Antes de entrar en el desarrollo del artículo quiero trasladar mi pésame a la familia del diestro Víctor Barrio, fallecido en la plaza de Teruel, víctima de una cornada, así como mi respeto hacia el colectivo taurino. Y, aunque no comparto los argumentos que defienden la celebración de las corridas de toros -de hecho, no me gustan-, por mi condición de demócrata respeto que se mantenga la práctica del toreo, sin entrar en el manido argumento de los muchos puestos de trabajo que genera y de la cantidad de familias que vive de esta ¿tradición?
No me gusta ver morir ni que se maltrate a los toros; los protaurinos aducen que estos nacen y viven para eso; los antitaurinos, por el contrario, creen que el mero hecho de correr por una calle les provoca estrés. No estoy de acuerdo ni con unos ni con otros; me inclino más por los festejos taurinos a la portuguesa, en los que no se sacrifica a los astados. Pero una cosa es ser antitaurino y otra muy distinta es el insulto, deseando a su vez la muerte del torero, o peor, celebrándola.
Es lo que pasó el mismo y lo siguientes a la muerte de Barrio: tuits de mucha gente alegrándose de ese desenlace. Aún considerando la vaga posibilidad de no incurrir en ningún tipo de delito, éticamente es reprobable dicho comportamiento y ofensivo hacia la víctima y sus familiares. De hecho, creo que esos comentarios sí suponen un delito, o peor, dos: un delito de injurias y otro de incitación al odio. De ser así, espero que la justicia obre en consecuencia y sus autores sean castigados.
Se da la circunstancia de que en los últimos años el debate animalista ha crecido exponencialmente: entre políticos, ciudadanos y otros colectivos. Sobretodo a partir de las elecciones autonómicas y municipales de 2015, en las que, debido a diversas alianzas se produjo un cambio de gobierno y donde estuvo el PP, ahora se encuentra el tan denostado tripartito, lo que ha permitido cambiar la percepción que tenemos de ciertas tradiciones.
En ese sentido, hace unas semanas tuve una acalorada conversación con un grupo de personas que me dejó desagradablemente sorprendido. Cuando el tripartito comenzó a gobernar, mucha gente expresó su temor a que aquel acabara con las tradiciones taurinas (corridas de toros y “bous al carrer”). Y en algunas poblaciones dicho gobierno decidió prohibir unilateralmente dichos festejos. En aquellos momentos los protaurinos protestaron, no sin razón, contra esa decisión; argüían que, al menos se contara con la opinión del pueblo, que éste votara en referendo la continuidad de los toros. Dicho y hecho; otros pueblos sometieron esta al voto de sus vecinos. La sorpresa vino cuando vimos que el resultado en algunos lugares fue prohibir esos festejos. En esa conversación, pues, se me ocurrió comentar que era lo que había decidido la mayoría; se me echaron al cuello diciendo que, ¡horror!, para según qué cosas los políticos no deben contar con sus ciudadanos. Sí, los mismos que pedían que se contara con el pueblo.
¿Volvemos al Despotismo Ilustrado? Desde luego, en este caso, los protaurinos están defendiendo lo uno y lo contrario y así se lo hice saber a mis contertulios, quienes hicieron gala de un talante más bien antidemocrático y con cierto tufillo “fascistoide”. En conclusión, ¿qué habría pasado si allí donde se ha votado hubiera salido el “no”? Debemos hacer una relectura de lo que suponen algunas tradiciones y actuar en consecuencia; y esto pasa por no sacar las vísceras a pasear; pasa por que todas las partes se sienten a dialogar, dejando claras todas las posiciones con el fin de llegar a acuerdos que satisfagan a todos. Eso es democracia, lo demás, demagogia y populismo. De unos y otros.
Moska
