LEGADO SENTIMENTAL

legado_ilustracion_eloA lo largo de nuestra vida atesoramos cantidad de cosas entrañables, objetos que apreciamos y que no son en absoluto necesarios, pero de los que nos cuesta mucho desprendernos. En cierta medida cada uno de estos bártulos, los tengamos o no expuestos, traen a nuestra memoria un recuerdo, una persona, un lugar, un paisaje, una música, un momento especial, aromas y sonidos, colores y olores que evocamos al tropezar con cada uno de ellos.

 Cuando nos trasladamos de domicilio, cuando vienen los pintores a casa, en las sucesivas limpiezas que realizamos, o simplemente en esos días en los que imaginamos que tenemos demasiados apegos y nos creemos que, poniendo orden a nuestro entorno, asearemos también nuestra mente, siempre se salvan de la depuración una serie de cachivaches que consideramos demasiado valiosos como para separarnos de ellos. Pueden ser piezas de todo tipo, procedentes de ajuares propios y ajenos: ropa, utensilios domésticos o decorativos, cacharros y enseres que compramos o recibimos como regalo, que jamás usamos o que empleamos sólo una vez, joyas y orfebrería que nunca nos pondremos, el traje de novia, el de fallera o el de la comunión de los niños, piedras y conchas originales que encontramos en lugares remotos que visitamos hace años, colecciones completas de revistas y cómics que en otro tiempo leímos con avidez pero que jamás repasaremos, libros y folletos de viajes tan desfasados que más que información turística nos darían lecciones de Historia, y un largo etcétera que en cada persona puede ser abrumadoramente diverso.

 Por lo que veo en mi entorno, sé que ésta es una flaqueza frecuente en este mundo nuestro de opulencia y, según he podido observar, a todos nos aflige pensar qué será de todo este patrimonio íntimo cuando nosotros faltemos. Una buena solución podría ser que nos fuéramos desprendiendo de estas pertenencias poco a poco, entregándolas para mercadillos solidarios o regalándolas a personas que sabemos que los aprecian. Cuántas veces hemos oído decir a una buena amiga  ̶ Me encanta esa chaqueta negra de cuero que no te pones nunca ̶  O a otro amigo  ̶ Esa caracola que tienes en el baño te la tengo que robar un día de estos ̶   Pero, como he dicho antes, nos cuesta desprendernos de ellos y, aunque alguna vez nos mostremos complacientes, no siempre atendemos sus deseos.

Para evitar que en mi ausencia definitiva todo este delicado patrimonio sea indiscriminadamente depurado, estoy pensando en hacer lo que voy a llamar mi testamento sentimental, y sugiero a mis lectores con apegos similares que hagan lo propio. Tengo bastante claro el destino de determinados objetos, porque conozco el deseo de algunos pero, para completar mi inventario, sugiero a mis amigos y parientes que vayan indicando sus preferencias de manera que nadie se quede sin heredar la bagatela que ambicione.

Esta decisión, y la sugerencia que la acompaña, deben tener por objeto no solo nuestra propia tranquilidad emocional sino también el deseo de dar cierta satisfacción a nuestros allegados, en consecuencia: mi consejo no va dirigido en absoluto a quienes tengan el síndrome de Diógenes en ninguno de sus grados, ¡faltaría más!

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