L’Ombra della sera

Absolutamente decepcionada y sin ánimo para afrontar de nuevo lo que nos espera, mi forma de protestar, por la incapacidad manifiesta de algunos para ponerse de acuerdo, será la de no mencionar nada que tenga que ver con la política hasta pasado el 26 de junio próximo. Hay demasiadas cosas en el mundo por las que creo que vale la pena interesarse, como para seguir dando vueltas a lo mismo.  Por esta razón me gustaría compartir con ustedes una experiencia reciente de viaje en el espacio y en el tiempo. 

Al sur de Toscana, siete siglos antes de nuestra era, la civilización etrusca, establecida en el valle de Chiana, fue la primera en cultivar sus tierras de forma intensiva; de su tradición ganadera vacuna parece que todavía perdura la raza Chianina, que produce una excelente carne que aconsejo probar a quien visite la región.

Los tuschi, como ellos se llamaban a sí mismos, conocidos en la Antigua Grecia como los tirrenos, y por nosotros como los etruscos, dominaron el territorio entre el río Arno, el Tíber y el mar Tirreno durante casi siete siglos. Su riqueza surgió de su capacidad para el comercio y sobre todo para procesar los minerales, en un momento en que el uso de la moneda se generalizaba. Su mayor debilidad quizás fuera que nunca llegaron a ser una nación unida y fuerte sino un conjunto de ciudades-Estado, que peleaban y se traicionaban entre ellas; aunque sin duda su principal problema fue que un poblado vecino, llamado Roma, no estaba dispuesto a compartir el poder con nadie, como suele suceder con los grandes imperios.

Etruria no fue nunca un país, como tampoco la Grecia clásica, sino un conjunto de ciudades que compartían lengua y cultura. Aun así los etruscos dejaron profundas huellas que hoy confundimos con las de los romanos; sin ir más lejos, uno de los símbolos emblemáticos de Roma, la Loba Capitolina, es en realidad una escultura etrusca.

Entre ondulantes colinas, muchas de aquellas urbes pueden visitarse todavía: Volterra, Cortona, Arezzo, Perugia, Viterbo, Orvietto… Los frescos de las tumbas etruscas y la cerámica representan una infinita fuente de información sobre aquella civilización, sobre su vida cotidiana, sus viajes, sus banquetes, sobre el papel de la mujer y especialmente sobre su deseo de trascender a la muerte. En cualquiera de los museos etruscos de estas ciudades podemos hoy contemplar los numerosos sarcófagos de piedra o terracota cuyas figuras plasman en la serenidad de sus miradas y en lo que hoy conocemos como la “sonrisa etrusca”, todo un compendio de vida.

Pero más aún que los famosos sarcófagos para mí han sido reveladoras las estatuillas votivas, generalmente de bronce, conmovedoras por su modernidad y por su relación profunda con el arte moderno. Las figuras son casi filiformes, muy esquemáticas y con cabecitas diminutas pero perfectamente dibujadas. Esas figuras puede que representaran para los etruscos una comunicación con el más allá, una forma de establecer contacto con el alma del difunto. Incluso Giacometti habría dicho a su gran amigo Jean Genet que le gustaría hacer una estatuilla y enterrarla, para que sólo fuese descubierta cuando nadie más se acordara de él y cuando las huellas de su nombre hubiesen desaparecido. Una hermosa forma de cruzar el umbral de la eternidad, ¿quién sabe si al final no lo hizo?

El Museo Guarnacci, en Volterra, alberga una de las grandes colecciones etruscas. Su obra maestra es una escultura del siglo III a. de C., de 57 centímetros, que representa una figura humana rectilínea y alargada, con los brazos pegados al cuerpo, rematada por una cabeza de rasgos perfectamente trazados. Apareció en el siglo XVIII, y la leyenda dice que un campesino la utilizó durante años como atizador. Fue el poeta Gabriele D’Annunzio quien la bautizó L’ombra della sera (La sombra del atardecer). Fue una de las principales fuentes de inspiración del escultor suizo Alberto Giacometti, una relación que exploró  hace unos años la Pinacoteca de París con la muestra  que se llamó “Giacometti y los etruscos”. Otro puente directo entre los etruscos y nosotros.

Maria Valeska

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