Archivo de la etiqueta: Salva Alberola

Concierto de silencios

Hay silencios calmados, tediosos. Los hay exuberantes, poderosos y sobrecogedores. Furiosos y terribles. Hermosos y deseables, apacibles, tranquilizadores y trascendentales. 

Escucho un silencio en lontananza que me llama. Una comunión de todos ellos. Un concierto en que los instrumentos han enmudecido, han dejado paso al inabarcable manto de estrellas muertas que es este silencio y me han invitado a escucharlo. Sí, soy un privilegiado, contemplando desde el palco VIP el callado mundo a mis pies. 

Es una sala oscura en la que solo se percibe un tenue rumor, como el fluir de un riachuelo en una noche opaca. No existen soles aquí dentro, sino una vida oculta que brilla en otro sistema, imperceptible en este lugar. Hay una muchedumbre a mi alrededor, una a la que no puedo ver, que respira con tanta gracia que despierta carcajadas en mis ojos. Desconozco si mis latidos se pronuncian con furia o son impulsos exteriores. Sí, creo que lo son. Escucho los latidos de todos los presentes, la vida en armonía, y es algo hermoso este silencio mancillado. 

Es en este Café con la puerta cerrada horas atrás, prohibido el paso a transeúntes sin fe, donde se aúnan todos los silencios para crear la más estruendosa sinfonía que solo un sordo podría apreciar. 

Sin embargo, nosotros la vemos cuando se encienden las luces, centelleando en nuestros iris quemados por la luna. Acostumbrados a mirar de soslayo. Apesadumbrados por haber perdido la fijación en los débiles destellos que ya casi olvidaron. Sí, vemos este silencio absoluto, tan poderoso que es apreciable con el tacto; el suave contacto de una seda prohibida robada en países exóticos.

Vísteme, silencio, ahonda en mí y encuentra las palabras enterradas. Hazlas resurgir para que te resquebrajen. Llévame y elévame cuando resuene la última canción que compusieron los locos de bellos sueños. 

El hastío te hace cruel, silencio. Ya no eres más que el tejido de las tinieblas, un día más triste y oscuro que todas las noches. 

Acállate, silencio, y da paso a la percusión del mundo, que ansía retumbar de nuevo en esta sala vacía y rebosante de almas. 

Salva Alberola

Los pequeños momentos y las pequeñas cosas

Momentos. Todo se reduce a efímeros instantes esparcidos en el tiempo. Los pequeños y más fugaces son los más valiosos; los grandes, impactantes y trascendentales están sobrevalorados, porque al final no lo son tanto.

Largos veranos de arena y sal, de soles que caen verticales sobre las espaldas. Siempre suelen antojarse cortos, cercana su conclusión. En ocasiones pienso que no son más que falsas ilusiones que nos creamos, tratando de mejorar lo que, sin saberlo, puede ser ya inmejorable.

A veces me da por trabajar en el campo a cuarenta grados, asándome al sol e introduciendo las manos en la tierra, solo para recordar de dónde venimos. En ocasiones miro un momento mi reflejo en unas aguas cristalinas, solo para recordar quién solía ser. Sí, ocasiones y pequeños momentos.

Los que van y vienen, los encuentros por sorpresa y las despedidas que pretendemos aplazar. Los unos no son más importantes que los otros, ni los que permanecen dejan tanta huella como los que marchan tempranamente, no tiene nada que ver.

Pequeños momentos con las personas adecuadas; las pequeñas cosas. Reúne unas temperaturas infernales, una diminuta piscina en un lugar dejado de la mano de Dios, unos sabrosos refrigerios y un rincón chill. Far L’amore y tendrás algo único. Fugaz en el tiempo, también. ¿Has pensado que quizá estos sean los mejores días de nuestras vidas?

Conduce al ritmo de Fans. Líquidos transparentes que saben a fuego y excursiones al más allá de las que uno no retorna sin unas cuantas fotografías diluidas en tinta roja. A veces me da por vivir demasiado y escribir demasiado poco; todo radica en el exceso, en un extremo u otro de la balanza oxidada de nuestros días.

Sonrisas que retroceden y avanzan hasta confundir. En ocasiones me da por recordarlas y pensar demasiado, y buscar besos húmedos para sentir el pálpito de nuevo. Arizona. Refresca una noche vacua de estrellas. Sudores sobre las sábanas y bajo soles de hermosa decadencia.

Ecos de días futuros. Se palpa la nostalgia al rememorar algo que aún no ha terminado. Suena Hero en lontananza. Videoclips en blanco y negro de nuestras propias hazañas, todavía latentes en nuestras carnes. A veces me da por reabrir viejas heridas solo por recordar cómo dolían. Esculturas que se desmoronan y embellecen con la decrepitud; ausencias que nos construyen y logros que siempre saben a poco, porque siempre se quiere más y se espera más de lo que se alcanza. Quizá el sentido radique en no buscarle un sentido, solo en sentirlo, que es diferente.

Una canción, unas últimas notas que nos unieron a todos, que nos hicieron sentir en hermandad. Pistas que nunca habíamos escuchado y que, sin embargo, nos llevaron al mismo lugar. Tierras abandonadas, preñadas de matorrales y sequedad. Encrucijadas en las que siempre falta gente y sobran opciones.

Ocasos en la orilla con el sol a nuestras espaldas. Un panorama que se destiñe, que se va oscureciendo y tiende al gris. Bancos de nubes dejando paso a una luna que se reflejará en esas aguas cuando nos bañemos de madrugada. Demasiados adioses. Siempre nos quedará el bourbon del domingo por la noche. Comeback Story.

 

Historias inconclusas, siempre inconclusas, porque si no perderían su razón de ser, siguen sangrando al ritmo de Pickup Truck. Unas últimas arremetidas contra esas olas que no nos dejan llegar más allá. Se sigue empujando como si no se comprendieran las mareas y las crestas. Unos últimos revolcones para sacar la pasión y la ira. El ruido y la lluvia. Caricias hambrientas de sexo. Caídas, ropa que se mancha del lodo del tiempo. Un pálpito, una corazonada. Te sigo para ver dónde vives, olvidándolo al día siguiente con la próxima marea. Pero miro esa fotografía y vuelvo a sonreír. Vuelvo a mirar hacia las alturas. Sí, en ocasiones me da por releer viejas cartas y volver a pasar por delante. Solo para que sepas que estaba pensando en ti.

Todo son pequeños momentos, al fin y al cabo. Únicamente se trata de las pequeñas cosas, porque siempre ha versado sobre ellas. La vida y todos sus textos, la música y todos sus desenfrenos. El éxtasis y los frenesíes que nos poseyeron. Sí, esta película siempre ha ido de lo mismo. No hay luz ni oscuridad aquí, no, nada de eso. Este tiempo nunca habló de otra cosa que no fuera la entropía y la búsqueda del pivote fijo. La balanza oxidada de nuestros días. Nuestros pequeños momentos y nuestras pequeñas cosas.

Salva Alberola

 

 

.

 

 

 

 

El Rey de la mundanidad

No hay ya nada que hacer. El ciclismo te atrapa, y no es el del Tour de Francia. El surrealismo cotidiano da una contundente pedrada y rompe tu ventana, para que entre la brisa, para que pase la primavera y te penetre; luego alumbras una buena alergia de esas que rejuvenecen el espíritu, y sales volando por la puerta que has reventado a base de cabezazos. 

 Había una débil luz al fondo. Casi habías olvidado cómo era sentirla en esa piel que ya no es broncínea, que ha perdido el color y está pintada de un pálido blanco cenizo. Escuchabas voces nacidas al otro lado, ecos de remembranzas diluidas. Veías chispas cuando cerrabas los ojos, centelleos granates que pintaban el negro, dándole un brillo que lo hacía aún más oscuro; ondas de tinieblas rellenando los surcos de las paredes, los arañazos en el acero, las quemaduras en las sienes; hora de salir.

Porque la ventana vomitaba amagos cromáticos en esa estancia plomiza, rayos ilusorios que bosquejaban las posibilidades exteriores en ese suelo resquebrajado en que las malas hierbas se abrían paso. 

Escuchabas aquella canción una y otra vez. Los primeros acordes entraban en ti como una enfermedad. El bajo marcaba el pulso del submundo. Las voces invadían la habitación como una estruendosa y caótica algarabía de manicomio. Todos los locos vivían en ti. El humo iba quedando impregnado en las paredes y en el techo, colapsando el ambiente. Cabezas que estallaban, botellas haciéndose añicos, sonrisas suspendidas en el aire y ojos crujiendo al abrirse y cerrarse. Un letargo demasiado largo. 

Al fin has salido. Las calles nunca han olido mejor. Ha desaparecido el mefítico rastro de pérdida que las impregnaba; se lo tragó la alcantarilla o ascendió a los cielos amarillos. Ahí estás, expuesto en un escaparate, prístina sonrisa en los labios y un guiño que emite un fulgor especial. Ahí donde hemos estado todos: espaldas apoyadas contra la pared, cintas en el pelo, zapatillas destrozadas, camisetas manchadas, saliva gorgoteando de la boca, aguardando un balonazo; futuros que han sido barridos. 

Las calles están vacías y nunca resonaron mejor. No quedan taxis, autobuses, coches patrulla ni motos trucadas en estas vías adoquinadas, en los senderos de esa habitación sin cuarta pared. Puedes gritar, saltar, bailar y nadie irá a detenerte; tampoco a sumársete. No queda nadie en esa Gran vía de luces fundidas. Las bombillas rotas son ondulantes océanos que te llevan, acunándote fríamente. 

 Sales al fin a impregnarte de esa primavera que llueve como fuego de los árboles. Te sientas en una solitaria mesa de una terraza, tomas tu café solo y fumas media docena de cigarrillos. Garabateas cualquier cosa en tu ajada libreta, quizá alguna idea furiosa, un sueño olvidado, una meta difuminada, unos versos torcidos. Pateas las calles que haces tuyas, te relacionas de nuevo; es el despertar a un mundo que habías dejado atrás. Vuelve a mezclarte con esa farándula que olvidaste, ponte la máscara y ríe como un demonio. Sé un ejemplo a seguir, luego, bajo mano, urde los planes que mejor te convengan. Bendice a todos con el perfume que robaste del Infierno y sé un santo para los que dejaron de creer. Cree en ti, cree en que la vida es buena y sigue adelante. 

 Escucha unas rumbitas el domingo por la tarde, empápate de sidra y cerveza, ríe a carcajadas cuando muera la noche, vanagloriándote de que sigues vivo, de que nadie ha podido exterminarte. Roba unas cuantas sonrisas, produce miradas que derritan edificios y recita unas cuantas epopeyas de sexo y violencia. Inúndate del calor de la gente, acércate a cualquier persona que te guste y consigue sacarle los colores con unos cuantos gestos y dile: «Eres el sol que se sonroja cuando me acerco». Eres la noche para él o para ella, eres la pieza que faltaba en tanto puzzle incompleto.

Escucha una conversación entre tus amigas: «Quedamos y nos arreglamos, y puede que nos toquemos las tetas, y quizá luego nos masturbemos la una a la otra»; fantástico. Que te bauticen todas esas historias y te hagan renacer como el rey y el azote de todas sus andaduras.

Sé su luz, sé su música, sé su motivo y también su pena, su arrepentimiento; sé el error que cometerían una y otra vez, en mil ocasiones hasta perder la cabeza, tal y como tú lo hiciste en tu ausencia en aquella habitación cerrada. Vives rodeado de profanos y frivolidad. Sé, pues, el rey de la mundanidad. 

Salva Alberola

 

El Mundo de la Farándula

Existen toda una suerte de personajes a mi alrededor: trapecistas, payasos, equilibristas, y cada una de las variantes de creadores y representantes del circo que es la sociedad hoy en día; el mundo se está desmoronando a mi alrededor y no sé cómo frenar tal catástrofe. El planeta gira rápido, demasiado; tanto que temo que en cualquier momento pueda desanclarme de su superficie y salir despedido al espacio profundo, reventando en ese panorama vacío y helado o vagando eternamente en la negrura universal. 

El postureo invade todos los grupos de personas que conforman los habitantes de esta y las demás ciudades de nuestro mundo. Es algo que está tan extendido que me parece ya irrefrenable. La mayor parte del ganado parece no darse cuenta de que lo es. La gran masa, los robots neutralizados por las invasivas y atractivas tecnologías. Quizá no haya que reflexionar sobre esto, sino preguntarnos, cada uno de nosotros, si somos cabras u ovejas, porque negar el hecho de que, en efecto, pertenecemos a un ganado homogéneo, masificado, clónico, lamentable y en proceso de degradación, sería tan ingenuo como negar la propia existencia. Pienso luego soy ganado. Solo deseo apartarme, salirme, aunque sea solo un poco, para evitar que cualquier día una de esas jodidas pantallas luminosas me absorba y pase a formar parte de un eslogan publicitario y manipulador sobre un producto inútil que nadie, en su sano juicio, creería necesitar jamás. 

Lo veo constantemente, a todas horas: gente haciéndose selfies ante los monumentos, al caminar por las calles, al detenerse frente a un escaparate, al tomar un café en una terraza, o una copa en un pub, o al bailar en la discoteca. Selfies de almuerzos, comidas, meriendas y cenas en las terrazas de Madrid y los pueblos de alrededor, selfies tomando el sol en la Malvarrosa, selfies viajando de acá para allá en coche, o caminando entre contenedores y basureros, selfies al entrar en la ducha, al salir, mientras se duchan, selfies al sentarse en el retrete para evacuar, selfies cocinando, durmiendo, despertando, leyendo, fumando, escribiendo, follando… Selfies en una gala de los Oscar, en un partido de fútbol el domingo, selfies al comprar cualquier mierda, al abrirla, usarla y venderla, selfies al cobrar la nómina de un empleo basura, selfies al caerse, hacerse una herida e ir al hospital, reportaje de una recuperación, selfies en bragas, gayumbos, sujetador y topless, selfies en el gimnasio, en la farmacia, en la cola del paro, del supermercado y en la del banco, selfies al madrugar y ver salir el sol, al ascender la luna y al ver un castillo de fuegos artificiales. Selfies al construir el porro perfecto, al meterse una raya o al inyectarse una dosis del estreno de la última temporada de la serie de moda. Selfies en el cine, con la pareja, con los hijos recién nacidos, con los gatos y perros, en las hamacas, en los aviones, taxis, autobuses y junto a los vagabundos de la Gran Vía al aparentar tirarles una moneda. Selfies al ver una radiografía, al contraer una enfermedad, selfies en funerales y selfies al morir. Selfies de selfies, metaselfies, tantos que mi cabeza estalla y salpica de vísceras a todos mientras se hacen un selfie, mi cuerpo reventado de fondo, semidesenfocado. Si hay alguno inexistente, en un breve período de tiempo quizá sea la moda que, la odien o no, seguirán todos los borregos a rajatabla. Pequeñas cabritas que visten y se comportan de formas que odian solo para poder decir que están a la última, seres vendidos sin personalidad, robots en busca de una inmortalidad que el propio cáncer de su falsedad les impedirá alcanzar. 

Existe el postureo satírico como crítica al verdadero postureo, luego está el que funciona como retrato o crónica de una cotidianidad o de unos actos más o menos extraordinarios, y luego está el auténtico postureo, el del tipo que fotografía la copa de whisky de su colega en un pub para subirla a Instagram y añadir como pie de foto “De fiesta con los mejores”, o cualquier frase similar. No me parecería mal si hubiera certeza y autenticidad en ello, pero el caso es que dicha persona hará la foto y no tomará ni un sorbo de la copa, porque no es suya, porque ni siquiera le gusta el whisky, y porque quizá no se lo pueda permitir y pretenda mostrar en las redes sociales una vida glamourosa muy alejada de la suya, en un intento por ascendel mundo de la farandulaer a la “jet set” desde la realidad virtual que él mismo ha creado en el mundo paralelo de la tecnología y la simulación. Hasta este punto hemos llegado, y sería para dar gracias si este ejemplo fuera el peor de todos; nada más lejos. Me temo que esas personas no son conscientes de que el tiempo que toman para hacer la foto, escribir la mentira, subirla y esperar a comentarios, aprobaciones y demás chorradas, es tiempo que no recuperaran jamás y que podrían haber empleado en disfrutar del momento que tenían delante, ese que aparentemente vivían pero que esquivaban inconscientemente. Esta tecnología que nos oprime fingiendo liberarnos, estas manías, estas adicciones a ella, esa obsesión por tratar de aparentar más que por vivir real e intensamente, es lo que está matando a millones de seres humanos y pudriendo sus cerebros a un ritmo alarmante. 

Todo esto no es más que un circo, un juego… Es el mundo de la Farándula, de la pseudorealidad, las mentiras y apariencias, los reality shows, la televisión basura, el arte como producto, la masificación y el bombardeo de la publicidad en un intento por vendernos el simple entretenimiento exterminando la profundidad y autenticidad que antes persistía. Nos pudrimos, nos morimos lenta pero constantemente; vamos de la mano camino de la destrucción. Pero tranquilos, que nadie se alarme, que no es más que un juego, una realidad virtual, una representación que trata sobre la apariencia, una obra de teatro, un sueño, una gran broma… cada cual que lo llame como quiera, pero que siga convenciéndose de que es un juego, pues sino la realidad colapsará. Habrá quienes representen un papel vital autoengañándose y habrá quienes realmente sean actores, se introduzcan en ese podrido sistema de aniquilación de personalidad y se aprovechen de él, extrayendo todo su jugo hasta dejarlo mustio, hasta reducir la tremenda erección del enorme pene de la falsedad y dejarlo en no más que un ridículo y flácido apéndice que no pueda penetrar ni una mente más. Solo entonces seremos libres; hasta entonces seremos violados, de forma consentida, hasta que no quede nada de nosotros y nuestras entrañas se hayan licuado, escapándosenos por todos los orificios de nuestro pútrido cuerpo. ¿Qué hacer entonces? Más que obvio: tomar un selfie y compartir nuestra agonía; que la rueda siga girando y el juego no termine. Juguemos un día más a esta ruleta rusa contemporánea, hasta que se nos acaben las balas y debamos inventarnos una nueva farsa para suicidarnos mentalmente. 

Salva Alberola

 

El hombre que espera

Que el tiempo ha sido siempre una perturbación para el hombre, un objeto de intenso debate y un tema clave de reflexiones y meditaciones, no es ningún misterio. Es algo contra lo que no se puede luchar, es invencible.

Algo que parece muy contemporáneo –ultracontemporáneo, diría más de uno–, es esperar. Dicho acto consiste en dejar pasar el tiempo sin hacer nada, solo aguardando a que cualquier cosa suceda. Hay muchos impacientes, muchas personas cuyas ansias les pueden, les superan, y se inquietan y ponen nerviosos ante el arcaico acto de esperar.

Hay que moverse, está claro, ser echado para adelante, como suelen decir, pero por desgracia en demasiadas ocasiones no nos queda más remedio que esperar. Eso es lo que te dicen: espera pacientemente… Como si el que te lo dice hubiera descubierto el secreto de la vida eterna y dispusiera de unas cuantas décadas para echar por la alcantarilla, esperando. ¿Esperar para qué? Pues, obviamente, para casi todo.

Espera para conocer los resultados de un examen, una prueba, lo que sea. Espera una llamada, un WhatsApp, uEl hombre que esperan correo electrónico, una respuesta a una pregunta, invitación, incitación o comentario cualquiera. Espera a que te llegue el sueldo cuando te has quedado pelado a mediados de mes, espera milagros en lugar de salir a buscarlos. Espera la llegada de las vacaciones, del verano, del día libre a la semana, para después ver cómo se consume con malvada rapidez. Y ya desde la infancia: espera a ser mayor, espera a tener la edad suficiente como para beber, fumar, conducir y entrar a un prostíbulo. Espera para poder votar y aun así ver cómo el país se va por el desagüe. Aprende a esperar, a no desistir ni renunciar, a no provocar un caos tan descontrolado que te sorprenda a ti mismo, fruto de las ansias que te dominan. En el mundo editorial: manda cualquier abominación salida directamente de tu enfermiza mente, sin filtrar ni adecentar, y espera una respuesta pacientemente, que puede tardar meses; la escritura lleva su tiempo, es un proceso lento… Es lo que dicen. ¿pero qué proceso no es lento, hoy en día? Espera para obtener un empleo mal remunerado y luego espera a que te echen para poder cobrar el paro. Espera en las colas del supermercado, del banco, espera a que te atiendan al teléfono, a que se rían de ti al otro lado de la línea, espera a que deje de llover para poder salir a pasear a los perros sin ducharte prematuramente, espera el estreno de la película que llevas años deseando ver, el nuevo capítulo de esa serie que no te permite despegarte de la pantalla. Espera, espera y espera.

Visto así, uno llega a pensar que, entre dormir y esperar, se nos van dos tercios de la vida en actos inútiles en los que solo permanecemos, sin realizar acción alguna. Tendríamos que vivir mil años para que las esperas no acabaran con nosotros.

Aquel que posea el gran secreto que se dedique a esperar; el resto deberíamos comenzar a actuar, y al que nos mande esperar, sortearlo y seguir por nuestro camino. Porque lo único que pasa de largo al final, mientras uno espera cualquier chorrada, es la vida, y que se sepa solo tenemos una.

 

DE WHISKY E IBUPROFENO

Este iba a ser un texto sobre el silencio, algún tipo de silencio; al menos era la idea original, pero solo puedo pensar en el ruido cuando el dolor de muelas me está taladrando la maldita cabeza y cuando todavía permanece el regusto del whisky –los muchos– que ingerí anoche; así es como te recibe Valencia en Fallas: un puñetazo en la cara y otro en el hígado, pero ambos revestidos de fuegos artificiales. No sé si es lo más indicado para un martes noche, pero como decimos aquí, estamos en una ciudad sin ley, nos da igual todo y tenemos carta blanca una semana. Puede que, al final, esto no acabe siendo sino un texto aleccionador a lo Trainspotting, pero bueno, allá vamos.

Puedes elegir, o no, el silencio, una espera que te compense en varias ciudades a la vez, que camine junto a tu soledad y tu sombra, siguiéndote por las calles adoquinadas atestadas de llamativas luces de neón, de incentivos a pecados morales y de viajes sin retorno a casas ajenas a las que no sabrás cómo habías llegado. Piérdete mientras ese silencio te martillea las sienes y marca el ritmo de tus días, el humo de tus cigarrillos, el sabor de tus tragos. Sal y encuentra chicas con las que cartearte estando a diez kilómetros de distancia y mantengan viva esa llama del romanticismo. Piérdete en los viajes de carretera, en los restaurantes en medio de la nada, en los campos de Castilla en busca de la estela del Quijote. Practica la escritura de resaca, la doctrina del paseante, el estilo de vida del pseudovagabundo y después escribe para algún día, en algún lugar, contárselo a tus nietos. Móntate en un vaso de tequila un lunes y aterriza en cualquier antro de perdición un viernes, o un sábado, y pregúntate dónde estará. Libera un poco de caos, dale un empujoncito a la pequeña esfera que rodará colina a bajo y, como una bola de nieve, al llegar al valle será una dura roca de tamaño inconmensurable que aplaste a todos tus enemigos. Crea tu propia odisea, tu propia historia preñada de locura y sueños utópicos, y lucha por alcanzarlos. Toma un zumo de naranja cada mañana, vitamina en vena, un buen café y vuelve a perder la cabeza, patea las calles en busca de antiguas amantes, de lo que fueron los ecos de tu pasado, y atrápalos, remuévelos e ingiérelos para que amedrenten a esos fantasmas de perniciosas ideas que te susurran al oído. Busca a esas antiguas amistades que no te hacen sentir en casa, sino que son tu casa, porque te vieron elevarte y caer, hundirte y renacer mil veces, y porque les gusta tu lado oscuro casi más que el políticamente correcto. Coquetea con la cazalla, no podrás esquivarla cuando pongas un pie en Valencia, únete a los transeúntes en la Mascletà y vive el ruido, deja que entre en tu cuerpo y forme parte de tu alma para siempre. Espera con ansia el castillo del día 18 y, por una vez, busca a esa persona especial con la que quieres levantar la vista a los cielos y verlos arder en armoniosa sintonía. Que se joda el pasado, dedícate a vivir y no a revivir, a continuar atrapado en esa nebulosa que ya ni comprendes, que no es más que una atronadora algarabía que solo te devuelve denso silencio. Que se joda, y jode más y piensa menos, que ese navío no te llevará a ningún puerto deseable.

Al final has conseguido barrer ese incómodo silencio con tanto ruido plagado de etílico erotismo. Si ya lo decían en la película: Elige vida, elige tu futuro. Pero elige esa liberación prohibida, ese romanticismo del que la contemporaneidad reniega, plásmalo y elige whisky una y otra vez para endulzar tus noches. Escritura de resaca. Martillea la muela en un dolor que se expande. Intenta dormir unas horas mientras escuchas vomitar al tipo que duerme en la habitación de al lado, preguntándote si el otro lado de la cama seguirá vacío la próxima noche, en la que todo vuelva a empezar de nuevo. Elige whisky, elige ibuprofeno, y no te detengas.

Salva Alberola

PUTA VIDA

 

Hace unos días me aseguraron, con asombrosa certeza, que los mejores años de la vida, ese período en que tanto la mente como el cuerpo están en su máximo de posibilidades, es el comprendido entre los 22 y los 36 años. Curioso, cuanto menos. ¿Qué sucede antes? ¿Y después? 

Lo cierto es que para asegurar la veracidad de tal afirmación habría que preguntar a un gran número de personas de diferentes rangos de edad, aquellos comprendidos tanto en esa franja mágica como los que ya, o todavía, radican fuera. Si bien habría que tener en cuenta que la opinión más válida sería la de aquellos que ya la hayan superado, pues serían quienes hablarían desde la experiencia.  

Por mi parte estoy de acuerdo, aunque me encuentro de lleno dentro de la franja, y quien me comentó tal hecho también. Lo único que nosotros podemos asegurar es que, en efecto, a nuestra edad la calidad de vida en todos los sentidos (y la de los pensamientos, espero) es mejor que antes de los 22, cuando el mundo, a pesar de ser ya adultos desde hacía algunos años, todavía era un lugar un poco extraño. Cometíamos muchos más errores, la inmadurez estaba por todas partes, casi la exudábamos, y las posibilidades con respecto al presente eran mucho más reducidas. Como todo el mundo erramos un sinfín de veces, caímos unas cuantas más y, prueba de que ahora puedo escribir este extraño texto, logramos levantarnos cada vez que un hostión nos nubló la mente (entiéndase por hostión más el emocional que el físico, que también hubo alguno). 

¿Y qué acontece después de los 36? Hay quien teme la llegada de ese momento, y también quien vive aterrado pensando en que su cumpleaños está a la vuelta de la esquina, vaya a cumplir 30 o 27; les da igual. El problema es envejecer. A mí, sinceramente, eso de ir acercándome a la muerte paulatinamente es algo que me es indiferente, pues cada etapa de la vida tiene sus ventajas y desventajas, aunque no negaré las ventajas de esta franja mágica que nos ocupa. Habría que revisar cada caso en particular, pues conozco a gente que con veintisiete es un viejo y otras que con cuarenta nos dan cien vueltas, en todos los sentidos, a cualquiera de los que todavía gozamos de tener veinte y tantos.  

De todos modos son muchas las personas de más de cincuenta que me han asegurado que, efectivamente, los mejores años de la vida son los que hemos comentado, y por supuesto su opinión es la que más cuenta.  

Para el resto de mortales, solo decir a aquellos que han superado los 36 que, sin agobiarse, sigan viviendo con las mismas ganas y pasión que a los veinticinco, que por suerte son la mayoría; y a los de menos de veintidós, advertirles de que, casi indudablemente y en la inmensa mayoría de los casos, las mayores hostias de la vida están aún por llegar, y con ellas el valiosísimo aprendizaje y evolución personal que comportan. Así que, andarse con cuidado, pues todavía queda muchísimo aprendizaje por delante.

Salva Alberola

DE UNICORNIOS Y TABERNAS

Uno puede llegar a escuchar gran cantidad de cosas interesantes si se para a escuchar atentamente en el momento y lugar adecuados, o si introduce ciertos elementos inflamables para avivar una conversación y, en cierto modo, hacerla estallar. Así fue que estando un día cualquiera en un bar de Valencia llegué a escuchar ciertas ideas –todas ellas provenientes de mujeres, debo aclarar– que me resultaron más que interesantes, por lo que no he podido evitar juntarlas y exponerlas en el presente texto. Quede claro que no todas son mías, pues principalmente me he dedicado a ordenarlas y darles forma.

El caso es que las cosas han cambiado; sí, señores y señoras, debemos admitirlo cuanto antes. El mundo ha evolucionado tanto y tan deprisa que ya apenas nos resulta reconocible. Lo ha hecho en muchos aspectos, pero en este texto me refiero, en concreto, al arte del ligoteo, del cortejo, de la seducción, o como quiera llamarlo cada uno, y a los cuentos que se les relacionan. Antes las mujeres –y Disney ha hecho un daño terrible e irreparable al respecto, pocos me quitarían la razón–, para este caso las princesas del cuento que protagonizaba cada una de ellas, no tenían más que esperar en su flamante castillo, en su espectacular torre, a que el príncipe fuera en su busca, para conquistarlas, ganarse caballerosamente su corazón o para rescatarlas de algún mal, según la situación y necesidad de cada una. ¿Pero qué sucede ahora? Que la princesa se cansa de esperar, pues el galán no aparece, el príncipe no llega. La hermosa, inocente y pura princesa se pregunta entonces: “¿Dónde cojones estará el cabrón este, que no llega?” Pues bien, la respuesta es sencilla y ya conocida en estos turbios tiempos que corren: el príncipe está en la taberna local cogiendo la turca de su vida, rodeado de otros camaradas o rivales, de mujeres despampanantes, bailarinas de streaptease –que bien pueden ser princesas también, claro está–, de cerveza, whisky, tequila y cocaína; y de fondo un rock duro ambienta el antro lleno de una espesa niebla. De vez en cuando quizá se le pueda ver también partiéndole el taco de billar en la espalda a otro príncipe que, como él, viste una capa raída de un azul descolorido, con algunas manchas de vómito y sangre y con barba de varios días, todo por el honorable amor de una bella damisela.

Así son las cosas ahora, todo se da en la taberna, y las princesas, en lugar de aguardar en el vasto castillo deben salir a las frías calles, internarse en las sucias tabernas, en los antros de mala muerte, para pelear por sus príncipes con las demás damiselas, al igual que ellos mataron dragones en tiempos remotos en gestas de iguales ideales. Bueno, ¿y qué coño tiene esto de cuento? Tranquilos, que lo sigue siendo, pero cambiado y evolucionado. Que nadie se escandalice, pues el famoso unicornio sigue existiendo. ¿Qué dónde está? Pues mientras el príncipe coge el ciego de su vida en el cálido interior de la taberna, el pobre bicho espera en la cuadra que hay fuera, tomando whisky barato del abrevadero y buscando el valor necesario para entrarle a una yegua atractiva e intentar llegar a montarla sin ganarse un pleito por acoso sexual; si no hay cuadra, uno podrá encontrarlo seguramente en el frío, húmedo, oscuro y maloliente callejón que hay junto a la taberna, rebuscando con su antes prístino y legendario cuerno entre la basura y rezando porque no se le enganche con alguna lata y se le caiga, pues está débil y goteando a causa de la sífilis que contrajo al tirarse a la yegua que hacía la cuadra una semana antes y sin protección en las cercanías del hospital, mientras a su príncipe le hacían un lavado de estomago a raíz del coma etílico que había sufrido.

Sí, así de sórdido es ahora; aunque este no es más que otro cuento de la cruda modernidad para escenificar que las cosas, por suerte o por desgracia, ya no son lo que eran. Así que, bellas princesas, dejen los castillos y salgamos todos a las calles para al fin encontrarnos. Ya no se va de bares, ahora se va de tabernas, donde habita la magia de los cuentos.

P.D.: Tendrán que disculpar que me despida tan prontamente, pero mi unicornio me grita no sé qué de Jack Daniel’s desde el retrete, y debo atenderlo, pues si no a ver quién me lleva de tabernas mañana por la noche.

Salva Alberola

En Madrid

Es un día frío y gris, un día de lluvia que acompaña a que pasemos la tarde en casa, arropados en el sofá y tapados hasta el cuello con una manta, viendo la televisión y echando de vez en cuando una ojeada a la ventana para ver el mundo exterior, para ver cómo cae la lluvia y moja las calles adoquinadas, solitarias y carentes de color. Pero es un buen día también para salir y darse un paseo, viendo todo cuanto nos rodea.

Te tomas algo en una terraza cubierta viendo pasar los autobuses, los coches patrulla y las ambulancias haciendo resonar sus sirenas por las avenidas, y escuchas fugazmente un fragmento de la conversación de la mesa de al lado, una frase surgida de un discurso que se te ha escapado pero que aun así es demoledora: “Todos están más solos de lo que pensamos”; intuimos que también de lo que ellos mismos piensan, aquellos a los que el interlocutor hacía alusión.

Aquí en Madrid todo es grande, somos muchísimos y quizá por ello la soledad tienda también a ser mayor, a crecer con más amplitud y ferocidad. Lo cierto es que, sea por oportunidades o por azar, muchos terminamos aquí, en la gran ciudad, donde se viene a renacer o a morir. De un modo u otro todos acabamos recorriendo estas calles buscando ese algo, mientras tratamos de buscarnos la vida. Cada uno de un lugar distinto, lo cual enriquece el matiz de personalidades, nos juntamos en esta urbe entrecruzando nuestras vidas mientras intentamos llegar a algún lugar. Aquí no hay peces grandes, tan solo miles y miles de peces pequeños, queriendo hacer gala de una gama de colores que cualquier vecino puede poseer, intentando brillar sobre el millón de luces que pintan la ciudad cuando cae el sol.

Cuando eres consciente de dónde estás, a pesar de lo desconocido que pueda resultar, sonríes. Sí, sonríes por las oportunidades, por esa ingente cantidad de posibilidades que se abren ante ti, pero también porque eres consciente de que tú también eres uno de esos miles que vino aquí a buscar algo y que te has encontrado con muchos iguales, cada uno de una tierra distinta.

Caminas por la calzada mojada, te abrochas la chaqueta resguardándote del frío y entonces, todavía con esa sonrisa en los labios, enciendes un cigarrillo y sigues caminando. ¿Hacia dónde? Qué más da, mañana será otro día. En ese momento piensas en quién eres realmente, de dónde has llegado y, sobre todo, por qué has venido. Recuerdas qué es lo que quieres hacer y por qué dejaste todo atrás para perseguir ese sueño, sea el que sea; y en medio de la vasta soledad mencionada en aquella cafetería que quedó atrás hace un rato, durante el paseo, te das cuenta de que para bien o para mal ya has dado el primer paso, muchas veces el más grande, y que ahora te estás dejando llevar por la corriente, por esa marabunta de gente con miles de vidas posibles que hace que la tuya ya no sea la misma, pero que la hace sorprendente y emocionante con cada día que transcurre.  

Salva Alberola

El “peligro” de la comodidad laboral

Puede que el título que encabeza este texto sorprenda a más de uno, y también que la palabra “comodidad”, como aquí, no vaya entrecomillada, pero tampoco pretendía abusar. El motivo es que ni se trata de un peligro ni de una comodidad, no en el estricto sentido de la palabra al menos, pero encierra más significado del que pueda parecer.

No sería descabellado asegurar que con los tiempos que corren el trabajo sea una de las cosas más importantes en la vida y más difíciles de conseguir para algunos. Es lo que nos ha tocado vivir. La situación laboral no deja de estar jodida, y muchos al encontrar empleo lo comparan con un milagro; quizá no sea para menos. Pero sabiendo todo esto no dejo de sorprenderme al escuchar algunos comentarios, y lo que más despierta mi curiosidad es que no se trata de quejas. Puede que como en otras ocasiones, la duda que planteo en el texto radique en la frase: trabajar para vivir o vivir para trabajar.

Muchos de esos comentarios vienen de mis compañeros de trabajo. Este, básicamente, se resume en estar toda la noche –las ocho horas correspondientes– cargando cajas que no pesan precisamente poco, y por regla, seis días a la semana. ¿Lo bueno? Se cobra más de la media –al incluir en la nomina la paliza física y la nocturnidad, claro–, pero el sueldo es algo que me parece normal, por lo que no daré las gracias, pues aseguro a cada uno que lea estas líneas que por mínimamente jugoso que pueda parecer, uno se gana hasta el último céntimo, y aun así no sé hasta qué punto está pagado –como tantísimos otros trabajos, por desgracia–, pero los comentarios no giran en torno a esto. Suelen dar gracias por él, pero bueno. Lo que me suscita interés es escuchar a los novatos de veintipocos años recién entrados al curro diciendo que ojalá después del contrato de tres meses consigan que los hagan fijos, pues así tienen ya trabajo para toda la vida. Tampoco es muy descabellado, no es un mal trabajo, pero al verlos y darse uno cuenta de que tienen pinta de haber salido de una de las universidades o institutos más pijos de la ciudad, pues hombre, uno se sorprende. 

Algunos otros tienen claro que solo se trata de un trabajo temporal para ahorrar y seguir intentando alcanzar aquello que realmente ansían, como es mi caso, pero lo cierto es que somos la minoría. La inmensa mayoría querrían jubilarse ya allí, por lo que parece. Muy respetable, por supuesto, pero esto me ha llevado a escoger el título del que hablaba al principio. Dada la complicada situación actual en nuestro país creo que son esa “suerte” y esa “comodidad” el mayor “peligro” para que uno no vea sus sueños alcanzados, para que se rinda, para que deje de luchar. No son pocas las personalidades famosas que dijeron que, antes de hacer otra cosa distinta a lo que realmente querían hacer, preferían morir de hambre. Bien es cierto también que solo conocemos la historia de los que lo han logrado, y quizá muchos se rindieran o por orgullo acabaran muriendo de hambre –hay gente muy tozuda, o valiente, o loca, ya no sé cómo calificarlos–. Pero a donde quiero ir es que por pesado que sea un trabajo, cuando uno lo tiene bien agarrado ya no lo quiere soltar –y tampoco me extraña demasiado–, pero esa condición se erige como el mayor aniquilador de los sueños, el que impide que uno siga arriesgando yendo en pos de la meta que siempre ha querido alcanzar. Algo jodido, sí, aunque no lo parezca.

Como ya he dicho todo es respetable, y más el tema que trato en este texto, pero quien quiera que me llame loco, pues por poco riesgo que implique el continuar, mi idea no es perderme la mayoría de las noches por asegurarme una comodidad laboral y con ella renunciar a la mayoría de mis planes de futuro. Quién sabe que durará esta etapa, unos meses, un año, pero no más. Después, con un buen colchón y la libertad que comporta, lo seguiré intentando, volveré a caminar dejando atrás este alto en el camino. Unos me llamarán insensato, otros quizá hasta vago, pero después de invertir tiempo y dinero –que no era mío, y duele aún más– estudiando una carrera durante cuatro años y habiendo dedicado mucho esfuerzo a ciertos proyectos personales en los que me volqué en cuerpo y alma, no estoy dispuesto a renunciar a ellos por tener una seguridad económica que me dejará la espalda partida a largo plazo y me mantendrá encerrado realizando una tarea cíclica y repetitiva hasta la saciedad durante cuarenta años, que se dice pronto. Los principios son lo más duro, está claro, y rara vez se empieza haciendo lo que se quiere, pero quedarse para siempre en esa etapa es otra cosa a voluntad de cada uno.

Tal vez acabe muriendo de hambre, pero cuando esté agonizando no podré decir que no lo habré intentado, porque la vida se basa en eso, en intentar, intentar y volver a intentar, que uno consigue más por pesado y persistente que por azar del destino y golpe de suerte.

Salva Alberola