¿Cuándo perdimos la perspectiva de lo importante, cuándo empezamos a tomar como referencia tan solo el dinero? Mucha gente se asombra, se crispa, se rasga las vestiduras por el último resultado electoral. La adquisición de un nuevo rasero de medir, en el que el sistema capitalista ocupa todas las esferas de la vida, ha provocado muchas cosas.
El dinero es muy influenciable por el miedo. Y el miedo lleva a que la gente se repliegue, se ampare en la tradición de lo seguro, aunque lo seguro le esté matando de hambre. Un ejemplo: condicionados por información malintencionada de que un cambio de gobierno acabará con las pensiones, un número elevado de ancianos se ha volcado a votar al PP. Lo que no saben es que precisamente ese partido ha ido vaciando el fondo destinado a garantizar el pago de las pensiones de la Seguridad Social para financiar otros agujeros. Otro ejemplo: en cuanto comenzaron los recortes, la gente dejó de consumir y el sistema se hundió todavía más.
La susurradora medita sobre estas cosas, preocupada por el próximo gobierno (o no) que nos llega. Sabiendo que nuestra sociedad está encadenada por las decisiones económicas de los más grandes, muchos se dirán que da igual votar a unos o a otros, o no votar. Al fin y al cabo, todas las acciones del nuevo gobierno estarán constreñidas por esas normas impuestas desde la cúpula mundial.
La susurradora responde al viento: sí importa. Importa el destino del poco o mucho dinero que nos dejen utilizar; importa reforzar la educación, no los bancos; importa asegurar la sanidad, no las grandes fortunas; importa atender a los dependientes, importa mejorar los servicios públicos, importa proteger los derechos fundamentales, importa garantizar una vida digna, importa evitar el enriquecimiento injusto, importa asegurar que el dinero de todos vaya dirigido a solucionar necesidades comunes y no a engrosar cuentas en paraísos fiscales.
El dinero cuenta, pero los ideales, más. Son los que lo mueven.
Sin disculpa (Valencia)