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La susurradora irresistible. Leed.

Sentada en su Harley con el casco en la mano, la mujer pelirroja contempla el deambular habitual de decenas de personas por una de las calles principales de la ciudad. ¿Qué hacer para que todo mejore?, se pregunta. ¿Qué deberíamos hacer para comprender nuestras diferencias, para respetarlas? ¿Y para no dañar a los demás, para que los demás no nos dañen? ¿Qué podríamos hacer para no creer a ojos cerrados todo lo que nos cuentan en la televisión, en la radio, en la prensa? ¿Y para no clasificar a las personas en ángeles o demonios? ¿Qué deberíamos hacer para no reírnos de chistes ingeniosos que solo pretenden manipular la opinión, para no agarrarnos a lo fácil? ¿Y para no convertir en enemigo el rostro de una persona que antes nos caldeaba el corazón? ¿Y qué hacer para librarnos de la prisión de esa pantalla que nos ata hora tras hora alejándonos de la vida real, la vida llena de miradas directas, de abrazos de carne y hueso, de besos dulces y sonrisas que nacen de dentro y se ensanchan, de la misma forma que se ensancha el alma de quienes las reciben?la susu

La susurradora nunca se pregunta a sí misma sin hallar una respuesta. La contestación le surge de los labios, caracolea en el aire y rebota en la farola más próxima para estallar en un susurro que salta de mente en mente como un virus invisible.

“Leed, leed toda clase de libros. Eso os permitirá conocer pensamientos distintos, creencias diferentes, puntos de vista enriquecedores; os conducirá a profundizar en la historia, a evitar cometer los errores del pasado; os otorgará seguridad para caminar por la vida, os librará de prejuicios; facilitará que comprendáis lo que os rodea, que valoréis las posturas encontradas y configuréis vuestro propio criterio. Un criterio fundado en el análisis, en el conocimiento y no en el parecer o el fanatismo de nadie. Leed.”

Sin disculpa. Valencia.

La susurradora irresistible. Todo, menos el dolor.

La susurradora decidió ir a Barcelona para que nadie pudiera contarle lo que allí ocurría. El uno de octubre olía a hecho histórico, a pesar de haber nacido con formas no sujetas a la norma, a pesar de haber sido parido, tal vez, por acérrimos egos personales. No obstante, quería constatar en primera persona el resultado del encontronazo entre un pueblo que se empeñaba en ejercer su derecho a opinar y la mano poderosa que amenazaba con sofocar su voz.

“Como si la voz de un pueblo se pudiera sofocar”.

Lo que la susurradora contempló en Barcelona no tenía que ver tanto con el deseo de independencia como con la necesidad de rebelarse contra un mandato opresor, contra un gobierno que no gusta y que no tiene recursos para ofrecer una solución pactada.

“Quien intente acallar el magma que bulle en las calles solo conseguirá que ardan los cimientos”.

Y eso es lo que está a punto de ocurrir.

Una consulta formalmente legítima hubiera bastado para definir lo que desea la mayoría del pueblo catalán, que no tenía por qué ser necesariamente la independencia. Es preciso conocer esa voluntad común. El gobierno es quien tiene la responsabilidad de establecer garantías y formas para escuchar a sus gobernados. Pero, en su ofuscación, lo que facilitó fue una represión brutal y absurda, desproporcionada, que solo consiguió el efecto contrario. En lugar de paralizar las voces, generó más hambre de expresión. Y así se fueron uniendo más voluntades que con anterioridad ni se habían planteado acercarse a las urnas. Pero ahora sí, ahora había que votar, aunque fuese en blanco, en verde, en gris, un sí o un no.

Eso fue lo que la susurradora vio en las calles, en las puertas de los colegios electorales: ganas de hacerse oír. Y también vio paz, solidaridad, compañerismo, avituallamiento compartido durante las horas y más horas que se hicieron eternas mientras decenas de personas aguardaban a que la red soportase los votos y poder entrar a ejercer el derecho a la palabra. Entre aquella gente había personas jóvenes, no tan jóvenes, mayores y familias con niños, con perros, con sueños y hambre de libertad. La unión y el buen rollo consiguieron sillas para los más débiles. El resto acabó sentado en el suelo, esperando. No había prisa. Ni tensión, ni insultos. Solo cánticos, solo ilusión. Lo que la susurradora no vio entre los votantes fue violencia, ni consignas extremistas. Solo una palabra en coro “votarem” y, luego, mucho más tarde, dos: “hem votat”. Y risas y abrazos y llanto emocionado. Y sí se acercaron los mossos de escuadra y se mezclaron con los que aguardaban y hablaron con ellos y preguntaron qué iban a hacer con las urnas. Y decidieron marcharse sin sembrar ni un gramo de malestar entre la gente. Les acompañaron los aplausos. Por fortuna, el colegio electoral donde estuvo la susurradora compartiendo esos momentos con el pueblo no fue visitado por fuerzas de seguridad que tuvieran que cumplir órdenes descabelladas.la susurradora de octubre

La violencia, por desgracia, sí estuvo presente en otros momentos del fin de semana. Violencia procedente de los oportunistas “defensores” de la unidad de España, que desfilaron por las calles de Barcelona enarbolando banderas fascistas, pancartas de la Falange, hasta banderas Carlistas y tatuajes con esvásticas. Ahí sí advirtió la susurradora el odio en la mirada, la ira en los gestos, los gritos contra el estado de derecho. Esa manifestación, protegida de injerencias por los propios mossos de escuadra y otras fuerzas nacionales, enarboló sus estandartes y sus consignas franquistas, de la misma forma que enarbolaba en sus miradas una llamada a la represión por la fuerza, a la violencia, a la desigualdad, al clasismo, al odio y a la muerte. Los fantasmas del pasado se levantaron de sus tumbas para pasearse por Barcelona, expandir el terror y alimentarlo del miedo sembrado por la inutilidad de la clase dirigente.

Por suerte, la gran masa dedicada a la fiesta de la expresión de su libertad no quiso entablar un diálogo imposible y absurdo con este colectivo.

El resultado de las urnas no será vinculante, pero las consecuencias de este polivalente hecho histórico se verán muy pronto. La susurradora quisiera ser esta vez absolutamente irresistible al lanzar al viento su voz:

“Gobernantes: hablad y, sobre todo, escuchad.

Tanto una clase dirigente como la otra tienen el deber de velar por la paz y el bienestar de su pueblo. Y, para ello, deben conocer lo que quiere su pueblo y obrar en consecuencia.

Consultar, mediar, aprender y asumir nuevas formas de organización, todo vale. Todo, menos el dolor.”

 

La susurradora irresistible. Sé eterna.

El ego conduce, en ocasiones, a realizar actos que rayan en lo ridículo, que roban la dignidad, que descubren, precisamente, lo que te hace más débil, lo que te convierte en masa. Actos como participar en programas que dejan al desnudo tu intimidad o la de otros; ponerte en evidencia con tal de arrebatar a la vida un minuto de gloria; perder segundos, horas, lustros, fabricando un personaje que te haga sobresalir por encima de la multitud en redes sociales o en televisión.

Has de saberlo: nada de ello te alejará de la muerte.

¿Quieres sentirte una persona única, diferente? ¿Quieres que se note tu ausencia cuando sales de una habitación, de una ciudad o del mundo? Dedícate a hacer feliz a tu entorno más próximo. Regala sonrisas, abrazos, tiempo. A tus seres queridos, a tus compañeros de trabajo, a tus amigos. Tú ya eres irrepetible, incomparable. No hay nadie con tu ADN. Que tus acciones marquen la diferencia. La fama es efímera, el amor, no. El amor deja una huella perenne que se grava a fuego en las células de quien lo recibe, que se pega a la piel. Tu imagen publicada en los medios de comunicación, tu posición puntual como trending topic, son ilusiones que se difuminan día a día, segundo a segundo, hasta convertirse en un hilillo de humo que nadie recordará siquiera cómo olía. Sin embargo, cuando tú te das la vuelta, el amor queda. En el corazón de tu entorno permanecen tus besos, tu voz, tu sonrisa. Ser una buena persona te hace eterna.

Sin disculpa. Valencia.

 

La susurradora irresistible. Animales.

Seda bajo vuestros dedos, sensación sublime que se multiplica al cerrar los ojos y abrir la mente a otros sentidos. El ronroneo tranquilizador, la vibración bajo la piel, los lametones desaforados, la caricia casual de una garra almohadillada que muestra su derecho de propiedad sobre vosotrxs. Porque, no os equivoquéis, vosotrxs sois propiedad de vuestras mascotas, no al revés. Ellas os eligen, os imponen su presencia, demandan vuestras caricias, os ignoran cuando les viene en gana y os reclaman cuando os necesitan. Os regalan su compañía, os hacen sentir importantes, os observan con adoración.

Quizás no os deis cuenta, pero cuando entráis en casa lo primero que encontráis es su entregada espera tras la puerta. La locura de colas hiperactivas o el insistente roce en la pierna, la alegría desbordada.

Y son clarividentes. Se dan cuenta de todo. Cuando estáis mal, se acurrucan en vuestro regazo, os ofrecen lo que quizás nadie más os ha dado.La susurradora

Todo por casi nada. Un poco de comida, un poco de agua, unos minutos de atención, un paseo breve… y, a cambio, ponen en vuestras manos sus vidas.

Lo que menos se imaginan es que podéis tratarlas mal, podéis hacerles daño, podéis torturarlas, podéis abandonarlas, podéis matarlas.

No obstante, esto sucede todos los días en cualquier rincón de este injusto mundo.

¿Quiénes son los animales? ¿Ellas o vosotrxs?

 

 

La susurradora irresistible. Diversidad.

El mundo se viste de arcoíris todos los junios, esa sucesión de colores que representa la diversidad. ¿Crees que ese brillante arco desplegado no te incumbe, que esa imagen polícroma no te atañe?

Piensa.

Quizás cuando te miras al espejo ves un rostro que te identifica, un pecho que te concierne, una entrepierna que te enorgullece.

O quizás no.

Tal vez te amoldas perfectamente a tu cuerpo, o tal vez no, pero ¿qué se acomoda a tu mente? ¿Qué le gusta a tu mente? ¿Le atraen las personalidades sensibles, delicadas, tranquilas? ¿Prefiere el ímpetu, la acción, la energía? ¿Y con qué clase de cuerpo viste tu mente a esa personalidad que le atrae? ¿Un cuerpo viril, musculoso? ¿Un cuerpo masculino pero más redondeado? ¿Un cuerpo con atributos masculinos, pero delicado? ¿Un cuerpo femenino? ¿Un cuerpo de mujer de curvas prominentes? ¿Un cuerpo de mujer deportista? ¿Un cuerpo ambiguo?

¿Y qué le atrae a tu mente, un cuerpo joven o maduro? ¿Y qué color de piel? ¿Con el pelo corto o largo? ¿Con barba y bigote, o sin pelo en el rostro? ¿Y qué voz asigna tu mente al objeto de su atracción? ¿Qué acento?

No hay nada sencillo en la atracción, en el deseo, en la parte más íntima de nuestra alma, en ese lugar escondido que solo nosotrxs conocemos y que a veces ni siquiera nos atrevemos a mirar de frente, a ponerle nombre.

¿Te das cuenta? ¿Te atreves ahora a afirmar que esa bandera no va contigo?

No hay nada más común que la diversidad.

Sin disculpa

 

La susurradora irresistible. Date un respiro, corazón.

Pom-pom. Más deprisa. Pom-pom. Tienes que llegar a la hora. Pom-pom. Has de terminar el trabajo. Pom-pom. A tiempo. Pom-pom. Te faltan minutos. Pom-pom. No llegas. Pom-pom. Comes dos bocados. ¿A qué sabe lo que te has metido en la boca? Ya no te acuerdas. Pom-pom. Café, café por litros. Pom-pom. Pantalla de ordenador, pantalla del móvil, pantalla de la Tablet, pantalla plana. Todo lo que ves está dentro del marco de una pantalla. Paisajes enmarcados. Pom-pom. ¿A qué huele el viento? ¿Te acuerdas del viento? Apenas sales de casa. Entre cuatro paredes no hay viento. No hay viento en la oficina, no hay viento en el metro, no hay viento en tu habitación. Pom-pom. ¿Cuán suave puede ser una piel ajena? ¿Cuánto tiempo hace que no tocas a nadie? Pom-pom. Tecleas, miras el marco de tu pantalla, cualquier pantalla. Pom-pom. Besos enmarcados dentro de emoticonos, risas encerradas en caras redondas que desprenden lágrimas. Pom-pom. Te gusta, te encanta, compartes, le sigues. Pom-pom. Pero no sabes a qué huele, no sabes a qué sabe, no sabes qué puede hacerte sentir el probable terciopelo del dorso de su mano. Pom-pom. Duermes poco, ganas horas. Pom-pom. Corres al trabajo. Pom-pom. Corres a estudiar. Pom-pom. Corres a encerrarte entre cuatro paredes distintas que son iguales. Paredes. Marcos. Brillos ilusorios. Sin olor, sin sabor, sin tacto, sin respiro. Pom. Se para.

Regálate una vida. Sal, mira, huele, saborea, toca, acaricia, abraza, besa. Respira. Pom-pom.

Sin disculpa. Valencia.

 

La susurradora irresistible. Matices de rojo.

La melena caoba abraza los rayos de abril dejando a la vista su rojo más intenso. La susurradora atrapa uno de los mechones y lo contempla ensimismada. Rojo. Acaricia en su mente el término y le surgen de inmediato preguntas inevitables: ¿cuántos tonos de rojo existen? ¿Cuándo sabe una persona que su sentir político es rojo? ¿Al defender la igualdad salarial entre hombres y mujeres? ¿Situándose a favor de incrementar el gasto público en educación y sanidad, una educación y sanidad pública y para todas las personas? ¿Al luchar contraLa susurradora la discriminación por razón de sexo o condición sexual? ¿Al concebir un mundo con un salario mínimo que permita vivir con dignidad, un mundo donde el dinero no marque la pauta del valor de un ser humano, un mundo donde no se menosprecie a las mujeres, donde no se mate a las mujeres? ¿Al querer eliminar la corrupción y apartar del panorama público a los corruptos? ¿Teniendo fe en que algún día habrá redistribución de la riqueza?

¿Cuántos matices caben en el término rojo para que las diferencias sean tan irreconciliables?

Solo hay una cosa cierta: el ego no cabe en ningún matiz de rojo. No cabe, porque el pensamiento genuinamente rojo trabaja para los demás, se entrega por completo al bien común. Be red, my friend.

Sin disculpa