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Entrevista a María Salgado

“El reto de Hacía un Ruido consistió en plasmar un hecho político tan significativo como la revuelta sin consumirlo ni estetizarlo”

Con motivo de la presentación en Valencia de su libro Hacía un Ruido. Frases para un film político (Contrabando, 2016), la poeta madrileña María Salgado entabló un diálogo con Fede Fojas acerca del lugar de este libro en el conjunto de su obra, su vinculación con la revuelta del 15M y el papel de la política en su poesía.

¿Qué lugar ocupa Hacía un Ruido en tu trayectoria?

Hacía un Ruido organiza un tiempo de mi investigación como poeta. Tardé cuatro años en escribir ready (Arrebato, 2012). Hacía un Ruido también me ocupó otros cuatro años de exploración. La diferencia entre ambos radica en el procedimiento de escritura: aunque ready pone en cuestión la forma del poema, mantiene su estructura lírica; Hacía un Ruido explora otras opciones como el collage, expansiones alternativas en la página o la mezcla de materialidades verbales. Esta apuesta no se reduce al mero juego con el sistema poético sino que surge de la necesidad de contar una realidad nueva que busca ser codificada con un nuevo lenguaje: estoy hablando de los acontecimientos sociales, políticos y económicos de los últimos años, pero no desde la mirada de los medios ni del discurso académico. Tengo la sensación de que mis obras me han llevado a trasladar estos fenómenos al terreno poético, a buscar una voz o voces que sean capaces de hablar por lo que pasó en la Puerta del Sol: ¿Cómo enunciar el disturbio? ¿Cómo trasmitirlo? ¿Cómo descifrar su mensaje? ¿Qué nos está diciendo respecto al tiempo histórico?

El intento de incluir otras voces dentro de tu poemario ¿no rompe también con el protagonismo del Yo poético del autor?

Hay una forma que solemos asociar con la poesía que ocupa demasiado espacio en el archivo de nuestra memoria. Poesía es el uso del lenguaje que no tiene que ver con dar información. Es un trabajo con la lengua que busca mirarla.

El cuestionamiento de la poesía tradicional parte por el cuestionamiento de su protagonista. Este Yo poético es un producto histórico, no una constante en la poesía. A lo largo del tiempo ha habido más yoes y menos yoes, incluso ha habido propuestas para transformarlas en otra cosa. En Hacía un Ruido, las partes biográficas están confundidas con otras voces. Es una manera de abrir el espectro de yoes: mi yo biográfico eentrevista-a-mariastuvo en el 15M, mi yo poético es una elaboración compleja sobre una materia que estuvo allí, pero quiero incluir más gente porque considero que mi experiencia no tuvo tanta relevancia, porque estaba conectada a un acontecimiento mayor que nos unía a todos los presentes en la Plaza del Sol. En el fondo, el 15M no fue una agregación de vivencias individuales, fue una experiencia colectiva que fluía entre los cuerpos. Por este motivo tenía que romper con el convencionalismo poético de dar una mayor relevancia al Yo del autor. No quería traicionar el espíritu asambleario.

Ya que mencionas los acontecimientos del 15M, ¿Qué lugar tiene la política en tu poesía?

Para mí el reto de Hacía un Ruido consistió, ante todo, en contar o plasmar un hecho político tan significativo como la revuelta sin consumirlo, ni estetizarlo de manera estancada. Era necesario conservar el misterio en torno al cual giraba el 15M, incluir a sus protagonistas; estas eran las cuestiones que me tenían preocupada mientras que escribía el poemario: hacerme cargo de ese mundo. Una de las soluciones fue manipular un audio en el que la protagonista contaba una historia sobre un hecho pasado, mi intencionalidad fue la de generar una complicidad entre el lector y el protagonista de la historia de tal manera que surgiera una sensación de comunidad, una comunidad que conviviera en el texto poético.

En cuanto a la política, creo que ha sido una de las preocupaciones del arte contemporáneo y que existen mil maneras de resolverla. Mis libros tienen que ver con el tema de la política y una exploración formal que intenta trazar unas utopías de comunicación como horizonte. En Hacía un Ruido prima la parte temática: los contenidos son las frases sobre la política, unas frases feas y prosaicas que no están revestidas de la belleza de otros temas. El collage como forma, como manera de construir con otras voces, es una apuesta estética muy política porque busca poner estas voces en un mismo plano para que el lector juzgue. Ezra Pound, en uno de sus poemarios más importantes llegó a incluir a los protagonistas sociales y económicos de su tiempo: habló de políticos y banqueros con nombres y apellidos juntándolos con el Ulises de Joyce o Arnau Dariel, ningún tema le era ajeno. Este era para mí el reto: dar cabida a esas frases feúchas, esas frases sin vuelo, no codificadas por la literatura, intentar mirarlas desde el prisma de la poesía sin transformarlas.

Sin embargo, en Hacía un Ruido no solo trabaja con esta polifonía de voces sino que también se constituye como una reflexión poética en torno a una serie de palabras o conceptos vitales para la representación (o presentación) del mundo político en la poesía. Por ejemplo, ¿podrías hablarnos del concepto invisible-existente al que recurres repetidamente a lo largo de tu poemario?

La pregunta fundamental de cualquier sistema de pensamiento se puede plantear de una manera sencilla: ¿Qué es esto? Y luego ¿Quiénes somos? En Hacía un Ruido, es la pregunta emocionante por el sujeto de nueva formación que ha perdido su relato histórico y categórico: ya no es campesino, ni plebeyo, ni proletario… Hasta la palabra ciudadanos está tomada por un lado del espectro político. La disputa por la apropiación de estas palabras pertenece al terreno de la filosofía política, lo que pretendo es escenificar la disputa. Conceptualmente es una aspiración ambiciosa, pero materialmente creo que es humilde porque incluye desde especulaciones superficiales hasta las reflexiones de Rancière sobre los ninis. Todos están situados a la misma altura. Es el lector quien tiene que posicionarse.

Manuel Turégano

¿Y si Trump fuera… la solución?

La salchicha Von Niche

«La gente no dormiría tranquila si supiera cómo se hacen las salchichas y las leyes» (Otto von Bismarck)

No comprendo a todos los que se indignan por la elección de un magnate de la construcción, empresario del juego, defraudador y mafioso como presidente de EEUU. ¿Qué es lo que desean y prefieren todos nuestros quejicas? ¿Prefieren a un «buen amo» que a uno «malo»? Ya estaría por ver que Hilaria fuera ese «buen amo» que presuponen.  Como secretaria de Estado metió a EEUU en otras dos guerras: no tenía bastante con las de Irak y Afganistán, y ahora tienen también las de Libia y Siria. En cualquier caso, nuestros indignados ¿lo están por el color y el tamaño de la correa con la que están atados? Se indignan porque Trump trompetee que va a echar a tres millones de mexicanos con «antecedentes penales», pero ignoran que en sus 8 años de mandato Obama expulsó a dos millones… eso sí, sin ninguna trompetería. Se indignan asimismo por su férreo machismo, pero ya ni recuerdan cuando el saxofonista Clinton le metía un puro por la vagina a una becaria mientras hablaba con Arafat, ¿eso era feminismo? Hay quien se conforma con que en política haya un poco de glamour, sin importarle un pijo la realidad… y aunque reconozco que Trump eleva el tono de la zafiedad y la basura a límites rayanos con la demencia, hay que recordar que todos los Imperios que han sido en la tierra, antes de derrumbarse, han tenido al frente a este tipo de calígulas, rasputines y cía. Nadie debería extrañarse de que un caballo vuelva a ser cónsul de Roma (de Washington, quiero decir). Y que corifeos de todo el mundo le den su bendición y encuentren justificada y digna esa decisión. Lo mismo que otros han acabado encontrando razonable que en ocho años Obama no haya tenido tiempo de cerrar Guantánamo: eso, al parecer, era intolerable con Bush, pero asumible con Obama. Cierto que cada uno es muy señor de optar (ilusoriamente, pues no tienen ninguna capacidad de decisión, al vivir en una provincia periférica del imperio) sobre la naturaleza, el tamaño y la forma de la soga que los tiene atados, pero ¿no sería mejor pensar en la gran oportunidad que se nos ofrece a todos de liberarnos de esa soga ahora que al frente del Imperio hay un Calígula? No pienso derramar ni una lágrima por Hilaria, del mismo modo que no voy a gastar ningún elogio por el Trump. Me importa un pepino el sexo, la estética y el talante del emperador de turno. Si Susan Sharandom afirmaba con valentía que ella no votaba con la vagina, yo no voy a ser menos; no puedo votar (pues soy un esclavo de provincias), pero si lo hiciera lo haría empuñando la p…. al grito de ¡se acabó! Pero mi voz no se oiría muy lejos, pues enseguida saldría el coro de conservadores y progresistas unidos que, con Obama de Presidente, han convertido Morón y Rota en dos polvorines que ni el Palomares de Fraga. Dirían que Obama ha sacado adelante Andalucía creando puestos de trabajo. ¿O no es así, Susanita? En fin, llegada esta comedia hasta el punto en que el hombre del peluquín tiene los mandos de la maleta nuclear, ¿no les parece a nuestros desencantados que más que añorar a la derrotada Hilaria (que ella misma se colgó de su propio gancho), sería mucho mejor empezar a pensar en darle portazo al Imperio y vivir sin esa comezón cuatrianual sobre el sexo, el color, el glamour y la pitanza del nuevo inquilino de la Casa Blanca? 

Los diarios de Piglia

Anagrama acaba de publicar la segunda parte de «Los diarios de Emilio Renzi», la auténtica cocina literaria de Piglia

Nacido en Adrogué (Buenos Aires) en 1940, Ricardo Piglia vivió en 1957 la experiencia traumática del abandono forzoso de su escenario familiar. Su padre, médico de filiación peronista, tras pasar un año de cárcel después del golpe de Estado militar que acabó con la presidencia de Perón en 1955, se siente perseguido y acosado, y toda la familia termina por abandonar Adrogué y marchar a Mar del Plata en diciembre de 1957. Y es precisamente este momento, de mudanza y de ruptura, cuando un jovencísimo Piglia de apenas 17 años decide iniciar un diario que mantendrá vivo durante 60 años y que funcionará no solo como «confesionario» personal, sino como la «cocina» donde se irá preparando todo el menú que acabará convirtiendo a Ricardo Piglia en uno de los escritores decisivos no solo de la literatura argentina sino de la literatura en español y de la literatura en general.

Durante décadas, estos diarios, que Piglia (en su tradicional juego de espejos) atribuía a su alter ego Emilio Renzi (protagonista y narrador de buena parte de sus novelas y relatos), fueron convirtiéndose en el mítico y desconocido reducto donde el autor Piglia dilucidaba consigo mismo las experiencias de todo orden (personales o literarias), las filias y fobias, los deseos y frustraciones que -se sabía o se intuía- acabarían nutriendo su singular mundo ensayístico y narrativo. Y así, con el paso del tiempo, esos famosos pero desconocidos y enigmáticos diarios se fueron convirtiendo en un manjar deseado (y hasta reclamado) por todos aquellos que (en número creciente) iban siendo seducidos por una literatura que siempre se presentaba con un sello muy particular.

Hasta que en septiembre de 2015, Anagrama dio por fin a la luz el primero de los tres grandes tomos que contendrán lo que a todas luces es una versión probablemente abreviada, seleccionada y, desde luego, corregida de ese inmenso trabajo de toda una vida. Ese primer tomo, que lleva por subtítulo «Años de formación», recorre el crucial período que va desde 1957 a 1967, es decir, desde que abandona con sus padres Adrogué para marchar a Mar del Plata hasta que se publica su primer libro: los relatos que integran «La Invasión», un libro inaugural que ya obtuvo una mención especial de la Casa de las Américas ese mismo año.

«Años de formación» pretende dar respuesta a la pregunta que el propio Renzi (Piglia) se hace desde un principio: «¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor?». Aquí ya encontramos una respuesta inicial: «No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, parece más bien a una manía, un hábito, una seducción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro)».

En las páginas de este primer tomo de sus diarios asoman, de forma especial, sus primeras lecturas (y los primeros atisbos críticos; no olvidemos que Piglia, a la par que narrador, es un magnífico ensayista, un verdadero ensayista de referencia); aparecen los cines y las películas, que Piglia devora con auténtico frenesí; asoma una geografía múltiple (Adrogué, Mar del Plata, Buenos Aires, La Plata), que es el cuadrilátero donde se despliega toda la actividad vital del joven Piglia; y, por supuesto, asoma la vida, «lo real»: los primeros amoríos, con sus goces, descubrimientos y decepciones; la vida de estudiante, con sus vaivenes y su hastío; los primeros entusiasmos, las primeras rebeldías y los primeros desengaños; los primeros trabajos literarios o académicos (siempre de escasa e incierta remuneración) y sus primeros escarceos en el mundillo literario argentino; los encuentros con colegas y amigos, siempre en busca de aventuras (incluso aventuras peligrosas, con gente que roza o está integrada de lleno en el mundo de la delincuencia); las primeras pasiones y decepciones políticas; las estrecheces económicas; y la escritura y reescritura de los primeros relatos, donde se dilucida el tipo de escritor que Piglia aspira a ser: su ambición, su pasión por la técnica, por la pulcritud, el trasfondo histórico y político que siempre ha tenido su escritura…. Todo ello anotado de forma minuciosa y, a la vez, con un estilo literario muy definido y exigente, con la conciencia clara de que estos textos serán un día ingredientes importantes de su mundo de ficción.

En sus Diarios -que han devenido en una lectura casi «obligatoria» para la creciente legión de admiradores de Piglia, pero también para jóvenes escritores interesados en conocer la «cocina» literaria de un autor de su talla-, el autor va construyendo año a año la auténtica «novela de su vida», que es a la vez memoria viva y laboratorio fecundo para sus ficciones.

Con el primer tomo de estos diarios Piglia obtuvo un enorme reconocimiento: el libro fue elegido por los principales suplementos literarios de los diarios españoles «mejor libro del año».

Y ahora, tras ese éxito fulgurante, Anagrama presenta el segundo volumen, que lleva por subtítulo «Los años felices», y que arranca precisamente donde lo dejó el tomo anterior. Este segundo volumen recorre el periodo que va de 1968 a 1975. Y si en el anterior asistíamos a la forja del escritor en ciernes, aquí se desarrolla su carrera en el mundo de las letras argentinas, con la dirección de una revista, los trabajos editoriales, los artículos, los cursos y conferencias.

La pasión, la obsesión por la literatura se materializa en ideas y esbozos para cuentos y novelas, lecturas, encuentros con escritores consagrados –Borges, Puig, Roa Bastos, Piñera…– y compañeros de generación, reflexiones sobre la escritura y sobre la obra de autores clásicos y novelistas policiacos, descubrimientos, búsquedas y fracasos. Y también aparecen los viajes, la vida íntima y amorosa, y la Argentina de unos años convulsos: el fallecimiento de Perón, la emergencia de grupos guerrilleros, el golpe militar del 76…

Para el gran crítico Masoliver Ródenas, estos «Diarios» son «su obra más luminosa y representativa. Una verdadera obra maestra. Piglia nos va conduciendo al verdadero centro, allí donde vida y literatura se encuentran definitivamente». Un acontecimiento literario para la lengua española y un auténtico festín para el lector.

Manuel Turégano

El Sistema, según Menéndez Salmón

Premio Biblioteca Breve de Novela 2016, estamos ante la obra más extensa, compleja y ambiciosa del gran escritor asturiano

Desde comienzos de este siglo, las nouvelles de Ricardo Ménendez Salmón han ido sembrando un terreno acotado, donde un lenguaje conciso, austero y casi aforístico diseñaba un universo literario tan singular como atractivo, especialmente para el lector más exigente, ese que no teme que la reflexión o aun la filosofía empapen un texto narrativo, o que el arte, la música o la propia literatura sean ingredientes esenciales de un texto de ficción. En ese territorio acotado viven obras ya memorables, como las que componen su célebre «Trilogía del mal» (compuesta por las novelas La ofensa (2007), Derrumbe (2008) y El corrector (2009) o  esos dos magníficos libros que son Medusa (2012) y Niños en el tiempo (2014), que lo han acabado por perfilar como un autor esencial de la narrativa actual española, tanto por sus esfuerzos de indagación como por la singularidad de su lenguaje, su arma más poderosa.

Con la publicación de El Sistema (Premio Biblioteca Breve 2016, entregado por Seix Barral), Menéndez Salmón (Gijón, 1971) ha dado un paso adelante, cambiando el formato tradicional de su obra, desde la nouvelle a la novela de más de 300 páginas, y llevando su ambiciEl Sistemaón literaria a un terreno más arduo: la confección de una «distopía» (una «ucronía», según Pere Gimferrer, integrante del jurado que le otorgó el premio), en la que el autor se atreve a inmiscuirse y aventurarse en ese Futuro que cada día se dibuja (desde todos los ámbitos estéticos: el cine, la televisión, el arte, la propia literatura…) como un lugar tenebroso, definido por inquietantes tendencias y amenazas, en las que lo «humano» parece correr un peligro mortal.

Sin renunciar a ninguno de los ingredientes esenciales que han caracterizado su obra anterior (la indagación sobre el mal y una reflexión filosófica permanente sobre los grandes temas de la contemporaneidad), El Sistema de Menéndez Salmón erige como protagonista a El Narrador, un vigilante de la nueva sociedad conocida así, como «El Sistema», que impera con sus Ideólogos y sus Forenses en una época llamada Historia Nueva (posterior a la nuestra, a la actual, aunque sin fechas precisas ni constatables) y en la que el mundo, convertido en un archipiélago, está dividido entre dos fuerzas antagónicas: los Propios, súbditos de esas islas, y los Ajenos, personas extrañas y que pertenecen a la marginalidad por su exclusión ideológica o económica. En ese contexto, El Narrador, guardián del statuo quo, no deja de recibir noticias en su isla-torre de vigilancia de que esa situación social y económica se derrumba, hecho que coincidirá con la llegada de un extraño a su isla.

“Es una novela de ideas, de enorme ambición intelectual y literaria, que abre nuevos caminos en la narrativa contemporánea”, dice el acta del premio, cuyo jurado quiso hacer hincapié de ello en el acto de entrega. “Menéndez Salmón sigue mostrando una sorprendente seguridad verbal y una asociación imprevista de adjetivación que hace que pocos autores hoy tengan una personalidad expresiva como la suya”, apunta el poeta y académico de la lengua Pere Gimferrer.

“Este mundo futuro posee muchos elementos del nuestro, que me han servido de inspiración y de modelo”, afirma Menéndez Salmón, que admite la influencia en su libro de autores que “reflexionan sobre la velocidad imparable del presente” como Ballard y Houellebecq, “los maestros de la parábola”, como Jorge Luis Borges o Stanislav Lem, y “los del lenguaje como sistema de autocontrol”, en la estela de Orwell. Todos ellos confluyen en una obra que es “una decantación de los últimos diez años de mi producción, con los problemas de la libertad y del individuo en un grado mucho más potente que hasta ahora”.

La ambición temática de El Sistema pasa por “una lectura de los grandes temas que tiene hoy la contemporaneidad encima de la mesa, como esa identidad que parece sólo poder construirse desde la oposición a otros o preguntarse hacia dónde vamos como especie”. Sobre ese último punto, el escritor reflexiona sobre una de las cosas que más le obsesionan últimamente: la posibilidad de un tiempo posthumano. “Más allá de la reflexión de final de ciclo, después de ese final, ¿hacia dónde vamos?”.

Esa última pregunta resuena con fuerza en la cuarta y última parte de la novela, donde un narrador omnisciente -a diferencia del Narrador protagonista que cuenta las tres primeras-, apunta serias dudas sobre las consecuencias del actual sistema político y ético o hacia dónde se encamina la ciencia y la cultura de hoy, así como el arte, disciplina que siempre tiene notable peso en la obra del novelista asturiano.

Escrita en Berlín gracias a una beca, durante un período en el cual se encontraba, por temas de lengua, «en un exilio emocional y vital que quizá explique esa sensación de opresión y vacío que destila la obra”, Menéndez Salmón admite que, en definitiva,  no puede responder al enigma de hacia dónde se encamina hoy la humanidad: “Fuera de la novela no me atrevo a jugar a profeta; son tiempos ambivalentes, con una extraordinaria efervescencia de lo inmediato, la banalización de casi todo en una cultura del simulacro y de sociedades donde impera la náusea, y todo ello frente a la idea de que la supremacía de la cosmovisión del hombre blanco está desapareciendo del planeta, como decía hace poco Hanif Kureishi; parece que las formas de control social que hemos conocido están en declive, pero todo va tan rápido que quién sabe”.

Novela de enorme densidad y poderoso atractivo intelectual, El Sistema sobrelleva sin embargo con cierta dificultad la falta de fluidez imprescindible en toda gran obra narrativa. La espesura de la reflexión bloquea a veces el avance de la acción y nos deja huérfanos de historias y detalles que nos gustaría conocer. Sin embargo, bien merece la pena el esfuerzo de sumergirse en las interrogantes de este libro, que sin duda impulsará una literatura muy necesaria en el presente.

Manuel Turégano

Marienbad eléctrico

El último libro de Enrique Vila-Matas es un canto a la inteligencia, al arte, a la conversación y a la amistad

 Aunque se trata, en cierto modo, de un «libro de encargo» (la editora francesa de Vila-Matas, Dominique Bourgois, le hizo una petición para que escribiera sobre su relación con la artista Dominique Gonzalez-Foerster, con la que se reúne esporádicamente desde 2007 y con la que ha colaborado ya en distintos proyectos), Marienbad eléctrico es un artefacto literario auténticamente «made in V-M», es decir, un texto novedoso, sorprendente, heterodoxo e instructivo, en un plano que no tiene nada que ver con la divulgación de un saber ya sabido, sino con la exploración de esos abismos que realmente se abren bajo nuestros pies cuando nos preguntamos por cosas como: ¿tiene sentido, algún sentido, el arte?

Ya en su novela anterior, Kassel no invita a la lógica, Vila-Matas se había metido -–con enorme valentía– en un verdadero avispero: reivindicar, desde su propia experiencia vital y literaria, el valor del arte de vanguardia contemporáneo, algo sobre lo que domina (no sólo en círculos ajenos, sino también en todo tipo de ambientes culturales) la idea de que es un rompecabezas sin sentido, cuando no una verdadera tomadura de pelo. Allí donde tantos no ven «nada» (o ven meros caprichos de gente que tras una pátina artística esconde un vacío creativo absoluto), Vila-Matas nos descubría un universo repleto de estímulos y significados, una materia viva capaz de liberar la energía necesaria para insuflarnos nueva vida y darnos elementos sustanciales para reinterpretar y comprender el mundo.

Es en el marco de esa peculiar «filosofía del arte» donde puede inscribirse esta –en cierto modo– «secuela» de aquel libro, pues se respira un idéntico sentimiento de simpatía e identidad con ese arte y una similar invitación a que explotemos nuestra inteligencia (y no otros instintos depredadores) y nuestra sensibilidad para extraer de las mejores de esas propuestas artísticas un jugo que puede ser absolutamente necesario para alcanzar una cierta plenitud vital y un entendimiento más claro de un mundo suspendido al borde de un abismo permanente.

Para seguir proyectando el impulso de aquel libro, Vila-Matas no podía elegir mejor partenaire que Dominique Gonzalez-Foerster, «una de las artistas francesas más reconocidas en la escena internacional» (Le Monde), cuyas instalaciones han recorrido en las dos últimas décadas las mejores y más prestigiosas galerías y espacios de arte del mundo (desde la Tate Modern londinense al Pompidou francés o la Documenta de Kassel…), siempre con propuestas renovadoras y sorprendentes… y cargadas de literatura.

Y ese es sin duda un dato a resaltar inevitablemente a la hora de tener en cuenta la admiración y la cercanía de Vila-Matas a la obra de DGF: la común pasión literaria. Los libros son un ingrediente esencial en la mayoría de las instalaciones de DGF. Y la propia artista, que ya había sido definida en algún momento «como una evadida de la literatura», recuerda en un texto incorporado a este libro que: «En un breve texto grabado en la pared a la entrada de la obra Shortstories, que también se presentó en las colecciones del Centro Pompidou, me definí como prisionera literaria de un triángulo formado por Enrique Vila- Matas, Roberto Bolaño y W. G. Sebald».

Nos movemos en el marco de un libro, pues, donde la admiración y la simpatía mutua entre el escritor y la artista son algo explícito y declarado, y no solo eso, sino que precisamente esa admiración, esa simpatía y la amistad a que todo ello da pie, es en realidad la sustancia fundamental del propio libro. En un mundo en el que, como mucho, se prodiga «el halago» (normalmente insincero), al tiempo que se intenta marcar todo tipo de distancias y subrayar diferencias entre los distintos creadores, manteniéndose cada uno apartado en su inaccesible torre de marfil, Vila-Matas no tiene empacho alguno en construir un texto reivindicando lo contrario: reconociendo su interés (muchas veces ligado a la incomprensión) por la obra de DGF, y el estímulo constante que para él han representado tanto sus obras como los esporádicos encuentros y el diálogo amistoso e inteligente con la artista gala. Vila-Matas se autodescribe como un aspirante a doctor Watson que intenta indagar y saber todo lo que puede sobre los proyectos y las realizaciones de DGF, aunque tiene que reconocer que, como dice Conan Doyle en Estudio en Escarlata, al final lo más probable es que sea Holmes el que sepa más cosas sobre él. Metidos «en el arte de la conversación», y abandonándose muchas veces al «azar productivo», el escritor y la artista, entre sugerencias y a veces malentendidos, acaban construyendo un diálogo tan genuino como divertido, en el que más allá del mutuo espionaje se va dibujando una nebulosa de referencias y expectativas que alimentan no sólo la creatividad de cada cual, sino la necesidad del reencuentro.

El libro podría ser calificado en algún momento de «petulante», si no fuera porque la lucidez de Vila-Matas aborta enseguida toda vana y ridícula pretensión. Y esa lucidez es sobresaliente en un párrafo como este: «DGF sabe que el arte es una de las formas más altas de la existencia, a condición de que el creador escape a una doble trampa: la ilusión de la obra de arte y la tentación de la máscara del artista. Ambas nos fosilizan, la primera porque hace de una pasión una prisión, y la segunda porque convierte una libertad en una profesión». Extraordinaria declaración de principios, que tal vez debiera labrarse en el frontispicio de algunos centros de enseñanza y sacarse como texto de comentario en los exámenes de la selectividad. ¡Cuánta necedad y vacío nos ahorraríamos si esos principios fueran una práctica común!

El libro, que es vila-matiano hasta la médula, discurre por un bosque cuajado de especies muy conocidas: por aquí encontramos a Rimbaud, a Duchamp, a Beckett, a Robert Walser, a Canetti, a Claudio Magris… y a Bioy Casares, el autor de La invención de Morel, el texto en el que se basó Robbe-Grillet para escribir el guión de El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais, prototipo de «ese cine incomprensible» de los setenta que, en vez de renegar de él, una vez más Vila-Matas se atreve a reivindicar: «Me sigue pareciendo -dice- la película que mejor demuestra que para lo incomprensible se necesita un talento muy especial». Ese talento «para lo incomprensible» es lo que, en cierto modo, este libro trata también de reivindicar, pues es siguiendo ese hilo como podemos llegar a territorios verdaderamente ignotos y desconocidos. No hay que temer a lo incomprensible ni huir de ello como si fuera una serpiente pitón: como dice Vila-Matas, «¿Acaso el canto más bello no es siempre el de una lengua desconocida?».

Marienbad eléctrico es un libro cimentado en una curiosa y exclusiva piedra angular: el diálogo y la amistad entre una artista «fugada de la literatura» y un escritor detective que ama «el juego y el riesgo del arte». Feliz encuentro al que el lector puede sumarse ahora como partícipe de un banquete donde los manjares más suculentos no siempre están necesariamente a la vista. También aquí el lector es invitado a hacer de Watson, siempre que conserve la certeza de que nunca llegará tan lejos como Holmes.

Manuel Turégano

México en la encrucijada

Una reciente visita al país me ha permitido sumergirme en la turbulenta realidad del México de hoy, un país tan fascinante como terrible. En un pequeño serial, de dos o tres capítulos, trataré de sintetizar las ricas experiencias extraídas de una convivencia estrecha con la realidad mexicana. Y empezamos por el flanco más sensible: la encrucijada económica y política de un país que, nunca debemos olvidarlo, constituye la frontera sur del Imperio.

Dos o tres veces, en el plazo de apenas tres semanas, y en ámbitos muy distintos me han contado el mismo chiste: «México sieMexico Inconfompre tiene lo más grande. Tiene al hombre más rico del mundo: Carlos Slim. Al hombre más malo del mundo: el Chapo Guzmán. Y al hombre más pendejo del mundo: el presidente Peña Nieto». El chascarrillo corrobora la pésima opinión que casi unánimemente tiene todo el país sobre el actual presidente, el hombre que recuperó el poder para el PRI (tras la penitencia de las dos presidencias «panistas», la de Vicente Fox y la de Felipe Calderón), pero que en muy poco tiempo ha dilapidado todo el crédito que le concedieron las urnas. En el país domina la unánime opinión de que Peña Nieto está corrompido por todos los frentes: ni enfrenta como debe la guerra contra el narcotráfico (vivió el ridículo de la fuga del Chapo), se ha bajado los pantalones ante «los gringos» (EEUU), es cómplice de la corrupción criminal de la policía (sobre todo tras el caso de los 43 estudiantes desaparecidos/asesinados (?) en Guerrero), y además está empujando a Pemex (la petrolera, la mayor empresa del país) a una crisis que obligue a privatizarla (recientemente, sin embargo, el Estado ha aprobado una ayuda de 1.500 millones de dólares, para que la empresa salve de momento los muebles, tras la caída en picado de los precios del petróleo). En todo caso, Peña Nieto parece ya sentenciado bajo la misma constelación de sombras que persiguió a los últimos presidentes del PRI antes de la debacle del partido: corrupción, nepotismo, negligencia ante el crimen, mano blanda con EEUU y neoliberalismo de fondo, encubierto por una pátina de supuesto progresismo social.

En todo caso, el país parece vivir en la misma encrucijada en que se quedó tras el desmoronamiento del régimen seudototalitario del PRI (que gobernó el país durante 72 años). Sólo que en ciertos aspectos, contradicciones larvadas de aquella época han hecho eclosión. ¡Y eclosión violenta! Empezando por la violencia criminal del narcotráfico, a cuya sombra se han desarrollado también, en los últimos diez años, muchas otras formas de extorsión y violencia sobre la población (desde los secuestros exprés a los chantajes económicos con amenazas de muerte). Hoy, diez años después de que se levantara la tapa a aquella cueva de serpientes, no hay ni una sola familia mexicana que se haya librado, de una u otra forma, de vivir, directa o indirectamente, una de esas formas de violencia criminal. La inseguridad, unirá a la corrupción (pues la policía y otros cuerpos de seguridad son los primeros artífices y protectores de buena parte de esa violencia), son ya un cáncer que corroe todo el cuerpo del país. Y que como todo cáncer produce sus zonas más afectadas (como los estados del norte o Guerrero al sur), y otras más protegidas. Aunque, hoy por hoy, el ejército ya patrulla todo el país.

La guerra contra el narcotráfico (que es la que más titulares consume y la que más muertos diarios pone encima de la mesa) es cada vez un asunto más estratégico, pues evidentemente tiene mucho que ver con la relación con EEUU, el país que consume la droga, lava el dinero del narcotráfico y, además, pone las armas de esta guerra. Nada, ni siquiera la petición de Carlos Slim (accionista del New York Times) a Obama para que EEUU cierre las dos mil armerías que tiene en la frontera con México ha merecido la menor atención. Para EEUU, la entrada de droga en USA desde México es algo ilegal y criminal, y en cambio la entrada de armas americanas para ensangrentar México es un negocio legal y regulado. Así, cada vez resulta más obvio que las guerras de los narcotraficantes son un instrumento indirecto de la política norteamericana para mantener a México siempre débil, corroído por sus contradicciones internas y sin poder dar el salto definitivo a la modernidad que el país objetivamente está ya en condiciones de dar.

México produce en el visitante una impresión ambivalente. Uno puede pensar, calibrando las cosas, que el país está efectivamente en trance de dar un definitivo salto a la modernidad (y que bastarían diez años de buen gobierno para hacerlo), o, por el contrario, que en cualquier momento podría darse un brote insurreccional en la población (nada ajeno a un país en que no falta tradición para ello). La razón de esta ambivalencia está en que, mientras una parte de la economía del país es ya casi homologable a la de cualquier país desarrollado, y el país tiene un empresariado capaz y dinámico y una población universitaria muy potente y ambiciosa, a la vez México acumula aún unas bolsas de pobreza y de miseria gigantescas. Miseria y pobreza que el Estado tolera e ignora y que no hace prácticamente nada por remediar ni combatir. Ni el Estado, ni un sindicalismo corrupto que, en realidad, no es más que otro brazo del Estado: una burocracia infamante que sólo persigue sangrar al Estado en beneficio propio. Sin una política más activa, sin un ejercicio más comprometido del Estado y la sociedad (como se ha hecho estos últimos años en Brasil, por ejemplo), México se mantendrá siempre en esa encrucijada, donde todo es posible. Incluida una insurrección popular.  La capa de colorines con que el Gobierno enjalbegó las colinas de Ecatepec para ocultar al papa Francisco (en su reciente visita a México)  las villas miseria que rodean al DF (recién rebautizada como Ciudad de México), no van a impedir que un día allí la miseria desate la rebelión. La costumbre tan mexicana de ocultar al visitante los lados más negativos de las cosas, no va a conseguir que desaparezcan los problemas.

La belleza de México es inocultable. También sus problemas y contradicciones. El país vive en una encrucijada. Y vive con particular inquietud los sucesos en el vecino del Norte. Donald Trump ya es un chascarrillo mayor que el Chapo Guzmán. Sus insultos a los mexicanos han sido como gasolina encima de una nación orgullosa que es muy consciente de las afrentas de «los gringos» (y que no ha olvidado que EEUU le birló la mitad de su territorio). Algo está cambiando, no obstante, en esa relación. En 2015 el flujo migratorio con EEUU cambió de signo: por primera vez en décadas, volvieron más mexicanos a México que los que emigraron a USA. ¿Augurio de un cambio de época en la relación?  Habrá que dar tiempo al tiempo. Y esperar, con paciencia, a saber qué ocurrirá cuando «el hombre más pendejo del mundo» abandone la residencia de Los Pinos.

Bocadillos:

En el país domina la unánime opinión de que Peña Nieto está corrompido por todos los frentes

Para EEUU, la entrada de droga en USA desde México es algo ilegal y criminal, y en cambio la entrada de armas americanas para ensangrentar México es un negocio legal y regulado

Manuel Turégano

El «pandemonium» europeo

Europa vive sus momentos más difíciles desde que hará una década sendos referendos en Holanda y Francia tumbaron la Constitución europea y dejaron todo el proyecto tiritando y en el aire. Una especie de «tormenta perfecta» sacude ahora la Unión y sus líderes parecen incapaces de capear el temporal. ¿A qué responde el actual «pandemonium» europeo?

El diccionario define «pandemonium», primero, como reunión de demonios y, en segundo lugar, como «lugar en el que hay gran confusión, ruido y griterío». La palabra no puede ser, en efecto, más adecuada para definir la situación actual del proyecto europeo.

Por un lado, una década de hegemonía absoluta de Alemania, no sólo ha acabado con el eje que vertebró Europa durante decenios y consensuaba toda la política europea (el eje franco-alemán), sino que está provocando que todas las costuras esenciales de la Unión, que se necesitó años para tejer, estén a punto de romperse y saltar por los aires. Gran Bretaña celebrará próximamente un referéndum sobre su permanencia y, por el momento, llevan la batuta los que propugnan abandonar la UE. En Francia, la sensación de que Alemania les ha traicionado y los está ninguneando y humillando, ha puesto ya al Frente Nacional a las puertas de una victoria electoral que podría ser el detonante de la ruptura definitiva de la UE. Polonia, que durante años pareció que iba a aceptar pacíficamente la dominación alemana, ha otorgado meses atrás la mayoría absoluta a un partido nacionalista que rechaza radicalmente esa hegemonía y está dispuesto a tomar medidas radicales para librarse de ella. En Italia, el jefe de gobierno, Renzi, dispara un día sí y otro también contra la política alemana y contra Ángela Merkel, llamando a otros jefes de gobierno a sumarse a un verdadero motín contra la política germana. Y en la península ibérica, los dos gobiernos conservadores de España y Portugal, que apoyaron la política de austeridad de Alemania, están a punto de pasar a la historia. Los conservadores portugueses ya están en la oposición, y los españoles muy cerca de ella. Alemania, que se las prometía muy felices, ve ahora cómo desde todos los frentes (excluido su «hinterland» más fiel) un número creciente de países y estados de enorme peso y relieve en Europa, o bien amenazan con irse y romper la Unión, o bien están dando paso a gobiernos abiertamente contrarios a la nueva hegemonía alemana o, incluso, podrían acabar abriendo la puerta a fuerzas políticas incompatibles con el proyecto europeo. Lo que antes era un rebaño de ovejas pastoreado por Ángela Merkel, cada vez más es un verdadero «pandemonium», una reunión de demonios, que se resisten a reconocer el liderazgo alemán y quieren cada uno controlar su propio infierno.

En ese «pandemonium» es cada vez más difícil tomar una sola decisión por consenso e, incluso, que se imponga por la fuerza un «trágala» alemán, como ocurrió hace meses durante las negociaciones con Grecia. El caso más fehaciente lo tenemos con la oleada migratoria procedente de Siria, Irak y Afganistán. Meses después de que se declarara la gigantesca crisis humanitaria de los refugiados, Alemania no ha conseguido imponer su política de cuotas de reparto. La mayoría de los países se oponen o se hacen el longuis, o aplazan las decisiones, de forma que Alemania, al final, se ha tenido que «tragarse» ella sola más del 80% del problema, lo que está acarreando muy serios y graves contratiempos a la canciller Ángela Merkel, que de ver cómo su reelección parecía un camino de rosas, ahora tiene que enfrentarse a una grave desafección de una mayoría creciente de alemanes, que sobre todo tras los inquietantes sucesos de la Nochevieja en Colonia ha pasado a rechazar mayoritariamente la política de puertas abiertas de la canciller.

Por otra parte, las cifras han puesto sobre la mesa recientemente, con un descaro insoslayable, a quién está beneficiando la política europea de los últimos años. Las cifras de la balanza comercial alemana, por ejemplo, son un verdadero escándalo. Alemania tiene una balanza comercial anual a su favor de 135.000 millones de euros, la mayoría de ellos con sus socios europeos. Es como si cada año, el resto de Europa transfiriera a Alemania un cheque de ¡100.000 millones de euros! En diez años son ¡un billón de euros! Y mientras tanto, y para más inri, todos los «donantes» tienen que apretarse el cinturón para cumplir con unas cifras de déficit imposibles, que les obligan a realizan recortes muy dolorosos en educación, sanidad, pensiones, etc. Como era de esperar, tamaño desequilibrio y saqueo, está alimentando también el resentimiento, las críticas y la rebelión contra la política alemana.

Pero los «males» que socavan el liderazgo alemán y enturbian la marcha triunfante de su locomotora no tiene que ver solo con la creciente desafección de sus socios, con ser esta muy importante. Otros problemas tan o más graves se van sumando día a día hasta dibujar un panorama inquietante.

Hace también unos meses, el escándalo que salpicó a la Volkswagen, por el trucaje de motores que contaminaban más de lo permitido, golpeó con fuerza al sector más puntero y emblemático de la economía y la industria alemana. Todo el orgullo de la mecánica alemana sufrió un severo bofetón, cuyos costes (por las demandas a las que tiene que hacer frente, sobre todo en EEUU) aún están por determinar, y podrían acabar poniendo al gigante alemán contra las cuerdas. Y hace solo unos días, al calor de las nuevas y severas turbulencias que sacuden a los mercados bursátiles mundiales, se ponía en evidencia que la supuesta solidez de la primera entidad financiera germana, el Deustsche Bank, podía ser una mera fachada. En apenas una semana, el buque insignia de la banca alemana perdía en Bolsa casi el 50% de su valor, y sus acciones se ponían a tiro de los temibles hedge funds y otros fondos de inversión de origen anglosajón, con epicentro en Wall Street y la City. La posibilidad de que el Deustsche Bank pudiera ser «tomado al asalto», aprovechando la caída de sus acciones y la corriente de ventas que dominaba en el parquet, merodeó durante unas horas sobre la Bolsa de Frankfort, alimentando todo tipo de especulaciones, que el banco ha tratado de tapar con una inversión de casi 5.000 millones de euros en acciones propias, a fin de demostrar que su músculo financiero todavía es suficientemente poderoso. En todo caso, el simple hecho de que la hipótesis circulara y el banco tuviera que reaccionar, hacen creíble aquello de «si el río suena…». Esa sospecha, además, se suma a las muchas que existen acerca de la verdadera situación de las «cajas de ahorro» alemanas, los bancos de los länder, que nunca han sido sometidos a los test de estrés de la banca europea y que, al parecer, son la razón de por qué Alemania se opone a avanzar en la unión bancaria.

Pero el temblor que sacudió al Deustsche Bank no fue el único temor europeo. La crisis bursátil actual ha destapado muchas otras vergüenzas en Europa, hasta ahora ocultas y amañadas. La situación de la banca italiana, o de la Societé Général francesa (el segundo banco de Francia), han alimentado estos días rumores acerca de una nueva crisis financiera en Europa. Y aunque aún no se ha hablado de nuevos «rescates», puede que sea cuestión de días que comience a hablarse de ello. En todo caso, solo los primeros temblores sísmicos, ya han provocado un movimiento reflejo de defensa de la banca, y la consiguiente restricción del crédito, lo que refuerza la perspectiva de una nueva recesión europea. Lo que a su vez obligaría a la UE a replantearse la línea de conducta a seguir: ¿qué hacer?, ¿seguir profundizando en los recortes, como ya demanda la Comisión Europea a un gobierno español que todavía no existe? La batalla se presenta muy cruda, y Alemania ya no tiene ni la fortaleza ni la credibilidad de hace ocho años para dictar e imponer sus recetas. Muchos de sus socios incondicionales ya han desaparecido o están a punto de desaparecer de la escena y otros han comenzado a adoptar una política más beligerante, sobre todo aquellos que como Hungría, Polonia o Dinamarca, rechazan la política migratoria de Merkel y se niegan a recibir nuevos refugiados. Esta política respecto a los refugiados está provocando, por otra parte, una fractura total en el seno de la UE. Las iniciativas de algunos Estados vulneran ya principios básicos de la UE así como su política de derechos humanos, uno de sus emblemas. La decisión del gobierno danés de despojar a los inmigrantes de su dinero, bienes o enseres, como condición para admitirlos, recuerda ya al expolio judío por los nazis. Gran Bretaña solo seguirá en la UE si se acepta que se niegue a recibir nuevos refugiados. Francia discute (y se divide) ante las perspectiva de quitar la nacionalidad a quienes aparezcan vinculados con actos terroristas. No hay una política europea ante el tema, cada uno toma su camino según sus circunstancias e intereses… Mientras tanto, columnas de refugiados recorren el invierno europeo, en escenas que recuerdan el pasado más ignominioso de Europa.

«Lugar en el que hay gran confusión, ruido y griterío»: así es el actual pandemonium europeo, un ámbito en el que se cuestiona la autoridad de Alemania y no hay un liderazgo indiscutido, donde cada uno alza su voz y propone su solución particular, sin modales y a grito pelado, y donde reina una enorme confusión acerca del futuro, mientras el presente se siembra de oscuros presagios sobre una nueva réplica de la crisis. Y mientras Estados Unidos mueve sus poderosos y secretos hilos no solo para preservar sino incluso para reforzar su dominio y su control sobre Europa, al este, una Rusia cada vez más agresiva afila también sus cuchillos para ver qué podría sacar de una Europa dividida y en crisis.

 

Bocadillos:

Lo que antes era un rebaño de ovejas pastoreado por Merkel, ahora es un verdadero «pandemonium», una reunión de demonios, que se resisten a doblegarse al liderazgo alemán y quieren cada uno controlar su propio infierno.

En ese «pandemonium» es cada vez más difícil tomar una sola decisión por consenso e, incluso, que se imponga por la fuerza un «trágala» alemán, como ocurrió durante las negociaciones con Grecia

Columnas de refugiados recorren el invierno europeo, en escenas que recuerdan el pasado más ignominioso de Europa

Manuel Turegano

 

 

Los libros repentinos

Pablo Gutiérrez es una de las voces jóvenes más prometedoras de la literatura española actual y este libro lo confirma.

Es siempre una costumbre muy sana en literatura la de leer algo nuevo, algo diferente, descubrir a nuevos autores, conocer provincias, regiones, continentes de la literatura que aún ignoras. El verdadero lector tiene que tener siempre la mente y la actitud abierta. Debe dejarse tentar por lo desconocido. La literatura deja de tener sentido si siempre leemos lo mismo y a los mismos, si rechazamos conocer lo nuevo, si no afrontamos el reto de adentrarnos y perdernos por territorios ignotos.

Así que, bastante a ciegas, me acerqué a ver quién era y qué escribía Pablo Gutiérrez. Y bueno, empecé por donde empieza todo mal alumno -y Pablo Gutiérrez sabe mucho, de malos alumnos-: es decir, empecé mirando qué dice la Wikipedia.

Para quienes ya es un escritor familiar, lo que voy a contar ahora ya será del todo sabido. Pero por si hay alguien que lo ignora, quizá merezca la pena recordar dos o tras cosas fundamentales:

  1. Pablo Gutiérrez nace en Huelva en 1978. Haber nacido en Huelva ya veremos más adelante cómo no es un dato aséptico y sin significado.
  2. Se licenció en periodismo en la Universidad de Sevilla, y después se dedicó un tiempo a trabajar en ello; y lo dejó, por lo que sé, bastante desencantado. Tampoco esto, como veremos, es un dato neutro.
  3. Desde hace varios años trabaja como profesor de literatura en un instituto de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz. Y este tampoco es un dato irrelevante.
  4. Pablo Gutiérrez es autor de cinco libros de narrativa y una obra de teatro. De ellos creo que debemos destacar sus tres novelas:

Nada es crucial (2010, Lengua de Trapo): un retrato descarnado y brutal del devastador mundo de la droga en los descampados de los años ochenta.

Democracia (2012, Seix Barral), sobre un parado al que despiden el mismo día que quiebra Lehman Brothers y se inicia la Gran Crisis.

-Y  Los libros reprentinos (2015, Seix Barral), la historia de una insólita rebeldía en un barrio marginal.

Estamos, por tanto, ante un escritor totalmente del siglo XXI. No alguien que tiene un pie entre dos siglos, o una obra que se remonta a la segunda mitad del siglo XX. No, un escritor de hoy y del presente.

Un escritor del que en cierto modo podríamos decir que ha tomado sobre sí, sobre sus espaldas, la responsabilidad, o la tarea de elaborar «un relato sobre la crisis». Un relato de la crisis, que él puede hacer:

-Porque no en vano vive en el rincón de España más afectado por ella, más castigado, donde la crisis se respira en el aire, hablamos de lugares como Huelva y Cádiz, donde por ejemplo el paro alcanza cifras del 40-50%, y el paro juvenil aún mayores.

-Porque este relato sólo puede hacerse, en verdad y en profundidad, desde la literatura. El periodismo no lo va a hacer, es obvio.

Solo la literatura puede recuperar la verdad de muchas cosas. Solo la verdad literaria es capaz de entrar hasta el fondo de una época. Quienes la amamos de verdad, no nos dejamos engañar sobre esto. Es nuestra guía y nuestra brújula.

Bueno, y tras extraer todos estos valiosos datos de la Wikipedia, decidí ahondar un poco más en el perfil literario de Pablo Gutiérrez, y comencé a descubrir afinidades:

1ª)  Me sentí inmediatamente solidario de las razones con que argumentó su abandono del periodismo, un mundo en el que -dice- no hay «ni tiempo, ni energía, ni limpieza». «El periodismo que yo conocí -afirma- estaba embebido de corrupción, de mezquindad y de explotación lanoral». Bueno, creo que no se puede ser más explícito ni más contundente.

2ª) Otra cosa con la que me identifiqué enseguida es con su declaración de que «entre los novelistas españoles hay cierta tendencia a alejarse de lo inmediato», como si la realidad (el hoy, el ahora, el presente) fuera «algo demasiado vulgar o caduco». Yo añadría de mi cosecha, además, que muchos novelistas se encuentran en el pasado en un terreno «más seguro», más asentado, por no decir que le tienen verdadero pánico a arriesgar, e meterse en el pantanoso, inestable e incierto campo de minas del presente.

Y añade Pablo Gutiérrez: «Aún se escriben novelas sobre la Guerra Civil como si fueran nuestro pasado reciente». Así es. Con esa equivocación, con esa mentira, con esa cruz a cuestas.

Escribir sobre el presente es mil veces más arriesgado, más problemático; pero si la literatura no es arriesgada ni problemática, entonces ¿qué es?

3ª) En las novelas que he leído de Pablo Gutiérrez hay un tema de fondo que siempre me agradó, y del que he hablado muchas veces: el poder de la literatura. Sí, la literatura tiene poder. Para mí, la literatura es un instrumento que cambia la vida, que cambia a la gente, que desencadena cosas, que produce mutaciones…

Ya sé, no soy tan ingenuo. Una novela no sirve para ganar las próximas elecciones. No va a hacer caer al gobierno. No va a modificar una ley. Su acción es mucho más profunda… y más letal. La literatura mata al que éramos y nos crea de nuevo. Si eso no es poder…

Y, bueno, creo que la última novela de Pablo Gutiérrez, «Los libros repentinos», tiene mucho que ver con todo esto. Incluso lo anuncia desde el título: pues esos «libros repentinos» que caen un poco del cielo van a ser el detonante que va a cambiar la vida de Reme, la protagonista, hasta el punto de llevarla a desencadenar, a encabezar incluso, una revuelta social en el mísero y marginal poblado de Casas Baratas donde ha pasado la mayor parte de su vida: allí llegó a comienzos de los sesenta, recién casada con un mozo incauto, allí tuvo y perdió de vista a sus dos hijos ingratos, allí discurrieron 40 años de su vida entre el tedio cotidiano y el cumplimiento de los deberes domésticos, hasta que un día, por error, por azar, ya viuda, recibe un paquete de libros, y decide robarlos o quedárselos y empieza a leer.

Y bueno, allí, entre las páginas de Baroja y de Galdós, entre los versos de García Lorca o Miguel Hernández, entre escena y escena de Buero Vallejo o Valle Inclán, ella va de un mundo a otro, no solo viviendo sus sueños, sino alimentando su indignación… esa indignación que es el primer paso, el paso imprescindible y necesario para acabar con la resignación. Sí, quien no se indigna está muerto. Porque la resignación es una forma de la muerte, su antesala seguro.

No hace falta insistir en ello, el lector lo descubre en cuanto lee cinco o diez páginas de Pablo Gutiérrez: nos encontramos en manos de un autor muy inteligente. Un autor que, además, en vez de convertir esa inteligencia en un florero o un abalorio con el que presumir, la disuelve de una manera muy precisa en inteligencia narrativa, en una prosa poderosa y envolvente que tiene casi siempre un enorme rigor analítico. Su prosa arrastra, te lleva a seguir, te desliza, a la vez que va radiografiando la realidad sin necesidad de decirte ni de subrayarte: esto es así o aquello fue asá. Y merced a ese quehacer analítico disuelto en literatura resulta que al final de la novela comprobamos cómo, sin apenas darnos cuenta, y mientras seguimos las peripecias de los personajes, Pablo Gutiérrez nos ha hecho una verdadera crónica de nuestro tiempo, y con una importante perspectiva: desde los 60 hasta hoy. Como toda gran novela social, «Los libros repentinos» contiene una visión de nuestro tiempo, de nuestro mundo, de nuestra realidad… sin necesidad de hacerlo muy explícito.

Rasgos estilísticos y recursos narrativos de Pablo Gutiérrez se podrían señalar muchos. Me quedo con uno que sí quiero destacar, porque me parece muy difícil de lograr: y es la forma en que la enumeración de cosas y hechos (toda la novela actual es deudora en esto de Perec), no acaba en mero amontonomaniento ni provoca cansancio, porque no nos hallamos ante una simple acumulación, hasta sus enumeraciones son analíticas: conforme acumula va, a la vez, diseccionando la realidad.

Es valiente salir hoy a la calle con eso tan denostado como una «novela social». Bueno, para mí esa apellido «social» es tan válido a priori como cualquier otro: «negra» o «fantástica»… siempre y cuando sea una buena novela. Y yo creo que esta de Pablo Gutiérrez sin duda los es.

Manuel Turégano

Voces de Chernóbil

Primera escritora de no ficción galardonada con el Nobel, Svetlana Alexiévich narra la odisea final del imperio soviético

Pocos libros leídos en estos últimos tiempos me han producido el impacto de estas Voces de Chernóbil, de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, recientemente elegida Premio Nobel de Literatura 2015, y primera escritora de «no ficción» que recibe el más conocido galardón literario del mundo. Elegí el libro un poco al azar, por curiosidad, llevado de mi interés por todos los temas relacionados con la desaparición de la URSS, y estimulado por mi ignorancia sobre el verdadero alcance y sentido del accidente de Chérnobil. Pero fue abrir el libro, leer la primera «voz» (la de la mujer de un bombero que acudió la misma noche de la explosión a apagar el incendio en la central y murió a los quince días a causa de la radiación) y sentí no sólo la conmoción absoluta que provoca esa historia, sino toda la grandeza del trabajo literario de una escritora que ha rescatado para nosotros la memoria viva de un periodo crucial de nuestra historia colectiva.

Hija de dos maestros, él bielorruso y ella ucraniana, Svetlana Alexiévich nació el 31 de mayo de 1948 en el pueblo de Stanislav, en la Ucrania soviética, pero se crió en la república soviética de Bielorrusia. Estudió periodismo en la Universidad de Minsk desde 1967 y al graduarse marchó a la ciudad de Biaroza, en la provincia de Brest, para trabajar en el periódico y en la escuela locales como profesora de historia y de alemán. Durante un tirmpo se debatió entre la tradición familiar de trabajar en la enseñanza o dedicarse al periodismo. Desde sus días de escuela había escrito poesía y artículos para la prensa escolar y también en la revista literaria Neman de Minsk, donde publicó sus primeros ensayos, cuentos y reportajes.

El escritor bielorruso Alés Adamóvich la inclinó a la literatura, apoyando así el nacimiento de un nuevo género de escritura polifónica que se conoce como «novela colectiva», «novela-oratorio», «novela-evidencia» o «coro épico», entre otras fórmulas. En esos textos, a medio camino entre la literatura y el periodismo, Alexiévich utiliza la técnica del collage, yuxtaponiendo testimonios individuales, lo que le permite acercarse con más intensidad a la sustancia humana de los acontecimientos. Para construir sus «crónicas», Svetlana tuvo que transformarse en viajera: visitó casi toda la Unión Soviética.

Utilizó esta técnica en su primer libro: La guerra no tiene rostro de mujer (1983), en el que, a partir de entrevistas, abordó el tema de la participación de las mujeres rusas en la II Guerra Mundial. El estreno de la adaptación teatral de esta obra en Moscú, en 1985, supuso un gran antecedente en la glásnost (o apertura del régimen soviético) iniciada por Mijaíl Gorbachov. En Los chicos de zinc (traducida a veces como «Ataúdes de zinc»), de 1989, compila un mosaico de testimonios de madres de soldados soviéticos que participaron en la guerra de Afganistán. En Cautivos de la muerte, 1993, ofrece la visión de aquellos que no pudieron sobrevivir a la idea de la caída del régimen soviético y se suicidaron. Voces de Chernóbil (1997) expone el heroísmo y el sufrimiento de quienes se sacrificaron (o fueron sacrificados) en la catástrofe nuclear de Chernóbil. Libro traducido a veinte idiomas, todavía sigue prohibido en Bielorrusia. En su última gran obra, Época del desencanto. El final del «homo sovieticus», publicado a la vez en alemán y en ruso en 2014, lleva a cabo un extenso retrato generacional de quienes vivieron la dramática caída del imperio y el estado soviéticos. También ha compuesto numerosos guiones para documentales y varias obras de teatro.

La obra de Svetlana Alexiévich es una crónica personal y un fresco impresionante de la historia de los hombres y mujeres soviéticos y postsoviéticos, a los que entrevistó para sus narraciones durante los momentos más dramáticos de la historia de su país: la II Guerra Mundial, la guerra de Afganistán, la caída de la Unión Soviética y el accidente de Chernóbil. Enfrentada al régimen autoritario y a la censura del presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, abandonó Bielorrusia en el año 2000 y vivió en París, Gotenburgo y Berlín. En 2011 Alexiévich volvió a Minsk. Varios libros suyos fueron publicados en Europa, Estados Unidos, China, Vietnam e India. En la actualidad la mayoría de sus obras fundamentales ya tienen traducción al español.

En Voces de Chernóbil Svetlana Alexiévich construye una polifonía narrativa desgarradora en torno a un suceso que ella considera como uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX (a la altura del Holocausto o el Gulag): la exploción de un reactor nuclear en la central de Chernobil el 26 de abril de 1986. Tras ocultar durante varios días la envergadura del hecho, las autoridades soviéticas (con Gorvachov al frente) no tuvieron más remedio que afrontar la realidad cuando desde Suecia o Alemania se detectó la llegada de la nube radioactiva. La todavía existente URSS movilizó entonces a cerca de 800.000 efectivos para tratar de afrontar la situación: la mayoría eran soldados de las distintas repúblicas que fueron reclutados bajo engaños y amenazas (la teoría de un ataque o un sabotaje imperialista se mantuvo durante todo ese periodo de reclutamiento). Batallones enteros de «liquidadores» (así se llamó a quienes se encargaron de «liquidar» las consecuencias del accidente de Chernóbil), sin el equipamiento adecuado y sin mucho conocimiento de a qué se enfrentaban realmente, colaboraron con el ejército para llevar a cabo la evacuación de la población de la  zona más contaminada (treinta kilómetros alrededor de la central), el «entierro» de la capa más contaminada de la tierra, la tala de los bosques, la eliminación de los animales vivos, etc. Mientras tanto, se llevó a cabo un trabajo suicida para evitar la explosión en cadena del reactor (echando encima toneladas de materiales diversos) y, posteriormente, se construyó un sarcófago de hormigón en torno al reactor. Prácticamente todas las personas que llevaron a cabo estos trabajos en las inmediaciones de la central han fallecido ya: o directamente por la radiación o a consecuencia de distintos tipos de cáncer. No existe una cifra oficial de las personas que han muerto en Ucracia, Rusia y Bielorrusia como consecuencia del accidente de Chérnobil. Ni siquiera hoy, treinta años después. Pero en Bielorrusia, por ejemplo, los casos de cáncer se han multiplicado por 75. La zona que rodea Chernóbil es aún zona prohibida para la vida y la agricultura. Los efectos nocivos de la radiación durarán miles de años.

Voces de Chernóbil no es un libro técnico sobre el accidente, ni una reconstrucción rigurosa de los hechos, ni un memorándum sobre cómo este hecho contribuyó a la implosión final de la URSS. Svetlana Alexiévich lo subtitula «Crónica del futuro». Todo el libro (articulado a partir de monólogos de personas que sufrieron de una u otra forma los efectos de la catástrofe) tiene un aire de trágico presentimiento. Lo que traslucen las voces de los sin voz, la «historia oculta» contada por el pueblo, es algo que va más allá de un destino acatado. Más allá del dolor, del sufrimiento y del sacrificio (a veces heoico) se esconde una reflexión esbozada e inquietante sobre esta nueva, moderna, desconocida y letal «amenaza» que pende «invisible» sobre nuestras cabezas. Sobre toda la humanidad. Chernóbil cambió no sólo la forma de vida de millones de personas; cambió también sus valores, el sentido de su existencia, su forma de relacionarse, su forma de ver las cosas, su concepto del tiempo y de la técnica, la idea de las amenazas a las que nos enfrentamos. En definitiva, Chernóbil marcó un antes y un después en la historia humana. Y esto es algo que difícilmente se percibe si no es a través de la lectura de un libro como este. Un libro prácticamente obligatorio

Manuel Turégano

El extraño caso de los malos lectores de Kant

Días pasados, durante el desarrollo de la campaña electoral, la prensa se hizo eco, con cierta ironía, de que Pablo Iglesias y Albert Rivera recomendaban la lectura de Kant, uno citándolo mal y otro sin haberlo leído. ¿Pero es esto lo más relevante del caso?

Los líderes de Podemos y Ciudadanos, Pablo Iglesias y Albert Rivera, protagonizaron un insólito debate preelectoral en la Universidad Carlos III de Madrid, con el periodista Carlos Alsina como moderador. Durante dicho debate recomendaron al unísono leer la obra de Kant, pero al hacerlo el primero citó erróneamente su obra más popular, la Crítica de la razón pura, nombrándola como «Ética de la razón pura», mientras que el segundo, cuando el moderador le pidió concreción, acabó reconociendo no haber leído ninguna de sus obras.

Ambos respondían a la pregunta de un alumno que les inquirió sobre si apoyaban la decisión del Gobierno del PP de dejar en un segundo plano la asignatura de Filosofía en la enseñanza secundaria, tal y como propone la Lomce; de paso, el osado alumno les pidió que recomendaran una obra de esta materia, y fue cuando ambos quedaron en evidencia.

Iglesias mencionó la «Ética de la razón pura», en lugar de Crítica de la razón pura de Kant, y defendió la importancia de la Filosofía porque «enseña a pensar».

Por su parte, el presidente de Ciudadanos, que también criticó la decisión del Gobierno y apostó por recuperar esa asignatura, junto con Música, describió al filósofo alemán como un «referente», pero no pudo concretar ninguna obra suya tras insistirle el moderador.»No sé, yo vengo del mundo del Derecho y Kant es un referente, no sólo un gran filósofo, sino un gran jurista. Por tanto, cualquiera de las obras de Kant me parece un referente para juristas y también un referente para filósofos. ¿Concreto? La verdad es que no he leído a Kant un título concreto, pero lo he estudiado en Filosofía política», argumentó Rivera.

Este curioso incidente sirvió para que, en días siguientes, la prensa de uno y otro signo hiciera una cierta rechifla de ambos políticos, subrayando la «mala memoria» de uno y la «ignorancia» del otro,  y dando a entender la escasa formación de ambos políticos.

Nadie, sin embargo, se paró a reflexionar sobre otro hecho mucho más esencial: ¿por qué ambos eligieron como «referente» a leer en este momento a Kant?  ¿Y por qué a Kant y no a otro?

Por supuesto, no voy a caer en la estupidez de decir que no hay que leer a Kant, un filósofo esencial en la historia del pensamiento ilustrado europeo, pero sí resulta interesante indagar en lo que hay detrás de esta recomendación. En qué quiere decir que estos dos líderes políticos, aparentemente destinados a jugar un papel esencial en el nuevo diseño político español, elijan a Kant como referente filósofico en este momento.

El pensamiento político y filosófico de Kant corresponde al de la burguesía ilustrada de finales del siglo XVIII, entroncado con los principios de «libertad, igualdad y fraternidad» que iba a popularizar la revolución francesa. Kant elevó a nivel filosófico los ideales de una clase que acababa de protagonizar una revolución que había mandado al baúl de la historia el orden feudal y la indiscutible hegemonía de la religión sobre el pensamiento. La filosofía de Kant era en ese sentido y en esa época una filosofía de emancipación, que entronizaba la razón frente a la fe y la libertad frente al vasallaje.

Esa filosofía fue revolucionaria mientras sirvió a la causa del derrocamiento del orden feudal y el triunfo de la ilustración.

Pero en los dos siglos siguientes, los siglos de la dominación burguesa y del triunfo del capitalismo, las cosas tomaron unos derroteros muy alejados de las prescripciones kantianas. Una vez implantado su dominio político y asentado su poder económico, la burguesía iba a alejarse muy rápidamente del programa emancipador que le sirvió para tomar el poder. La libertad se  transformaría en un nuevo orden político, donde la burguesía ejercería su poder de un modo omnímodo. La igualdad dio paso a un nuevo y riguroso orden clasista, con explotadores y explotados. Y a la fraternidad la sustituyó un nuevo orden moral, dominado por el frío cálculo del dinero. En este nuevo sistema burgués, los principios de la filosofía kantiana quedaron totalmente vacíos de contenido. Sus conceptos definían realidades que ahora eran muy diferentes a las que el filósofo imaginó.

Cuando a comienzos del siglo XX, las burguesías europeas desencaderon la gran carnicería de la primera guerra mundial, sus ideales revolucionarios habían sido anegados y bañados en sangre. «Explotación, opresión y guerra», eran la nueva triada que guiaba su actuación.

En ese contexto (padre del actual) la filosofía de la emancipación no correspondía ya a la caduca filosofía kantiana, sino a otros pensamientos, como el de Marx, por ejemplo, que definían con absoluta precisión la verdadera naturaleza del orden burgués y del capitalismo. Ahí sí se ofrecía una nueva lectura de la historia, se analizaban las causas y la inevitabilidad de las crisis capitalistas y se apuntaba a la necesidad de una nueva revolución.

Cuando nuestras rutilantes estrellas del nuevo escenario político recomiendan al unísono leer a Kant, ¿qué están diciendo? En el caso de Rivera, que se autodefine como liberal, haya leído o no a Kant, su idea es la proponer la mejor versión de una concepción del mundo, la burguesa, que no se corresponde en absoluto a la realidad actual. ¡Ya no estamos en los tiempos de la revolución burguesa, señor Rivera! Llevamos cientos de años viviendo bajo los efectos de esa revolución. En las sociedades occidentales la burguesía ya tiene todo el poder. El viejo liberalismo político es totalmente inviable en las sociedades capitalistas actuales. La burguesía occidental ya tiene otros principios y otro programa. Y resucitar a Kant es imposible. Los principios kantianos ya no pueden lavarle a la cara a un sistema que rezuma por todas partes opresión, explotación y guerra.

Pero si la propuesta del señor Rivera puede calificarse de anacronismo, la de Pablo Iglesias es verdaderamente chocante. Supuestamente la alternativa que encarna Podemos no trata de reforzar el sistema actual (como ilusoriamente pretende Rivera, revitalizando los ideales originarios), sino cambiarlo por otro más justo. En este caso, la invitación a la lectura de Kant resulta más paradójica e incomprensible. ¿Qué objeto tiene hoy reivindicar los ideales «revolucionarios» de la burguesía, cuando la burguesía ha dejado de ser una clase revolucionaria? ¿Va la gente a encontrar en Kant los fundamentos filosóficos o políticos para un proyecto emancipador en nuestros días?

El problema principal una vez más no es si la clase política que viene es más o menos iletrada o tiene más o menos acierto al citar: el problema es qué proyecto político tienen y  a qué clase representan. Al elegir a Kant como mentor filosófico, Rivera e Iglesias se retratan plenamente.

Manuel Turégano