CUADERNOS CHARNEGOS. Rufián, eres el más grande.

Nuestro héroe, Gabriel Rufián Romero de 34 años de edad, es hijo de emigrados de Andalucía y criado en el barrio de Fondo de Santa Coloma de Gramanet, tradicional geto de charnegos, ahora en concurrencia con vecinos de múltiples nacionalidades; pues bien, si hasta hace poco más de dos años era un perfecto desconocido y sin actividad política,  a día de hoy es una estrella mediática, y cabeza de lista  por ERC en el parlamento de Madrid en las últimas elecciones, haciendo pareja cómica con  Joan Tardá, Rufián hace de payaso listo y Tardá hace de tonto y patoso, lo hacen bien.  Desde que en febrero del 2014 fue abducido por la nave independentista lo han ido paseando por los plató, ferias y plazas públicas como siendo el más gallardo, guapo, y ocurrente ejemplar de charnego integrado, un mirlo blanco del independentismo, no debieron de encontrar otro, ese es su mérito.

Rufián es ciertamente heroico. En ocasiones narra lo arduo de su labor colonizadora, como si se tratara de un misionero en tierras de infieles, pero asegura recibir la recompensa del ciento por uno cuando en Hospitalet o en Santa Coloma llena los auditorios de un publico fervoroso (me gustaría saber quienes y porqué van). En sus bolos también gusta por los pueblos del interior con la “gent de la terra”.

Rufián es lenguaraz, incisivo, guapico él, algo rojillo, radical como lo sería un seminarista de Vic, y un buen orador popular (quizás nos hemos perdido un buen Alejandro Lerroux). Es medio poeta, de poesías sencillas pero que llegan al corazón, habla con imágenes, y gusta de referir anécdotas personales y de su familia, sigue pues los cánones de la cultura popular de los tiempos en blanco y negro.  Arenga en castellano y en función de que esa es su lengua (una novedad en el marketing nacionalista), su discurso viene a ser más o menos el siguiente: “ mis padres vinieron de Andalucía con lo puesto, tras esfuerzos y penurias han alcanzado la gloria y el don de la catalanidad, la mejor herencia que  pudieran darme, es por eso, en gratitud a ellos y a esta tierra, que lucho por la independencia”  (www.youtube.com/watch?v=ErRXnFJGlCw ). Un charnego maíf, descontextualizado, el buen charnego que hubiera imaginado un catequista de los años 60 (¿Pujol quizás?), la prueba viviente de que a pesar de ser algo sucios, malhablados y gandules cuando tienen buen corazón pueden llegar a integrarse, (un “pastoret”, vamos, para que nos entendamos).

Como no le falta ingenio al muchacho os regalaré con una perla de su cosecha: “La legalidad española hay que violarla como Rosa Parks violó la legalidad negándose a ceder su asiento a un blanco”. ¡Qué majo! Pero ha logrado liarme, a ver si me aclaro: si en el símil los catalanes son los negros marginados por los españoles que son los blancos, según eso, ¿de qué color seríamos los charnegos que somos a su vez como los negros de esos negros? ¿quizás unos cuantos seamos opresores blancos haciéndonos pasar por negros, y el resto rufianes buenos (¿blancos?)   haciendo méritos en plan Tío Tom para ganarse el derecho a ser catalanes (¿negros?).

El rufián que nos ocupa, es bueno francamente, representa muy bien la fantasía lúbrica que satisface el sueño identitario del catalán “pata negra” (en realidad solo son la minoría que detenta el poder). Pero ha habido y hay,   otros muchos rufianes menos logrados pero que también merecen ser citados: El inefable President Josep Montilla, cordobés, que el propio Rufián utiliza como prueba de que en Cataluña no hay xenofobia ( como recordareis en el 2010 siendo President tuvo que salir por patas cuando encabezaba una manifestación con el lema de “som una nació”, que se transformó en la primera gran demostración independentista; fueron a por él, a darle, y se tuvo que esconder con sus guardaespaldas en un parking), pobrecillo Montilla. O Justo Molinero, taxista de Santa Coloma, la misma ciudad de Rufián, que se ha hecho rico con Radio Teletaxi y otras emisoras en andaluz y para los andaluces, gracias a su alianza con la Convergencia de Pujol. Sus emisoras a la hora de las noticias conectan con la radio oficial de la Generalitat, un tipo listo. O Francisco García Prieto, durante décadas presidente de la Federación de Entidades Culturales Andaluzas de Cataluña,   que organiza el evento anual más multitudinario, la Feria de Abril, solo comparable con los festejos del 11 de Septiembre de los últimos años, un hombre de Pujol, campeón de la integración, y que como este anda dimitido y también procesado por embuchacarse unos dinerillos, un espabilado.

En mi opinión cuando ponen a nuestro Gabrielillo en los carteles estelares no es para arrastrar votos castellanoparlantes, creo que raros serán los que se identifiquen con su figura. Creo más bien que representa esa figurilla que les faltaba en el pesebre político catalán, la del “pastorcillo charnego”, que postrado de hinojos ofrece un corderillo al niño (nación) recién nacido (caganers tienen de sobra, desde Messi a Lluis Llach pasando por la Ferrusola).

Nuestro rufián si está en el estrellato es para acallar la mala conciencia de los que proponen que en su república ideal el castellano deje de ser lengua oficial, los que se pueden poner rojos de ira cuando escuchan la posibilidad de que en el sistema escolar se introdujera también como lengua vehicular la de la mayoría de los catalanes, los que propagan por todos los medios a su alcance ideas negativas de España, lo español y los españoles, los que piensan que los andaluces viven de los impuestos de los catalanes, etc.. Para acallar la mala conciencia que tienen los “catalanes viejos” después de décadas de xenofobia. Los rufianes proporcionan una coartada al independentismo en su negación de motivos inconfesables, reafirmándoles en su supremacismo, en la idea de que aún siendo minoría representan los intereses generales de todos, que su republica será también la nuestra. Necesitan rufianes que les hagan palmas, porque a decir verdad últimamente los veo algo chuchurridos.

A lo dicho:

“Rufián eres el más grande y el más torero”, (y el independentismo es ridículo).

Valero de Luna (Barcelona)

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