Archivo de la etiqueta: Sarah Martínez

El templo

La luz nunca es tan clara cuando se filtra a través del cristal;

el silencio, siempre como roca,

perfila tus segundos,

tiempo eterno que es el día. 

La duda ha construido todo un templo

en el que, sumergida,

desciendes. 

No temas el mostrarte,

no hay límites para la belleza,

el arte

no perece. 

Lo plausible de la sensualidad

 te recorre

enfrentándose a la inocencia

que esconden tus formas. 

Asomarse

al riesgo del deseo

forma parte

del movimiento. 

Lucha con la fuerza de tu vientre,

que es tu arma

y tu bandera. 

No  importa cuánto camines,

tu cielo estará esperándote

siempre que te reflejes en el viento.

Sarah Martínez

El cuerpo

Lo sabes,

aunque duele.

Duele la pena

que, como una hoja caída,

reposa en tu rostro.

 

Las marcas que quedaron en tus ojos

y por todo tu cuerpo

te lo recuerdan.

 

Hay decisiones que liberan de la angustia

y, momentáneamente,

te sientes fuerte,

amarrada a

la belleza desnuda

de tus silencios.

 

Que no te traicione tu espalda

cuando te dice

que aguanta cualquier peso.

 

A veces sólo hay que soltar

y sentir que nuestro cuerpo

no es más que eso:

peso muerto.

Pues muerta la ilusión,

muerto el cuerpo.

 

Siente el agua que desbordas,

es momentánea.

Momentánea es la ilusión,

momentáneo es el llanto,

que, como el agua,

sigue su curso.

Sarah Martínez

La erótica de lo imposible

La erótica de lo imposible

se materializa

frente a la ausencia

de un cuerpo verdaderamente caliente,

lo sexual se dramatiza

para poder ser

representado.

Hay en tus caderas

el más grande de los teatros.

Abre la puerta del cielo

 y míralo despacio

que es

finito.

Cuenta los suspiros

que regalas

antes

de ahogarlos.

Ahógate en la sangre

que

verdaderamente

es tuya.

Toca el deseo con los dedos

y vívelo como un sueño

pues al alba

se desvanece.

No estremezcas

mientras lo veas alejarse,

aquí no hay trampa:

tus pecas flotarán

exactamente igual

que antes;

solas, sin gemidos.

No desees lo imposible,

tus labios serán cenizas

muy pronto.

Sarah Martínez

El límite de la definición

Siento una indignación profunda acerca del hecho de tener que definirnos. El estado de cosas hoy nos obliga a hacerlo, constantemente. Títulos y más títulos, cargos y más cargos, palabras y… sólo palabras. Nos ceñimos a papeles que, lejos de representarnos, nos anulan, dejando escapar los matices que nos caracterizan a cada uno de nosotros. No se trata, por lo visto, de quién soy, sino de qué soy, como si de un objeto se tratase. Soy licenciada, soy doctor, soy costurera, soy camarero, soy azafata, soy ingeniero, soy veterinaria, soy alquimista, soy un mago, una ladrona, un escapista de este mundo que se cierra cada vez que pronuncio palabras falsas, cada vez que recito un mar de posesiones vacuas e insustanciales.

Soy un entramado de frases en negro en un papel blanco y mi alma está muerta. Esas son las reglas del juego, espectros caminantes que no conocen la motivación real de su existencia más allá del triste hecho de sobrevivir en la jauría enferma que es esta sociedad. ¿Sabéis realmente lo que soy? Soy pasión, soy pura vida manando por mis entrañas con ganas de devorar hasta el último aliento en esta tierra. Quiero ser todos los colores dependiendo de todos los días que me quedan, días que son míos por derecho natural. No quiero que las horas pesen, deseo que los minutos, los segundos, muevan sus caderas alrededor de mi cuerpo, disfrutando de aquello no soy, que no tengo, que no anhelo.

Nos lo tomamos demasiado en serio. Lo que es devastador, porque los años pasarán igualmente y todos encontraremos nuestro asiento en el olvido. En ese lugar donde tan sólo podrás enfrentarte a una cosa, que es a ti mismo. Vivimos eclipsados por la seducción de la mentira, una mentira que es finita, que se arruga, se marchita, acabando por caer al suelo en un otoño cualquiera; y te quedarás desnudo y solo, con la pena más grande que alberga nuestra existencia: el arrepentimiento. Sólo espero llegar a vieja y poder reposar mis carnes en un molde fabricado con mis propias manos. Que el amor sea todo admiración, no compasión. Enamórate de ti mismo. Vívete. Todos tenemos que pasar por el aro, no te preocupes. Pero siéntelo, siente cómo te aprieta y, a partir de ahí, suelta amarre.

Facebook dice: ‘Tiene una relación’, ‘Estudió en’, ‘Trabaja en’. Yo te digo: ‘Me gusta desayunar desnuda’; lo cual aporta mucho más acerca de quién soy que cualquier otra etiqueta.

Sarah Martínez

Los tristes

No me importa que haya

vómito en mi habitación.

lo que más me importa

es todo el vómito de mí

misma

que encuentro, perdido.

 Siempre he sido una persona bastante

triste. Él también.

Nuestras casas son muy tristes,

no hacemos más que seguir la tradición.

 Veo a todas esas personas en el parque

mientras estoy sentada con mi perra.

Veo cómo les aburren sus vidas:

esa camisa planchada, la lavadora

centrifugando y unos hijos que

tienen

sin saber bien por qué.

Sarah Martinez

La verdad en lo mísero

Con facilidad se teme a lo mísero, a lo más oscuro de nosotros mismos. Con incalculable esfuerzo vertimos capas sobre nuestra propia miseria, temerosos de mostrarla. Sin embargo, en su aceptación se encuentra lo más fantástico a lo que podemos aspirar: el crecimiento. Somos un entramado de mentiras hasta que miramos a nuestra miseria a la cara y afirmamos: éste soy yo. 

¿Acaso podemos esconder la tiranía en nuestras vidas? Siempre al borde de la inocencia, en ese tímido momento en que tu valía supone más valía que la de cualquier otro, alimentando al lobo malo sin saberlo. O quizá sí, mientras no miren. Las encrucijadas del ego, el personal y el colectivo. Son múltiples las situaciones cotidianas en que se hace, o hacemos, uso de la tiranía: siempre hay alguien más débil. La soberbia es la más fina representación de lo tirano, la más fina representación de la miseria.

Hay un punto muy interesante de nuestra miseria cultural, por tanto colectiva e individual, que todos conocemos o fácilmente intuimos, una postura tirana y soberbia sobre el dominio del mundo: el protagonismo. Conocemos a los protagonistas de la historia, del arte, de la literatura. ¿Son realmente los únicos protagonistas? Si te fijas, la grandísima mayoría comparten rasgos comunes. Ese es un aspecto bien tratado en la historia cultural, no es ningún descubrimiento; pero lo rodea un pesado velo.

Hace un par de días ojeaba títulos y autores en una pequeña librería; tras un buen rato dando vueltas, cogiendo libros y soltándolos, emocionándome con los hallazgos y teniendo que tomar serias decisiones acerca de cuáles llevarme, me paré unos segundos a observar mis elecciones: en su mayoría hombres, blancos, europeos o norteamericanos. ¿Acaso no son ellos los protagonistas de nuestra historia de la literatura? 

Sarah Martínez