Existe un territorio eterno cuya geografía, en ocasiones abrupta, tiene unas fronteras que nuestros sentimientos atraviesan. Corretean, cogidos de la mano, miedos y alegrías pasados. Al adentrarnos en él, convergemos hacia nosotros mismos. Nuestra naturaleza selectiva convertida en recuerdo, es el vehículo que nos transportará allí. Podremos luchar contra ese enemigo que encarcela y quiere al final ejecutar todas nuestras vivencias: el tiempo.
Sus regiones presentan una amalgama de colores que ni la razón puede a veces interpretar. Se viaja sin equipaje, pues este, está todo allí. Una vez en ese lugar la sangre transporta cada instante vivido en el pasado a nuestro corazón. Después se guarda para volver de nuevo a nosotros en ulteriores visitas. Un olor, un lugar… cualquier resorte físico o anímico serán el único salvoconducto de entrada en este intemporal territorio. Despiertos, dormidos, da igual. Los paisajes que aquí dibuja nuestro interior, generan un universo único y libre. Exprimimos en este viaje la naranja por segunda, tercera o por enésima vez. La vista de unas huellas que, aunque desdibujadas por el paso de la vida, nos indican un camino trazado por aciertos y fracasos, por luces y por sombras, por amores y desengaños. También nos enseñan escenas de vidas todavía por completar y de muchas caídas al otro lado.
¿Quién no ha saboreado el néctar en ocasiones agridulce de esas tierras? Una mezcla de disfrute, añoranza, sufrimiento y deseo de olvido que unas veces dibujan la expresión y otras nos la borran. No obstante, coexistiendo en dicho territorio, encontramos de todo.
En mi caso es la comarca de Los Serranos la que ocupa una parcela en esta demarcación. Un mismo término para territorios superpuestos (pasado y presente). Habitaron sus gentes de antaño una zona castigada en muchas ocasiones por la pobreza y el duro trabajo, pero encontraremos amplios vergeles en unos corazones humildes que enterraron sus esperanzas entre el frío y los montes. Tierra de azadas que abrieron y todavía abren la tierra encontrando balas que cerraron tantas vidas.
Visité en un viaje ese lugar. Estuve en una zona de esa geografía de la memoria. Los que ya no están nos legaron la mayor parte del guión, también es cierto que nos dejaron muchas escenas por completar. Cada momento, cada nimio acto que llevamos a cabo, es un poco de ellos. La memoria de nuestra comarca no tiene que habitar en una región de sombras escondidas, tampoco la comarca que ahora tenemos debe quedar dormida en la noche. Debemos presentarle a diario el sol que juega entre los almendros y más tarde se esconde tras los pinos, se lo debemos a nuestra esencia, así lo demandan los que nos precedieron. Para que sigan entre nosotros, para que ocupen aquellos y estos parajes que son los mismos, debemos seguir viajando a dicho territorio.
En un pequeño libro, De cero a infinito, cuento lo que para mí fue ese viaje. Visito una zona del mismo (mi pueblo) que reencuentro en la década de los setenta. Contemplo escenas que no siempre se corresponden con el momento presente del viaje y me acerco a los míos, a mi origen, en resumen a mí. Mi visión “anacrónica” es un traductor interno de emociones que en ocasiones no tan sólo juega con el tiempo sino también con mis sentimientos. No todo es blanco o negro en esta zona que se viste de amarillo cuando el sol se duerme en la sierra; amarillo de luz tardía y huidiza de tormentas que el transformador no soportaba. Son tierras regadas con el sudor de los nuestros, a veces con sangre, donde corriendo cabras y jabalíes dibujaron los montes con pinos, carrascas y aliagas. Cuántos ratos compartidos junto al hogar cuando la televisión aquí era cine. Territorio de miserias que andaban sobre espartos, de zurrones y frías mañanas de olivas, de mulos que de humildes cuadras pasaban a las mesas pudientes. Por estas calles anduve buscándome con aquellos que conocí o que ni siquiera pude conocer. En este ir y venir me crucé con jóvenes de décadas ya perdidas en el tiempo, abrí puertas de madera con anillos de tantos estíos pasados, me calenté con un sol lejano que en la serranía parece enfriarse más de la cuenta en el invierno de nuestros corazones.
Los recuerdos me guiaban sin un orden cronológico. Les seguí en todo momento, respeté dicho orden como ellos respetaron esa innata búsqueda hacia mí mismo.
Si escuchamos a los recuerdos que se nos presentan y les prestamos la debida atención nos adentraremos allí donde late más fuerte nuestro corazón… Cuando descubramos esta geografía interior pasaremos, en un instante, de cero a infinito.
Ángel Gálvez.