PUTA VIDA

 

Hace unos días me aseguraron, con asombrosa certeza, que los mejores años de la vida, ese período en que tanto la mente como el cuerpo están en su máximo de posibilidades, es el comprendido entre los 22 y los 36 años. Curioso, cuanto menos. ¿Qué sucede antes? ¿Y después? 

Lo cierto es que para asegurar la veracidad de tal afirmación habría que preguntar a un gran número de personas de diferentes rangos de edad, aquellos comprendidos tanto en esa franja mágica como los que ya, o todavía, radican fuera. Si bien habría que tener en cuenta que la opinión más válida sería la de aquellos que ya la hayan superado, pues serían quienes hablarían desde la experiencia.  

Por mi parte estoy de acuerdo, aunque me encuentro de lleno dentro de la franja, y quien me comentó tal hecho también. Lo único que nosotros podemos asegurar es que, en efecto, a nuestra edad la calidad de vida en todos los sentidos (y la de los pensamientos, espero) es mejor que antes de los 22, cuando el mundo, a pesar de ser ya adultos desde hacía algunos años, todavía era un lugar un poco extraño. Cometíamos muchos más errores, la inmadurez estaba por todas partes, casi la exudábamos, y las posibilidades con respecto al presente eran mucho más reducidas. Como todo el mundo erramos un sinfín de veces, caímos unas cuantas más y, prueba de que ahora puedo escribir este extraño texto, logramos levantarnos cada vez que un hostión nos nubló la mente (entiéndase por hostión más el emocional que el físico, que también hubo alguno). 

¿Y qué acontece después de los 36? Hay quien teme la llegada de ese momento, y también quien vive aterrado pensando en que su cumpleaños está a la vuelta de la esquina, vaya a cumplir 30 o 27; les da igual. El problema es envejecer. A mí, sinceramente, eso de ir acercándome a la muerte paulatinamente es algo que me es indiferente, pues cada etapa de la vida tiene sus ventajas y desventajas, aunque no negaré las ventajas de esta franja mágica que nos ocupa. Habría que revisar cada caso en particular, pues conozco a gente que con veintisiete es un viejo y otras que con cuarenta nos dan cien vueltas, en todos los sentidos, a cualquiera de los que todavía gozamos de tener veinte y tantos.  

De todos modos son muchas las personas de más de cincuenta que me han asegurado que, efectivamente, los mejores años de la vida son los que hemos comentado, y por supuesto su opinión es la que más cuenta.  

Para el resto de mortales, solo decir a aquellos que han superado los 36 que, sin agobiarse, sigan viviendo con las mismas ganas y pasión que a los veinticinco, que por suerte son la mayoría; y a los de menos de veintidós, advertirles de que, casi indudablemente y en la inmensa mayoría de los casos, las mayores hostias de la vida están aún por llegar, y con ellas el valiosísimo aprendizaje y evolución personal que comportan. Así que, andarse con cuidado, pues todavía queda muchísimo aprendizaje por delante.

Salva Alberola

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