Hay dos cosas que cada vez me seducen menos: el sadomasoquismo, sobre todo de mitad de palabra hasta el final, y la vida vivida a través de un avatar: ya sea un perfil de Facebook o un desdoblamiento esquizoide de personalidad in situ, es decir habitar en esa capa entre la troposfera y la estratosfera, donde se dan las condiciones idóneas de frivolidad y artificiosidad para que crezcan fuertes y sanas todas esas proyecciones de identidad delirantes, emperifolladas y, las más de las veces, ridículas.
Puede que ambas cosas no estén relacionadas o puede que sí (escribir no deja de ser tirar flechas a diestro y siniestro).
El caso es que desde que dejé el sadomasoquismo, que practiqué de forma amateur a decir verdad, y los machotes malotes fueron despojándose de lujuria para ir cargándose de compasión, desde que ÉL es sexy y es bueno, es sexy porque es bueno, es bueno porque es inteligente (la bondad es la forma más refinada de la inteligencia), cada vez me da más pereza y también más vergüenza sacar a pasear al avatar, lanzar al mundo esa identidad que pretende ser un compacto boomerang y que resulta ser un bote de humo mal tirado.
He llegado a la conclusión de que cuanto más necesitamos construirnos desde fuera, más dolor nos está mordiendo las entrañas, cuanto más dolor, más necesitamos construirnos desde fuera: ahí está la relación.
Llámame misántropa pero empiezo a imaginar un futuro no muy lejano en que el anonimato será el auténtico lujo, el paraíso un espacio ciego, como el que queda en los retrovisores, la vida privilegiada aquella que crece a partir de unos ojos, los propios y los amados.