Me fascinan los hallazgos astronómicos pero, sin duda por mi enorme carencia en la materia, cada vez que anuncian un nuevo descubrimiento, para asimilar su trascendencia, me veo obligada a desentrañar su significado, previa traducción de la noticia a un lenguaje menos críptico. El buscador Google y la mayoría de periódicos del mundo se hacían eco el pasado 23 de febrero de un artículo publicado por el semanario británico Natur, en su Volumen 542 Número 7642 pp392-512, cuyo contenido está online a disposición de todos de forma gratuita. El reportaje, firmado por la periodista científica Alexandra Witze, fechado el día 22-2-2017, informaba en un discurso muy asequible sobre el descubrimiento de siete nuevos planetas situados en la órbita Trappist-1, que no es otra cosa que una enana roja ultra-fría, que se halla a 39,13 años luz de la Tierra, una estrella por otra parte irrelevante hasta que se han descubierto sus mundos. Los planetas no son visibles desde la enorme distancia que nos separa sino solo por las sombras proyectadas sobre su estrella, por lo que las imágenes que acompañan el artículo son recreaciones dibujadas a partir de la descripción de los científicos y la imaginación de los ilustradores.
No es la primera vez que los astrónomos descubren otros sistemas planetarios, pero éste es el primero en tener varios mundos de entre 0,4 y 1,4 veces la masa de la Tierra. Todos ellos orbitan a la distancia correcta para que exista la posibilidad de tener agua líquida en algún lugar de sus superficies, pero de los siete nuevos planetas el denominado “f” al parecer es el más semejante a La Tierra, o al menos es el que está situado en la mejor posición para albergar vida. Entre las conclusiones del artículo dice textualmente:
“Esta es una piedra de Rosetta con siete idiomas diferentes, siete planetas diferentes que nos pueden proporcionar perspectivas completamente diferentes sobre la formación de planetas», agrega el miembro del equipo Julien de Wit, un científico de datos en el MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts), en Cambridge.
Incluso justificando el dineral que cuestan los estudios astrofísicos para descubrir otros mundos habitables, aun con toda la esperanza de llegar entender mejor nuestro mundo, si alguna vez la tecnología permitiese a los humanos viajar hasta órbita de Trappist-1 en un tiempo razonable, yo me hago la siguiente pregunta: cuánto tiempo tardarían nuestros descendientes terráqueos en demoler el planeta “f”.
María Valeska


