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EN OLOR DE SANTIDAD

         Las noches de mi barrio desprendían enfurecidos olores a hoguera con ese hedor tragicómico de las nubes chamuscadas. Entre aquellos aromas celestiales y aquellos colores gris marengo que adornaban las calles, vivíamos lo que se consideraba en el momento de finales de los sesenta “gentes de bien”: seres humanos bautizados con el milenario estigma de “Tú a lo tuyo que es trabajar”.

         Para animar los tediosos días que Manuel Aznar y Federico Gallo proponían en radiotelevisión, junto a esporádicas y espeluznantes apariciones nocturnas de José María Pemán, estaban los relatos de curiosos personajes de los que escuchaba sus andanzas por boca de mis mayores, que a su vez las habían escuchado de otras y así sucesivamente hasta llegar a convertirse en la pulida épica que voy a relatar. Perdonad pues los adjetivos y los adornos con los que entonces sus palabras, después el recuerdo y ahora mis dedos contribuyen a dar tono a este relato.

         Su nombre, Teócrito Maluenda *; su profesión, ministro de la iglesia (ahora católica, en su momento iglesia con mayúscula); su pasión, el alcohol en toda su magnitud y variado alambique. Desmedido como estaba en su afán libador, no recién acabada su diaria siesta reponedora de abusos en la comida la propia casera le conminaba a salir de casa sabedora de que las consecuencias de la abstinencia sindrómica pudieran recaer sobre su persona. Y en efecto, a eso de las seis de la tarde salía del hogar pulcramente aseado, con su traje de faena, recién rasuradas unas mejillas que dejaban entrever las venas amoratadas impresas en sus pómulos y un turbador vaho de Varón Dandy escaleras abajo.

         Con anterioridad a que los bancos ocupasen las esquinas para más tarde cederlas a manos orientales o turcas, esos cantones eran ocupados por tabernas que exhibían rótulos de Snack Bar. Hete aquí que en uno de ellos, imperturbable, hacía guardia perpetua mosén Teócrito, despojado de su sotana en el lavabo para ubicarla prolijamente plegada en el altillo del perchero y acodarse posteriormente en uno de esos rincones de perspectiva perfecta que otorga la experiencia de la asiduidad. Indefectiblemente comenzaba con los licores pasando a las cervezas, y como buen bebedor por horas seguía con recios vinos para cerrar el círculo de su particular viacrucis nuevamente con los licores primarios.

         Varias veces hubo de desalojarlo el propietario con amables palabras a eso de la medianoche y no siempre respondía a la cordialidad, bien al contrario, con airados reproches y la sotana bajo el brazo llegaba a casa como podía entre murmullos beodos.  La noche de autos en que se relata esta historia su gaznate insatisfecho demandaba urgente una nueva ronda de oportunidades tras ser afablemente despachado por causa de rigor horario. En ese brete tuvo a bien continuar su particular maratón en un club de alterne regentado por la Chata**, localizado en la misma acera y que constituía a esa hora y en ese lugar la única reserva capaz de saciar tanto ansiedades como enervaduras.

         Tras las cortinas de terciopelo tres meretrices cenaban unas albóndigas estupendas que había preparado la jefa (el título de madame le venía ancho de sisa) la ya lejana mañana anterior, raciones que ocultaron prestamente en el mostrador para preguntar con forzada sonrisa: “¿Qué le pongo, padre?”. Aquel exceso de confianza en el trato, delator de su condición, agrió los humores que por sus venas deambulaban mermando tenazmente sus neuronas.

         -Una copa de Veterano -masculló imperceptible con la mirada vidriosa fija en el escote y ese tipo de faltas de ortografía oral que hacíanle confundir las ces por las jotas, las tes por las ces.

         Ya no un sexto, sino un decimosexto sentido le barruntó a Tamara que aquello bien no podía acabar. Y en efecto, cuando el reverendo Teócrito insistió en repartir aquella olla de albóndigas “Para hacer cuerpo” -arguyó- y al no conformarse con las dos de cortesía que una muchacha palentina le ofreció, atracóse hasta rebanar con pan el fondo de la cazuela y soplarse la tercera copa cayendo de bruces en el baldosado ajedrezado expirando súbitamente no sin antes arrojar una sonora blasfemia. El alboroto de aquellas mujeres no se hizo esperar. Corrían de un lado para otro hasta que la Chata comprendió que aquel cadáver no era sino una fuente inagotable de problemas y por tanto era conveniente avisar a la policía pues nadie, y ellas menos aún, puede escapar a los inescrutables designios del Señor.

         Tardó la bofia en presentarse alrededor de tres cuartos de hora, minutos en los que Tamara hízose fuerte atrancando la puerta e impidiendo con su acción la huida de aquellas abnegadas servidoras del amor.

         -” Ponme un pacharán”, bramó el comisario recién desatascada la puerta para añadir con sabia perspicacia dirigida al subalterno: “Llame, Gutiérrez, al dueño del bar de al lado”, enérgicas órdenes que le valieron saltarse el abono de la consumición. Eran las dos de la mañana pero no por ello óbice para desatender el reclamo de la fuerza de orden público, ese timbrazo seco y penetrante que, ayer y hoy, como un rayo parte en astillas cualquier arrebato de valor resistente. Sin apenas lavarse la cara, el propietario del establecimiento personóse temeroso para ser conminado ipso facto a la ayuda de uno de los cuerpos (el policíal) en la tarea de arrastre del otro (el del difunto reverendo) hasta su propio negocio, mucho menos conspicuo, con el fin de dejar el honor eclesiástico inmaculado y atribuir el óbito a circunstancias del fatal destino, como así lo atestiguaron el forense en su jamás analizado informe y el periódico local la mañana siguiente titulando: “Fulminante e inesperado fallecimiento de sacerdote a la entrada de una cafetería”. Aquí paz y después gloria.

         Teodora Gallizo, casera del difunto, lloró desconsoladamente tan sensible pérdida, en parte por aquello de que el roce genera cariño, en parte por la ausencia de testamento del finado. Afligida, fue la encargada de afeitarlo, lavarlo y hasta vestirlo con sus mejores tiaras, avisar a la que luego se demostró inexistente familia y preparar el anís y las pastas con que aliviar el luto riguroso con que la plantilla habitual de beatas impregnó la morada. En esas horas de lamento y rosario, de comentarios sobre el devenir de los tiempos, de la ineficacia juvenil, de la marcha de la liga y de la climatología habitual del terreno, sucedió lo que estaba escrito: Don Teócrito Maluenda, desde la habitación contigua a las tertulias anisadas tuvo a bien resucitar, alzarse del ataúd no sin esfuerzo y alegando una curiosa tradición familiar advertir al duelo de su capacidad cataléptica y mostrarse más vivo que nunca. Pidió un moscatel, una muda limpia, un albornoz, un cigarrillo mentolado y las zapatillas de andar por casa, exigió urgente un alka-seltzer aliviador del mal cuerpo (que otro se tomó) y con los santos óleos de emergencia custodiados en el primer estante del armario ofició una misa domiciliaria, no de difuntos, sino de Resurección. Algo que Teodora contempló plena de gozo viendo cómo su panorama cambiaba ostensiblemente de tiempo, lugar y economía.

         La archidiócesis simuló no enterarse del verdadero acaecer de los hechos y tuvo a bien, pese a todo, cambiar de parroquia a Maluenda enviándolo a una localidad menor de la provincia y donde tuvo la oportunidad de sacralizar con su intervención lo que camino llevaba de ser una herejía. Pero eso ya es otra historia que los fieles lectores de esta revista conocen sobradamente. 

(*) (**) Véanse los números de El Inconformista 50 y 47 respectivamente.   

Ramón Díez

ESPÍRITU DE EMPRESA

El mismo día que una tormenta anegaba las calles de la ciudad más seca del planeta, entraba la primavera de puntillas por el cono sur, el cometa Halley se despedía por otros siete decenios y una mamá gata paría cuatro lindos gatitos, Basilia Palomeque fue agraciada con la suerte más deseada durante toda una vida de estudios en materia de arte y filosofía, meditaciones y dudas escritas todas ellas en libretas que numeradas correlativamente sobrepasaban las tres mil. Y no fue su dicha un orden en las ideas ni el descubrimiento de la piedra alquímica sino una exagerada cifra monetaria a través del sorteo más excesivo de todas las loterías que en el mundo han sido.

Basilia pensó que al fin había llegado el gran momento de pasar a la acción directa poniendo en práctica todo lo cocinado a fuego lento desde los ya lejanos días de su juventud. Y con toda la pasta encima de la mesa de cocina, en billetes de cincuenta sobrepasando con creces su propia altura y un hervor que le reconcomía las entendederas, no tardó en poner en práctica una de sus más recónditas y azaradas pasiones: repartir copiosas limosnas entre la gente más poderosa y ejemplar.

Hízose anunciar en los más significados periódicos emplazando fecha y hora donde repartir sus cuantiosos óbolos, y allí estaban como clavos fieles a la cita las más importantes personalidades del mundo de los negocios, miembros todos ellos de consejos de dirección multinacional, banqueros ávidos de nuevos capitales, traficantes de armas, presidentes de imperios, excelsas glorias militares y hasta viudas de cardenales. Largas filas en torno a parlamentos y cabildos, puertos deportivos, productoras cinematográficas, estadios de fútbol en horas de entrenamiento y empresas de construcción. Magnates del petróleo se abrían paso a codazos ante la irrisión generalizada de los indigentes habituales mientras los guardias de la seguridad ajena no daban abasto ante las avalanchas producidas por enlutadas madres de la patria y sus huérfanos hijos de padre y educación.

Basilia estaba que no cabía en su desprendido gozo comprobando cómo delante de sus ojos se desarrollaba un inusual espectáculo digno de admiración que emulaba, por exceso, la más grande representación teatral que hubiera sido.

El epílogo de tan magna obra no se hizo esperar dando los huesos de Basilia en la claridad soleada de un centro neurovegetativo de blancas paredes y espaciados jardines donde le enseñaron, mediante innovadoras terapias, que la caridad está sujeta siempre a las leyes de mercado, a saber: oferta y demanda, y que cualquier osada alteración de dicho orden social es una traba grosera al sistema que conformamos usted, despreocupado lector, o yo, infeliz escriba.

Aceptado este axioma nuestra gentil dama pudo salir de la perrera no sin antes abjurar de semejantes y caóticas veleidades dando forma a una sensata renuncia editada y publicada en la ciudad de Bucaramanga, y en el que se demostraban visibles muestras de arrepentimiento.

Apaleada su venganza y con los humos ya más calmos tuvo Basilia arrestos para acometer una nueva empresa con el aún floreciente pecunio que otrora atesoró, y que no fue otra que la de crear una laboriosa industria donde cabida tuvieren los hombres más virtuosos del planeta. Para ello hubo de recorrer innumerables talleres de chapa y pintura, escuelas artesanas, caldererías, negocios inmundos sobrevividores de las más atroces crisis, polígonos industriales donde se debatían enconadas luchas por la supervivencia de un salario, yermos campos arrasados por la transgenidad y compañías teatrales de gira por provincias, por no nombrar el sinfín de tabernas, bodegas y lupanares.

Seleccionados en buen número y copando todas las disciplinas con que manifestar el trabajo bien hecho, en velero ligero embarcaron bajo su propia gestión en busca de un mundo más suave en el que poder transitar rumbo al respeto por la dignidad propia y extraña, dar color a la vida con sus pinceladas maestras y haciendo acopio de una sensatez por demasiadas gentes olvidada.

Sin embargo los acontecimientos raramente son tan sencillos y las buenas voluntades insuficientes en su desarrollo. Con el paso del tiempo entre la marinería fue creciendo la hidra de la competitividad que daba paso a los celos; el enamoramiento que tanto oxida los buenos sentimientos y la privatización de la sabiduría a través del lenguaje, prolegómeno de la estratificación en castas y fuente insaciable de desigualdad social.

No tardó en encallar la nave en el arenal de la desidia, desarbolado el mástil del respeto por la fuerza de la codicia y haciendo aguas cualquier atisbo de integridad. Nueva empresa fallida la de Basilia que se lamentaba atormentada por no haber tenido el suficiente valor de conformar desde el principio un harén a su medida, tarea significativamente más sencilla y grata en cuanto a entreveros filántropos y de indudable rendimiento patrimonial.

Abandonadas pues las largas filas de próceres en busca de alivio y dejado a la deriva el barco de la habilidad, la madura millonaria de nuestro cuento vive una apacible existencia en un balneario donde añora en las cortas veladas del invierno austral, tras las vidrieras, el tiempo en que las utopías desaparecieron dando paso a la corrección política de la honestidad, los megalómanos planes de salvación en el terreno moral, la carrera de sacos por la conquista espacial y el amargo sabor de la arena engastada en la aorta de la razón. Basilia no obstante, entre martini y jim fizz, vive la vida dejando vivir, esculpe su cuerpo en la clínica del vigor y sonríe insinuante a muchachos que aún sueñan con regar su flor. Pese a tanta y desmesurada ignominia ha tenido el valor suficiente para reflotar una factoría de películas porno venida a menos merced al mal gusto de los fondos de decorado en que se filmaban determinados flujos, adquiriendo para su mejora ornamental una colección de lienzos expresionistas de corte abstracto con que aliviar el luto de unos ejercicios gimnásticos derivados en rutina. De esta guisa puede cualquier enervado espectador vislumbrar una copia serigrafiada del boceto con que Tàpies vino a celebrar el primer centenario de Can Barça amenizando una de las más tórridas escenas de un reciente remake de “Garganta profunda” o, sin ir más lejos, el final de “Tras la cortina verde” con fondos constructivistas de Torres-García. Un lujo.

Ramón Díez

ANTIGUA

         Apareció sin estruendo y una puesta en escena tímida de apenas dos relámpagos vociferantes. Poco énfasis para considerarlo a la usanza de santo advenimiento, no obstante, su descubrimiento contó con graves dosis de misterio. Rosamunda Hoffman fue vista por primera vez vagabundeando sus pies entre las aguas de un regato, apoyada sobre el último terebinto de la vereda y acariciando los pétalos pentagonales de las flores primitivas. Un grupo de ociosos pastorcillos acudió presto a la escena y fueron ellos quienes arrojaron la noticia como una nube espesa entre el vecindario que, inquieto, personó a la guardia civil en el lugar de autos para verificar en escueto sumario que se hallaba ante una mujer de voz antigua, mirada inquietante y edad indefinida, aunque de galana apostura. Más tarde pudiéronse constatar fonemas semíticos, lágrimas en los ojos y casi media eternidad en la existencia.

         Cuando su presencia se hizo cotidiana por las calles del pueblo hubo quien la sentó en su mesa, otros diéronle cobijo en la noche, algún samaritano le lavó la ropa y un zapatero cristiano aseó sus pies. Todos le reclamaban palabras, versos sueltos con que rematar sonetos, frases lapidarias, sentencias, un texto en el que poder creer. Los más ambiciosos, un milagro. Rosamunda les mostraba apenas una mínima sonrisa en su rostro, una mueca ya vista en un cuadro de antaño que está en París -comentó alguien- para acto seguido abandonar las hospitalarias moradas y sumir a sus exigentes moradores en la incertidumbre del descontento.

         Cuando hallaron armonía suficiente en un lenguaje con el que poder una y otros comunicarse, Rosamunda hizo comprender que lamentaba haber perdido la pista de sirenas y centauros; sicomoros, esfinges, dunas, arenas, sombras… con la previsible añoranza de lo perdido pese a dejar de ser deseado. Las gentes del lugar ante semejante paradoja simulaban rictus de comprensión alzando cejas, cerrando forzadamente la boca y girando levemente la cabeza con gesto de inmensa tolerancia hacia la que consideraban una auténtica orate.

         Tal fue la insistencia de una y la forzada comprensión de los demás que se instó a la autoridad a tomar partido mediante su alcalde, quien aduciendo falta de tiempo delegó en la gobernación provincial para nominar ésta a la asesora Tamara Galindo, que presentóse en el lugar apenas fue requerida (más de un mozo viejo la reconoció con el ignominioso alias de “La Chata” *). Como primera medida Galindo inició una recogida de firmas con el fin de elevar a Rosamunda a la categoría de clavariesa y para ello fue mostrada públicamente en el albero de la plaza formado a tal efecto con carros y remolques, para así iniciar la solicitud formal de avales entre la Teocracia local. Parecía que Tamara inclinaba la balanza a favor de su iniciativa frente a quienes entre el improvisado graderío deliberaban la conveniencia de acomodarla como samaritana en la cofradía de la Buena Muerte cuando Rosamunda, que apenas entendía semejante dislate, comenzó una levitación vertical de cuarenta y siete centímetros por encima de las arenas, algo que consideró una atracción estimulante capaz de distraer los bostezos del personal observados desde los medios. Fue peor el remedio que la enfermedad.

         El padre Teócrito Maluenda, arcipreste de esa villa, de otras cinco y feligresía cercana a dos mil almas (y a quien tampoco se le escapó el reconocimiento de “La Chata”), suspendió de inmediato la diatriba al grito de “¡Vade retro, Betsabé!” reclamando a la fuerza pública que con desmedida disuasión suspendiera el espectáculo a golpe de porra y gas arrojando balance de dos heridos por arma blanca y negra respectivamente, seis contusionados por coscorrones de carácter leve y más de veinte arrestados al azar, de los que catorce fueron puestos en libertad tras habérseles tomado la debida e impertinente declaración y presos hasta nueva orden en las dependencias policiales un mendigo, dos beodos y tres supuestas meretrices sin documentación aparente, idioma portugués y tez sospechosamente oscura. Rosamunda entristecía a escape mientras La Chata hacía un discreto mutis por el foro electoral.

         Agotada la vía romera el pleno del municipio accedió a las presiones de la prensa alcahueta personándose a tal efecto en el pueblo un arsenal de cámaras, focos y micrófonos inalámbricos en manos de jóvenes ataviados estrafalariamente, muy en discordancia con los sencillos atuendos de boina y tergal con que se daba color habitual a las embarradas calles de la localidad

         Pertrechada a la fuerza Rosamunda en sillón de mimbre remendado, una presentadora de voz abdominal, morrete encrespado y peinado de ondas inquebrantables comenzó la batería de preguntas nutridoras de audiencia. De entre todas las respuestas de la forastera sobresalió sin duda la ausencia absoluta de extrañeza sobre la carga experimental de su propia vida, una bagatela según ella al comprobar que las vísceras de difuntos alcanzaban a reparar vidas de crónicos enfermos, que la comunicación entre semejantes cubría distancias antípodas en  décimas de segundo o que sabinares y hayedos eran sustituidos por parques y jardines de urbanizaciones, lo de su levitación y perpetuidad espacio-temporal era simple juego de niños.

         Detalladamente manifestó entre susurros haber sido testigo de los verdaderos motivos por los que la muralla de Jerusalén fue devenida en escombrera, de sus conspicuos lances amorosos con Dionisio de Halicarnaso (más tarde reencarnado en el canciller Konrad Adenauer, como todos saben) y hasta de describir la comprometedora y escabrosa escena que su compañera de éxodo Jébele Hunoc contempló en los arrabales de Sodoma segundos antes de su salado modelado.

         Ante semejantes y escabrosos testimonios el comité integrado por el alcalde, Tamara, don Teócrito y el cabo jefe de puesto decidieron disolver la programación. Hubo quien propuso arreglarle una paga de desagravio, pero no hubo administración que hiciérase cargo de la cuantía y plazos, que a tenor de los acontecimientos semejaban excesivos. Un escultor de moda comarcal, muy imbuido del expresionismo abstracto de corte naíf presentó el presupuesto de un boceto para erigirle un monumento, algo que se consideró seriamente por ser la salida menos indigna, pero una inesperada auditoría de cuentas en la corporación municipal dio al traste con la empresa.

         Ahí no paró la cosa. Ajena totalmente Rosamunda a los recelos inspirados dio en relatar de manera objetivamente histórica las intrigas que senescales, cabildos y bailíos bizantinos propiciaron la caída de Constantinopla en manos sarracenas. Con muy buena intención histórica, no digo que no, pero tan inoportunos como inculpatorios y definitorios fueron susodichos informes.

         Ante semejante cúmulo de contratiempos no hubo más remedio que aplicarle uno de los artículos más peliagudos de la Ley de Extranjería, conllevando una inmediata deportación a la playa de El Tarajal, Ceuta, desde donde se la puede vislumbrar en las imágenes de los telediarios dando de beber a los encaramados en las vallas que separan, una vez más, el bien de todo lo demás. 

Ramón Díez

(Véase “REFORMAS” en el núm. 47 de esta revista)

 

VIDA CONYUGAL SANA

La neblina cocida por el sol descansaba sobre la arena sin dejar apenas una sombra. El mar, tensamente intranquilo, mecía esa bruma ausente de pájaros con su oleaje perpetuo cuya milimétrica cadencia presagiaba los peores augurios.

– ¿Pero qué coño hago yo en una playa nudista? -. Azucena Priego hizo un mohín

desencantado e inmediatamente se puso bañador y falda vaquera, recogió un cesto de enea donde metió sus cosas y buscando las llaves del auto atravesó las protectoras dunas camino del parking. Acomodada y climatizada en el asiento de su 4×4 no tardó más de diez minutos en plantarse frente a la verja de su adosado tocando el cláxon (¡con qué brío!) anunciador de su regreso. De inmediato, unas bermudas rellenas de fiel esposo le subieron la persiana abriendo un garaje muy bien aprovechado con estanterías rebosantes de artículos de bricolaje, botes de pintura, bicicletas y máquina cortacésped.

–        ¿Tan pronto de vuelta, cari? No te esperaba hasta las dos.

–        Digamos que tengo ganas de… hablar contigo.

Realmente aquella mañana estaba saturada de contrariedades y Lucio Moratalla, informático free lance, temióse lo peor.  Acompañando a su robusta y sudorosa esposa hasta la principal estancia (tiernamente recogida por el talle), la arrellanó entre los cojines del inmenso sofá para, sacando fuerzas de flaqueza, preguntarle con débil hilo de voz: -Tú dirás…

Y vaya si dijo. De su boca salió una retahíla de aseveraciones que fueron

desde:

A.- Esta cómoda e insulsa vida ni me dice ni me llena absolutamente nada.

B.- Hace más de tres meses que mis orgasmos de los jueves son fingidos.

C.- He descubierto que la criada se pone mi ropa interior.

D.- He conocido a otro hombre.

E.- Tengo remordimientos.

Hasta:              F.-  Hay días en que, al salir del trabajo, en lugar de ir al gimnasio me salto la dieta y tomo un vino y una tapa de callos en un bar, y no sólo eso, a continuación, me quedo viendo como juegan a la baraja.

Pasando por:   G.- Voy a darme una ducha, prepara la comida.

Aturdido por semejantes confesiones, Lucio abrió la nevera, enganchó en el aire de manera refleja una caja de supositorios mal ubicada y se tomó dos vasos fríos de leche ensojada. Aún tuvo arrestos para preguntarle mientras alejada por el pasillo la veía despojarse del turbante:

-¿Y eso, amor mío, cómo has podido vivir con semejante zozobra?-. Portazo y chorro de agua le dejaron en ascuas.

Fueron pasando los días, entre agotadoras horas repartidas por la oficina Consulting y Recursos Humanos donde ella colaboraba y los farragosos programas informáticos anti-escaqueo de trabajadores menos cualificados que diseñaba él (el verbo trabajar recién acababa de desaparecer de la urbanización que moraban) combinando clases de yoga, coaching, fitness y padel, acabando la tarde del viernes en la semanal asamblea de padres de alumnos que organizaba la escuela cooperativa a la que acudían sus cachorros, dándoles voz pero no voto, abordando temas infantiles tan elementales como la autoafirmación interactiva, los valores creativos ónticos o las técnicas individuales de dominio y abuso del más débil que iban asimilando los niños con vistas a un prometedor futuro de liderazgo.

Transcurridos tres meses desde el inicio de nuestra historia, hizo Lucio acopio de seis grajeas de ginseng y arrebolado por la euforia dijo a su esposa sin prisa, pero sin pausa, a bote pronto:

A.- Mi ritmo de vida tampoco me llena, pero me lo da todo.

B.- Cada día me cuesta más empezar cualquier ejercicio gimnástico contigo.

C.- También a mí me falta dinero de la cartera.

D.- Frecuento salas de masajes.

E.- Me acosa la culpa, pero lo justo.

F.- Fumo a escondidas.

Semejantes divergencias maritales pusieron más que en entredicho aquella consolidada y armónica vida marital. Evitaremos detalles sobre los reproches, alusiones a las respectivas familias, llantos, acusaciones y viejos rencores anidados de antaño que culminaron en sonoros sofocones, zapatiestas histèricas y engrescadas zarrampainas, todo ello aderezado con constructivas semanas exclusivas de uso personal (ella partió una semana a Las Azores, él a las playas de Taormina), reparador crucero romántico en común por el Báltico (con buffet, barra libre y espectáculos arrevistados por la noche), consultas a consejeros matrimoniales aprestados en dar una solución al conflicto y spas, mucho spa, y relajaciones, y aromaterapias de pétalos con sabor a tutti frutti. La madre de él llego a concertarles incluso un íntimo y tonificante encuentro con su confesor de cámara pero la solución vino a través de IKEA (lugar que frecuentaban los sábados, puesto que los domingos los dedicaban a misas de doce) comprando la pizzarra donde escribieran al alimón pros y contras de la situación, ganando los primeros por goleada histórica sobre los contras,  pues hallábase allá la suma de dos cuantiosos ingresos mensuales, una católica herencia en el aire alérgica a cualquier interpretación de divorcio, unos vástagos francamente maleducados y difíciles de soportar desde la individualidad (amén de unas onerosas clases de piano, esgrima y equitación) y una pequeña pero coqueta ganga a la vista en forma de casita en Porto, muy útil para el desarrollo del idioma y cuajadita de gardenias su jardín.

El abrazo de Vergara no se hizo esperar y la aplaudida reconciliación supuso una sonora merendola en Disneylandia para, al regreso, emprender en colaboración conyugal sana una concienzuda taxonomía laboral cuya conclusión, aprobada por el Consejo de Dirección, recabó una caterva de despidos masivos a todos los mayores de cincuenta años en las empresas que Azucena asesoraba no sin imaginación y Lucio colaboraba con igual tesón. O sea, que se levantaron a más de medio polígono dejándolo listo para una amplia y cómoda urbanización de adosados y el resto para la explotación de un parque temático referente a la antigua historia del movimiento obrero y sus desmanes sindicales, iniciativa ésta que les supuso un prestigioso currículum y una estupenda remuneración con la que dar ese empujón que necesitaban casita, jardín y deudas viajeras, las cosas como son, porque… no nos engañemos, se vive solamente una vez.

Hoy la vida sonríe a esta familia. Los niños, aunque han repetido curso de catequesis, se crían fuertes y vigorosos. Mamá dedica su tiempo libre a dirigir un taller de Oración y Rezo tutelado desde Izarra por Fray Cebolla y papá, bueno… papá ha diseñado un programa informático que averigua en cada momento cómo y en qué despilfarra cada parado la ayuda familiar no contributiva. Se rumorea que va candidato al Príncipe de Asturias.

Ramón Díez

EX CATHEDRA

El distrito Universitario de Nueva Asdrubalia fue atacado en la década de los noventa por una batería de impertinencias que llevaron a la dimisión y cese inmediato de sus funciones como rector a Don Celedonio Orenga, decano con más de cincuenta y cinco años de servicio dedicados a la investigación y docencia sociológica desde uno de los departamentos de cátedra con mejor aire acondicionado de todo el campus estudiantil.

            La batería de conflictos inicióse desde el instante en que uno de sus más valorados profesores adjuntos, experto en mantener la temperatura de los cafés con leche y los churros en el recorrido de la cafetería al aula, fue interpelado no sin gravosas dosis de inquina desde las tribunas aprendices de ciencias criminológicas con la pregunta de si los confidentes de la policía nacían o se hacían, ahondando en esa eterna polémica sin resolver sobre esencia y existencia. Desarmado por completo al no contemplarse en el temario semejante demanda derivó la pregunta por orden de escalafón hasta llegar a Don Celedonio. Éste, rojo de cólera al saberse enterado de semejante aparato, convocó inmediatamente un seminario entre sus colegas de diferentes ámbitos con el fin de descabezar ipso facto semejante conjura. Pero fue peor el remedio que la enfermedad, pues cada docente entrevistado dio una opinión diferente al respecto quedando muy lejos el cónclave de hallar   solución y sí cercano al cisma. Las actas de dichas deliberaciones pueden hoy leerse en los anales universitarios y son todavía motivo de desaire su recordatorio, cuando no de escarnio.

            Pero no quedó ahí la cosa. Varias facultades al unísono fueron asaltadas por un extraño virus que afectaba a muchos de sus pedagogos allí congregados y que consistía, a groso modo, en que los más soeces programas de televisión, normalmente denostada por todos ellos, aparecían amenos a sus ojos inmediatamente antes de partir desde sus casas camino de la correspondiente jornada laboral. Este parecer tan curiosamente esparcido entre el cuerpo de catedráticos fue analizado con  taxonómica entrega por los laboratorios de Biogenética  Andariega e incluso de Botánica del Devenir, arrojando los estudiosos de una y otra industria unas pobres conclusiones y un ajado informe en el que se recomendaba acostarse un poquito antes cada noche para así poder mejor madrugar. Don Celedonio estaba que trinaba.

            Varias fueron las medidas coercitivas que se tomaron desde los despachos, a saber: privación sine diem entre los discentes de cortarse el pelo en sastrerías o modistas; requisa masiva de cualquier arma blanca en los bolsillos del profesorado durante épocas de examen; impedir la entrada en los doctorados de cualquier manifestación prerrafaelita; retirada inmediata de toda subvención a la compra de cuerdas de bandurria para la tuna; uniformidad en el tamaño de las borlas de los birretes; restricción de las horas de pastoreo en los verdines del rectorado y la elaboración de panfletos en diferentes idiomas conminando a dejar de besarse por salas, pasillos y ascensores, con especial énfasis en el retrete del Aula Magna.

            Todo en vano. El doctor emérito en Derecho, D. Avelino Cubells, dijo tener un hermano exorcista en un monasterio de Solsona (Lleida), eficaz en la  desdemonización de espacios públicos, pero la Comisión Económica hubo de pronunciarse negativamente al disfrute de sus servicios aduciendo falta de presupuesto en las dietas, conflictos lingüísticos irreparables y problemas derivados de transferencias educativas.

            Agotada pues la vía trentina  y viendo Don Celedonio a través de sus bonachones ojos como la nave del saber cristiano íbase a pique en medio de tanta injundia, zozobra y sabotaje, resolvió entregar la cuchara  apalabrando con su gestor una honrosa jubilación que le dedicase desde aquella sabia determinación a los cuidados paliativos de su anciana mascota, buscar las recomendaciones oportunas para la colocación de varios de sus nietos entre las consejerías del nuevo rectorado y a la lectura pausada y fehaciente de las memorias estilitas de Fray Cebolla, ocultas en los anaqueles de doble fondo de su biblioteca erudita para pergeñar a vuela pluma entre sus apuntes la caterva de infamias con que viéronse calumniados los últimos días de su ilustrada carrera. Dudó en un principio entre titular dichas memorias entre “O yo o el caos” o “ Arrieritos somos”, pero acabó decantando su preferencia por el de “Insaciables tórtolos”. El tiempo lo conduce camino de la incunabilidad.

Ramón Díez

Reflejos

Alineados planetas y asteroides allá por la poco remota época de la muerte de Manolete, el álgebra cósmica resolvió una ecuación mediante la cual Heraclia Merino conjugara a lo largo de su vida tres paradójicas cualidades: ser analfabeta, sabia y elevada, cualidades que le marcaron de por vida por no saber gota de letra lo primero, por conocer otras muchas cosas más lo segundo y su capacidad de multiplicarse por sí misma las veces que falta hiciera, lo tercero.

         Ignorante de ello creó una filosofía de vida muy cercana a Epicuro (siendo feliz con lo básico) y algo darwiniana (adaptando a su supervivencia todo conocimiento) sin jamás sentirse diferente pues en realidad no era extraño ser humano con semejantes presupuestos demediado el siglo XX, seres proclives a respuesta rápida más que a sesuda meditación. Como muestra, el primer botón: uno de sus hijos, educado mozo, santo varón, abstemio, trabajador silencioso, integrante del coro de la parroquia y muy centroderechizado políticamente, anuncióle la buena nueva de tomar matrimonio presuroso con recatada muchacha, tan hacendosa como sumisa, muy limpia e hija de la casera del cura de la misma parroquia, a lo que Heraclia respondió de buena gana que felicitaba la elección pues desa maña no más echaban a perder un  hogar en el barrio obrero que habitaban.

         Otra muestra: preguntada su opinión sobre el asunto de la nicotina en tabernas y colmados manifestó, fumadora empedernida como era, que puestos a elegir entre imperativos legales prefería sin duda la prohibición que no la obligación de dar bocanadas, pues dada su natural inclinación a llevar la contraria en asuntos gubernamentales estaba dispuesta a fumar un poco más si era el caso, pero nunca a dejar lo que consideraba un incontestable placer.

         Dos veces casó y ninguna de ellas por interés o pasión, sino por inercia; las dos que posteriormente enviudó tampoco dejáronla sumida en desesperación o tristeza, más bien en necesidad.

         Atacada en su primera madurez por varias enfermedades no acudió al médico por no molestar a don Federico, bien al contrario prefirió coser a modo preventivo la saya de su propia mortaja oyéndosele murmurar una buena retahíla de singulares máximas tales como: que la mejor palabra es siempre aquella por decir, que la desconfianza general hacia los ricos es especial sobre aquellos que además pretenden salvar a los pobres o que la suma de felicidades individuales es infinitamente superior a la colectiva, sobre todo si ésta proviene de un real o divino decreto.

         Anda hoy siempre con el último recibo de El Ocaso a cuestas convencida de que no vale dos perras y por eso mismo ha mandado escribir a modo de testamento que realidad y ficción son perfectamente permutables en las sociedades tejidas por el mucho consumo y la baja eficacia, que pudiendo vivir bien ¿a qué fin vivir mal? que la virtud de ayer el vicio de hoy es, o que puestos a pasar las horas a un lado u otro del espejo… “pues eso, allá usted y allá penas, que aunque esté feo que yo lo diga, siempre he sido medio tonta” (sic).

         Sigue siendo su figura casi tan resuelta como hace décadas, su elegancia idéntica de natural y su buen hacer, encomiable. Si alguna vez la veis le decís de mi parte que… bueno, nada, no le digáis nada.

 -No hombre, ¿qué ibas a decir?

-No, si no tiene importancia.

-Coño, dinos…

-Pues que con la postura devuelta del sorteo del niño he sacado número para el de san José. Pero que ya hablaré yo con ella.

(continuará)

Ramón Díez

 

Reformas

La mañana inmediatamente posterior al triunfo electoral del partido más votado de la centuria Tamara Galindo, alias “La Chata”, cogió el primer tren con destino a la capital con el fin de reclamar la promesa dada en alcoba adamascada de burdel al diputado electo, consistente en una Asesoría Adjunta en Temas Mundanos, disponiendo otrosí de nómina, dietas, alquiler de vivienda y coche oficial.

            Sabedora “La Chata” de la maraña social fue muy cauta en sus observaciones, debutando en rol asesor de trastienda parlamentaria con la prohibición taxativa del turismo, los paseos masculinos en pantalón corto y el uso de la diéresis sin la debida justificación. Propuso asimismo convertir en delito las exposiciones didácticas apoyadas en Power Point, las manifestaciones de jolgorio tirando confeti y los redobles de batucada por vías urbanas de menor enjundia, logrando que las villas destinatarias de semejantes tesis ganaran, como la vieja Atenas, así en belleza como en virtud.

            En ámbito nacional colaboró en la redacción de un Decreto que contemplara la amnistía total o parcial a todo aquel convicto susceptible de realizar el Camino de Santiago y personóse como letrada en la causa  pro  restablecimiento de los honores debidos a Doña Casta Álvarez, Agustina de Aragón,  y las viudas de El Palleter y El Timbaler del Bruc.

            En materia cultural convenció a académicos lingüistas de que tórtolas de plazas y jardines pronunciaban indudablemente “Nicanor… Nicanor”  en sus gorjeos encelados, y no como la antigua prosodia divulgaba: “¿Qué pasó, qué pasó?”

            Envidiosos ante semejantes barruntes, sus compañeros de pesebre conjuráronse desde las cloacas más inmundas de la historia para con deleznable tino pagar a escote el sicario encargado de eliminar a la camarada Galindo, no dudando aquel en atiborrarla a base de migas a la pastora, callos, trasiegos jumillanos, y abandonarla en una playa de Gandía receptora del Campus Party celebrado por  siete mil jóvenes semifinalistas de Gran Hermano, ávidos de síntesis químicas, bromas pesadas y música after del desayuno, comida y cena.

            Ascenso, cénit y ocaso de semejante servidora de los designios patrios pueden hoy estudiarse debidamente en los fondos documentales de la Biblioteca Universitaria de Cilicia, así como admirar su respetuosa memoria ante la efigie erigida sobre la plaza convergente de las principales arterias asfaltadas de Seseña, justo al lado de las ruinas del piso piloto y enfrente de una toma eléctrica desvencijada tras el asalto en busca del cobre de sus contadores.

Ramón Díez

           

Deseo

Fue Don José Luis un ímprobo funcionario del cementerio de mascotas muy esmerado en el trato, intachable conducta, solícita diligencia y eficacia contrastada a lo largo de sus cuarenta y siete años de activo desempeño.

Aprovechando tanto su envidiable condición física como su gallardía intelectual no escatimó recursos Don José Luis, una vez jubilado, con que comenzar un extraordinario currículum artístico cultivador de latentes y nunca olvidadas pasiones de otrora.

Dotado de fino oído retomó sus clases de solfeo y piano iniciadas en su lejana infancia, atreviéndose incluso con minuetos de violín; su exquisita memoria le permitió recordar y, por ende, perfeccionar, buena parte de los vocabularios franceses, ingleses y algo alemanes almacenados en profundos pliegues de su cerebro, adquiriendo toda vez recursos lingüísticos necesarios con que aumentar su copiosa biblioteca. Viajador empedernido anduvo siempre en sus rutas acompañado de cuadernos y pinceles para recordar en sus notables acuarelas los lugares visitados; de aquellas melancólicas aguadas tradujo no menos entusiastas crónicas de sus periplos, publicadas indefectiblemente a sus regresos en el periódico local. Se permitió incluso algún soneto colaborador en gacetillas literarias, formidablemente criticado, que repartió generosamente en las veladas y soirées que con gusto organizaba en los salones de su casa. Nunca tuvo reparos en obsequiar a sus invitados con romanzas cantadas durante la sobremesa, ni de repartir los escasos recursos monetarios que recabó entre las diferentes ONGs que apadrinaba. Avezado gastrónomo, pícaro sumiller, afortunado galán y sofisticado hombre de honor y palabra, contestó disciplente a la curiosa pregunta sobre sus denodados esfuerzos en pro de tan filantrópicas veleidades culturales.

– “No hago sino cumplir un arraigado sueño de juventud que adobado en mi madurez puedo hoy definitivamente explayar: siempre quise ser una dama ilustrada de finales del XVIII”.

Y vaya si lo consiguió. Hoy su lápida reza “Doña Josefina Amescúa, marquesa de Pastrana”.

Ramón Díez