Barología: El antibar u otro bar

Todo comienza con una cinta en la muñeca, resistente al agua, que te convierte en un todo incluido. Sí  gratificante en lo económico, se convierte en una experiencia de inmersión inglesa, donde el personal  acostumbrado a ese público chapurrea con los clientes que no conciben otro medio de comunicación que no sea su lengua.

El consumo logra la atemporalidad y sobre todo la deslocalización. Las vacaciones en el bar paran el tiempo, de hecho son un fin en sí mismo para poblaciones acostumbradas a aranceles altos para las bebidas alcohólicas en su país de origen. No importa la calidad, el grifo de la cerveza es utilizado por los propios clientes para llenar unos vasos de plásticos, ante la mirada aburrida del camarero que ha renunciado a imponer cualquier norma formal a la dispensación.

El vino también tiene sus grifos, blanco, rosado y tinto, los pruebo y entiendo ese concepto de “hecho con polvos” que siempre he oído a los amantes del vino recio. El gusto indescifrable, me dan ganas de seguir el serpentín para ver lo que hay detrás, renuncio inmediatamente, “¡…para qué!”. El ballet de idas y venidas a los grifos, se desarrolla alrededor de una piscina no muy transitada y rodeada de hamacas que ocupan personas de piel blanca convertidas en rojo gamba. Edades medias altas, bien tatuadas y por lo general de anatomías globosas. Fuera unos paisajes magníficos que posiblemente disfruten en un paseo en autobús, por supuesto descapotable, para que no se escape un rayo de sol.

Dado esa cualidad de barólogo  que me lleva a enrollarme con el personal, le pregunto qué les parece. No muestran mucho espíritu crítico, en primer lugar porque cumplen la primera regla del oficio, no hablar mal de un cliente con otro. Uno sonríe y me dice que el otro día uno le dijo que le  encantaba sus vacaciones en Grecia, que más da, Fuerteventura es también una isla, y equivocarse de mar una nadería.

Al igual que me pasa cuando después de unas elecciones en España, me lleva a ver por la calle con toda persona que me cruzo, a ciudadanos que apoyan con su voto la corrupción del PP, veo a los clientes peripiscineros a los miembros de esas “clases populares” que han apoyado el brexit. Cuando estoy con esa melonada de pensamiento,  recuerdo que la Thatcher logró acabar con la huelga permanente de la Minería, pagándoles vacaciones en Canarias, una especie de desmovilización mediante la movilización vacacional.

Siguiendo con esos pensamientos me dirijo al chiringuito y veo un excelente ron canario, le pido, un ron en “strike” y me dice que ese es pagando, los gratis son los de la balda de abajo. Inmediatamente cambio de ron, y me doy cuenta que estoy poseído por el espíritu de la pulsera de plástico.

… ¡Otro día será!

Julio García

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