Desde hace 35 años España se ha caracterizado por el bipartidismo, por la polarización izquierda/derecha; desde 1982 los dos grandes partidos, PP y PSOE, se han ido alternando en el poder merced a unos votantes que en líneas generales eran fieles y votaban a su partido con independencia de que su trabajo en el gobierno fuera bueno, malo o regular. Digamos que solía ser un voto más visceral que cerebral. Cierto es que ambos partidos, históricamente, se han destacado por determinadas políticas que en un momento u otro les han permitido gobernar; así, la derecha se ha caracterizado, o eso dicen, por gestionar mejor las políticas económicas mientras la izquierda, a su vez, se caracterizaba, o eso dicen, por gestionar mejor las políticas sociales.
Sin embargo había -y hay- un matiz, en absoluto baladí, que ha diferenciado desde siempre a ambas formaciones. El PP ha sabido aglutinar siempre entre sus filas todo el espectro de la derecha; de los más liberales a
los más radicales (ultraderecha) se encuentran al abrigo del partido. Esto no ha ocurrido nunca en la izquierda donde, además del PSOE, encontramos otras fuerzas de corte socialdemócrata, cuando no izquierdista o comunista y tanto a nivel estatal como autonómico (IU, ERC, Podemos, Compromis…).
Por la tanto puede entenderse la fidelidad del votante de derechas ya que, amen de otras consideraciones por todos conocidas, no tiene muchas más opciones de voto salvo grupúsculos de poca entidad y de carácter fascista como Vox, España 2000 o Democracia Nacional. Esto y que a ese votante no le interesa tanto el bagaje de su partido en la labor de gobierno como el hecho de que el contrario tenga la más mínima posibilidad de gobernar, tenga éste las siglas que tenga.
En la izquierda esto no es exactamente así: es verdad que sigue existiendo ese votante fiel que hace lo mismo elección tras elección; pero de unos años a esta parte ha ido creciendo un colectivo de izquierdas que castiga a su partido; es decir, si mi partido no lo hace bien o no cumple las expectativas depositadas, en los próximos comicios no le votaré y buscaré otra opción de izquierdas…o directamente, no votaré.
Porque cuando ves que la política económica del PSOE se parece demasiado a la de la derecha sus votantes, más escorados hacia la izquierda que hacia el liberalismo, se sienten desencantados. De la misma manera que cuando vemos a Podemos decir que su origen ideológico es el comunismo o el marxismo y luego presentan un programa económico de corte socialdemócrata, según dicen, sus votantes se sienten engañados. O vemos a IU, abiertamente comunista, pactando con Podemos: sus votantes se sienten directamente traicionados.
Por todo esto es evidente la diferencia entre los votantes de derechas y los de izquierdas; incluso se han radicalizado las posturas: en un alarde de perversión increíble el votante del PP reconoce abiertamente que “para que me roben los otros que me roben los míos”; el votante de izquierdas hace algo parecido pero con los partidos de izquierda: de tan crítico que quiere ser con el partido al que vota creo que se ha pasado de frenada. Esto es, no quiere que gobierne la derecha pero no va a votar porque ninguna de las opciones de izquierda le convence con lo que le da la victoria a la primera. En este caso a mí no me sirven las quejas y las rasgadas de las vestiduras de aquellos votantes de izquierdas que no han votado. No tienen, en mi opinión, ningún derecho al “pataleo”.
Y es que gracias a ese 4% más de abstención de estas elecciones con respecto a las del 20D, efectivamente se ha producido el tan manido “sorpasso”. Pero no el que muchos pensábamos. La sorpresa nos la ha dado el PP, que ha vuelto a ganar incluso con más votos y más escaños, ya que ha recuperado parte del voto que se fue a C´s y también se lo ha arrebatado al PSOE. Y, aunque Unidos Podemos conserva sus 71 escaños, que nadie se engañe: ha perdido más de un millón de votos. De no haber concurrido en coalición, Pablo Iglesias y los suyos se habrían dado un tremendo batacazo.
Y ¿dónde nos lleva todo esto? Desde luego que los votantes deben ser críticos…hasta cierto punto. Rebasado éste se corre el riesgo de que el contrario te adelante y, sinceramente, el votante de izquierdas creo que está pecando de exceso de celo, que se mira demasiado el ombligo y con ello permite precisamente lo que no quiere: un gobierno ultraliberal en connivencia con empresarios y otras instituciones ultraliberales; de ahí que volvamos a ver un mapa de España con tonos azules. La izquierda de este país está completamente dividida y de eso se aprovecha el PP. “A río revuelto, ganancia de pescadores”.
Moska