El que ahora es el tercero en nuestro calendario y antes fuera el primero en el de los romanos, siempre ha sido para mí uno de los mejores meses del año. Dedicado a un dios guerrero pero también protector, marzo en nuestras latitudes suele ser un periodo cambiante y primaveral en el que la luz vuelve a ocupar el sitio que nunca debió arrebatarle el otoño y en el que la fragancia del azahar impregnaba el aire de la tarde.
Y así había sido durante muchos años hasta que alguien empezó a confundir las calendas con los idus de marzo, mejor dicho, no “alguien” en abstracto sino los falleros. Progresivamente y cada año un poquito antes, lo que constituye la parafernalia fallera: cables, luces, vallas, tarimas, altavoces, sacos de arena, carpas, etc., van apareciendo por nuestras calles, así como quien no quiere la cosa, a la vez que van obstaculizando nuestro paso a pie o en vehículo (no quiero ni pensar lo que será ir en silla de ruedas), de tal modo que los inconvenientes que antes duraban una semana ahora se prolongan por un mes. Puede que en algunos barrios no se tan exagerada la cosa pero les aseguro que en el mío comenzaron a colocar cables, postes y luces a mediados de febrero, vallas a finales del mismo mes y, aunque todavía no están montadas las carpas, unas cintas de bandas rojas y blancas amenazan ya a los escasos vehículos que se atreven a asomarse por aquí para que tengan claro lo que sucederá si siguen empeñados en invadir el espacio que los falleros consideran su territorio.
Utilizo poco el coche en estas fechas pero desde mediados de febrero intento esquivar puntos conflictivos para entrar o salir del garaje, buscando las escasas pero más seguras rutas alternativas. Cuando empieza marzo dejo de reciclar residuos porque los contenedores de papel y plástico cada año son retirados de casi todo el barrio. Este año además la primera mascletá no ha sido el día 1 de marzo sino que empezaron el día 27 de febrero, digo yo que será para abrir boca.
Y con ser mucho, lo peor de todo no es la falta de consideración de los falleros, que atenta contra la libertad, la tranquilidad y la vida normal de los que pretendemos seguir con nuestra marcha, ni tampoco la invasión de gente en este barrio campeón de bombillas y saraos, nada de lo que he mencionado, ni siquiera el ruido ni cualquiera de las molestias es comparable a lo que yo considero el peor de los tormentos de marzo: el olor a refrito de las churrerías que se impone al de la flor de los naranjos, incluso al de la pólvora. Los temidos churreros, esos sí que tomarán la ciudad dentro de poco para hacer de mi barrio un lugar pestilente del que no habrá más remedio que salir huyendo si no quieres morir de asfixia. Desconozco el motivo por el que se empezó a confundir churras con merinas, es decir no entiendo cómo se ha podido pasar de vender deliciosos buñuelos de calabaza en discretos puestecitos situados en lugares estratégicos, a instalar barracones de feria con toldos, farolillos, mesas y sillas en casi cada esquina. El año pasado en un radio de escasos 100m desde mi casa había 8 establecimientos churreros, y que no se le ocurra a nadie hacer asados argentinos, fabadas, parrilladas de mariscos o cualquier otra cosa aromática porque, como tenga éxito el negocio, la mezcla de efluvios puede ser mucho más exótica y repugnante. Ya pueden espabilarse los naranjos, ya puede ser intenso el perfume de las flores porque como le pregunten a cualquier turista a qué huele Valencia en fallas veremos cómo definen lo que les dicta su maltrecho olfato.
Forastero: cuídate de los idus de marzo.
María Valeska