Un amigo se queja en su blog de que la ciudad está tomada por los turistas, las motos y los veladores en las aceras, en fin, por todo lo que vamos amontonando a nuestro alrededor para nuestro falso confort. También la gente suele quejarse de la suciedad que dejan sobre el pavimento las bayas y hojas que caen de los árboles, los excrementos de los pájaros, los orines de perros (y de humanos). Si por algunos fuera, se talarían árboles que tanto ensucian en otoño y se exterminarían pájaros, esos seres tan molestos que picotean cacahuetes de las mesas en las terrazas.
Pero nadie señala algo
mucho más palpable que producimos a diario y en cantidades desmesuradas: la basura. Es difícil pasear sin ver, arrimados a la acera, esos enormes contenedores que, en ocasiones, despiden olores de ultratumba. Alrededor de ellos aparecen diseminadas algunas muestras de nuestra selecta cultura: alimentos rancios, envases vacíos, ropa sucia, juguetes destrozados… y algún inodoro desechado con huellas inconfundibles de nuestra excelsa humanidad. ¿Tiramos demasiado o tenemos demasiado? Si en alguna época venidera nos estudian futuros arqueólogos, se quedarán pasmados por tal abundancia de alimentos, enseres, tecnología… pensarán que fue la abundancia lo que nos extinguió. Y no me extrañaría. Producimos y consumimos más de lo necesario, estamos de todo hasta las cejas, al menos en nuestro mundo “desarrollado”. Debería llamarse así por la cantidad de basura que desarrollamos y tratamos de ocultar en contenedores. Inmundicia y restos de nuestro bienestar que algunos desposeídos, montados en bicicleta, lanza en ristre, rescatan para subsistir. Personajes anónimos que trepan a los contenedores ante nuestra pulcra mirada, seres humanos que para ciertos espíritus “sensibles” también forman parte de la basura.
Susana Benet