Ingrávido, a:
- adj. Dicho de un cuerpo: No sometido a la gravedad.
- adj. Ligero, suelto y tenue como la gasa o la niebla.
La fila 7 del cine de barrio de aquel miércoles de agosto estaba medio vacía en el momento en que todo sucedía. Resultó estar muerta, sí, muerta. Muerta como jamás lo había estado. Preguntó a 4 de los testigos que ocupaban la fila 7 de aquel pequeño cine de barrio cuando se dio cuenta de que ninguno parecía ser consciente de su nuevo estado. Todo le parecía muy extraño pero si de algo estaba segura y, de ello no cabía ninguna duda, era de que estaba muerta, bien muerta.
Decidió interrogar a los testigos. Éstos la miraron extrañados. El testigo número 3, un hombre mayor con sombrero de copa, ojos azules reparados muchas veces, tantas que si mirabas con precisión podías descubrir hasta la firma del restaurador y con manos de arlequín, la miró extrañado. “ –Oiga, ¿ usted está loca?”, dijo y se marchó volando. Sí, volando.
Ella en aquel nuevo estado de muerta no supo qué hacer y miró dubitativa y tímidamente al testigo número 2. A éste no le salió ninguna palabra de su boca, sino 57 coliflores vestidas de azul con falda de tul y en filas de tres. Intentó hablarles rápido a todas a la vez pero no sirvió de nada. Sus cuerpos desaparecieron esfumados, efímeros mientras se sentía Higgs.
Tuvo que armarse entonces de mucho valor. Solo le quedaban dos testigos. Analizó la escena con precisión: el testigo número 1 se trataba de una pequeña anciana con redes de pescador a modo de falda, ojos muy grandes y grises y llevaba un corpiño de macramé. Esperaba pacientemente a ser interrogada. Tenía muchas ganas de hablar, muchas, y no tenía prisa.
El testigo número 4, quien parecía de todos los testigos el más normal y el más habitual, le dio miedo, mucho miedo. ¿Podía estar más muerta todavía? Si, de miedo. Tanta normalidad la asustaba. Cuando estaba aún viva ya le pasaba, pero ahora, ahora era diferente: el testigo número 4 le daba miedo de verdad.
Lo tiró a suertes. Cuando vivía, el juego de pares o nones siempre le había funcionado. Salieron pares: perdió. Miró cómo la anciana desaparecía en silencio.
Se miraron y se volvieron a mirar durante mucho tiempo. Ella no recordaba ya desde cuándo estaba allí, mirándole. ¿Podía ser que siempre hubiera estado allí? ¿Eso significaba que estaba muerta desde siempre? ¿Alguna vez había estado viva? ¿Era real o virtual? ¿Todo era una nimiedad? El testigo número 4 tenía la respuesta a todas sus preguntas. Pero de nuevo llegaba tarde. Miró su reloj. Eran las 19:56. El fin del mundo había llegado para ella y nadie parecía poder evitarlo. Entonces, vivió.
Amparo A.