Las noches de mi barrio desprendían enfurecidos olores a hoguera con ese hedor tragicómico de las nubes chamuscadas. Entre aquellos aromas celestiales y aquellos colores gris marengo que adornaban las calles, vivíamos lo que se consideraba en el momento de finales de los sesenta “gentes de bien”: seres humanos bautizados con el milenario estigma de “Tú a lo tuyo que es trabajar”.
Para animar los tediosos días que Manuel Aznar y Federico Gallo proponían en radiotelevisión, junto a esporádicas y espeluznantes apariciones nocturnas de José María Pemán, estaban los relatos de curiosos personajes de los que escuchaba sus andanzas por boca de mis mayores, que a su vez las habían escuchado de otras y así sucesivamente hasta llegar a convertirse en la pulida épica que voy a relatar. Perdonad pues los adjetivos y los adornos con los que entonces sus palabras, después el recuerdo y ahora mis dedos contribuyen a dar tono a este relato.
Su nombre, Teócrito Maluenda *; su profesión, ministro de la iglesia (ahora católica, en su momento iglesia con mayúscula); su pasión, el alcohol en toda su magnitud y variado alambique. Desmedido como estaba en su afán libador, no recién acabada su diaria siesta reponedora de abusos en la comida la propia casera le conminaba a salir de casa sabedora de que las consecuencias de la abstinencia sindrómica pudieran recaer sobre su persona. Y en efecto, a eso de las seis de la tarde salía del hogar pulcramente aseado, con su traje de faena, recién rasuradas unas mejillas que dejaban entrever las venas amoratadas impresas en sus pómulos y un turbador vaho de Varón Dandy escaleras abajo.
Con anterioridad a que los bancos ocupasen las esquinas para más tarde cederlas a manos orientales o turcas, esos cantones eran ocupados por tabernas que exhibían rótulos de Snack Bar. Hete aquí que en uno de ellos, imperturbable, hacía guardia perpetua mosén Teócrito, despojado de su sotana en el lavabo para ubicarla prolijamente plegada en el altillo del perchero y acodarse posteriormente en uno de esos rincones de perspectiva perfecta que otorga la experiencia de la asiduidad. Indefectiblemente comenzaba con los licores pasando a las cervezas, y como buen bebedor por horas seguía con recios vinos para cerrar el círculo de su particular viacrucis nuevamente con los licores primarios.
Varias veces hubo de desalojarlo el propietario con amables palabras a eso de la medianoche y no siempre respondía a la cordialidad, bien al contrario, con airados reproches y la sotana bajo el brazo llegaba a casa como podía entre murmullos beodos. La noche de autos en que se relata esta historia su gaznate insatisfecho demandaba urgente una nueva ronda de oportunidades tras ser afablemente despachado por causa de rigor horario. En ese brete tuvo a bien continuar su particular maratón en un club de alterne regentado por la Chata**, localizado en la misma acera y que constituía a esa hora y en ese lugar la única reserva capaz de saciar tanto ansiedades como enervaduras.
Tras las cortinas de terciopelo tres meretrices cenaban unas albóndigas estupendas que había preparado la jefa (el título de madame le venía ancho de sisa) la ya lejana mañana anterior, raciones que ocultaron prestamente en el mostrador para preguntar con forzada sonrisa: “¿Qué le pongo, padre?”. Aquel exceso de confianza en el trato, delator de su condición, agrió los humores que por sus venas deambulaban mermando tenazmente sus neuronas.
-Una copa de Veterano -masculló imperceptible con la mirada vidriosa fija en el escote y ese tipo de faltas de ortografía oral que hacíanle confundir las ces por las jotas, las tes por las ces.
Ya no un sexto, sino un decimosexto sentido le barruntó a Tamara que aquello bien no podía acabar. Y en efecto, cuando el reverendo Teócrito insistió en repartir aquella olla de albóndigas “Para hacer cuerpo” -arguyó- y al no conformarse con las dos de cortesía que una muchacha palentina le ofreció, atracóse hasta rebanar con pan el fondo de la cazuela y soplarse la tercera copa cayendo de bruces en el baldosado ajedrezado expirando súbitamente no sin antes arrojar una sonora blasfemia. El alboroto de aquellas mujeres no se hizo esperar. Corrían de un lado para otro hasta que la Chata comprendió que aquel cadáver no era sino una fuente inagotable de problemas y por tanto era conveniente avisar a la policía pues nadie, y ellas menos aún, puede escapar a los inescrutables designios del Señor.
Tardó la bofia en presentarse alrededor de tres cuartos de hora, minutos en los que Tamara hízose fuerte atrancando la puerta e impidiendo con su acción la huida de aquellas abnegadas servidoras del amor.
-” Ponme un pacharán”, bramó el comisario recién desatascada la puerta para añadir con sabia perspicacia dirigida al subalterno: “Llame, Gutiérrez, al dueño del bar de al lado”, enérgicas órdenes que le valieron saltarse el abono de la consumición. Eran las dos de la mañana pero no por ello óbice para desatender el reclamo de la fuerza de orden público, ese timbrazo seco y penetrante que, ayer y hoy, como un rayo parte en astillas cualquier arrebato de valor resistente. Sin apenas lavarse la cara, el propietario del establecimiento personóse temeroso para ser conminado ipso facto a la ayuda de uno de los cuerpos (el policíal) en la tarea de arrastre del otro (el del difunto reverendo) hasta su propio negocio, mucho menos conspicuo, con el fin de dejar el honor eclesiástico inmaculado y atribuir el óbito a circunstancias del fatal destino, como así lo atestiguaron el forense en su jamás analizado informe y el periódico local la mañana siguiente titulando: “Fulminante e inesperado fallecimiento de sacerdote a la entrada de una cafetería”. Aquí paz y después gloria.
Teodora Gallizo, casera del difunto, lloró desconsoladamente tan sensible pérdida, en parte por aquello de que el roce genera cariño, en parte por la ausencia de testamento del finado. Afligida, fue la encargada de afeitarlo, lavarlo y hasta vestirlo con sus mejores tiaras, avisar a la que luego se demostró inexistente familia y preparar el anís y las pastas con que aliviar el luto riguroso con que la plantilla habitual de beatas impregnó la morada. En esas horas de lamento y rosario, de comentarios sobre el devenir de los tiempos, de la ineficacia juvenil, de la marcha de la liga y de la climatología habitual del terreno, sucedió lo que estaba escrito: Don Teócrito Maluenda, desde la habitación contigua a las tertulias anisadas tuvo a bien resucitar, alzarse del ataúd no sin esfuerzo y alegando una curiosa tradición familiar advertir al duelo de su capacidad cataléptica y mostrarse más vivo que nunca. Pidió un moscatel, una muda limpia, un albornoz, un cigarrillo mentolado y las zapatillas de andar por casa, exigió urgente un alka-seltzer aliviador del mal cuerpo (que otro se tomó) y con los santos óleos de emergencia custodiados en el primer estante del armario ofició una misa domiciliaria, no de difuntos, sino de Resurección. Algo que Teodora contempló plena de gozo viendo cómo su panorama cambiaba ostensiblemente de tiempo, lugar y economía.
La archidiócesis simuló no enterarse del verdadero acaecer de los hechos y tuvo a bien, pese a todo, cambiar de parroquia a Maluenda enviándolo a una localidad menor de la provincia y donde tuvo la oportunidad de sacralizar con su intervención lo que camino llevaba de ser una herejía. Pero eso ya es otra historia que los fieles lectores de esta revista conocen sobradamente.
(*) (**) Véanse los números de El Inconformista 50 y 47 respectivamente.
Ramón Díez