El otro día fue el día de la mujer, como notarías por la profusión de mensajes, unos empalagosos y bienintencionados, otros acres y explosivos, en los muros de tus calles. Pero yo me pregunto: si el año tiene 365 días, y este mundo sólo dos sexos, ¿los 364 días restantes son el día del hombre?
Dos sexos siempre se me han antojado escasos, a decir verdad, debería existir al menos un tercer sexo en discordia que imprimiera un poco emoción a esa apuesta tan sosa de niño o niña, un tercer sexo que nos salvara de esta pobreza evolutiva, un tercer sexo que animara el cotarro. Que la vida no es blanco o negro ya lo sabemos desde la irrupción del Technicolor, que entre el hombre-hombre y la mujer-mujer, sin saber bien qué es ninguna de esas dos cosas, existen matices es algo tan evidente como que entre Madrid y Barcelona existen cientos de pueblos donde se hace posible la vida a diario.
Hablando de ciencia ficción y de feminismo, quería aprovechar para contarte la historia
de Lana Wachowski, que dirigió la espléndida película Matrix junto a su hermano, y a la que en 2012 la Human Rights Company le concedió el premio a la visibilidad.
Lana arrancó su discurso de agradecimiento reproduciendo la charla que había mantenido con su peluquero esa misma mañana.
– Nene, que me dan un premio,
– Anda, ¿y por qué?
– Pues no lo sé muy bien, por ser yo misma, creo.
– Bueno, te lo mereces, exclamó el peluquero tras extender la última pincelada de tinte rosa sobre sus rastas. Seguramente seas la mejor siendo tú misma.
Lana, que nació Larry Wachowski, y que en los últimos años fue deslizándose por el lado salvaje de la feminidad, contestó:
– Ya, bueno, tampoco es que hubiera mucha competencia…
– Eso es cierto, respondió el peluquero. Pero imagina que le hubieran dado a otra persona el premio a ser tú. Menudo drama.
Cuando se estrenó Matrix, Lana era Larry, y los flashes lo cegaron de tal forma que pensó que aquello era lo más parecido al infierno que podía imaginar, y sus trabajos dan fe de lo hondo que puede imaginar. Declaró que perder el anonimato- algo que sólo se pierde una vez, como la virginidad- era a todas luces traumático. Y se negó a dar más ruedas de prensa, a comparecer ante ningún medio, decidido con encono a ser invisible. También inició su cambio de aspecto físico, aunque siguió casada con la misma mujer de siempre. Años después, paradójicamente, a Lana le dieron el premio a la visibilidad. Por ser ella misma siendo invisible. Por ser mujer siendo hombre. Por ser sin más.
Bárbara Blasco