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HIPERMETROPIA URBANA: La cabina telefónica

Los teléfonos públicos llegaron a España en 1928, pasando cuatro años desde que se adjudicase a ITT(Internacional Telehpone & Telegraph) y la CTNE (Compañía Telefónica Nacional de España) el contrato para el monopolio del servicio. Como en el resto de localizaciones, hubo una progresiva adaptación de los modelos a medida que se perfeccionaban, llegando en 1966 el teléfono automático modelo 5536-M, que funcionaba primero con fichas y luego con monedas (pesetas).

Compartiendo el declive internacional, es precisamente este año cuando la jubilación se cierne sobre los teléfonos públicos españoles. Telefónica ha de mantenerlos hasta el próximo mes de diciembre por lo que establece el Real Decreto 424/2005 (y su modificación posterior el RD 726/2011), que obliga en su artículo 32 a que existan los suficientes teléfonos públicos de pago hasta esa fecha, en relación de un dispositivo cada 3.000 habitantes en ciudades medianas y grandes, y de al menos un teléfono en poblaciones de menos de mil habitantes, quedando unas 35.000.

Las cabinas como tal, un habitáculo acristalado con puertas y techo, fueron desapareciendo a medida que se cambiaban por otros modelos en poste. Del mismo modo que tanto en España como a nivel internacional se adaptó el monedero y el sistema de cobro, empezando por fichas y pasando a monedas para acabar siendo compatibles con tarjetas recargables.

 

Hasta el momento que desaparezcan, la ley obliga a que los teléfonos públicos posibiliten la realización de llamadas además de proveer de cierta privacidad y aislamiento sonoro. Así, el servicio español distinguen de las de otros países por no admitir tarjeta de crédito ni poder recibir llamadas, algo que por miles de escenas en el cine sabemos que es posible en regiones como Estados Unidos (en España sólo en contadas excepciones, en zonas rurales muy aisladas).

La cabina telefónica pasará a la posteridad más allá del recuerdo tangible que conserven las calles al ser una protagonista intrínseca de muchas escenas históricas en el cine. Tenemos innumerables ejemplos y «cameos» de este inmortal invento, aunque según generación y procedencia puede que el primero que nos venga a la cabeza sea el de La cabina, de Antonio Mercero, protagonizada por Jose Luis López Vázquez.hipermetropia 3

Otro que suele aparecer pronto, sobre todo en el caso de los amantes del suspense, es la escena de Los pájaros, film de Alfred Hitchcock, en la que Tippi Hedren se refugia del ataque de las susodichas aves en una cabina. O el descenso a los cuarteles del Superagente 86, que usaba un ascensor camuflado en una cabina.

Hay otros ejemplos de escenarios algo más modernos e incluso de ciencia-ficción. Ejemplo de ello es la película Jungla de Cristal 3, protagonizada por Bruce Willis y Samuel L. Jackson cuando atienden a las peticiones de un terrorista que se hace llamar Simón (escena del Simon says) o el lugar donde Clark Kent pasaba a ser Super Man. Y también dentro de lo fantástico, el uso de las cabinas telefónicas en Matrix.

No obstante, más allá de que mantengan el servicio o no, las cabinas telefónicas se han convertido en una reliquia urbana sobre todo en el caso de las emblemáticas cabinas británicas, un símbolo histórico e internacional del país y de su capital (y un ejemplo de merchandising eterno). Es obvio que en esta ciudad no haya planes de ser eliminadas sino todo lo contrario.

En la ciudad de Valencia existe una en funcionamiento, calle Armando Palacio Valdés, 1, frente al restaurante Danubio Alameda, por lo menos hasta finales de año.

 

¿Todo sigue igual? HIPERMETROPÍA URBANA: La huella del sistema financiero

Artículo publicado el 15 de octubre de 2012 en El Inconformista N.º 11

Si alguien quiere hacer una tesis sobre el desmantelamiento de nuestra banca, aquí tiene un caso curioso para investigar: en la Pobla, el Banco Popular Español, todo un bunker, una referencia, imagen del conservadurismo bancario, ha dejado huella. Si no recuerdo mal, llevaría unos 40 años ahí, sirviendo como guía para orientar a la gente por el pueblo: “ves por ahí, donde hace chaflán el Banco Popular, echas a la derecha, y ahí está la panadería”, solían indicar los vecinos. Ahora nos hemos desorientado.

Han quitado los carteles rojos identificativos de la entidad, pero su huella, tras los años, ha quedado ahí grabada a fuego. ¿Por los siglos de los siglos? Se necesitaría una reforma integral de la fachada, y quizás otra del sistema bancario, otra vez, para hacer desaparecer esa huella, ese símbolo orientativo del pasado. Queda como un fantasma.

Los grandes iconos de la riqueza, los bancos, aquellos que algunos llegamos a creer que eran organismos públicos, que nos prestaban un servicio del cual debíamos estar agradecidos, han resultado pasar por el mismo rasero que cualquier empresa privada, gestión de recursos materiales, técnicos y personales. Y dejan huellas fantasmales.

Desmantelamiento del sistema financiero: augurio de un ciclo que empieza y termina en nuestra economía. Los grandes, los que protegían y velaban por nuestros intereses, caen como moscas, también. Quizás volvamos a tener el dinero bajo el ladrillo y los que se forren ahora sean lo que cubran nuestra seguridad en nuestros hogares en un futuro.

¿Qué nos depara éste? ¿Quién custodiará el vil, o bill, metal? Lo que sí está claro es que esta idea de negocio bancario empieza a estar en detrimento, nada mas ver lo que ha quedado de esta entidad en este lugar, reflejo de casi todos los pueblos de España.. Las cuentas no fueron, ni son, ni se prevén claras. Ni debe haber ni haber debe, el dinero debe estar, y punto pelota. La confianza de los consumidores y usuarios en estas entidades va a ser difícil de recuperar. Al menos la mía, por los siglos de los siglos: Amén.

Los Miopes, (Valencia)

 

Hipermetropía urbana: Menos mal

No es la primera vez que vemos un grafiti en una estación de tren, ni la última espero…

¿Quién ha escrito con una caligrafía tan mala un mensaje tan genial y discutible?

La forma desprecia al fondo, sobre todo en una estación del antiguo “Trenet”, tan bonita como la de La Cañadhipermetropia urbanaa, club residencial de clásicas familias adineradas, o como mínimo de “clase media alta” (¿qué significa eso hoy día?).

El grafitero podía haberse esmerado un poco más en hacer más bonita la reflexión que pretende fijarnos. De otra forma, pensaremos que habrá que gastar de nuevo dinero de todos para limpiar lo que se le ocurrió escribir una noche de botellón a un niño pijo de la zona, de esos con rastas y VISA. Su padre, el del barco, también tendrá que abonar su parte. Menos mal.

Los Miopes, (Valencia)