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La Susurradora Irresistible. El empujón

La mujer pelirroja se acoda en la balaustrada del balcón que estuvo cerrado demasiadas décadas. Ha anochecido y las luces engalanan la plaza. Ese lugar, en otro tiempo feudo de unos pocos, es ahora lo que siempre debió ser. De todos. En otro tiempo fue privilegio de los que seguían ciegamente la estela dejada por vestidos rojos, perlas ostentosas y palabras que cubrían de ridículo la representación del pueblo.

Hoy no. Hoy ya no se lanzan gritos vergonzantes, hoy solo son sonrisas y flashes lo que se vierte desde allí, solo promesas cumplidas, esperanzas ciertas y banderas arcoíris.

Por eso hoy la susurradora nos recuerda que el gran paso todavía está pendiente, que si conseguimos dar un empujón certero, entre todos y todas haremos saltar por los aires las barbas caducas, la corrupción como norma, la tomadura de pelo más hiriente que ha sufrido este pueblo durante demasiados años.

Por eso esta noche murmura en nuestros oídos un mensaje necesario: “Es la hora. Levántate y elige ideas nuevas, gente nueva, futuro nuevo. El cambio solo asusta cuando lo de siempre no duele. Pero es que lo de siempre duele demasiado. Lo de siempre mata; mata de enfermedad, de ignorancia, de desigualdad y de hambre. Tienes una variada gama de posibilidades. Estúdialas, piénsalas, abrázalas. Y si no, echa los dados y arriesga. El día veinte renaceremos a costa de las cenizas de los dinosaurios. Que se las lleve el viento.”

Sin disculpa (Valencia)

Ojalá

Agazapado, él observa a su mujer cuando ella no se da cuenta. Y entonces piensa: cómo puede ser; cómo puede ser que teniendo tan pocos músculos seas más fuerte; cómo puedes resistir el dolor si yo no puedo; cómo puedes ser tan generosa, tan bella, cómo puedes callar, cómo vives día a día con alguien como yo. Podrías estar con alguien mejor, con quien tú quisieras.

En ese momento se gira y le descubre. Y él le grita. Grita creyendo que la barrera acústica va a evitar que ella oiga sus pensamientos mezquinos. Y le da un golpe. Piensa que el dolor va a hacerla más pequeña, va a conseguir que las miserias de su propia alma no se noten tanto, cree que el dolor va a anclarla a él para siempre. Porque en su mente limitada está convencido de que el dolor es un pegamento que la sujetará a su pecho. Porque, de otro modo, ¿cómo se quedaría a su lado? Y le da otro golpe.

Lo que no sabe es que cada grito va tejiendo una cortina que la separa de su esfera de influencia maléfica; cada golpe descascarilla la pared bajo la que él ha querido enterrar su debilidad. Golpe a golpe, grito a grito, la pared cae y ella le ve. Le ve de verdad.

Sería mucho mejor atreverse de una vez por todas a decir: estoy inseguro, muéstrame lo que te gusta de mí, enséñame a crecer, en realidad no soy tan fuerte como parezco, ayúdame. Sólo soy un hombre. Quiero merecer que me ames, quiero saber darte el amor que mereces.

Pero no. Él levanta la mano y la razón se vuelve piedra. Y levanta la voz y el argumento es un veneno que se enreda en su garganta. Y la mata. Y con ella se va lo poco que le quedaba de humano.

Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta; ojala pase algo que te borre de pronto.

Qué razón tenía Silvio.

La susurradora grita: crece o muere para siempre.

Ojalá no tuviera que susurrar a tantos.viñeta_G-Alonso_Inconformista45

Escrito por: Sin disculpa (Valencia)