Artículo publicado el 15 de marzo de 2012 en el Inconformista nº6
Sumidos en una profunda depresión psicosocioeconómica, intentando encontrar un trabajo perdido, sobreviviendo al éxito que se impone desde las familias capitalizadas, en las escuelas, bajando la cabeza porque nadie se siente orgulloso de nadie; ni siquiera de uno mismo. Aterrorizados por las amenazas de un bombardeo nuclear americano, iraní, israelí. Gracias. En los hogares y en la calle todo se ha colado por el sumidero de la violencia llamada gratuita, por la envidia producida que produce más y más precariedad, más mierda en el cuerpo, por donde corr(o)e el alcohol y la insoportable representación del deber Ser. Desterrado el fracaso, no hay lugar para un sostenimiento de la paciencia, estamos llamados al “éxito” continuamente, todos por igual pasaremos a un segundo grado. Desterrados de un mundo en el que prácticamente es imposible concentrarse, nos disipamos de la peor manera: siendo disipados, no hay niebla, no hay bruma si quiera que sirva para esconderse y nos es difícil que a veces explicar que a veces deseamos quedarnos voluntariamente en la más profunda soledad.
El petróleo que mueve cielos e infiernos, las vísceras esparcidas por el desierto y el desierto que empequeñece (o que crece, pero que de todas formas no sabemos qué hacer con él). El dólar y el euro, misma moneda de cambio a cambio de sufrimiento a cambio de auto y alter-destrucción. O bien, la pérdida de todas las sonrisas, de todos los cajones de sastre, de un momento, por favor, de un respeto que se ha vuelto irrespetuoso, intolerante en su tolerancia. No nos sabemos seguros, desde nuestros pies hasta la Antártida, todo tiembla bajo el peso de los muertos que llevamos sobre nuestras espaldas, que choca con la infantilización de las sociedades, que martillea deslices, que vuelve a recolocar todo en su sitio, donde nos sentimos un poco menos inseguros y donde transcurrido un tiempo, surge otro miedo, otro pánico. Imposibilidad de escribir, demasiada información, colección de datos y signos tan abiertamente descifrables que pasan desapercibidos y se cuelan entre neurona y neurona y a la hora de su verdad, sabotean las sinopsis, o las manipulan a su antojo, incapaces de hacer frente a una locura que no puede durar, que queremos creer que no debe durar más, y que ya es aplastantemente normal. Encendemos el televisor y no nos dicen nada.
Todo se reduce a una especie de “simplemente callad de una maldita vez, callad y ved, porque este es el pan nuestro de cada día, el que nos ganamos con la sangre de todas y cada una de nuestras heridas, pan putrefacto, pan mohoso, pan rancio, duro”; En cada batalla contra-sistemática perdida individual se pierden mil vidas que no volverán, en cada desolación, una muerte planea sobre la escena, no estamos ante un teatro, somos el teatro; nos dicen actores, agentes económicos, capital humano, porcentaje de respuestas, índices, unos absurdos abdómenes, unas grotescas tetas, glúteos completamente lisos, sin una arruga que muestre vida, porque la vida pasa entre al menos una estría, entre una vena y la piel. Sonrisas perfectas y dientes blancos para qué, si sonreír no cotiza más que para una buena entrevista de trabajo, para un contrato con el banco, para pedir y esperar que de la lámpara salga algún genio que se acerque y nos ofrezca un cheque en blanco.
Futurpunk, (Valencia)