La neblina cocida por el sol descansaba sobre la arena sin dejar apenas una sombra. El mar, tensamente intranquilo, mecía esa bruma ausente de pájaros con su oleaje perpetuo cuya milimétrica cadencia presagiaba los peores augurios.
– ¿Pero qué coño hago yo en una playa nudista? -. Azucena Priego hizo un mohín
desencantado e inmediatamente se puso bañador y falda vaquera, recogió un cesto de enea donde metió sus cosas y buscando las llaves del auto atravesó las protectoras dunas camino del parking. Acomodada y climatizada en el asiento de su 4×4 no tardó más de diez minutos en plantarse frente a la verja de su adosado tocando el cláxon (¡con qué brío!) anunciador de su regreso. De inmediato, unas bermudas rellenas de fiel esposo le subieron la persiana abriendo un garaje muy bien aprovechado con estanterías rebosantes de artículos de bricolaje, botes de pintura, bicicletas y máquina cortacésped.
– ¿Tan pronto de vuelta, cari? No te esperaba hasta las dos.
– Digamos que tengo ganas de… hablar contigo.
Realmente aquella mañana estaba saturada de contrariedades y Lucio Moratalla, informático free lance, temióse lo peor. Acompañando a su robusta y sudorosa esposa hasta la principal estancia (tiernamente recogida por el talle), la arrellanó entre los cojines del inmenso sofá para, sacando fuerzas de flaqueza, preguntarle con débil hilo de voz: -Tú dirás…
Y vaya si dijo. De su boca salió una retahíla de aseveraciones que fueron
desde:
A.- Esta cómoda e insulsa vida ni me dice ni me llena absolutamente nada.
B.- Hace más de tres meses que mis orgasmos de los jueves son fingidos.
C.- He descubierto que la criada se pone mi ropa interior.
D.- He conocido a otro hombre.
E.- Tengo remordimientos.
Hasta: F.- Hay días en que, al salir del trabajo, en lugar de ir al gimnasio me salto la dieta y tomo un vino y una tapa de callos en un bar, y no sólo eso, a continuación, me quedo viendo como juegan a la baraja.
Pasando por: G.- Voy a darme una ducha, prepara la comida.
Aturdido por semejantes confesiones, Lucio abrió la nevera, enganchó en el aire de manera refleja una caja de supositorios mal ubicada y se tomó dos vasos fríos de leche ensojada. Aún tuvo arrestos para preguntarle mientras alejada por el pasillo la veía despojarse del turbante:
-¿Y eso, amor mío, cómo has podido vivir con semejante zozobra?-. Portazo y chorro de agua le dejaron en ascuas.
Fueron pasando los días, entre agotadoras horas repartidas por la oficina Consulting y Recursos Humanos donde ella colaboraba y los farragosos programas informáticos anti-escaqueo de trabajadores menos cualificados que diseñaba él (el verbo trabajar recién acababa de desaparecer de la urbanización que moraban) combinando clases de yoga, coaching, fitness y padel, acabando la tarde del viernes en la semanal asamblea de padres de alumnos que organizaba la escuela cooperativa a la que acudían sus cachorros, dándoles voz pero no voto, abordando temas infantiles tan elementales como la autoafirmación interactiva, los valores creativos ónticos o las técnicas individuales de dominio y abuso del más débil que iban asimilando los niños con vistas a un prometedor futuro de liderazgo.
Transcurridos tres meses desde el inicio de nuestra historia, hizo Lucio acopio de seis grajeas de ginseng y arrebolado por la euforia dijo a su esposa sin prisa, pero sin pausa, a bote pronto:
A.- Mi ritmo de vida tampoco me llena, pero me lo da todo.
B.- Cada día me cuesta más empezar cualquier ejercicio gimnástico contigo.
C.- También a mí me falta dinero de la cartera.
D.- Frecuento salas de masajes.
E.- Me acosa la culpa, pero lo justo.
F.- Fumo a escondidas.
Semejantes divergencias maritales pusieron más que en entredicho aquella consolidada y armónica vida marital. Evitaremos detalles sobre los reproches, alusiones a las respectivas familias, llantos, acusaciones y viejos rencores anidados de antaño que culminaron en sonoros sofocones, zapatiestas histèricas y engrescadas zarrampainas, todo ello aderezado con constructivas semanas exclusivas de uso personal (ella partió una semana a Las Azores, él a las playas de Taormina), reparador crucero romántico en común por el Báltico (con buffet, barra libre y espectáculos arrevistados por la noche), consultas a consejeros matrimoniales aprestados en dar una solución al conflicto y spas, mucho spa, y relajaciones, y aromaterapias de pétalos con sabor a tutti frutti. La madre de él llego a concertarles incluso un íntimo y tonificante encuentro con su confesor de cámara pero la solución vino a través de IKEA (lugar que frecuentaban los sábados, puesto que los domingos los dedicaban a misas de doce) comprando la pizzarra donde escribieran al alimón pros y contras de la situación, ganando los primeros por goleada histórica sobre los contras, pues hallábase allá la suma de dos cuantiosos ingresos mensuales, una católica herencia en el aire alérgica a cualquier interpretación de divorcio, unos vástagos francamente maleducados y difíciles de soportar desde la individualidad (amén de unas onerosas clases de piano, esgrima y equitación) y una pequeña pero coqueta ganga a la vista en forma de casita en Porto, muy útil para el desarrollo del idioma y cuajadita de gardenias su jardín.
El abrazo de Vergara no se hizo esperar y la aplaudida reconciliación supuso una sonora merendola en Disneylandia para, al regreso, emprender en colaboración conyugal sana una concienzuda taxonomía laboral cuya conclusión, aprobada por el Consejo de Dirección, recabó una caterva de despidos masivos a todos los mayores de cincuenta años en las empresas que Azucena asesoraba no sin imaginación y Lucio colaboraba con igual tesón. O sea, que se levantaron a más de medio polígono dejándolo listo para una amplia y cómoda urbanización de adosados y el resto para la explotación de un parque temático referente a la antigua historia del movimiento obrero y sus desmanes sindicales, iniciativa ésta que les supuso un prestigioso currículum y una estupenda remuneración con la que dar ese empujón que necesitaban casita, jardín y deudas viajeras, las cosas como son, porque… no nos engañemos, se vive solamente una vez.
Hoy la vida sonríe a esta familia. Los niños, aunque han repetido curso de catequesis, se crían fuertes y vigorosos. Mamá dedica su tiempo libre a dirigir un taller de Oración y Rezo tutelado desde Izarra por Fray Cebolla y papá, bueno… papá ha diseñado un programa informático que averigua en cada momento cómo y en qué despilfarra cada parado la ayuda familiar no contributiva. Se rumorea que va candidato al Príncipe de Asturias.
Ramón Díez