Una de las grandes ventajas de manifestar nuestro descontento por escrito, es la posibilidad de una mayor reflexión sobre lo que decimos. Cuando escribo un artículo me gusta ser como soy y expresarlo con palabras de forma natural y fluida, pero también disfruto procurando emplear un lenguaje pulcro y a ser posible sugestivo, y eso requiere cierta elaboración. Otra de las prerrogativas de la escritura es que las inflexiones del discurso se pueden controlar con mucha más facilidad que las modulaciones de voz, siempre que conozcamos las técnicas y sepamos aplicarlas. Y otra de las ventajas, sobre todo para los imprudentes, es que la escritura no permite la mímica ni los gestos, salvo en los teléfonos en los que para transmitir nuestros mensajes casi nos valemos más de los iconos que de las palabras, pero yo hablo de otro tipo de escrito que no es sólo de usar y tirar. A mi modo de ver la claridad y la calidad de los manifiestos dicen mucho de quien los pronuncian, incluso en el caso de que el orador no haya sido el autor de su propio discurso.
Todo este preliminar, que sin duda tenemos en cuenta quienes nos manifestamos en esta plataforma inconformista, seguramente no lo vamos a observar en los oradores que asistirán a los múltiples debates televisivos y radiofónicos que veremos y hemos visto ya en los medios de comunicación, y no sólo será porque ellos tendrán que improvisar, ni porque su discurso sea oral ni porque no hayan tenido ocasión de reflexionar sobre lo que van a decir, nada de eso. En mi opinión lo que los líderes de casi todos los partidos políticos pretenden no es en absoluto ser como son ni expresar lo que sienten de forma natural, clara y fluida, no buscan explicar con sencillez sus programas, no procuran expresar sus argumentos y que sean sus ideas las que nos cautiven sino más bien lo que parece que intentan es rebatir al oponente, el famoso “y tú más”, seguramente con el fin de convencer para conseguir más votos.
Es algo bien sabido que no tiene más razón quien más grita ni tiene más cosas que decir el que más habla, aunque la argumentación sea imprescindible y el diálogo necesario, no por estar uno muy convencido del propio triunfo va a persuadir a los demás de que merece ganar. De todo ello debería tomar nota quien pretenda gobernar, todos esos candidatos cuyos vanos discursos ofenden cada vez más nuestros maltrechos oídos y nuestra denigrada inteligencia. Al parecer en muchos países, y no solo en las campañas electorales sino de forma habitual, los políticos exponen sus argumentos sin engaños y responden a preguntas sin vaguedades. Algunos de nosotros todavía no hemos perdido la ilusión de que un día eso suceda en el nuestro. Mientras, nos tendremos que conformar con sospechar de quienes creemos que no muestran todas sus cartas, que son la inmensa mayoría.
Menos mal que ya queda poco de campaña y que el año que viene no tenemos elecciones a la vista; puede que entonces el panorama se despeje y podamos volver la mirada hacia lo que de verdad importa. Quizás el 2016 sea el momento de ir poniendo soluciones a tantos problemas acumulados. Entre las múltiples medidas que tendrán que llevar a cabo quienes gobiernen, yo les pediría a los vencedores, como regalo de Navidad y como ejemplo para el resto de Europa, que agilizasen las medidas para acomodar a algunos de los cientos de miles de refugiados en los lugares que están preparados para recibirlos en nuestro país. Si eso sucede, si lo hicieran yo empezaría a creer que han ganado los mejores. Mientras, como dice J Ángel Valente: Entre la voluntad y el acto caben océanos de sueño.
María Valeska