Archivo de la etiqueta: Susana Benet

EL GÉNERO Y LA “GÉNERA”

No entiendo qué problema hay con la norma que incluye el género femenino dentro del masculino. No sé a qué fémina le escuece esta regla gramatical, básica, sencilla, cómoda y que, en ningún caso, a mi entender, menosprecia al sexo femenino.

Creo que la dignidad de una persona radica en otros aspectos que cada cual debe defender en su ámbito familiar, social, profesional, personal… No creo que feminizar el lenguaje sirva para que una mujer se sienta más realizada o respetada. Más bien me parece un asunto banal, e incluso incómodo, al tener que estar nombrando continuamente a: “vecinos y vecinas”, “amigos y amigas”, “socios y socias”… ¿Tendríamos que feminizar todos los términos? ¿Cómo nos sonarían entonces palabras como: “testiga”, “miembra”, “detectiva”, “comensala”, etc.? Aparte de que no suenan bien, resulta una medida superflua. Algo externo, de pura apariencia, pues tal vez estas personas tan susceptibles y que desean aparecer con la “a” al final del nombre, no sean tan independientes ni liberadas en su fuero interno. Ni siquiera en sus relaciones personales y afectivas. En cambio, por poner un ejemplo, sí que me he sentido objeto de discriminación al obligarme a llevar falda en el trabajo, en lugar de pantalones, norma impuesta por algunas empresas machistas. Creo que ese sí que es un buen motivo para ofenderse y rebelarse.

Ahora, para quedar bien con “todos y todas”, se ha puesto de moda el uso de la @, que se ha hecho muy popular y que me resulta igualmente postizo. No soy mejor persona, ni más digna, por sentirme aludida por la @. Porque, a fin de cuentas, lo que importa es “ser persona” con todos sus derechos y obligaciones, independientemente de pertenecer a uno u otro sexo. LOS GENEROS

Concluyo con el comentario de Paz Battaner (que acaba de ingresar en la RAE), y que afirma en una entrevista, publicada recientemente en El País, que: “Se debe utilizar el masculino incluyente en la mayoría de los casos porque lo demás lleva a inconsistencias muy grandes y a discursos reiterativos que no ayudan a mejorar la presencia de las mujeres en la sociedad”. También puede visitarse la página del lingüista Ángel López: “Lingüística para frikis”, donde aborda este asunto en su artículo “Cuestión de género” con agudeza y seriedad. Lo recomiendo.

Palmireta

BASURA

Un amigo se queja en su blog de que la ciudad está tomada por los turistas, las motos y los veladores en las aceras, en fin, por todo lo que vamos amontonando a nuestro alrededor para nuestro falso confort.  También la gente suele quejarse de la suciedad  que dejan sobre el pavimento las bayas y hojas que caen de los árboles, los excrementos de los pájaros, los orines de perros (y de humanos). Si por algunos fuera, se talarían árboles que tanto ensucian en otoño y se exterminarían pájaros, esos seres tan molestos que picotean cacahuetes de las mesas en las terrazas.

Pero nadie señala algo basuramucho más palpable que producimos a diario y en cantidades desmesuradas: la basura. Es difícil pasear sin ver, arrimados a la acera, esos enormes contenedores que, en ocasiones, despiden olores de ultratumba. Alrededor de ellos aparecen diseminadas algunas muestras de nuestra selecta cultura: alimentos rancios, envases vacíos, ropa sucia, juguetes destrozados… y algún inodoro desechado con huellas inconfundibles de nuestra excelsa humanidad. ¿Tiramos demasiado o tenemos demasiado? Si en alguna época venidera nos estudian futuros arqueólogos, se quedarán pasmados por tal abundancia de alimentos, enseres, tecnología… pensarán que fue la abundancia lo que nos extinguió. Y no me extrañaría. Producimos y consumimos más de lo necesario, estamos de todo hasta las cejas, al menos en nuestro mundo “desarrollado”. Debería llamarse así por la cantidad de basura que desarrollamos y tratamos de ocultar en contenedores. Inmundicia y restos de nuestro bienestar que algunos desposeídos, montados en bicicleta, lanza en ristre, rescatan para subsistir. Personajes anónimos que trepan a los contenedores ante nuestra pulcra mirada, seres humanos que para ciertos espíritus “sensibles” también forman parte de la basura.

Susana Benet

FALTAN ÁRBOLES

Recientemente todo son noticias sobre incendios. Los informativos no paran de mostrar enormes bosques invadidos por las llamas. Negras humaredas ocultando el horizonte. Personas evacuadas. Carreteras cortadas. Señalan que algunos incendios pueden ser intencionados. No puedo imaginar que alguien disfrute destruyendo naturaleza. Pero tampoco me extraña tanto si observo cómo el cemento se apodera de nuestras ciudades, ante la mirada impasible de la mayoría.

Vivimos en espacios donde predominan edificios, muchos de ellos mastodónticos, feos, vulgares, desnudos. Qué pocas personas se toman la molestia de cultivar plantas en los balcones, en las terrazas. Es deprimente contemplar fachadas y fachadas en las que predomina el ladrillo, el acero y el cristal. Tampoco crecen muchos árboles en las aceras. En algunas calles, están ausentes En otras, observamos que el espacio destinado a un árbol, aparece seco, sin vida. Tal vez el árbol murió, pero nadie lo repone.

Existen los jardines, pero están contenidos en espacios limitados. ¿Por qué no convertir la ciudad en jardín? Muchos reyes lo hicieron en la antigüedad. Ellos, más sensibles tal vez que nosotros, deseaban rodearse de belleza y salud. Y nada mejor que la vegetación.

Cuando paseo por nuestras calles, echo en falta esa vegetación que nos aporta oxígeno, belleza, sombra y frescor en los tórridos veranos. Nos faltan árboles, plantas en las fachadas, jardines en cada solar baldío. Y no creo que deba ser responsabilidad exclusiva de nuestras autoridades. Es cierto que ellos se ocupan oficialmente del tema, pero nosotros también somos parte implicada y no parece inquietarnos demasiado que la ciudad esté tan desprovista de vida vegetal. Podríamos aumentar el verdor de nuestro entorno por propia iniciativa, cultivando macetas en ventanas y balcones. Algo fácil y económico que embellecería esas tristes fachadas áridas y desnudas. Sería una medida personal y comprometida, una forma de enfrentarnos a la desertización que, poco a poco y de manera implacable, venimos sufriendo.

Susana Benet

PETARDOS Y “PETARDÁS”

“La Dirección General de Comercio y Consumo recuerda que, al utilizar un artefacto pirotécnico, hay que dejar suficiente espacio alrededor y evitar su empleo en aglomeraciones. Sólo se pueden disparar petardos en las zonas delimitadas para ello y marcadas como zona de fuegos.”

“Los petardos no se deben disparar contra personas o animales, ni en zonas donde haya vegetación o líquidos inflamables. Tampoco debemos encenderlos dentro de botellas, latas, contenedores o papeleras porque al explotar pueden producir metralla.”

Esto es lo que leo en la normativa actual respecto al uso de petardos en Fallas. Y me asombra que esté tan lejos de la realidad cotidiana.

En primer lugar, no estamos en Fallas todavía, pero el quiosquero hace su agosto en marzo. Desde el primer día del mes se oye el sonido constante de los petardos aquí cerca, en un jardín donde hay niños, perros y terrazas de bar. No se lanzan en una zona delimitada (eso solo figura en el papel). Tampoco se respeta ningún horario. Los petardos suenan a cualquier hora. La gente se queja por lo bajo, ¡cualquiera protesta! No estaría bien visto y menos por los falleros que parecen representar a toda la población de esta ciudad. El ruido nos tiene que gustar porque sí, porque si no, no somos valencianos. La gente, insensibilizada o anestesiada, se toma un refresco en una terraza y charla en medio de las explosiones, algunas tremendas, porque se venden petardos de gran calibre a cualquiera.

A mí me sorprende que los vecinos que viven sobre ese jardín, entre los que debe haber gente con insomnio, dolores de cabeza, algún enfermo, animales domésticos que tiemblan ante el ruido, se aguanten y no protesten. Lo que digo, la mayoría está anestesiada o simplemente resignada. De vez en cuando, explorando en Internet, me encuentro con alguna queja contundente sobre esta práctica tan desmedida. Pero es como clamar en el desierto. Aquí lo que importa es la “festa”, una “festa” interminable que dura prácticamente un mes entero.

Porque nosotros somos muy folclóricos, y así nos va. Vamos de “petardá” en “petardá”, dando la nota en los medios, con noticias tan explosivas como esos “trons de bac” que con tanta soltura lanzan nuestras autoridades.

Susana Benet