Un aroma intenso se eleva desde la taza que sujeta entre los dedos. Ella respira hondo y cierra los ojos, dejando entrar el efluvio mágico hasta que en su cerebro solo existen los matices tostados que hacen viajar hasta la paz de los cafetales.
Hay que dar una oportunidad a la imaginación.
Luego, todavía con los párpados cerrados, aproxima el café a sus labios. El primer contacto ligeramente amargo estimula su paladar.
Hay que dar una oportunidad al placer.
Por fin, abre los ojos y su mirada atraviesa el vidrio de la ventana. En la acera de enfrente, una niña corretea tras un perro. De improviso, éste se vuelve y le regala un lametón que le lava el rostro. Entre carcajadas, la pequeña arruga el gesto por lo inesperado de la caricia y a la susurradora le brota la alegría.
Hay que dar una oportunidad a la risa.
No mires la pantalla del móvil, mira la vida. Está ocurriendo, te está envolviendo con todos sus matices sin que seas consciente de a qué sabe, a qué huele, a qué suena, como brilla o cuánto de suave es. El tiempo pasa y tú te has agarrado a un sucedáneo de existencia que no duele porque no te deja pensar, que solo te da una felicidad ficticia, puntual.
Levanta la vista y observa. Contempla sin miedo. Puede que te tropieces con unos ojos cálidos que te den respuestas, que te hagan sonrojar, que te aceleren el corazón y no precisamente a causa del estrés. Quizás unos dedos temerosos se atrevan a rozar tu piel haciendo saltar chispas en tu mundo ensombrecido a fuerza de whasapp, tweets o me gusta mecánicos. Tal vez una voz ronca te erice los sentidos si desconectas esos auriculares que han anidado en tu cerebro.
Hay que dar una oportunidad al amor.
Sin disculpa