Apareció sin estruendo y una puesta en escena tímida de apenas dos relámpagos vociferantes. Poco énfasis para considerarlo a la usanza de santo advenimiento, no obstante, su descubrimiento contó con graves dosis de misterio. Rosamunda Hoffman fue vista por primera vez vagabundeando sus pies entre las aguas de un regato, apoyada sobre el último terebinto de la vereda y acariciando los pétalos pentagonales de las flores primitivas. Un grupo de ociosos pastorcillos acudió presto a la escena y fueron ellos quienes arrojaron la noticia como una nube espesa entre el vecindario que, inquieto, personó a la guardia civil en el lugar de autos para verificar en escueto sumario que se hallaba ante una mujer de voz antigua, mirada inquietante y edad indefinida, aunque de galana apostura. Más tarde pudiéronse constatar fonemas semíticos, lágrimas en los ojos y casi media eternidad en la existencia.
Cuando su presencia se hizo cotidiana por las calles del pueblo hubo quien la sentó en su mesa, otros diéronle cobijo en la noche, algún samaritano le lavó la ropa y un zapatero cristiano aseó sus pies. Todos le reclamaban palabras, versos sueltos con que rematar sonetos, frases lapidarias, sentencias, un texto en el que poder creer. Los más ambiciosos, un milagro. Rosamunda les mostraba apenas una mínima sonrisa en su rostro, una mueca ya vista en un cuadro de antaño que está en París -comentó alguien- para acto seguido abandonar las hospitalarias moradas y sumir a sus exigentes moradores en la incertidumbre del descontento.
Cuando hallaron armonía suficiente en un lenguaje con el que poder una y otros comunicarse, Rosamunda hizo comprender que lamentaba haber perdido la pista de sirenas y centauros; sicomoros, esfinges, dunas, arenas, sombras… con la previsible añoranza de lo perdido pese a dejar de ser deseado. Las gentes del lugar ante semejante paradoja simulaban rictus de comprensión alzando cejas, cerrando forzadamente la boca y girando levemente la cabeza con gesto de inmensa tolerancia hacia la que consideraban una auténtica orate.
Tal fue la insistencia de una y la forzada comprensión de los demás que se instó a la autoridad a tomar partido mediante su alcalde, quien aduciendo falta de tiempo delegó en la gobernación provincial para nominar ésta a la asesora Tamara Galindo, que presentóse en el lugar apenas fue requerida (más de un mozo viejo la reconoció con el ignominioso alias de “La Chata” *). Como primera medida Galindo inició una recogida de firmas con el fin de elevar a Rosamunda a la categoría de clavariesa y para ello fue mostrada públicamente en el albero de la plaza formado a tal efecto con carros y remolques, para así iniciar la solicitud formal de avales entre la Teocracia local. Parecía que Tamara inclinaba la balanza a favor de su iniciativa frente a quienes entre el improvisado graderío deliberaban la conveniencia de acomodarla como samaritana en la cofradía de la Buena Muerte cuando Rosamunda, que apenas entendía semejante dislate, comenzó una levitación vertical de cuarenta y siete centímetros por encima de las arenas, algo que consideró una atracción estimulante capaz de distraer los bostezos del personal observados desde los medios. Fue peor el remedio que la enfermedad.
El padre Teócrito Maluenda, arcipreste de esa villa, de otras cinco y feligresía cercana a dos mil almas (y a quien tampoco se le escapó el reconocimiento de “La Chata”), suspendió de inmediato la diatriba al grito de “¡Vade retro, Betsabé!” reclamando a la fuerza pública que con desmedida disuasión suspendiera el espectáculo a golpe de porra y gas arrojando balance de dos heridos por arma blanca y negra respectivamente, seis contusionados por coscorrones de carácter leve y más de veinte arrestados al azar, de los que catorce fueron puestos en libertad tras habérseles tomado la debida e impertinente declaración y presos hasta nueva orden en las dependencias policiales un mendigo, dos beodos y tres supuestas meretrices sin documentación aparente, idioma portugués y tez sospechosamente oscura. Rosamunda entristecía a escape mientras La Chata hacía un discreto mutis por el foro electoral.
Agotada la vía romera el pleno del municipio accedió a las presiones de la prensa alcahueta personándose a tal efecto en el pueblo un arsenal de cámaras, focos y micrófonos inalámbricos en manos de jóvenes ataviados estrafalariamente, muy en discordancia con los sencillos atuendos de boina y tergal con que se daba color habitual a las embarradas calles de la localidad
Pertrechada a la fuerza Rosamunda en sillón de mimbre remendado, una presentadora de voz abdominal, morrete encrespado y peinado de ondas inquebrantables comenzó la batería de preguntas nutridoras de audiencia. De entre todas las respuestas de la forastera sobresalió sin duda la ausencia absoluta de extrañeza sobre la carga experimental de su propia vida, una bagatela según ella al comprobar que las vísceras de difuntos alcanzaban a reparar vidas de crónicos enfermos, que la comunicación entre semejantes cubría distancias antípodas en décimas de segundo o que sabinares y hayedos eran sustituidos por parques y jardines de urbanizaciones, lo de su levitación y perpetuidad espacio-temporal era simple juego de niños.
Detalladamente manifestó entre susurros haber sido testigo de los verdaderos motivos por los que la muralla de Jerusalén fue devenida en escombrera, de sus conspicuos lances amorosos con Dionisio de Halicarnaso (más tarde reencarnado en el canciller Konrad Adenauer, como todos saben) y hasta de describir la comprometedora y escabrosa escena que su compañera de éxodo Jébele Hunoc contempló en los arrabales de Sodoma segundos antes de su salado modelado.
Ante semejantes y escabrosos testimonios el comité integrado por el alcalde, Tamara, don Teócrito y el cabo jefe de puesto decidieron disolver la programación. Hubo quien propuso arreglarle una paga de desagravio, pero no hubo administración que hiciérase cargo de la cuantía y plazos, que a tenor de los acontecimientos semejaban excesivos. Un escultor de moda comarcal, muy imbuido del expresionismo abstracto de corte naíf presentó el presupuesto de un boceto para erigirle un monumento, algo que se consideró seriamente por ser la salida menos indigna, pero una inesperada auditoría de cuentas en la corporación municipal dio al traste con la empresa.
Ahí no paró la cosa. Ajena totalmente Rosamunda a los recelos inspirados dio en relatar de manera objetivamente histórica las intrigas que senescales, cabildos y bailíos bizantinos propiciaron la caída de Constantinopla en manos sarracenas. Con muy buena intención histórica, no digo que no, pero tan inoportunos como inculpatorios y definitorios fueron susodichos informes.
Ante semejante cúmulo de contratiempos no hubo más remedio que aplicarle uno de los artículos más peliagudos de la Ley de Extranjería, conllevando una inmediata deportación a la playa de El Tarajal, Ceuta, desde donde se la puede vislumbrar en las imágenes de los telediarios dando de beber a los encaramados en las vallas que separan, una vez más, el bien de todo lo demás.
Ramón Díez
(Véase “REFORMAS” en el núm. 47 de esta revista)