Mis contradicciones

Ante la hoja en blanco de mi artículo de abril, intento poner orden al caos de ideas que pujan por imponerse en negro sobre blanco. Son muchos los estímulos que un mes hermoso podría proporcionar, muchas las posibilidades que la próxima Pascua nos ofrece, en especial a los que vivimos en esta zona de confort, pero son también demasiados los terribles sucesos que proyecta la actualidad como para pasar por alto los recientes  acontecimientos de Siria, los ataques con armas químicas en el pueblo de Khan Sheikhoun, en la provincia de Idlib, al norte del país, las crueles imágenes de las víctimas, y por otra parte la respuesta de Trump, que unilateralmente ha decidido abrir fuego contra las tropas de Bachar el Asad, lanzando misiles sobre la base aérea de Shayrat, en la asolada ciudad de Homs. O cómo no mencionar el muy reciente atentado en Estocolmo, donde un camión se ha abalanzado sobre los transeúntes, matando al menos a cuatro de ellos y dejando heridas a muchas más personas. Es obvio que no se precisan bombas ni armas para matar, solo hace falta querer hacerlo. Ciertamente ya nadie estamos seguros en ninguna ciudad del mundo, aunque sin lugar a dudas los riesgos se potencian sobremanera en determinadas zonas de Oriente Medio. Y en este ir y venir geográfico desde ciudades cálidas, situadas en el epicentro de conflictos bélicos, a ciudades frías y tradicionalmente pacíficas, mis dedos van dibujando las palabras que les dicta mi pensamiento. Pero debo ser contradictoria y mi mente muy caprichosa, porque sobre todos estos hechos sombríos una imagen, la de Victoria, se impone a las demás, seguramente porque la he visto esta tarde cuando volvía a casa.

Victoria es una mujer rumana cuya edad no podría precisar, una señora morena, muy repeinada con el cabello atado en una cola, de ojos oscuros y mirada melancólica, que desde hace años ocupa una esquina transitada, intentando que el sonido de su acordeón se imponga sobre el bullicio del tráfico. Se sienta sobre una banqueta plegable, a veces lleva un perro con ella, no siempre, pero invariablemente hay a su lado un carrito de la compra y delante suele haber una caja de cartón en la que la gente echa sus monedas. Sé pocas cosas de su vida, y ella todavía sabe menos de mí, pero siempre que la veo nos dedicamos como mínimo una sonrisa y nos deseamos salud, mucha salud. Ella habla ahora un castellano correcto que ha ido perfeccionando con el tiempo, porque lleva ya muchos años aquí. Hoy estaba contenta porque hace una temperatura ideal, y para ella la meteorología es decisiva. Al despedirnos le dije que quizás estuviéramos unos días sin vernos porque viajaré estas vacaciones de Pascua. Y ella me deseo buen viaje y que disfrutase mucho de todo, mientras yo me alejaba y pensaba en lo cruel que podía ser para ella el comparar su vida con la mía, en lo injusto que es nacer en una u otra parte del planeta, en la arbitrariedad que supone caer en una u otra familia, en un tiempo o en otro tiempo… Y mientras yo pensaba en todo eso aún resonaban en mis oídos sus últimas palabras: salud, mucha salud.

Hoy tenía previsto preparar el equipaje, pero una especie de vergüenza me lo impide. No es que vaya a cancelar mis vacaciones como protesta por las injusticias del mundo, ni tampoco le llevaré el importe del viaje a Victoria para que tenga al menos garantizada la supervivencia durante los días de lluvia. No haré nada de eso, pero la maleta la dejaré para mañana.

Desconozco cómo ocupa Victoria su tiempo, fuera del horario musical, sé que vive en una habitación realquilada cerca de su esquina y de mi casa, y sé también que no está sola, tiene al menos a su marido; no sé si él trabaja, si también es músico… pero, por la forma en que ella habla de él, creo que se aman. Salud, Victoria, mucha salud.   

Mis contradicciones de Eloisa BlancoMaría Valeska

 

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