Reflejos

Alineados planetas y asteroides allá por la poco remota época de la muerte de Manolete, el álgebra cósmica resolvió una ecuación mediante la cual Heraclia Merino conjugara a lo largo de su vida tres paradójicas cualidades: ser analfabeta, sabia y elevada, cualidades que le marcaron de por vida por no saber gota de letra lo primero, por conocer otras muchas cosas más lo segundo y su capacidad de multiplicarse por sí misma las veces que falta hiciera, lo tercero.

         Ignorante de ello creó una filosofía de vida muy cercana a Epicuro (siendo feliz con lo básico) y algo darwiniana (adaptando a su supervivencia todo conocimiento) sin jamás sentirse diferente pues en realidad no era extraño ser humano con semejantes presupuestos demediado el siglo XX, seres proclives a respuesta rápida más que a sesuda meditación. Como muestra, el primer botón: uno de sus hijos, educado mozo, santo varón, abstemio, trabajador silencioso, integrante del coro de la parroquia y muy centroderechizado políticamente, anuncióle la buena nueva de tomar matrimonio presuroso con recatada muchacha, tan hacendosa como sumisa, muy limpia e hija de la casera del cura de la misma parroquia, a lo que Heraclia respondió de buena gana que felicitaba la elección pues desa maña no más echaban a perder un  hogar en el barrio obrero que habitaban.

         Otra muestra: preguntada su opinión sobre el asunto de la nicotina en tabernas y colmados manifestó, fumadora empedernida como era, que puestos a elegir entre imperativos legales prefería sin duda la prohibición que no la obligación de dar bocanadas, pues dada su natural inclinación a llevar la contraria en asuntos gubernamentales estaba dispuesta a fumar un poco más si era el caso, pero nunca a dejar lo que consideraba un incontestable placer.

         Dos veces casó y ninguna de ellas por interés o pasión, sino por inercia; las dos que posteriormente enviudó tampoco dejáronla sumida en desesperación o tristeza, más bien en necesidad.

         Atacada en su primera madurez por varias enfermedades no acudió al médico por no molestar a don Federico, bien al contrario prefirió coser a modo preventivo la saya de su propia mortaja oyéndosele murmurar una buena retahíla de singulares máximas tales como: que la mejor palabra es siempre aquella por decir, que la desconfianza general hacia los ricos es especial sobre aquellos que además pretenden salvar a los pobres o que la suma de felicidades individuales es infinitamente superior a la colectiva, sobre todo si ésta proviene de un real o divino decreto.

         Anda hoy siempre con el último recibo de El Ocaso a cuestas convencida de que no vale dos perras y por eso mismo ha mandado escribir a modo de testamento que realidad y ficción son perfectamente permutables en las sociedades tejidas por el mucho consumo y la baja eficacia, que pudiendo vivir bien ¿a qué fin vivir mal? que la virtud de ayer el vicio de hoy es, o que puestos a pasar las horas a un lado u otro del espejo… “pues eso, allá usted y allá penas, que aunque esté feo que yo lo diga, siempre he sido medio tonta” (sic).

         Sigue siendo su figura casi tan resuelta como hace décadas, su elegancia idéntica de natural y su buen hacer, encomiable. Si alguna vez la veis le decís de mi parte que… bueno, nada, no le digáis nada.

 -No hombre, ¿qué ibas a decir?

-No, si no tiene importancia.

-Coño, dinos…

-Pues que con la postura devuelta del sorteo del niño he sacado número para el de san José. Pero que ya hablaré yo con ella.

(continuará)

Ramón Díez

 

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