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Frontera. Futuro

«¡Eh! ¡Alto ahí!»

Corre como si sólo sangre y fuego llevase encima, corre y más que corre vuela,
pero la bala llega y no duele.

Palomas de pluma y rojo surgen del pecho abierto y siguen volando,
lejos del cuerpo que da en la tierra, lejos los gritos, botas y grava.
Sus iris se tornan grises como la mar, pero allá arriba el ave vuela,
y sube,
y vuela.
 

Pronto reclamará venganza, el ave junto al perro, el cerdo con el gusano.
Volverán sus ojos contra los hombres, les clavarán sus dientes y la marea los engullirá
sin medir ni pensar, gris,
pues poco mide y piensa cuanto sigue su cauce.
Y las aves, todas, volarán, y los gusanos volverán a sus pequeñas cuevas, y el mar llenará de verde
las cuencas vacías e iguales;
y nadie nunca recordará,
que un día aquí silbaron balas.

Santiago Herrero

De igualdad o libertad

¿Es la libertad compatible con la igualdad? ¿O debemos pagar con un mundo menos justo el precio de nuestro libre albedrío? ¿Es realmente posible, la igualdad? ¿Existe, pese a todo, la libertad?

Estás son algunas de las preguntas que Peter Weiss plantea es su obra Marat/Sade (o La persecución y asesinato de Jean-Paul Marat representada por el grupo teatral de la casa de salud mental de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade), obra que tuve el placer de contemplar el pasado sábado gracias a la compañía Atalaya, ducha en erizar el bello del público a través de su inquietante ejecución.

Marat, líder de la Revolución, confía en la lucha como medio de los desposeídos para alcanzar la justicia en este mundo. Éstos, los oprimidos de la historia, ven en él una especie de Mesías y cargan sobre sus hombros todo el peso de su esperanza. El rabioso Jacques Roux asegura que nada se consigue sin violencia y sangre derramada, pues nadie entrega sus privilegios si no es forzado a ello. Carlota Corday, quien esgrime el cuchillo asesino, confía en poner fin a la locura que atenta contra el único modo de vida que jamás conoció. Sade, por último, batuta directora del caos, se ríe de todos ellos y sólo confía en el poder del individuo (y en el de él mismo) para cambiar de algún modo la realidad, siquiera sea la propia.

Una obra imprescindible que, magistralmente situada en un hospital mental -pues todos enfermamos al aceptar el status quo del mundo tal como nos es entregado-, plantea la irresoluble disyuntiva a la que se enfrenta el ser humano.

Santiago Herrero

Caballito

Había una vez un prado y un caballito que trotaba y retrotaba por él, hasta que atravesó elegantemente una puerta que ante su cara apareció. Tras la puerta se encontraba un guapo enano, que llevaba un recto y verde gorro sobre su calva cabeza, tenía la nariz pequeña y los labios gruesos.

– Dime una cosa, caballito: ¿a dónde crees que vas?

– Voy y vengo, sin más. No busco nada en concreto, -le contestó el potrillo.

– Pues eso no está pero que nada bien, mi cuadrúpedo amigo. Debes desear algo que no tengas, para ir a por ello con obcecación y orgullo. ¿Qué tal el amor de una hembrita que te ignore? ¿Qué tal ser el más rápido de entre tu especie? ¿Y viajar a lejanos lugares donde nadie antes haya estado, eh? Me refiero a algo que te haga único de verdad, especial. Yo, por ejemplo, tengo mi gorro verde, el más verde y recto de todos los enanos, y estoy muy orgulloso de él, aunque me costó mucho trabajo y dinero conseguirlo, y aún debo pagar la deuda.

– No entiendo lo que me estás diciendo, pequeño amigo. A mí me gusta trotar por los campos, y no hay nada yo que desee… pero quizás tengas razón, y deba empezar a preocuparme por algo. ¿Y si un día me rompiese una de mis piernas? Tendría que buscarme una de repuesto, antes del invierno si es posible. ¿Y si de pronto dejase de haber pasto a mi alcance? Quizás debería ir guardando una parte en algún agujero, para que nada malo me pase llegado el caso. ¡Muchas gracias, amigo, por hacerme ver cuán ciego estaba!

– No hay de qué, caballito.

El enano agitó levemente su sombrero a modo de despedida, y el caballo le sonrió antes de seguir con su camino. No obstante, a los pocos metros, empezó a caminar más lentamente, mirando a diestra y siniestra algo intranquilo, y antes de que pasase mucho tiempo se sintió cansado y se fue a su cama por miedo a enfermar.

Santiago Herrero

 

‘Spotlight’, un comentario

«Sube a los cerros de las viejas ruinas y paséate a lo largo y a lo ancho; mira las calaveras de los hombres de otros tiempos y del nuestro: ¿cuál de ellos es el malhechor y cuál el amable filántropo?»

Pertenece este extracto a un texto escrito en acadio en torno al año 1000 a.C, el conocido como «Diálogo pesimista entre un amo y su siervo» (visto en la magnífica obra de Mircea Eliade: Historia de las creencias religiosas, vol. 1). El escrito parece advertirnos sobre la futilidad de las acciones humanas en este mundo, pues los malhechores se ven tan recompensados como los bondadosos -cuando no más- y, puesto que la justicia no existe, podemos darnos todos por perdidos.

Pues bien, vengo del cine y mi energía contradice, aunque sea en parte, tan pesimista aviso. La película que he podido ver no es otra que Spotlight (2015), de Thomas McCarthy, una historia basada en hechos reales que retrata la enconada lucha de un grupo de periodistas del Boston Globe para destapar, aun con todo en contra, los soterrados casos de abusos a menores por parte de la Iglesia católica en la capital de Massachusetts.

¿Se hizo justicia con las víctimas, marcadas de por vida por dichos abusos? Probablemente no. ¿Pagaron quienes propiciaron con su encubrimiento la extensión en el tiempo y el espacio de estos casos? Tampoco.

¡Está bien! Vayan todos los cráneos para el mismo cementerio ruinoso. Mas, a pesar de todo, uno siente que esos periodistas, haciendo su trabajo, obraron correctamente, aportando algo de justicia al mundo que no la tiene, lanzando su pequeño grito al viento. Se es parte de la solución o del problema. El simple hecho de dar a conocer esos casos fue importante, al margen de que llegasen o no castigos y compensaciones. Las percepciones pueden ser cambiadas, aun gota a gota, y aunque de nada sirva nada mejor será poder decir, hueso entre huesos, aquello de: «al menos lo intenté, sudé y viví por ello; perseguí un propósito, el bueno, el mío».

Santiago Herrero

 

TV

Medios, los medios, qué medios;

sus medios.

Estamos mal, qué mal, muy mal,

pues somos crédulos, estúpidos, farsantes.

Incluso tú. Incluso yo.

¿Dónde están nuestros cerebros?

¿En qué momento los perdimos?

Chico, ¡ya estamos muertos!

Se miente mucho y se miente mal

pero es que, chico,

¡ya estamos muertos!

 

Santiago Herrero