, reflexionó que si bien la ilusión genera aventura los abusos de pericia acaparan desengaño y hasta los naufragios fuera de medida susceptibles son de fatales acarreos.  Es decir, el miedo le atenazó la entraña. Pánico evocador de soledades abandonadas, como la de aquella tarde de circo que pasó llorando no por temor a las fieras (enjauladas, al fin y al cabo) sino de los payasos que corrían sueltos entre carcajadas; o la tarde de paseo por la huerta donde halló, entre cañaverales, otros náufragos víctimas de hipodérmicas; cuando un amigo de papá le prometió eterno amor y abundantes billetes la tarde de su puesta de largo en sociedad o cuando descubrió que el llanto rara vez se produce por los demás sino más bien cuando miramos hacia nosotros. Ya las olas le anegaban las pantorrillas cuando forjó la idea de que cada cual es náufraga de sí misma y que desde luego la mar, por sí sola, no hace marineras.

            Encontraron su cuerpo transformado en coral adherido a una almadia justo el día en que el capitán fue acusado de delito de negligencia, alevosa embriaguez y blasfemia continuada, alegando éste en su beoda defensa que aquella oscura pasajera hallada en alta mar, y no otra, era la responsable del gafe necesario que causó su fatal hundimiento. Ver para creer.