Europa vive sus momentos más difíciles desde que hará una década sendos referendos en Holanda y Francia tumbaron la Constitución europea y dejaron todo el proyecto tiritando y en el aire. Una especie de «tormenta perfecta» sacude ahora la Unión y sus líderes parecen incapaces de capear el temporal. ¿A qué responde el actual «pandemonium» europeo?
El diccionario define «pandemonium», primero, como reunión de demonios y, en segundo lugar, como «lugar en el que hay gran confusión, ruido y griterío». La palabra no puede ser, en efecto, más adecuada para definir la situación actual del proyecto europeo.
Por un lado, una década de hegemonía absoluta de Alemania, no sólo ha acabado con el eje que vertebró Europa durante decenios y consensuaba toda la política europea (el eje franco-alemán), sino que está provocando que todas las costuras esenciales de la Unión, que se necesitó años para tejer, estén a punto de romperse y saltar por los aires. Gran Bretaña celebrará próximamente un referéndum sobre su permanencia y, por el momento, llevan la batuta los que propugnan abandonar la UE. En Francia, la sensación de que Alemania les ha traicionado y los está ninguneando y humillando, ha puesto ya al Frente Nacional a las puertas de una victoria electoral que podría ser el detonante de la ruptura definitiva de la UE. Polonia, que durante años pareció que iba a aceptar pacíficamente la dominación alemana, ha otorgado meses atrás la mayoría absoluta a un partido nacionalista que rechaza radicalmente esa hegemonía y está dispuesto a tomar medidas radicales para librarse de ella. En Italia, el jefe de gobierno, Renzi, dispara un día sí y otro también contra la política alemana y contra Ángela Merkel, llamando a otros jefes de gobierno a sumarse a un verdadero motín contra la política germana. Y en la península ibérica, los dos gobiernos conservadores de España y Portugal, que apoyaron la política de austeridad de Alemania, están a punto de pasar a la historia. Los conservadores portugueses ya están en la oposición, y los españoles muy cerca de ella. Alemania, que se las prometía muy felices, ve ahora cómo desde todos los frentes (excluido su «hinterland» más fiel) un número creciente de países y estados de enorme peso y relieve en Europa, o bien amenazan con irse y romper la Unión, o bien están dando paso a gobiernos abiertamente contrarios a la nueva hegemonía alemana o, incluso, podrían acabar abriendo la puerta a fuerzas políticas incompatibles con el proyecto europeo. Lo que antes era un rebaño de ovejas pastoreado por Ángela Merkel, cada vez más es un verdadero «pandemonium», una reunión de demonios, que se resisten a reconocer el liderazgo alemán y quieren cada uno controlar su propio infierno.
En ese «pandemonium» es cada vez más difícil tomar una sola decisión por consenso e, incluso, que se imponga por la fuerza un «trágala» alemán, como ocurrió hace meses durante las negociaciones con Grecia. El caso más fehaciente lo tenemos con la oleada migratoria procedente de Siria, Irak y Afganistán. Meses después de que se declarara la gigantesca crisis humanitaria de los refugiados, Alemania no ha conseguido imponer su política de cuotas de reparto. La mayoría de los países se oponen o se hacen el longuis, o aplazan las decisiones, de forma que Alemania, al final, se ha tenido que «tragarse» ella sola más del 80% del problema, lo que está acarreando muy serios y graves contratiempos a la canciller Ángela Merkel, que de ver cómo su reelección parecía un camino de rosas, ahora tiene que enfrentarse a una grave desafección de una mayoría creciente de alemanes, que sobre todo tras los inquietantes sucesos de la Nochevieja en Colonia ha pasado a rechazar mayoritariamente la política de puertas abiertas de la canciller.
Por otra parte, las cifras han puesto sobre la mesa recientemente, con un descaro insoslayable, a quién está beneficiando la política europea de los últimos años. Las cifras de la balanza comercial alemana, por ejemplo, son un verdadero escándalo. Alemania tiene una balanza comercial anual a su favor de 135.000 millones de euros, la mayoría de ellos con sus socios europeos. Es como si cada año, el resto de Europa transfiriera a Alemania un cheque de ¡100.000 millones de euros! En diez años son ¡un billón de euros! Y mientras tanto, y para más inri, todos los «donantes» tienen que apretarse el cinturón para cumplir con unas cifras de déficit imposibles, que les obligan a realizan recortes muy dolorosos en educación, sanidad, pensiones, etc. Como era de esperar, tamaño desequilibrio y saqueo, está alimentando también el resentimiento, las críticas y la rebelión contra la política alemana.
Pero los «males» que socavan el liderazgo alemán y enturbian la marcha triunfante de su locomotora no tiene que ver solo con la creciente desafección de sus socios, con ser esta muy importante. Otros problemas tan o más graves se van sumando día a día hasta dibujar un panorama inquietante.
Hace también unos meses, el escándalo que salpicó a la Volkswagen, por el trucaje de motores que contaminaban más de lo permitido, golpeó con fuerza al sector más puntero y emblemático de la economía y la industria alemana. Todo el orgullo de la mecánica alemana sufrió un severo bofetón, cuyos costes (por las demandas a las que tiene que hacer frente, sobre todo en EEUU) aún están por determinar, y podrían acabar poniendo al gigante alemán contra las cuerdas. Y hace solo unos días, al calor de las nuevas y severas turbulencias que sacuden a los mercados bursátiles mundiales, se ponía en evidencia que la supuesta solidez de la primera entidad financiera germana, el Deustsche Bank, podía ser una mera fachada. En apenas una semana, el buque insignia de la banca alemana perdía en Bolsa casi el 50% de su valor, y sus acciones se ponían a tiro de los temibles hedge funds y otros fondos de inversión de origen anglosajón, con epicentro en Wall Street y la City. La posibilidad de que el Deustsche Bank pudiera ser «tomado al asalto», aprovechando la caída de sus acciones y la corriente de ventas que dominaba en el parquet, merodeó durante unas horas sobre la Bolsa de Frankfort, alimentando todo tipo de especulaciones, que el banco ha tratado de tapar con una inversión de casi 5.000 millones de euros en acciones propias, a fin de demostrar que su músculo financiero todavía es suficientemente poderoso. En todo caso, el simple hecho de que la hipótesis circulara y el banco tuviera que reaccionar, hacen creíble aquello de «si el río suena…». Esa sospecha, además, se suma a las muchas que existen acerca de la verdadera situación de las «cajas de ahorro» alemanas, los bancos de los länder, que nunca han sido sometidos a los test de estrés de la banca europea y que, al parecer, son la razón de por qué Alemania se opone a avanzar en la unión bancaria.
Pero el temblor que sacudió al Deustsche Bank no fue el único temor europeo. La crisis bursátil actual ha destapado muchas otras vergüenzas en Europa, hasta ahora ocultas y amañadas. La situación de la banca italiana, o de la Societé Général francesa (el segundo banco de Francia), han alimentado estos días rumores acerca de una nueva crisis financiera en Europa. Y aunque aún no se ha hablado de nuevos «rescates», puede que sea cuestión de días que comience a hablarse de ello. En todo caso, solo los primeros temblores sísmicos, ya han provocado un movimiento reflejo de defensa de la banca, y la consiguiente restricción del crédito, lo que refuerza la perspectiva de una nueva recesión europea. Lo que a su vez obligaría a la UE a replantearse la línea de conducta a seguir: ¿qué hacer?, ¿seguir profundizando en los recortes, como ya demanda la Comisión Europea a un gobierno español que todavía no existe? La batalla se presenta muy cruda, y Alemania ya no tiene ni la fortaleza ni la credibilidad de hace ocho años para dictar e imponer sus recetas. Muchos de sus socios incondicionales ya han desaparecido o están a punto de desaparecer de la escena y otros han comenzado a adoptar una política más beligerante, sobre todo aquellos que como Hungría, Polonia o Dinamarca, rechazan la política migratoria de Merkel y se niegan a recibir nuevos refugiados. Esta política respecto a los refugiados está provocando, por otra parte, una fractura total en el seno de la UE. Las iniciativas de algunos Estados vulneran ya principios básicos de la UE así como su política de derechos humanos, uno de sus emblemas. La decisión del gobierno danés de despojar a los inmigrantes de su dinero, bienes o enseres, como condición para admitirlos, recuerda ya al expolio judío por los nazis. Gran Bretaña solo seguirá en la UE si se acepta que se niegue a recibir nuevos refugiados. Francia discute (y se divide) ante las perspectiva de quitar la nacionalidad a quienes aparezcan vinculados con actos terroristas. No hay una política europea ante el tema, cada uno toma su camino según sus circunstancias e intereses… Mientras tanto, columnas de refugiados recorren el invierno europeo, en escenas que recuerdan el pasado más ignominioso de Europa.
«Lugar en el que hay gran confusión, ruido y griterío»: así es el actual pandemonium europeo, un ámbito en el que se cuestiona la autoridad de Alemania y no hay un liderazgo indiscutido, donde cada uno alza su voz y propone su solución particular, sin modales y a grito pelado, y donde reina una enorme confusión acerca del futuro, mientras el presente se siembra de oscuros presagios sobre una nueva réplica de la crisis. Y mientras Estados Unidos mueve sus poderosos y secretos hilos no solo para preservar sino incluso para reforzar su dominio y su control sobre Europa, al este, una Rusia cada vez más agresiva afila también sus cuchillos para ver qué podría sacar de una Europa dividida y en crisis.
Bocadillos:
Lo que antes era un rebaño de ovejas pastoreado por Merkel, ahora es un verdadero «pandemonium», una reunión de demonios, que se resisten a doblegarse al liderazgo alemán y quieren cada uno controlar su propio infierno.
En ese «pandemonium» es cada vez más difícil tomar una sola decisión por consenso e, incluso, que se imponga por la fuerza un «trágala» alemán, como ocurrió durante las negociaciones con Grecia
Columnas de refugiados recorren el invierno europeo, en escenas que recuerdan el pasado más ignominioso de Europa
Manuel Turegano