En una de las innumerables entrevistas que le hicieron a lo largo de su vida, conversando acerca de la identidad personal y su posible conservación tras la muerte, Borges decía lo siguiente: “La inmortalidad personal es increíble, pero la muerte personal también lo es. Ahora, si yo pudiera ser inmortal en otra situación, y con el olvido total de haber sido Borges, pues bien, entonces acepto la inmortalidad. Pero no sé si tengo derecho a decir acepto.” La cuestión que se plantea, la cuestión de la identidad, es tan antigua como la filosofía. Y me gustaría dedicar estas líneas a esclarecer la solución que ofrece el budismo. El propio Borges ya había dedicado un librito al tema, escrito junto a Alicia Jurado. Una solución, claro está, parcial (el enigma se antoja irresoluble), pero muy saludable para la época que nos ha tocado vivir.
Desde un tiempo a esta parte las sociedades tecnológicas modernas han vivido hipnotizadas por el despliegue de nuevas invenciones y el culto a la novedad. En ese ánimo ambiente, y alentadas por un capitalismo desbocado, se ha repetido hasta la saciedad una misma letanía: Follow your dreams. Así, en inglés, el idioma de la ciencia, del mercado y el mundo globalizado (i. e. occidentalizado). Un mantra que oculta buenas dosis de autocomplaciencia, histeria y capricho, un digno heredero de la eternidad celestial del yo (tan criticada y tan asimilada por la modernidad). Y ahí seguimos, sordos al hecho de que el camino al infierno está lleno de perseguidores de sueños, de los que lograron alcanzarlos y de los que se quedaron en el intento. Tenemos unos dreams, unos dreams dibujan un yo, y queremos realizar esa identidad, llevarla a su máxima expresión. Pocos se preguntan si your dreams son los sueños de otro (generalmente vendedor de algo), o los sueños de una época o de la provincia que nos vio nacer.
Una manera de paliar en parte el sonambulismo del yo (dibujado por esos sueños) es viajar. Y lo fascinante de viajar es que nos permite ver, en primera línea, el provincianismo del propio sueño (del sueño local), ahora muy parecido en todos los ámbitos del mundo global. Ello hace posible tomar distancias con eso que creíamos nuestro y que todo nuestro mundo nos animaba a alcanzar. Nos permite dejar el yours pero todavía quedará el gusanito del dreams. Entonces, y aquí la propuesta de la que quería hablar, es el momento de penetrar en el sueño, de observarlo cuidadosamente, de recrearse con la observación, de saberse uno con las cosas. Y, si hay suerte y los dioses están de nuestra parte, se producirá el hecho extraordinario: el hartazgo del yo, la desaparición del capricho y la manía, el reconocimiento del otro.
El deseo de conservar la identidad a toda costa es especialmente intenso en las personas que, mediante un arduo esfuerzo y trabajo, se han labrado un nombre y una personalidad. Para ellos no tendría sentido sacrificar el yo, incluso si con ello pudieran vencer a la muerte. Ha costado tanto sacrificio y son tantos los años de convivencia que ya no se contempla la posibilidad deshacerse de ese yo, ser radicalmente otro (aunque se algunas orientaciones). El apego a la personalidad es en ellas más fuerte que cualquier otro apego. Un buen ejemplo de ese deseo de conservación lo tenemos en Don Miguel de Unamuno, rector magnífico e ilustre intelectual. Unamuno parecía inmune al hartazgo del yo que padecía Borges. Para el bonaerense sería una pesadilla, quizá la peor de todas, conservar una misma identidad por toda eternidad. Y eso parece ser lo que querría todo el mundo, salvo algunos raros. Uno de ellos es Rustin Cohle (True detective). Un consumado nihilista (el ser humano es una marioneta biológica) que conserva, sin embargo, una firme vocación en la lucha contra el crimen. En uno de los interrogatorios con una señora mayor, gorda y pobre, de Loussiana, la mujer sentencia al final del parlamento (en tono de alivio, ante las calamidades y miserias que la rodean): “Menos mal que con la muerte no acaba todo”. Al salir de la casa, Rustin le dice a su compañero: “ojalá que se equivoque”. Expresando con ello que el deseo tradicional de conservar el yo puede transmutarse en preferir su completa aniquilación (esa es la esperanza de los suicidas: el poder descansar del yo). Pues bien, la postura budista discurre una vía media entre estos dos extremos. Entre el filósofo Unamuno y el detective Cohle.
Lo que proponen los budistas no es un mero cambio de traje. No hay aquí una identidad (alma) que trasmigre de un cuerpo a otro. Lo que se conserva carece de esencia pero no de orientación. La generosidad que proponen los budistas es, inevitablemente, anónima. Es otro el que heredará nuestras buenas inclinaciones, es el carácter de otro al que daremos forma mediante nuestra actividad en este pasaje “nuestro” que es la vida. Y el ímpetu de esa voluntad, de esa canalización de los estados conscientes, es capaz de traspasar la frontera de la muerte física.
Veamos como ocurre el asunto. Lo que el budismo entiende por espíritu toma la forma de una intención. Dicho espíritu no se localiza exclusivamente en los dioses de la religión popular, que se encuentran muy lejos de ser los espíritus más avanzados en sabiduría o santidad. Un niño, un anacoreta o un poeta pueden desafiar su poder una vez comprenden la ilusión de la voluntad, la ironía del yo y el prejuicio del espacio y del tiempo. Ese espíritu no es por supuesto de otro mundo, ni constituye un agente metafísico oculto que anima el universo: se alberga en la vida misma, es la experiencia misma vista desde un cierto ángulo, reorientada.
Es ese factor que hace que lo cotidiano adquiera una nueva textura. Dicha transformación no sería necesaria si el mundo y lo que convencionalmente llamamos individuo, se movieran en perfecta armonía (como ocurre, por ejemplo, en ciertos momentos felices de acuerdo y reconciliación con el mundo). La revisión se torna posible y urgente precisamente cuando ese yo, esa identidad (que no es sino una corriente), se siente más enredada en los entresijos de la vida. Los budistas creen que mediante la meditación y la atención cuidadosa es posible aclarar la ilusión de la propia voluntad, esa que nos hace desear sin conocer el motivo de nuestro denuedo, esa que nos obliga a plegarnos a las interminables exigencias de la vanidad o la ambición, a una identidad siempre ficticia.
El universo es para el budismo una imagen invertida de la vida mental, cuanto más profundamente se penetra en su interior, mejor aprende la naturaleza y configuración de los diferentes ámbitos de la existencia, por lejanos que éstos sean. La intimidad de la mente es el telescopio con el que escrutar el cosmos, el instrumento para observar el pasado o deducir el futuro. Este énfasis en la cultura mental no deja lugar a dudas: es más probable que un espíritu libre viva en armonía con un entorno hostil, que un espíritu turbado tolere el universo más perfecto. La libertad, tan buscada por personas, cultas y sencillas, siente el impulso de sacar a la luz toda la potencialidad de la psique, todo el bagaje acumulado en su largo viaje. Ciertos hábitos adquiridos podrán poner freno a esa maduración, podrán desviarla o confundirla, y el budismo se ofrece como vía para retirar los obstáculos del camino.
Se ha dicho con frecuencia que para el budismo el hombre no tiene identidad (aunque algunas tradiciones sitúan en su interior una valiosa semilla). Y no tiene identidad porque carece de “sustancia”. La antropología budista (el ideal del bodhisattva) nos dice que aunque el hombre es puro fenómeno sin sustancia, vacío, aunque carece de identidad, podría hacerse con ella, y que en esa búsqueda anda el bodhisattva. La identidad no es pues algo que uno hereda, sino un proyecto de futuro, una misión y una tarea cuyo objetivo es la erradicación del sufrimiento y cuyo aliento es la empatía. Esa intencionalidad es complementaria de la vacuidad y sin ella no puede entenderse cabalmente esta singular filosofía de la vida.
Hace unos años, cuando vivía en la ciudad de México, vi un anuncio muy curioso. Un policía de tráfico dirigía la maniobra de una grúa que estaba retirando un vehículo mal aparcado. Un joven se acercaba al policía con el rostro desencajado y le suplicaba que por favor no se lo llevara. Con tanta insistencia y empeño que el agente finalmente accedía y desenganchaba el vehículo de la grúa. El joven estaba contemplando satisfecho el automóvil cuando otro joven llegaba, lo abría, arrancaba y se marchaba en él. Luego venía un eslogan, que no recuerdo, y la marca del anunciante. La conducta de ese joven con un vehículo que no era suyo, pero que quería como si fuera suyo es el ejemplo perfecto del modo en el que los budistas imaginaron la identidad (o el alma, si se me permite esa palabra). No es nuestra, se podría incluso decir que no existe, pero debemos cuidarla y protegerla como si fuera nuestra y como si existiera. Desde el punto de vista de la filosofía budista, el alma es tan vacía como el resto de las cosas, pero habría que adiestrarla y cultivarla como si no lo fuera. Solo se nos pide un poco de imaginación.
Juan Arnau