Los bares como categoría ontológica

Definir un bar como únicamente un lugar dispensador de bebidas y comidas supone una simplificación que no tiene en cuenta las múltiples variables relacionadas con su naturaleza. Es más fácil definir una farmacia como dispensador de medicamentos que un bar según la definición anteriormente reseñada.

En el bar se hacen relaciones, se cultivan, se mantienen y se acaban, a veces entre sollozos de la persona pasiva a la decisión, ¿Quién no ha presenciado una escena de este tipo?, también se mustian, no hace falta ser psicólogo, -si esta profesión sirve para algo-, para darte cuenta del hastío y aburrimiento de una pareja   tomando una caña sin dirigirse la palabra sin que haya enfado por medio, si este existe todavía hay energía en la relación.

A veces el bar es un lugar en el que te sientes arropado para comunicar, para hacer negocios, maldades,  bondades, y trapicheos. Si no sabes dónde comprar caliqueños, ¿a quién lo preguntas?  – a tu barista de confianza-. Este seguro que conoce a algún usuario. El ejemplo del caliqueño no excluye otro tipo de sustancias que están en la realidad cotidiana de muchos ciudadanos y que suele aparecer periódicamente su legalización en algunos programas electorales.

BarologíaPara los amantes de la historia  de este país o como lo quieran llamar, los cursis le llaman Estado, para que quepan más entidades nosológicas en su acepción clasificatoria, los usos de los bares van cambiando según muta la sociedad. En estos momentos ya no se suelen utilizar para hacer estraperlo a pequeña escala, los bares cercanos  a las estaciones de ferrocarril, que a gran escala se utilizaban los bares de postín.

A veces han servido para salvar vidas,  como cuando se logró traer de extranjis penicilina para Ava Gadner mediante la intermediación de Perico Chicote, personaje al que admiro como ha quedado patente en esta sección de barología, la persona que trapicheaba para lograr unos gramos de penicilina era, ni más ni menos, el Dr. Jiménez Díaz  el que dio nombre a la Fundación del Hospital de Madrid. Esta noticia me ha creado la duda, de si el destinatario final era la actriz, el secreto profesional impide saberlo, o si era una intermediaria para algún torero a los que era tan aficionada.

Dicen los expertos en economía, que el mayor valor actualmente está en la comunicación, los bares son verdaderos nodos, a veces auxiliares y paño de lágrimas  de la angustia por su carencia. Si quieres saber algo del barrio y de la contorná, nada como ir al bar, esto  viene reflejado en el cine negro desde su  aparición;  no quiere decir que en los bares se de la información así como así. En nuestro medio para conseguirla, tienes que utilizar adulación, la confianza y aun la amistad. En USA el valor de la información, por lo menos en las pelis, tras una negociación corta entre el barman con cara de póker y el interesado, se salda mediante la disminución del fajo de billetes  de un lado mientras aumenta sobre la barra.

Siguiendo con la comunicación, ya casi nadie duda de la importancia de ofrecer wifi al público, aunque suponga un inconveniente: los estudiantes desperrados que con una cerveza se hacen la tarde, ya que la mañana es para las clases y lo que es peor el acceso a internet de los jubilados que, aunque tengan clase también en las universidades para adultos, se hacen la jornada con un café. Los profesionales más despiertos hablan de que aunque sea así también crean ambiente, ese intangible que de forma inconsciente y gregaria  nos hace elegir un bar u otro. Lejos estamos de la época que cuando solicitabas un cargador universal para tu móvil te miraban con la misma cara o aun peor  que cuando les pides el periódico.

Los bares son una realidad que nos ayuda a vivir, al menos a los usuarios crónicos, llamados clientes asiduos.

Escrito por Julio García

Encerrados

 

susurradoraLa mujer pelirroja agita las llaves de la mazmorra con una sonrisa malévola en el rostro. Siempre le ha gustado llamar mazmorra a la especie de granero desvencijado que acaba de cerrar a cal y canto desde fuera. Dentro, tan solo una mesa, tres sillas, un fregadero, un minúsculo excusado. Y todo el tiempo del mundo para tres hombres encerrados. El cuarto, el de la barba, sigue perdido en otra clase de encierro, el enclaustramiento en sus propias ideas obtusas.

Ni una ventana que deje adivinar si llueve o hace un sol inclemente, si es de día o de noche. Una solitaria bombilla encendida cuelga del techo en el centro de la mesa. Con toda la intención, les ha dejado tres botellas de vino y un poco de queso. La experiencia le dice que el vino suelta la lengua, libera los miedos y acerca las miradas. El mundo necesita que eso ocurra.

Ninguno de los tres ha opuesto resistencia al encierro. El susurro de la pelirroja es como canto de sirena, anula las voluntades y conduce las naves felizmente al destino elegido.

El del pelo largo atado en la nuca es el primero en abrir la botella y llenar los tres vasos. Ya que están allí, mejor aprovechar las ventajas. El más alto coge el suyo y brinda levantando una ceja. “Por el acuerdo” El tercero, el que tiene cara de no haber roto un plato, mira escéptico su vaso, pero al final lo atrapa y se lo lleva a los labios. Luego alega: “Mejor será que lleguemos a alguno. Ella ha dicho que abrirá la puerta cuando lo consigamos. Y lo sabe todo, se entera de todo, no podemos engañarla”.

El alto se gira hacia el hombre con coleta: “¿Tú qué piensas?” “Que estamos aquí para entendernos” responde el otro. ”Pues vamos a intentarlo”, propone. El tercero, el de la sonrisa intachable, vuelve a beber de su vaso y alega: “No va a ser fácil”. ”Nadie dijo que lo fuera” replica el del pelo largo con su risa de conejito malote. El alto interviene tras dar un largo trago a su vino. “Utilicemos bien nuestro tiempo Bebamos y hablemos. Hemos de llegar a un pacto”.

“Desde luego, es lo que ha gritado el pueblo, lo que nos está pidiendo” señala el de la coleta.

“Bueno, pues cada uno que diga a lo que no quiere renunciar” propone el tercero.

“¿Y si ponéis sobre la mesa lo que tenéis en común, lo que todos buscáis?” La voz de la susurradora retumba en sus cabezas dejándolos desarmados.

Los tres alzan al unísono sus vasos y se los llevan a la boca. Después se miran por primera vez a los ojos.

La mujer pelirroja camina pisando la hierba amarillenta hacia la Harley que ha dejado oculta en la espesura del bosque. Solo un pájaro carpintero se hace eco de su presencia. Ella mira hacia arriba intentando adivinar su escondrijo y guiña un ojo a la nada.

Sabe que regresará pronto y abrirá esa puerta.

Escrito por Sin disculpa (Valencia)

Colonia

Los sucesos ocurridos en la pasada noche vieja en Colonia y otras ciudades alemanas ha abierto la caja de los truenos en esta Europa perdida en sus propias contradicciones.

Un grupo de unos mil hombres, divididos en pequeños grupos, cercaron a mujeres, las acosaron y les robaron en las inmediaciones de la estación central de Colonia.

Las concentraciones callejeras que se producen en las diferentes celebraciones en este mundo y que siempre se complementan con alcohol y drogas, terminan en violencia. No importa la raza ni la nacionalidad de los participantes, ni el evento que se festeje: fin de año, alguna gloria deportiva, último día del curso escolar…

La manipulación de estos acontecimientos también es habitual. Las declaraciones del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, son un claro ejemplo: “Los inmigrantes que Alemania dejó entrar atacan de forma masiva a su población”. Los Gobiernos derechistas de Polonia y Hungría también han usado las agresiones para atacar al Gobierno y a los medios de comunicación alemanes.

Lo sucedido en Colonia sirve de munición para grupos como Pegida o el partido ultraconservador Alternativa por Alemania, que culpa de lo ocurrido a la política migratoria de Merkel, fuerzas que llevan tiempo agitando el aumento de la criminalidad, mujeres indefensas ante la pasividad de la policía… y que ahora creen tener patente de corso para hacer lo que quieran. Se han convocado manifestaciones bajo el eslogan “contra la islamización de Alemania”.

Con la indignación por lo ocurrido a flor de piel y la sospecha de que entre los agresores había refugiados sirios, iraquíes… Pegida convoca manifestaciones con lemas como “Pegida protege”, “Solidaridad con las víctimas de violaciones masivas islámicas”, “Demencia multicultural” … Numerosos extranjeros han sido atacados en el centro de la ciudad a manos de desconocidos. Un grupo de veinte hombres se abalanzó sobre seis paquistaníes cerca de la estación central Según informaciones del diario de Colonia se forman grupos de asaltantes a través dela red social Facebook para ir a la caza de extranjeros en el centro de la ciudad.

Por otro lado, un video publicado en YouTube muestra la profanación del monumento a los judíos asesinados en Berlín por una pandilla de vándalos en plena Noche Vieja. Pese a la presencia en la zona de varios agentes de la policía, el grupo lanzó petardos, saltó entre las simbólicas losas de hormigón y orinó sobre ellas. Un medio de comunicación alemán atribuyó el hecho a la embriaguez de un grupo de jóvenes alemanes perteneciente a grupos de ultraderecha.

Tenemos que confiar en que la investigación puesta en marcha por las autoridades alemanas clarifique que pasó y confiar en que no se haya producido el caldo de cultivo esperado por algunos para justificar actitudes que de ninguna manera son justificables.

Escrito por Aurora (La carrasca)

Colonia

Esta ya la he visto: Star Wars

Comenzamos el año con la crítica de la película: La guerra de las galaxias, el despertar de la fuerza. Es el séptimo episodio y el primero de la tercera trilogía de la saga y la continuación de la primera. Hay que recordar que la segunda contaba lo que había ocurrido antes de la primera.

Dirigida por el prestigioso J.J.Abrams con guion de Lawrence Kasdan, música de John Willliams  nos sumerge en una historia en que los personajes no dan un respiro al espectador con una estética deslumbrante.

Quizás se excede en el metraje, pero retoma el formato de la primera parte de la saga que tanto se echó de menos en la segunda. Recupera a Han Solo, que ha envejecido muy bien, a la princesa Leia, tan desustanciá como siempre y a Luke Skywalker tan anodino como de costumbre.

Los nuevos personajes que hacen de malos nos hacen añorar al malo malísimo Darth Vader pero está compensado con la inclusión de Finn, un personaje sin el menor interés al que interpreta horrorosamente un actor negro.

Pero si este tipo de películas hace que el público disfrute del cine en pantalla grande y a oscuras, y acuda masivamente al espectáculo, hay que felicitar a sus creadores en una época de agonía de este arte.

Ir al cine siempre es una buena opción…

El cine de los sábados

Voces de Chernóbil

Primera escritora de no ficción galardonada con el Nobel, Svetlana Alexiévich narra la odisea final del imperio soviético

Pocos libros leídos en estos últimos tiempos me han producido el impacto de estas Voces de Chernóbil, de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, recientemente elegida Premio Nobel de Literatura 2015, y primera escritora de «no ficción» que recibe el más conocido galardón literario del mundo. Elegí el libro un poco al azar, por curiosidad, llevado de mi interés por todos los temas relacionados con la desaparición de la URSS, y estimulado por mi ignorancia sobre el verdadero alcance y sentido del accidente de Chérnobil. Pero fue abrir el libro, leer la primera «voz» (la de la mujer de un bombero que acudió la misma noche de la explosión a apagar el incendio en la central y murió a los quince días a causa de la radiación) y sentí no sólo la conmoción absoluta que provoca esa historia, sino toda la grandeza del trabajo literario de una escritora que ha rescatado para nosotros la memoria viva de un periodo crucial de nuestra historia colectiva.

Hija de dos maestros, él bielorruso y ella ucraniana, Svetlana Alexiévich nació el 31 de mayo de 1948 en el pueblo de Stanislav, en la Ucrania soviética, pero se crió en la república soviética de Bielorrusia. Estudió periodismo en la Universidad de Minsk desde 1967 y al graduarse marchó a la ciudad de Biaroza, en la provincia de Brest, para trabajar en el periódico y en la escuela locales como profesora de historia y de alemán. Durante un tirmpo se debatió entre la tradición familiar de trabajar en la enseñanza o dedicarse al periodismo. Desde sus días de escuela había escrito poesía y artículos para la prensa escolar y también en la revista literaria Neman de Minsk, donde publicó sus primeros ensayos, cuentos y reportajes.

El escritor bielorruso Alés Adamóvich la inclinó a la literatura, apoyando así el nacimiento de un nuevo género de escritura polifónica que se conoce como «novela colectiva», «novela-oratorio», «novela-evidencia» o «coro épico», entre otras fórmulas. En esos textos, a medio camino entre la literatura y el periodismo, Alexiévich utiliza la técnica del collage, yuxtaponiendo testimonios individuales, lo que le permite acercarse con más intensidad a la sustancia humana de los acontecimientos. Para construir sus «crónicas», Svetlana tuvo que transformarse en viajera: visitó casi toda la Unión Soviética.

Utilizó esta técnica en su primer libro: La guerra no tiene rostro de mujer (1983), en el que, a partir de entrevistas, abordó el tema de la participación de las mujeres rusas en la II Guerra Mundial. El estreno de la adaptación teatral de esta obra en Moscú, en 1985, supuso un gran antecedente en la glásnost (o apertura del régimen soviético) iniciada por Mijaíl Gorbachov. En Los chicos de zinc (traducida a veces como «Ataúdes de zinc»), de 1989, compila un mosaico de testimonios de madres de soldados soviéticos que participaron en la guerra de Afganistán. En Cautivos de la muerte, 1993, ofrece la visión de aquellos que no pudieron sobrevivir a la idea de la caída del régimen soviético y se suicidaron. Voces de Chernóbil (1997) expone el heroísmo y el sufrimiento de quienes se sacrificaron (o fueron sacrificados) en la catástrofe nuclear de Chernóbil. Libro traducido a veinte idiomas, todavía sigue prohibido en Bielorrusia. En su última gran obra, Época del desencanto. El final del «homo sovieticus», publicado a la vez en alemán y en ruso en 2014, lleva a cabo un extenso retrato generacional de quienes vivieron la dramática caída del imperio y el estado soviéticos. También ha compuesto numerosos guiones para documentales y varias obras de teatro.

La obra de Svetlana Alexiévich es una crónica personal y un fresco impresionante de la historia de los hombres y mujeres soviéticos y postsoviéticos, a los que entrevistó para sus narraciones durante los momentos más dramáticos de la historia de su país: la II Guerra Mundial, la guerra de Afganistán, la caída de la Unión Soviética y el accidente de Chernóbil. Enfrentada al régimen autoritario y a la censura del presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, abandonó Bielorrusia en el año 2000 y vivió en París, Gotenburgo y Berlín. En 2011 Alexiévich volvió a Minsk. Varios libros suyos fueron publicados en Europa, Estados Unidos, China, Vietnam e India. En la actualidad la mayoría de sus obras fundamentales ya tienen traducción al español.

En Voces de Chernóbil Svetlana Alexiévich construye una polifonía narrativa desgarradora en torno a un suceso que ella considera como uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX (a la altura del Holocausto o el Gulag): la exploción de un reactor nuclear en la central de Chernobil el 26 de abril de 1986. Tras ocultar durante varios días la envergadura del hecho, las autoridades soviéticas (con Gorvachov al frente) no tuvieron más remedio que afrontar la realidad cuando desde Suecia o Alemania se detectó la llegada de la nube radioactiva. La todavía existente URSS movilizó entonces a cerca de 800.000 efectivos para tratar de afrontar la situación: la mayoría eran soldados de las distintas repúblicas que fueron reclutados bajo engaños y amenazas (la teoría de un ataque o un sabotaje imperialista se mantuvo durante todo ese periodo de reclutamiento). Batallones enteros de «liquidadores» (así se llamó a quienes se encargaron de «liquidar» las consecuencias del accidente de Chernóbil), sin el equipamiento adecuado y sin mucho conocimiento de a qué se enfrentaban realmente, colaboraron con el ejército para llevar a cabo la evacuación de la población de la  zona más contaminada (treinta kilómetros alrededor de la central), el «entierro» de la capa más contaminada de la tierra, la tala de los bosques, la eliminación de los animales vivos, etc. Mientras tanto, se llevó a cabo un trabajo suicida para evitar la explosión en cadena del reactor (echando encima toneladas de materiales diversos) y, posteriormente, se construyó un sarcófago de hormigón en torno al reactor. Prácticamente todas las personas que llevaron a cabo estos trabajos en las inmediaciones de la central han fallecido ya: o directamente por la radiación o a consecuencia de distintos tipos de cáncer. No existe una cifra oficial de las personas que han muerto en Ucracia, Rusia y Bielorrusia como consecuencia del accidente de Chérnobil. Ni siquiera hoy, treinta años después. Pero en Bielorrusia, por ejemplo, los casos de cáncer se han multiplicado por 75. La zona que rodea Chernóbil es aún zona prohibida para la vida y la agricultura. Los efectos nocivos de la radiación durarán miles de años.

Voces de Chernóbil no es un libro técnico sobre el accidente, ni una reconstrucción rigurosa de los hechos, ni un memorándum sobre cómo este hecho contribuyó a la implosión final de la URSS. Svetlana Alexiévich lo subtitula «Crónica del futuro». Todo el libro (articulado a partir de monólogos de personas que sufrieron de una u otra forma los efectos de la catástrofe) tiene un aire de trágico presentimiento. Lo que traslucen las voces de los sin voz, la «historia oculta» contada por el pueblo, es algo que va más allá de un destino acatado. Más allá del dolor, del sufrimiento y del sacrificio (a veces heoico) se esconde una reflexión esbozada e inquietante sobre esta nueva, moderna, desconocida y letal «amenaza» que pende «invisible» sobre nuestras cabezas. Sobre toda la humanidad. Chernóbil cambió no sólo la forma de vida de millones de personas; cambió también sus valores, el sentido de su existencia, su forma de relacionarse, su forma de ver las cosas, su concepto del tiempo y de la técnica, la idea de las amenazas a las que nos enfrentamos. En definitiva, Chernóbil marcó un antes y un después en la historia humana. Y esto es algo que difícilmente se percibe si no es a través de la lectura de un libro como este. Un libro prácticamente obligatorio

Manuel Turégano

Terror en Valencia (IIIIII sextus)

Corría el año del señor de dos mil quince, ¡Uy perdón!, eso era otra historia. Ya hace algún tiempo, esta sí (¡eeeee…Hoo ha!), alguien me conto un misterioso relato, que no sé por qué, a mi me recordó una gran película “los pájaros” del inmenso, y no por su circunvalación estomacal, Alfred Hitchcock, donde chillaba mucho una actriz, Tippi Hedren, sí la mamá de nuestra Melanie, ex banderas (es que siempre aparece mi faceta de cronista rosa). En fin, voy a intentar relataros la historia tal como me la contaron…o no.

Era una tórrida tarde de verano. Todo estaba en calma, como para moverse, con casi cuarenta grados a la sombra. Sin embargo, en el aire flotaba un halo de desconfianza, mejor dicho, de terror. Vosotros pensareis que estaba provocado por ese bochornoso, a la vez que pegajoso ambiente. No obstante, no se trataba de la temperatura, tampoco de los mosquitos tigre (es por las rayas, aunque parece más adecuado denominarlos mosquitos diplodocus), Entonces, ¿cuál era su origen?, ¿eran palomas?, esas ratas del aire, no. Tampoco estaba motivado por esos simpáticos y…tan valencianos animalitos que merodean por nuestras casas las largas tardes de verano, sí, los murciélagos,  y que nos deleitan con sus vuelos circulares. Nos estamos refiriendo a los pájaros, ni tan siquiera a los pájaros de los partidos políticos (donde pululan más que nada esos buitres…). Nos estamos refiriendo a esos, cada día más abundantes, pájaros verdes, si, esas bandadas de loros de color verde, las conocidas como “cotorras argentinas”. No, de verdad, sin ánimo peyorativo, no se trata de calificar a las señoras de ese lindo país americano,  que además, como las de aquí, están caracterizadas por no dejar de hablar, “esteeeeee, que bueno que viniste, pero…me da bronca que vos estés psicoanalizándome todo el rato”.  En fin, como ya hemos dicho, se trata de esas aves, que serían preciosas si dejaran de gritar constantemente y, que se reproducen a un ritmo vertiginoso, cual conejos voladores, en apenas unos años ya contamos con unos 20.000 ejemplares y…subiendo, a estos pájaros no se les puede decir eso de… ¡no hay huevos!

Desde mi modesto punto de vista, este incremento también se podría deber a la constante actuación de la incentivadoras “abuelas dadivosas”, si esas que tiran comida delante de tu patio… ¡señora coja ese mijo y métaselo usted un poquito… en su casa!, porque estas cotorras (tampoco hablo de mis vecinas), son como buitres, sobre todo por sus deposiciones paquidérmicas, capaces de ocultarte medio coche…

Pues lo dicho, quien me lo contó, hizo especial hincapié en su reacción, pero vosotros ¿que creéis que sucedió?… ¿se quedo inmóvil?, como si le hubiese dado una “pájara ciclista”. O bien ¿sintió verdadero terror?,  al observar la bandada cotorrera volando como una inmensa masa verde en movimientos de aproximación de ataque hacia sus ventanas. Pues bien,  fruto del propio “pánico pajaril”, mi confidente con la rápida reacción que la situación requería, procedió a cumplir con el difícil objetivo de cerrar todas las ventanas…me estoy imaginando la escena con los ojos de las cotorras inyectados en sangre…en “modo depredador” aproximándose a sus ventanas y, la  posterior reacción del/la cronista, con un soplido relajante… ¡uf por los pelos, o más bien por las plumas!, antes de descubrir que todavía quedaba un “comando cotorrero” apostado en su balcón (creo que incluso no ha vuelto a abrir dicho mirador). También me confesó que no tenía tanto miedo al ataque pajarero, como a que se le colaran en casa…vaciando la despensa y  hasta la nevera…sí, podéis reíros lo que queráis, pero yo, al instante, recordé una escena de “Jurassic Park”, donde los velociraptors sabían abrir puertas, con lo cual las cotorras argentinas, con lo pájaras que son…de cualquier modo, tras el relato me pregunto ¿estamos seguros?, ¿nos tienen rodeados?,  ¿son capaces de comerse los CD’s colgados en nuestro balcón?. En definitiva, nada que ver con aquellos maravillosos animalitos que bailaban al son de un acordeón, aunque a más de un@ también le aterrorizaba esa bella melodía. Por supuesto, yo de vosotr@s revisaría los arboles cercanos a casa…y, por supuesto, tened mucho cuidado al cruzar la Gran vía, ya sabéis…estamos en época de estorninos, que también los tienen que espantar a petardazos…mientras tanto…¿disparan  una Mascletá Cotorrera?, o como el presupuesto mengua ¿abrirán la veda del estornino en tan importante vía de Valencia?.

(©Viriato, en cualquier w.c. de España)

Karuk: cuaderno de bitácora XVII

«Encerrado en un cuerpo equivocado,  con mil llagas en las manos,  luchando por vivir  dentro del huracán que le atropella,  que le asfixia y que le atrapa,  que tanto le hizo sufrir.  Lo importante era al fin,  su manera de sentir.  La esperanza le jugó malas pasadas,  devolviéndola en revancha  el afecto que entregaba;  y aún el huracán le atormentaba  esos sueños que anhelaba  sentir como una flor;  donde no existe condena,  si se trata de él o ella…»

Letra de «Como una flor» Malú

Hoy me he preocupado mucho por mi amiga Roberta. La encontré esta mañana con la mirada pérdida hacia ningún lugar y por una de sus mejillas caía de forma silente una gota de ese líquido que ya se me antojaba familiar. Su puño derecho atrapaba, hasta casi dejar sin sangre algunas zonas, lo que parecía ser un papel. No me atreví a decir nada, intuí que no era oportuno.

Cuando transcurrió un tiempo que entendí razonable me acerqué a ver cómo se sentía. No la encontré, en su lugar sólo hallé un papel muy retorcido sobre la mesa. Se trataba de una noticia del periódico. «Alan, un menor transexual de Barcelona que logró cambiar su DNI, se suicida por acoso». Recordaba que mi amiga y yo habíamos comentado que un juez había autorizado, en el papel que los habitantes de este país utilizan para identificarse ante los demás legalmente, su cambio de nombre. A Roberta le pareció una gran noticia, me explicó que existían personas que se encontraban encerradas en un cuerpo y una identidad legal que no se correspondía con su identidad real. Me habló de su lucha, sus reivindicaciones, su SUFRIMIENTO.

El tema no me resultaba ajeno, en mi planeta también sucede, pero esto no supone un problema, entra dentro de lo que denominamos reasignación de código alfa. Cuando es detectada la derivación de código alfa, damos prioridad a su reasignación para evitar cualquier potencial problema producido por dicha derivación, por ello no nos enfrentamos a este tipo de situaciones. Aunque no siempre fue así, nosotros también sufrimos una fase de intolerancia y temor que nos llevó al límite, aproximándonos a la autodestrucción y desaparición del planeta. Esto nos hizo enfrentarnos a estos modos de actuar tan poco constructivos y tener así una segunda oportunidad. Aprendimos muchas lecciones y una de ellas fue la de respetarnos unos a otros, admirar nuestra belleza como seres vivos y amar nuestra diversidad, es lo que nos engrandece y nos ha hecho ser un pueblo evolucionado.

Leí la noticia y me quedé helado, cuando todo parecía que empezaba a encajar en la vida de Alan, cuando el sufrimiento de los años vividos comenzaba a dar algún fruto, nuestro pequeño Alan se rompía para siempre.

Las personas que habitan este planeta, esos seres que tanto he admirado antes de llegar a la Tierra, deben hacer una profunda reflexión. Cuando un niño se quita la vida por no poder superar la terrible presión a la que se le ha sometido desde corta edad, creo que deberían pararse y pensar que algo no va bien. El odio al distinto, «al diferente» (afortunadamente, todos los seres de este planeta lo son), es instalado en los más pequeños por una sociedad enferma. Sí,  enferma. Me atrevo a afirmarlo porque nosotros, mi pueblo, ya pasó por eso y sé de lo que hablo, y por eso puedo decir que sólo desde la educación, el conocimiento y el RESPETO, se puede comenzar a caminar.

La diversidad de género existe, hay personas como tú que lo pasan mal y tienen su vida mucho más difícil porque el resto se empecina en que así sea.

Ahora os hablo a vosotros: os hace sentir fuertes y grandes el hecho de insultar, perseguir, condenar, prohibir, castigar e impedir el sano desarrollo de vuestros semejantes. Os hace sentir a salvo de otros que tal vez quieran hacer lo mismo con vosotros, gente de vuestra misma calaña. Es fina la línea, creedme.  Mañana, tal vez seáis vosotros los que sufráis la pequeñez, la ira y la miseria de otro que, como vosotros, tiene la cobardía instalada en su alma.

Roberta Taro

Hacienda somos todos (algunos más que otros)

Dicen que hay parejas que por muchos años que se mantengan juntos siguen queriéndose. Eso seguro que nadie lo pone en duda, pero también hay amores que matan, y si no que se lo pregunten a las cinco víctimas de la violencia machista que llevamos en los pocos días de este extraño 2016. Que el amor es ciego es una verdad de la misma categoría que las anteriores, pero ¿además de ciego es sordo? pues parece que también.

Escuchar la defensa de uno de los padres de la Constitución, Sr. Roca, de su excelentísima clienta con el argumento de desconocer las actividades de su marido deportista, claman al cielo, al igual que el fiscal del caso que también la cree inocente.

Pero estamos en el tiempo en que es de recibo hacer caso al pueblo llano (la plebe), ese grupo minoritario (hay siete millones que prefieren en cerrojo de Rajoy) en paro o con contratos peores que basura que no dejarán de dar la paliza hasta que no condenen a alguien con apellido ilustre.

Y montan un sainete de dimensiones históricas. El banquillo espectacular, todos y sin cartelito conocemos el noventa por ciento de los nombres y apellidos de los acusados, pero en el banco lateral los ataviados con legales togas los hay que argumentan, que la esposa del emprendedor más conocido de este país es inocente, que no existe jurisprudencia para acusarla, que el dinero escaqueado no pertenece a nadie, que el eslogan “hacienda somos todos”, no es más que eso, un eslogan.

Me temo que, a pesar de ser el proceso más mediático de los últimos años, se dilatará en el tiempo y no conformará a nadie. La ilustre imputada se saldrá de rositas y continuará como clase privilegiada disfrutando de sus privilegios.  Y si no, tiempo al tiempo.

Mambrina

Comer por 1 euro: Verdura con mantequilla

INGREDIENTES:

700 grs. De zanahorias

100 grs. De mantequilla

Sal, pimienta, harina (una cucharada)

Una pizca de azúcar

½ de caldo

ELABORACIÓN:

 Lavar, pelar y cortar a bastoncitos las zanahorias. Derretir en una cazuela la mantequilla y cuando esté espumosa verter las zanahorias. Dejarlas 5 minutos y remover. Condimentar las zanahorias con sal y pimienta, al gusto, añadir una cucharada de harina espolvoreándola. Remover y añadir una pizca de azúcar. Después de 2 minutos añadir el caldo. Tapar con una tapadera y regular la llama para conseguir un calor moderado. Dejar cocer durante 20 minutos, removiendo con cuchara de madera de vez en cuando.

Si la salsa queda demasiado líquida aviar la llama hasta que mengue un poco. Retirar las zanahorias del fuego y añadir pequeños trocitos de mantequilla.

Se puede complementar este suave plato con una tortilla a las hierbas aromáticas: basilisco, tomillo o menta fresca, que dan un sabor delicioso y fino.

 Rebelde con causa

Dentro del tiempo

Existe un tiempo dentro del tiempo,

más intenso y real

que el de la eternidad que nos lleva.

Ese que sin lluvia humedece

que sin Sol, a veces, seca.

 

Existe un tiempo

que a la sombra de los relojes respira.

Ese tiempo que en el vacío del día se oculta

y en el frío balcón de la noche asoma.

 

Sí, existe un tiempo invisible,

un polizón en el viaje obligado

de horas, minutos y segundos.

Es ese tiempo

que desde la prisión de cada latido golpea,

un rebelde

que no consigue entender

la condena perpetua que cumple.

                           Ángel Gálvez

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