LA SOMBRA DEL TIEMPO

             Parece que fue ayer y son unas cuantas décadas ya las que me visten. Apenas un guiño inapreciable de ese inmenso reloj que desde siempre cuenta y guarda para él los días, las horas, los minutos, cada segundo de vida que se le pone por delante. No obstante, soy sencillamente ese tiempo. Una existencia más, cercada por esa magnitud que nos devora.

            De brazo en brazo, de tropezón en tropezón y vestido de marinero ridículo en el día de la primera comunión, en un barco no elegido por nadie y cuyo azaroso destino rompe todas las leyes de la probabilidad. Siniestra carretera de un solo sentido en cuya cuneta dejé un acné juvenil mezclado con amores de plástico que se derritieron con el calor de los primeros cigarros furtivos y un montón de primeras experiencias. Domingos de fútbol con solo veinte duros en el bolsillo. Alegrías y tristezas cogidas de la mano, abrazos, risas y, cómo no, lágrimas. Tardes ya arrugadas que en un último intento de gallardía terminaban entre unas cervezas y las resbaladizas servilletas de aquellos bares de barrio. Un pueblo tan pequeño que me hizo creer en algún momento más maduro de lo que realmente era. Una calle perdida en una ciudad demasiado grande para encontrarte a ti mismo. Y dudas, muchas dudas.

            Las saetas de cada momento comunicaban inexorablemente su fin, una y otra vez, indicando que cada instante es vida, mejor o peor pero vida. No se sabe cuánta cuerda tiene ese reloj y, peor aún, no existe certeza alguna de que funcione correctamente. ¿Cambiaría todo si supiésemos cuándo se detendrá para siempre? ¡Cuántas veces nos gustaría parar momentáneamente o ralentizar ese reloj! Poder recrearnos en aquello que más nos gusta y respirar un aire limpio de verdad. Que el lunes fuese domingo y los festivos tristes se transformaran en felices días de sol.

            Conducimos un vehículo que debe circular permanentemente, con un combustible limitado y además tiene averiada la aguja del carburante. En ocasiones me gustaría poder detenerlo y bajar a estirar las piernas. Sencillamente, ocultarme del tiempo, esperar a que este se diera la vuelta para coger mi parte, y así dibujar cada escena cuando yo desease. Pero esto es imposible… por mucho que intentes atraparlo, el tiempo pasa y, cuando quieres cogerlo, tan solo encuentras su sombra.

Ángel Gálvez

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