SINTAXIS

Abandonar aquel pequeño transistor dentro de un bolso tuvo consecuencias imprevistas. Cuando sus envejecidas pilas fenecieron un licor viscoso fue embadurnando los objetos más próximos que lo rodeaban: una agenda telefónica, dos recibos de la luz, un monedero huérfano y un lápiz de memoria. Al verse este último acorralado por la creciente inundación, de su estrecha ranura fueron saliendo angustiadas una tras otra todas las palabras encerradas.

         Imposible discernir si naufragio o fuga de prisión, el caso fue que al poco tiempo aquel bolso rebosaba mensajes inconexos por sus paredes, descendían a modo de catarata entre la cajonera ciega del armario y atravesaban los quicios de sus puertas para brotar por el pasillo como un río cargado de significantes.

         Un perro analfabeto que compartía la vivienda, percibiendo aquel caudal ladró algo incomprensible y se refugió en su habitáculo.

         Las palabras libres generan vida, no se nos había ocurrido, pero así es. Y así fue. Despojadas de la apretura en que vivían desde su nacimiento fuéronse ubicando por diferentes habitaciones de manera silenciosa, algo lógico por tratarse de escrituras cuya característica más elemental es la sordera.

         Como buenas ciudadanas los primeros grupos se formaron según afinidades léxicas de vecindad. Tahona, vaharada, zanahoria, deshuesado y cacahuete formaron una sociedad gastronómica de haches intercaladas cuya misión principal era cobrar furtivamente piezas en forma de errores ortográficos. Más animadas eran barrio, percanta, berretín y atorrante formando malevas parejas de tangos en una milonga de arrabal instalada sobre las maltrechas baldosas de la terraza. Atracción, deseo, amor, desencanto y odio una gráfica cartesiana de sube y baja. Represión, locura y éxito optaron por presentar una candidatura electoral centrista. En fin, así sucesivamente.

         Semejante cohabitación, por carecer de fronteras, convivía pacíficamente a través de la ignorancia mutua de su existencia. Un truco elemental y efectivo sin lugar a duda. Los primeros conflictos no obstante se entablaron a partir de las más elemntales asociaciones: Te quiero despertó ocultos anhelos de propiedad; Vete de aquí, la sensación de patria, de primeras identidades; Déjame en paz, una abierta hostilidad.

         La caja de Pandora reabría sus puertas. A las asociaciones binarias y ternarias sucedieron frases cargadas de enigmas: No consentiré que te hagan daño o Ten un poco de sentido común albergaron la posibilidad de formas más complejas al estilo La práctica demuestra que la constante divulgación de informaciones ofrece una buena  y verificable oportunidad de compartir conceptos participativos, lo que contribuyó en buena medida al aburrimiento y desencanto de amplios sectores semánticos que desembocaron en sutiles y amenazadores puntos suspensivos diseminados por el cuarto de baño: Si me hubieran dejaran a mí…, Verás que pronto le corto las alas…, Ya era hora…, llegando al radicalismo de la tiránica interjección ¡Bajo ningún concepto!

         Las palabras iban y venían enloquecidas y algunas con estudios cristalizaron por la librería creando nuevas formas de dominio: pendrive, skype, overbooking o cash-flow que sin aportar nada nuevo llegaron incluso a empeoraron las cosas. Pero la palma del desfase la acuñó De alguna manera tuve la sensación de que debía optimizar recursos. Ahí queda eso; se instaló debajo de la cómoda y no hubo forma de desalojarla ni siquiera con amenazas tales como objetivo a medio plazo, a nivel de proyecto o integración multicultural, grupos de hondo calado disuasorio.

         La prosa abrió paso a la rima, ésta al verso suelto y la metáfora se instaló entre ambas como un alivio de expresión matizada para convertir escalera en deseo, puerta en duda, velas en alas y oscuridad en silencio. El teatro permanecía agazapado esperando oportunidad humana que le diera energía suficiente y el ensayo se giró de espalda para continuar a lo suyo. Biografías, tratados enciclopédicos, cartas de amor, periódicos, catecismos, anónimos, canciones, cuentos, crucigramas, novelas, crónicas, mitos, sumarios, carteles y anuncios clasificados partieron de aquel adminículo memorístico con forma de enchufe para asaltar los rincones de aquella morada a veces inocente, otrora canalla. En sus empingorotadas noches oíanse afligidos llantos de palabras marginales desde su amargo destierro. Eran los mugidos del escroto, lamentos de crótalo, gemidos de la presbicia. Un horror.  

         Para qué engañarnos, procurar el final de este cuento no es fácil y no por ello se merece una aspiradora que borre de la moqueta todas y cada una de las letras, ni necesita de mopa que limpie, fije y dé esplendor al parqué del salón. Las palabras conviven entre nosotros desde la infancia y dicen que configuran nuestro quehacer. Las palabras son libres dentro de las personas que quieren serlo y para ello no hay reglas, no hay truco, ni verdades inagotables ni dioses que las conduzcan. Eso sí, estimados lectores y usuarios, ya puestos en su manejo procurad hacerlo con la soltura que otorga la sencillez de lo breve. Por eso mismo, Fin.

Ramón Díez

  

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