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Mario Levrero: el genio “raro”

Mario Levrero es un autor tan esencial de la literatura hispanoamericana contemporánea como Bolaño o Piglia

Nacido en Montevideo en 1940 y fallecido en la capital uruguaya en 2004, Levrero es un escritor perteneciente a esa extraordinaria y singular escuela de los “raros” uruguayos que constituyen una de las ramas más destacada y genial de la literatura en lengua española en América. Una rama que tiene antecedentes tan notorios como Juan Carlos Onetti o Felisberto Hernández.

Mario Levrero fue un escritor poco o nada conocido en España hasta después de su muerte. En los últimos años del siglo XX, Plaza&Janés hizo un pimer pinito de publicación de sus obras y ubicó su novela “La ciudad” en el género de la ciencia ficción, dando cuenta de lo poco que realmente se sabía todavía sobre el autor uruguayo. Tras su muerte y la publicación póstuna de su obra maestra “La novela luminosa”, su literatura se ha ido abriendo paso en nuestro país de una forma paulatina, despertando la admiración de la crítica más exigente y de un círculo cada vez más amplio y diverso de lectores. Meses pasados, como reflejo de ese creciente interés, la revista Quimera incluía en su número 402 (mayo de 2017) un “monográfico” sobre Mario Levrero. Y estos días se anuncia la publicación en España, por Ediciones Contrabando, de un libro de “Conversaciones con Mario Levrero”, obra del periodista y escritor uruguayo Pablo Silva Olazábal, con un epílogo del crítico barcelonés Ignacio Echevarría. Paso a paso, Levrero va adquiriendo también entre nosotros su verdadera dimensión.

Levrero -devoto lector de Kafka, pero también de cómics y novelitas policíacas- ejerció en vida mil oficios y ninguno: dirigió revistas de pasatiempos y crucigramas, escribió chistes e hizo fotografías, fue guionista y dibujante de cómics, fabulador de horóscopos, director editorial, maestro de talleres literarios y, sobre todo, un eterno perseguidor del ocio necesario para escribir.

Como narrador, Levrero se dio a conocer en Uruguay en la década de los setenta y principios de los ochenta, con tres novelas, a las que luego, a posteriori, les añadiría el rótulo de “La trilogía involuntaria”. En “La ciudad” (1970), su primera novela, el narrador llega a instalarse a una casa que, a juzgar por la humedad y el olor a encierro, fue abandonada hace mucho tiempo. La salida a comprar parafina, cigarrillos y algo de comer se convierte en una aventura tan extraña y asfixiante como absurda. Es un viaje sin retorno por calles y carreteras que no conducen a ningún lado. Levrero se inspiró en la lectura de Kafka, para ésta y sus dos siguientes novelas.

“París” (1979) y “El lugar” (1982), escritas años después, también comparten ese clima onírico, pesadillesco o directamente kafkiano de “La ciudad”. La narración austera, transparente y neutral no hace más que acentuar la sensación de extrañeza o de desplazamiento respecto a lo que es la realidad.

En “París” un tipo ha viajado durante 300 siglos en ferrocarril para llegar a la capital francesa, pero cuando llega, comprende que el viaje ha sido insensato y que lo ha perdido todo, “salvo la cuota de cansancio, la cuota de olvido, y la opaca idea de una desesperación que se va abriendo paso”. En “El lugar”, el personaje despierta en una habitación oscura que no reconoce. Su memoria solo le permite recordar una tarde soleada en la que fumaba apoyado de una pared gris. El protagonista decide investigar cómo ha llegado hasta allí: abre una puerta que lo lleva a otra habitación, que a su vez lo lleva a otra y a otra… en un viaje delirante y absurdo.la mirada interior foto E Abel Gimenez

A comienzos de los 80, debido a la crisis económica uruguaya, Levrero tomó la decisión de abandonar Montevideo e instalarse en Buenos Aires. Rompía con la tranquilidad, con “lo conocido”, un factor muy importante en una persona de rutinas rígidas como él, para irse a una ciudad donde la adrenalina, el trajín y la excitación marcaban el ritmo de la vida.

Y es justo en esa época cuando se produce el giro de su escritura hacia lo que Álvaro Matus llama “autobiografía psíquica”: el narrador lleva un diario de vida en el que vuelca sus frustraciones, sus manías y sus proyectos, resaltando su imposibilidad para vivir en sociedad, tener un trabajo con horario, una familia, etcétera, etcétera. “Es una literatura autorreferente en extremo, si bien nunca llega ser condescendiente ni empalagosa”. El humor y la ironía con que Levrero se examina a sí mismo lo convierten en un personaje fascinante: un narcisista exquisito, “embarcado en una despiadadan radical y desternillante introspección”.

“Diario de un canalla”, escrito entre 1986 y 1987, reconstruye su paso por las revistas de juego e ingenio bonaerenses. El relato, sin embargo, da pocos detalles “exteriores”; se centra en la relación que Levrero establece con un gorrión que se queda atrapado en el patio interior del departamento. Como Ignacio Echevarría destacará luego en su artículo “Levrero y los pájaros”, si el tema central de la narrativa de Levrero es, en definitiva, “la salvación del Espíritu”, “es del todo verosímil que el Espíritu se anuncie conforme a la más ortodoxa iconografía cristiana: en forma de pájaro”. Algo similar ocurre más tarde en “La novela luminosa”.

En “Diario de un canalla”, relato de poco más de 40 páginas, aparecen todos los temas que luego desarrollaría con mano maestra en “El discurso vacío” (1996) y en “La novela luminosa” (2005): la necesidad de tener más tiempo de ocio para no convertirse en un “canalla”, es decir, en alguien que vive en función del trabajo, el dinero y el poder; el encierro como mecanismo de protección de la realidad externa y también como vía de conocimiento personal; el convencimiento de que existe una comunicación de índole desconocida, entre sucesos y personas distantes, que explica extrañas coincidencias; la relación erótica como elemento indispensable para alcanzar la estabilidad psíquica; los trastornos del sueño…

Al mismo tiempo que construía una obra narrativa absolutamente “rara” e impar, Levrero fue profundizando paso a paso en la reflexión sobre su propia teoría literaria. “En mi opinión, decía, lo principal, casi lo único que importa en literatura es escribir con la mayor libertad posible”. “La literatura propiamente dicha es imagen. Una novela, o cualquier texto, puede conciliar varios usos de la palabra. pero si vamos a la esencia, aquello que encanta y engancha al lector y le mantiene leyendo, es el argumento contado a través de imágenes”. “Lo esencial en la literatura No es inventar, sino expresar por medio de palabras imágenes vividas interiormente, “vistas” en la mente”.

“Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos”, dice en “El discurso vacío”.

Manuel Turégano

Barcelona: Capital de la cultura hispana

Durante la segunda mitad del siglo XX, Barcelona se constituyó en una de las capitales culturales más importantes del mundo hispano. Vanguardia cultural de España, su influjo llegaría muy pronto a toda la América de habla española. En sus entrañas se gestó el famoso “boom”latinoamericano.

Durante los últimos 25 años de la dictadura de Franco (1950-1975) y los veinticinco primeros años de la nueva etapa democrática (1976-2000), Barcelona ha sido, de forma indiscutida y universalmente reconocida, una de las capitales culturales más destacadas del multiforme universo de la cultura hispana.

Aunando a la vez un espírito crítico y libertario, de oposición firme a la dictadura y de profundas convicciones democráticas, con una actitud estética avanzada y de vanguardia, plenamente instalada en la modernidad, intelectuales, artistas, poetas y empresarios de la cultura radicados en Barcelona protagonizaron, desde mediados de los años cincuenta, una verdadera “revolución” en el campo cultural.

En oposición clara a una dictadura incapaz de impulsar ningún género de cambio cultural y anclada en el molde polvoriento de lo peor del folklorismo andaluz (Manolo Escobar y cía.) , Barcelona hervía ya en esos años de propuestas, proyectos, ideas y empuje para impulsar una renovación que el espíritu de los tiempos ya reclamaba.

Ese empuje se dio en todos los campos: en la música (de la cançó a la rumba), en el teatro (desde el Joglars a la Fura), en el arte (Tàpies), en la filosofía (Trías), en el cine, en la arquitectura… pero fue especialmente destacado en el ámbito literario, donde merced a la explosión del “boom” latinoamericano, Barcelona alcanzaría una dimensión y un reconocimiento mundiales.

Ya a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, una serie de figuras prominentes comenzarían a destacar en este campo: figuras como José María Castellet, Carlos Barral o Pere Gimferrer, poetas, escritores y editores, abrieron una senda por la que iba a caminar todo el mundo cultural. La antología de Castellet de los “Nueve novísimos” iba a ser un hito en la renovación poética española, entroncada aún con la vigencia de la generación del 27, pero impulsando una revolución temática, estilística y de lenguaje muy importante. También la figura de Carlos Barral (poeta y editor) crece con el paso del tiempo: fue un verdadero detonante del cambio cultural español. Seix-Barral fue un motor editorial de primera magnitud, desde el que Pere Gimferrer (poeta y editor literario) abría las puertas a textos esenciales que habían estado ausentes de nuestro país por culpa de la censura, al tiempo que daba cabida a las nuevas voces.

En apenas dos décadas, antes de la muerte de Franco, Barcelona se convirtió en el primer centro editorial del mundo hispano: la capital hispana de la edición. En Barcelona había nacido la editorial Planeta, que con el tiempo llegaría a ser la primera editorial de España en volumen de negocio, la primera de Hispanoemérica y el segundo o tercer grupo más importante de Europa. Al mismo tiempo, el panorama se ampliaba con otros sellos, que han jugado un papel decisivo en el mundo editorial hispano hasta hoy: editoriales como Bruguera o Destino, como Tusquets o Anagrama, incluso más recientes, como El Acantilado o Alba, nacidas en los sesenta y setenta la mayoría, son referencias esenciales para el lector hispano de los últimos 50 años. A través de ellas, llegó a España buena parte de la literatura universal que no se pudo leer durante el franquismo, al mismo tiempo que ponían en circulación a los escritores catalanes y españoles que iban a renovar nuestra literatura.

Al mismo tiempo, Barcelona misma era en un vivero literario de primera magnitud. De ahí saldrían Juan Goytisolo y sus hermanos, Luis y José Agustín, una “saga” familiar que ha dado mucho a la literatura. Saldría el gran Marsé, Juan Marsé, todo un continente literario él solo, el hombre que mejor reflejaría la nueva Barcelona abierta y mestiza que se había creado en la posguerra. Marsé creó con el “Pijoaparte” un símbolo literario inolvidable, y toda su literatura es un canto de amor a esa Barcelona híbrida e integradora. De ahí salió tambien Eduardo Mendoza, uno de los escritores más leídos en la España de la transición. O Enrique Vila-Matas, considerado ahora mismo una de las referencia esenciales de la nueva literatura mundial. Sería interminable hacer la lista de escritores de talla barceloneses que han hecho contribuciones importantes a la literatura en los últimos 50 años.

Pero aquí no acaba todo. Otra figura esencial para entender el verdadero papel de Barcelona como capital cultural hispana es la de la agente literaria Carmen Balcells. A su instinto y a su determinación bien se le podría achacar el nacimiento del “boom” latinoamericano. Ella fue la que se trajo a Barcelona a Mario Vargas Llosa y a Gabriel García Márquez, la que convirtió a Barcelona en el principal centro de difusión mundial de la nueva literatura hispanoamericana. Son innumerables los escritores latinoamericanos que han tenido a Barcelona como su “segunda casa” durante las últimas cinco décadas. Si en el periodo anterior todo escritor de Hispanoamérica tenía que recalar de una u otra forma en París, desde mediados del siglo XX, Barcelona iba a pasar a ocupar ese lugar.

Quizá no sería exagerago decir que sin Barcelona es muy posible que no hubiera llegado a existir lo que hoy llamamos el “boom”, y que en cierta forma no es otra cosa que la completa universalización de la literatura escrita en Hispanoamérica por autores de la talla de Borges, Onetti, Carpentier, Rulfo, García Márquez, Vargas LLosa, Carlos Fuentes y tantos otros. Desde Barcelona se orquestó el lanzamiento editorial global de esta pléyade magnífica de escritores, que han logrado, en efecto, universalizar la literatura en lengua española. Algo que no ocurría desde los tiempos de Lorca y la Generación del 27.

Y este es un fenómeno que no se detuvo en los años setenta y ochenta, sino que permanece y se prolonga hasta nuestros días. También Barcelona fue el foco desde el que comenzó a irradiar la figura de Roberto Bolaño, a todas luces el escritor más influyente de los últimos veinte años.

Podrían hacerse listas interminables de poetas, narradores, dramaturgos, editores, críticos, reseñistas, etc. nacidos en Barcelona o residentes en la ciudad, que han contribuido a hacer de esta ciudad un foco de primera magnitud en la renovación y difusión de una cultura que ha recuperado (gracias en buena medida a ella) un papel central en el escenario cultural mundial.Barcelona capaital cultural 1

En todo este tiempo, además, Barcelona ha sido un verdadero símbolo de espíritu democrático y abierto, tolerante e integrador. La cultura que difundía impregnaba el talante general de la ciudad y de sus habitantes, y era un imán poderoso que atraía a artistas y escritores de todos los rincones del mundo hispano, sin que nadie los considerara ni “invasores” ni una “amenaza”. Al contrario. Durante medio siglo la ciudad ha podido presumir de su mestizaje, lo que le ha granjeado el cariño y la simpatía de que aún goza en todo el mundo hispano.

Pero en estos últimos años, con la deriva del nacionalismo catalán hacia el secesionismo y su pretensión de imponer una “identidad” única para todos los catalanes, considerando “traidor” a quien no acepta ese trágala, el clima de convivencia cívica y la atmósfera cultural de la ciudad han comenzado a cambiar. Nada es todavía irreparable. Pero, de acentuarse esa deriva, el papel central de Barcelona como foco cultural del mundo hispano podría acabar apagándose. Y sería una pérdida inmensa. El tesoro acumulado por Barcelona en estos años tiene un valor incalculable. Es el resultado de decenas de años de trabajo de una enorme cantidad de creadores, artistas y gestores de primera magnitud. Tirar todo esto por la borda es un auténtico suicidio, que ojalá nunca tenga lugar.

 

México “conquista” España

En el año del centenario del gran Juan Rulfo, la literatura mexicana alcanza un pequeño “boom” en el panorama literario español

Poco a poco, y de forma casi imperceptible, la literatura mexicana ha ido abriéndose un hueco significativo en el mercado literario español. Una docena de nombres nuevos han pasado a ocupar el lugar que años atrás detentaban autores como Sergio Pitol o Juan Villoro (por citar solo a dos de los más destacados), y más atrás, figuras tan relevantes -ya verdaderos clásicos-, como Carlos Fuentes y Octavio Paz. Siempre con Juan Rulfo al fondo, ocupando -como se ha visto este año- un lugar primordial en el canon de la narrativa en lengua española del siglo XX.

No ha sido una revolución ni una “invasión” muy publicitada, pero paso a paso un número creciente de jóvenes escritores mexicanos han llegado a convertirse en “lecturas obligadas” y frecuentadas por muchos lectores atentos, que quizá se sintieron atraídas en un principio por una temática -México mismo-, que suscita una mezcla irresistible de atracción y horror, pero que a la postre se han quedado atrapados por una narrativa con méritos literarios más que sobrados para ganarse un espacio en una biblioteca exigente: un lenguaje poderoso y expresivo, contextos narrativos con enorme fuerza de atracción, replanteamiento de la materia novelable en el mundo actual, una literatura valiente y arriesgada que se atreve a innovar y tiene frescura y poder.

Nombres como Julián Herbert (Acapulco, 1971), poeta y narrador, autor de novelas tan decisivas como “Canción de tumba” (2011) o la más reciente “La casa del dolor ajeno” (Random House, 2015); Yuri Herrera (Actopan, 1970), que con solo tres novelas: “Trabajos del reino” (2004), “Señales que precederán al fin del mundo” (2009) y “La transmigración de los cuerpos” (2013) -todas ellas en Periférica-, se ha granjeado una aureola de autor que ha conseguido dar continuidad al “lirismo seco de Rulfo”, abordando los grandes temas que vertebran hoy la realidad mexicana: la violencia, el narcotráfico, las relaciones de poder…: o Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), autora de novelas, cuentos y ensayos, que han obtenido galardones relevantes en España en estos últimos años, como el Premio Herralde de novela (“Después del invierno”, 2014) o el Premio Ribera del Duero de relatos (“El matrimonio de los peces rojos”, 2013), son escritores que forman parte ya del panorama lector español de estos últimos años. Y a ellos podríamos sumar nuevos nombres.

Como Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, Jalisco, 1973), cuya novela “No voy a pedirle a nadie que me crea” (2016), obtuvo el último Premio Herralde. Híbrido de relato negro, comedia de enredo y autoficción, la novela, situada en una Barcelona caótica y rigurosamente actual, entrecruza las peripecias insólitas de varios personajes (mexicanos, catalanes, argentinos, italianos, pakistaníes), que conforman una fauna típica de la ciudad cosmopolita, para, con un humor no sólo negro sino también descarado, tratar de “levantar la tapa” de una realidad que se nos escapa, que ya difícilmente podemos asir, por el cambio de parámetros existenciales, sociales, vitales y globales. Un mundo inasible pero reconocible en el que lo nuevo y lo viejo alcanzan una difícil coexistencia. ¿Novela mexicana en Barcelona? ¿Novela barcelonesa con mexicanos? Como dice el propio Villalobos, al final se trata de “una novela muy absurda, porque la trama se va volviendo más exagerada e hiperbólica”.

O como Antonio Ortuño (Zapopan, Jalisco, 1976), autor de cinco novelas y cuatro libros de relatos, el último de los cuales “La vaga ambición” (Páginas de Espuma, 2017), obtuvo el Premio de Narrativa breve Ribera del Duero (que se ha consagrado en estos últimos años como un galardón de primera magnitud en el campo del relato corto) y que ha sido muy elogiado por la crítica e, incluso, por escritores como Vila-Matas. Libro de relatos entretejidos, que enhebran distintas “experiencias” del protagonista -un escritor cuarentón, Arturo Murray-, el libro es una valiosa incursión en el terreno pantanoso de la escritura “en los tiempos del fin de la literatura”, donde escribir es “la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo”. El escritor trata de mantener vivo el consejo materno: “Que escribiera contra todos, me decía, y a pesar de todo. Que no les llevara la paz sino la espada. Me decía que el enemigo está en todas partes y aunque yo estuviera cansado, solo, rodeado, había que marchar, marchar y pelear”.Mexico conquista 2

O como escritores de la última hornada, de la última generación, como es el caso de Alejandro Espinosa Fuentes (Ciudad de México, 1991), ganador del Premio Pitol de cuento en 2015 y del Premio José Revueltas a la mejor novela joven, también en 2015, con “Nuestro mismo idioma”, libro que ha publicado en España Ediciones Contrabando. Considerada por su autor una “novela de desaprendizaje”, el libro es un mosaico discursivo donde los versos de Ramón López Velarde conversan con las tramas distópicas de Philip K. Dick, la narrativa lúdica de George Perec y los soliloquios atormentados de Thomas Bernhard en la angustiante escenografía del desierto mexicano. Mapa de recuerdos mutilados, carta de amor y odio al lenguaje, alegoría del proceso de escritura, “Nuestro mismo idioma” explora la intimidad de cuatro personajes incomunicados que buscan una voz para darle sentido a su aislamiento. Pero tales iniciativas, en un país devastado por una guerra invisible, suelen tener consecuencias.

Narrativa viva, y pletórica de sugerencias y hallazgos, construida sobre el trasfondo de una realidad volcánica, llena no obstante de humor y cruda ironía, buscando nuevos recursos expresivos y replanteándose valientemente el nuevo estatuto de la ficción en el mundo literario de hoy, la literatura mexicana actual es un imán poderoso por el que dejarse atraer. El lector agradece siempre la incursión.

Bocadillo:

Una narrativa viva y pletórica, construida sobre el trasfondo de una realidad volcánica

Campos de Níjar

De todos los libros de Juan Goytisolo, quizá este sea el más bello de lenguaje y el que mejor encierra el alma discordante y generosa del autor, fallecido estos días en Marraquesh

A finales de los años cincuenta del siglo XX, la región de Níjar en Almería era una de las más pobres y desoladas de una España, en líneas generales, bastante pobre y desolada. Las explotaciones mineras, en manos de compañías españolas o extranjeras, otrora activas y poderosas y ahora la mayoría cerradas, no habían dejado ningún poso de desarrollo económico ni social en Almería; la agricultura seguía anclada en técnicas del pasado y era bien escaso lo que lograba extraerse de un terreno semidesértico y sin agua; la artesanía, de gran calidad y belleza, malvivía escasa de mercados y el turismo no había descubierto aún la singular belleza de la región.

Juan Goytisolo viajó por esos años a los pueblos de los alrededores de Níjar y el Cabo de Gata para narrar con técnica novelística sus encuentros con un paisaje de soledades ásperas y sus singulares habitantes, que se debatían entre la búsqueda de la supervivencia diaria y el sueño imposible de la emigración, bajo la omnipresente vigilancia de la guardia civil franquista.

El resultado de ese encuentro es un libro magistral que revive lo que era el sur de España no hace tantos años, a la vez que denuncia lo que desgraciadamente no deja de repetirse, una y otra vez, bajo nuevos ropajes. Como dice el narrador en un pasaje del libro, “son las minorías selectas, no el pueblo, quienes suelen echar el dinero por la ventana, y hay muchas maneras de echarlo. El pueblo no tiene más remedio que resignarse, y aun cuando secunde alegremente sus delirios, el hombre de buena fe sabe distinguir, más allá de la anécdota, quiénes son las víctimas y quiénes los culpables”.

El paisaje de los campos de Níjar se le aparece a Goytisolo como una imagen inaudita, de una desnudez violenta, totalmente diferente a todo lo visto por él en Europa. Frente a la opinión más común, incluso entre la gente que lo habita, el novelista es capaz de apreciar la belleza de la tierra que lo rodea, si bien había llegado a ella ya seducido por las descripciones que había escuchado de los inmigrantes en Cataluña y, sobre todo, de los soldados almerienses que había conocido durante su servicio militar.

Y habitando ese paisaje, los niños desnudos o vestidos miserablemente, los adultos, envejecidos prematuramente, condenados a una vida paupérrima o a la emigración, las evidencias del abandono de un pueblo a su suerte y del peor de los expolios: el expolio humano. Juan Goytisolo documenta todo ello a lo largo del libro desde la perspectiva de un reportero, prestando también un especial interés al lenguaje utilizado por las gentes del país. Solo al final de la obra la voz del narrador abandona todo esfuerzo por mantener la objetividad para mostrar su disconformidad y su rechazo a las injusticias de las que ha sido testigo.

La relación de Juan Goytisolo con el paisaje de Almería influiría notablemente en su vida y en su carrera literaria. Su interés por el mundo árabe tendría justamente este punto de partida, ya que el novelista encontró en el norte de África una prolongación del paisaje y clima mental que había retratado en Campos de Níjar.

Durante el viaje, y en su correlato literario, el libro, Goytisolo comparte autobús y conversación con gentes de lo más diverso. En Campos de Níjar hay mucho diálogo, mucho intercambio de impresiones, mucha nostalgia de un tiempo y de unas tierras más ricas que aquellas en las que viven. Los lugareños añoran el Mar Menor y los pueblos al norte de la Costa, evocan Málaga, a donde fueron a hacer la mili o a visitar a algún médico (“allí sí que hay vida”, dice un comensal que acompaña al autor en una de las humildes fondas del camino) o sueñan con emigrar a Barcelona, donde ya viven parientes y amigos; hablan de sus enfermedades y de la escasez de médicos, invitan al viajero a beber un vino seco o muestran, de modo involuntario, la realidad política de la España de 1959: “Joaquín y su mujer se afanan limpiando el pescado y nos traen una botella de vino. En la pared hay una cartulina amarillenta, con las banderas española, italiana, alemana y portuguesa el retrato en colores de Salazar, Hitler, Mussolini y Franco”.

Goytisolo construye una lección magistral de la llamada “literatura de viajes”. Se apodera del paisaje inhóspito hasta extraerle su sorprendente belleza; se deja imbuir por la dignidad y la integridad de los lugareños, que no tienen nada y todo lo dan, que viven una realidad terrible sin dejar de soñar, abiertos y hospitalarios en todo momento y lugar. Al final, el viajero se implica tanto que no puede abandonar el lugar sino con lágrimas en los ojos, lágrimas de ira por la injusticia que no puede remediar, pero también lágrimas de nostalgia por una gente que le ha tocado el corazón. Y, al mismo tiempo que hace todo eso, nos va dejando un retrato implacable de la España franquista, sin necesidad de entrar en ninguna disquisición política.

Campos de Níjar (1959), como todas sus obras anteriores, fue prohibida por la censura franquista. Desde 1957, Goytisolo se había autoexiliado a París, desde donde viajó varias veces a Almería. Seducido por el paisaje y sus gentes, les dedicó esta magnífica obra que ya es un clásido esencial de la literatura en lengua española.

 

Bocadillos:

Goytisolo se apodera del paisaje inhóspito hasta extraerle su sorprendente belleza

La dignidad y la integridad de los lugareños, que no tienen nada y todo lo dan, lo conmueve hasta las lágrimas

Manuel Turégano

Pedro Páramo

Se cumplen cien años del nacimiento de Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo, una novela esencial de nuestra lengua

Enigmática, luminosa, transparente, la novela de Rulfo se irí­a convirtiendo con el paso del tiempo en uno de los monumentos literarios más valorado, estudiado y traducido de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Borges la incluyó entre los selectivos textos de su “Biblioteca personal”, donde la define como “una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispana, y aun de la literatura”. Para Garcí­a Márquez es “la más bella de las historias que se han escrito jamás en la lengua castellana”.

“Hay pueblos que saben a desdicha. Se los conoce con sorber un poco de aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Éste es uno de esos pueblos”. Ese pueblo es Comala, el pueblo que busca el narrador al comienzo del relato y adonde va a buscar a su padre, “un tal Pedro Páramo”. Comala, “un pueblo sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno”, como lo describe el arriero que le acompaña. Un pueblo “sin ruidos”, vacío, donde todos están muertos, pero habitado por las voces, los recuerdos, la memoria imborrable de quienes allí anduvieron antes de que se convirtiera en el escenario de la desolación.

Comala ha sido interpretada en clave mítica, en clave histórica y en clave puramente literaria. En realidad, soporta prefectamente las tres lecturas, ya que los tres planos se superponen y articulan en el relato de Rulfo, un relato que conjuga lo misterioso y enigmático con una transparencia descarnada, que es a la vez fabuloso y estrictamente realista, todo ello expresado en un lenguaje tan denso como austero, de una economía y precisión asfixiante a la vez que cargado de sutiles resonancias míticas. Un lenguaje que parece extraído de los relatos bíblicos, aplicado a un realidad que es la historia de una maldición implacable. La de una tierra y la de un hombre condenados a la destrucción.

El transfondo histórico de la novela de Rulfo no es otro que la revolución mexicana, vista desde ese punto de amargura y desencanto que supuso –ya a mediados de siglo– la corroboración de que aquella utopía fracasó, y de que la violencia y la destrucción que arrasaron el país apenas trajeron otra cosa que la ruina de los campesinos, la aniquilación de muchos pueblos y la corrupción política, sin lograr eliminar siquiera lacras históricas como el caciquismo.

Un cacique prototípico es Pedro Páramo, el personaje que da justo título a la novela, y a cuyo ascenso y caída asistimos a lo largo del relato. Rulfo describe con acerada precisión la espiral que lleva a Pedro Páramo a adueñarse y a dominarlo todo: tierras, pastos, ganado, hombres y mujeres, hasta el alma del cura. Toda Comala acaba siendo suya, todas las mujeres son suyas, todos los niños son hijos de Pedro Páramo. Todo es suyo menos aquello que realmente anhela poseer, y al final será víctima de lo único que no puede alcanzar: el amor de su última esposa, Susana San Juan. La codicia de poseer y el delirio de mandar se disuelven en la imposibilidad de alcanzar lo único que podría saciar la sed infinita de Pedro Páramo.

Para esta dura y cruel historia Rulfo crea una atmósfera a la vez delirante y concreta, una atmósfera desgarrada por la absoluta indefensión y soledad de unos personajes que ya lo han perdido todo, hasta la vida, y a quienes sólo queda la escueta veladura del recuerdo.

“Pedro Páramo” supuso una revolución en las letras mexicanas, un revulsivo para la novela en toda Hispanoamérica y el nacimiento de un clásico inmortal de las letras hispánicas que, más de cincuenta años después, conserva intacto su poder y su valor.

Manuel Turégano

Manual para mujeres de la limpieza

Los relatos de la escritora norteamericana Lucia Berlin han conseguido agitar durante una temporada las tranquilas aguas de nuestro mundo literario

Considerada como uno de esos “redescubrimientos” que, de tanto en tanto, alimentan las expectativas de una industria editorial en horas bajas, el libro de relatos de Lucia Berlin se ha encaramado en estos últimos meses a un lugar inesperado, teniendo en cuenta el débil eco que sigue teniendo en España el relato corto. Para ello, el libro se ha beneficiado de una hábil campaña de marketing, auspiciada por críticas exageradamente elogiosas que afirman que “su prosa desciende de Proust y de Chéjov”, que leerla es “desconcertante y maravilloso”, o que su autora es “una fuerza literaria única y abrasadora”. En realidad, su “redescubrimiento” en EEUU, donde arrasó en los suplementos literarios, ha causado un efecto dominó en Europa, donde todo el mundo se culpa (falsamente, claro es) de “no haber reconocido” o “haber injustamente olvidado” a una autora de semejante talla.

Desde luego no hacen falta en absoluto tales excesos para reconocer que tanto la autora como el libro tienen interés y merecen ser leídos. No porque su prosa sea deudora de Proust, o sus relatos recuerden a Carver, o haya sido un “genio literario” oculto e incomprendido, sino porque Lucia Berlin tiene algo que contar y lo hace de una forma tan directa y singular, que el lector inevitablemente se siente concernido. Lucia Berlin es un testigo excepcional de la convulsa vida americana (especialmente, de la convulsa vida de la mujer americana) y tiene la chispa y el talento necesario para convertir esa realidad en un conjunto vivido y brillante de relatos sobre el devenir de la gente en las entrañas de una América de pesadilla.lucia berlin

La vida de Lucia Berlin (matriz de sus relatos) encarna casi a la perfección esa existencia itinerante, convulsa, repleta de altibajos y llena de coraje que desmiente a cada paso el pomposo “sueño americano”. Nació en 1936 en Alaska de un padre minero que convirtió su infancia en un ir y venir por poblados mineros de Idaho, Kentucky y Montana. Su vida dio un vuelco cuando en 1941 el padre marchó a la guerra y ella, con su madre y su hermana pequeña, fueron a El Paso junto al abuelo. Al finalizar la guerra el padre se llevó a la familia a Santiago de Chile, donde vivieron muchos años en una situación de relativa prosperidad, en la que ella ejercía de anfitriona mientras la madre se retiraba con una botella a su cuarto. El alcohol siempre fue un protagonista y un demonio familiar, contra el que Lucia tendría que luchar casi toda su vida. En 1955 se matriculó en la Universidad de Nuevo México y, gracias a su dominio del español, estudió con el novelista español Ramón J. Sender. Se casó y se divorció tres veces, de un escultor, de un pianista y de un músico de jazz, con los que tuvo cuatro hijos. Cuando se separó del último, en 1968, tuvo que hacer frente sola a la crianza de sus hijos, para lo que trabajó como profesora de secundaria, telefonista, administrativa, mujer de la limpieza o auxiliar de enfermería. En 1991 y 1992 vivió en México DF, donde su hermana estaba muriendo de cáncer. En 1991 dio a la luz Homesick, la primera de las tres recopilaciones que publicó en vida, y en las que fue integrando los relatos que de forma esporádica había ido escribiendo desde los 24 años y publicando en distintas revistas americanas. Con Homesick, Lucia Berlin ganó el prestigioso American Book Award. En 1994 obtuvo una plaza como escritora residente en la Universidad de Colorado. Tras vencer al alcoholismo y al cáncer, murió en 2004 en Los Ángeles, por un agravamiento de la escoliosis, enfermedad que padecía desde los diez años y que a veces la obligaba a ponerse un corsé ortopédico de acero.

Tan extensa reseña biográfica sólo tiene sentido por el hecho de que esa vida es la principal y prioritaria fuente de toda su narrativa. Y, sin embargo, sería un error garrafal reducir esa narrativa a un presunto ejercicio narcisista de “autoficción”. Lucia Berlin no aspira a “contarnos su vida”, sino a hacer literatura. Que esa literatura emerja en buena parte de una vida tan pletórica, amarga, cambiante y diversa, no significa que sus textos no tengan otra validez que dejar constancia de su experiencia personal. Berlin sabe construir a partir de pequeñas y curiosas anécdotas, de conflictos sabidos, de momentos singulares, relatos que tienen una verdadera resonancia literaria. Sabe construir personajes que se apoderan del hilo narrativo hasta llegar al corazón del lector. Con un lenguaje chispeante, lleno de recursos sorprendentes y hasta inéditos, dominando con bastante fluidez el arte de la construcción narrativa, Lucia Berlin trasciende el mundo propio para ofrecernos una veraz radiografía de la vida de los perdedores.

En esta antología de 43 relatos se cuentan vidas rotas en las que el fracaso se acepta con bastante normalidad. Berlin no tiene reparo en mostrar un amplio catálogo de las miserias humanas: la degradación, la vulgaridad, la fealdad, el alcoholismo, la enfermedad, pero tampoco en resaltar la ternura o la emoción de los perdedores y los inadaptados. Sus personajes son gente maltratada por la vida (y por sí mismos), pero también hombres y, sobre todo, mujeres audaces, que van de frente, con una valentía, una temeridad y una inconsciencia admirables. Su mirada irónica y compasiva llena sus relatos de una intrépida luz.

 

Bocadillos

Lucia Berlin tiene algo que contar y lo hace de una forma tan directa y singular, que el lector inevitablemente se siente concernido

Su mirada irónica y compasiva llena sus relatos de una intrépida luz.

 

Mac y su contratiempo

La última novela de Vila-Matas, pletórica de humor y sombras, es un verdadero máster sobre literatura

No es la primera vez que una novela de Vila-Matas toma como motivo central otra novela suya anterior. Ya en “París no se acaba nunca”, el relato giraba en cierto modo en torno a la escritura de “La asesina ilustrada, su “primera novela”. Pero si entonces dicho motivo servía más o menos de excusa para levantar su peculiar retrato del “artista adolescente”, con “Mac y su contratiempo” (Seix Barral, 2017) Vila-Matas va un poco más lejos y convierte la reescritura de su novela de relatos “Una casa para siempre” en una experiencia fascinante, un verdadero máster “gratuito” de literatura o de eso que ahora se llama, académica y pomposamente, “escritura creativa”.

Sobre “Una casa para siempre” pesaba una losa, que tal vez el inconsciente de Vila-Matas ha querido ahora remover. Cuando en 1988 publicó el libro, dos conocidos críticos literarios españoles destrozaron la novela y, con escasa amabilidad, le mostraron la “puerta de salida”. Mejor que no la hubiera escrito, concluyó uno. (Por cierto que al año siguiente, el libro fue seleccionado, junto a otro de Javier Marías, entre las mejores traducciones publicadas ese año en Francia). En España, fuera de un entonces todavía desconocido Roberto Bolaño, casi nadie mojó su pluma a favor del libro.

Casi 30 años después, cuando el escritor barcelonés no es solo una referencia esencial  de nuestra literatura, sino de la literatura mundial, Vila-Matas vuelve a ese texto “maldito”, no para ejecutar una fría venganza, sino para levantar a partir de él una obra verdaderamente memorable, una obra que está en plena sintonía con el work in progress que lleva escribiendo desde hace décadas.

En “Mac y su contratiempo” un narrador vila-matiano al cien por cien, tras quedarse en el paro, decide “ahora que no tiene nada que hacer” iniciarse en la escritura, para lo cual comienza a escribir un diario (toda la novela suponemos que es ese diario, que el narrador paradójicamente no quiere de ningún modo que se le convierta “en novela”, para lo que aún no se considera preparado). Pero al poco de iniciar la escritura del diario, se encuentra en una librería de su barrio (el barcelonés “barrio del Coyote”, así bautizado en la novela por ser donde vivió José Mallorquín, el célebre escritor de novelas pulp de la posguerra) con un “reconocido escritor barcelonés”, altivo y soberbio, y a raíz de ese encuentro empieza a concebir el proyecto de “reescribir” uno de sus libros, que recuerda leyó (sin acabarlo) hacía muchos años. Así, y mientras va registrando en su “querido diario” los avatares de su “nueva vida”, de su deambular por el barrio o los rescoldos de su vida familiar, Mac inicia una relectura sistemática de “Walter y su contratiempo” (que es el nombre que tiene en el libro “Una casa para siempre” o algo que se parece tanto a ella que no cabe mucho engaño, aunque por supuesto no es idéntico), con vistas a, posteriormente, reescribirlo de nuevo y mejorarlo. Mac está obsesionado con la “repetición”, que considera no una operación nefasta y fatigosa, sino la esencia misma de la literatura. Aunque se habla mucho de la “originalidad”, para Mac toda escritura es repetición. Repetición, una y otra vez, de un relato original, un relato oral, que se remonta en el tiempo a la época de la Arabia feliz, que decían los griegos. Escribir es repetir. Y el va a repetir la obra de su famoso y engreído vecino, el autor de mucha novelas, entre ellas “Walter y su contratiempo”, de la que parece que no está muy satisfecho con los resultados, y que él considera muy mejorable, ya que el original está salpicado de párrafos farragosos e incomprensibles, debido sin duda a que fueron redactados “en estado resacoso”.

“Walter y su contratiempo” (como “Una casa para siempre”), como la novela que Mac va a reescribir y mejorar, es una “novela de relatos”, las memorias de un ventrílocuo que sufre “un contratiempo”: al buscar “su voz propia”, su “única voz propia” (eso que todos los escritores buscan ansiosamente), ha perdido su verdadera condición de ventrílocuo, se queda “agarrotado y paralizado”.  Tras conseguir superar en el primer capítulo esa parálisis, en los siguientes se desparraman sus distintas voces. Cada capítulo es un cuento y cada capítulo es un cuento diferente, cuyo armazón total construye la novela.

Mac va leyendo y analizando cuento a cuento, descubriendo en cada uno de ellos su génesis y su propósito, para luego más tarde plantear las reformas que piensa realizar. Este paseo por el interior del libro (al igual que los paseos por el barrio nos dan una radiografía bastante intensa de la Barcelona en crisis, con sus mendigos in crescendo), es también un paseo literario por la geografía de la narración, es especial del cuento, y una incursión extraordinaria en el meollo mismo de la literatura. Si hasta ahora, todo texto vilamatiano venía a ser una excursión recreativa por uno u otro aspecto esencial de la creación literaria y por el esclarecimiento de ese tejido nudoso que forman vida y literatura, en “Mac y su contratiempo” (donde el autor, sin renunciar a una intensa ficción literaria, toma quizá más que nunca la voz narrativa de un ensayista) el texto parece organizado como una verdadera y exhaustiva “master class”, mucho más productiva y mucho más divertida, seguro, que mil talleres literarios al uso.

Pero con ser quizá la novela más divertida de Vila-Matas, “Mac y su contratiempo” no deja de ser un jardín con sus rincones sombríos. Y, de hecho, puede que sea su obra donde la muerte está más presente.

También -y esto lo vengo reiterando novela tras novela- este libro contiene una radiografía del presente mucho más atinada que muchas otras saturadas de un supuesto “realismo” auténtico. La mirada de Vila-Matas sobre el presente es acerada y sabia. Y su talento para indagar en el estado de las relaciones fundamentales (marido y mujer, padres e hijos, vecinos, etc.) otorga una pátina de credibilidad esencial a un relato lleno de imaginación, de pura ficción.

“Mac y su contratiempo” es una novela, una gran novela, una novela sabia, inteligente, muy divertida, y a la vez una verdadera enciclopedia sobre la creación literaria, donde Vila-Matas ha volcado una sabiduría forjada en el más solitario y heterodoxo de los moldes de la narrativa española de los últimos cincuenta años.

 

Bocadillos:

Aunque se habla mucho de la “originalidad”, para Vila-Matas toda escritura es repetición

La mirada de Vila-Matas sobre el presente es acerada y sabia

Manuel Turégano