Aprovecha su vida al delicado modo mediante el sutil y paciente hábito de ver la hierba crecer. Vinculado a la federación de seres escasamente visibles su principal ocupación lo convierte en testigo y hasta en espía, pues cobijados en profundas cuencas, sus ojos entornados le permiten distinguir los colores de la niebla, las sombras de las hojas, las vetas de la piedra, a veces el iris del metal; intuye escenas en los caligramas de las nubes, aspira el aroma de la tierra en los barruntes de lluvia y el detallado equilibrio del rocío sobre un pétalo le arrellana la jornada; de las aves mudo compañero, parejas de mirlos retozando entre acantos, o gorriones hambrientos de pan olvidado o tortolicos en celo colman físicos sus deseos de elixir eterno y juvenil. Silencios prolongados arrebatan de arrepentimiento su palabra, puesto que jamás se le oyó sentencia ni murmullo alguno. Es como usted o como yo, amable lector, sólo que al revés, por estar ausente su parlamento de cualquier asomo de crítica infundada. Solitario y urbano vive absorto en la visión de pinos, cipreses, ficus, acacias y palmeras de ultramar, de magnolios náufragos como él mismo, de los aguados arrayanes jazmineros y a veces de algún rosal, ciclámenes y geranios supervivientes, hiedras y setos, analizando la caprichosa gravedad que unos y otros aplican a sus hojas. Todo ello le despierta curiosas y relativas reflexiones. Desconocedor de la muerte ignora el miedo logrando así una suerte de eternidad animal muy propia de dioses.
Sin hambre, sin sed, sin envidia, sin usura, sin mecánica servidumbre, sin anhelo de puesto, con rancios vicios ocultos, huraño, toscamente airado, macizo y musculado, altivo, expoliado, guardián de secretos, impertérrito, áureo, marmóreo, ilegal y libre. Perpetuamente encaramado a un delfín sobre un pedestal y a éste adosada una leyenda vacía, su húmeda sombra alberga escarceos enamorados, jocosas burlas de mendigos, devaneos mercantiles de la risa y hasta crueles juegos de juventud. Enfrente, en lugar privilegiado y con mucha más enjundia, vasallos otoñales adoran ritualmente una figura ecuestre afanosa de conquistas.
La ciudad se desacostumbró a su presencia ignorando por completo su reinado. Sólo algún bárbaro tuvo la ocurrencia de homenajearlo con una buena pedrada en la sien. Rodeado de autos y surtidores, y no solo de agua, también de petróleo, sobrelleva el ruido del tráfico con dignidad, a los adoradores del consumo en el trajín de su templo con ironía, a la prisa social con asombro y a la reivindicación con un guiño.
Si todavía existe un humano con el aplomo necesario para dejar escapar el 81, el 31, y hasta el 26, tiene a su alcance la compañía del hijo de Saturno garante del anclaje armonioso de las olas mecidas en la arena, del temporal angustioso o del desmedido exceso fluvial.
Ejercicios de autoestima con Neptuno en su Parterre dentro de la ciudad, al alcance de cualquier mano.
Ramón Díez