… 55 años, bar, taberna, café, lugar de cenas y comidas, de encuentros y rupturas, fundamentalmente uterino por su anatomía y filosofía, regido por mujeres, cercanas en el trato y profesionales en la dispensación, cual farmacia de barrio.
Fundada por un manchego, que como otros huían de una tierra donde en la posguerra se tenían que matar el hambre a puñetazos, frase curiosa que da mucho que pensar, la duda viene si el hambre da gana de dar puñetazos, o si los puñetazos distraen el dolor del hambre.
Esa era la frase del fundador de nombre visigodo, Recaredo, con la que explicaba el motivo de su llegada a Valencia. Si abrías en 1961, un bar en la zona de las facultades y cercano al campo de fútbol, tenía dos consecuencias, que se llenaría de estudiantes poco consumidores y que te hacías hincha del Valencia.
Entonces el Mestalla no era como el de ahora, afectado por la Guerra Civil, que sirvió de campo de concentración y chatarrería, se vio afectado por la inundación de 1957, en esas inundaciones Recaredo perdió una hija. La vida del moderno Mestalla, trascurre paralela a la venta de bocadillos, donde tiene clientes de varias generaciones de hinchas.
El apellido de Recaredo era de Toro, que compartía con el comentarista Juan de Toro, el de “Carrusel Deportivo” de la Ser, aquel que anunciaba de forma inigualable “Anís Castellana, anís de España”, que para eso era su hermano y le acompaño en su viaje a Valencia, por aquello de los puñetazos.
Los clientes universitarios, eran chavalines, que posteriormente se convertirían en altos cargos políticos. Lerma, Camps, Clementina Rodenas, Perez Casado, Segundo Bru, Esteban Gonzalez Pons, (que lo comenta en su libro de memorias), entre otros. Fue refugio en las corridas apretadas, cuando se oía aquello de “que vienen los grises”.
De los funcionarios de sanidad, cuando estos eran funcionarios de verdad osease estirados, trajeados, recuerdo al grupo de veterinarios, que se sentaban en la entrada de la barra, grandes, imponentes por el porte que es una actitud más que una longitud, hablando de toros, cuyos nombres recuerdan a nombres de actuales funcionarios, que entonces se funcionaba por sagas.
…Los de la “Confe” (la Confederación Hidrográfica del Júcar), otro mundo, entrando a la derecha al centro y en la barra, que comentan animadamente la actualidad con criterios variopintos. Los de “hacienda”, recién caídos.
La actual propietaria Aurora, hija de Recaredo, economista de titulación y tabernera de profesión, inquieta, matriarca de proyectos, incluido esta revista. Ha tenido el acierto de mantener el Agujero de siempre, incluidos los barriles pintados por artistas de la época, no se sabe si por visión comercial o porque sí, ya se sabe que los economistas son un poco tacaños.
En todo caso, un acierto. Ha cambiado muchas cosas entre otras el vino, del vino a granel manchego, actualmente se puede pedir vinos nacionales e internacionales, te puedes tomar una tortilla de patata, para mí el plato estrella, con un Chablís, que para eso tiene como clientes a los departamentos de la Facultad de Filología.
Es un bar que tiende a la oralidad, si entras a un establecimiento zen es difícil hablar con el vecino, es como una intromisión. Si lo haces en el Agujero, puedes entablar una conversación sin problemas.
Por las tardes está Marta, la hija, qué te mira con una cara como de “este-de-la-mañana-que hace-por-aquí” o que hace este “analógico” por aquí, es ambiente de gente joven y erasmista. Más de hamburguesa.
Me extraña que con lo farandulera que es la dueña para con los demás, no haya celebrado el 50 aniversario. Podría ofrecer unos cacaos y olivas a todos los clientes tanto históricos como presentes. Sería divertido e incluso, en estos momentos de acuerdos y pactos, podrían salir ideas más suculentas que las del Magestic o el Ritz.