Hubo un tiempo en que Europa fue abierta, cosmopolita, multicultural; una verdadera tierra de oportunidades donde ciudadanos de dentro y de fuera podían prosperar sin temor salvo a su propia capacidad de trabajo. Cierto es que no existía el llamado acuerdo Schengen, pero podías viajar a cualquier país tan sólo con tu pasaporte, excepto en aquellos que todavía sufrían regímenes comunistas con las normas y la rigidez que imponía el Telón de Acero, donde te exigían un visado para poder entrar; como fueron las extintas Yugoslavia y Checoslovaquia, Hungría o Polonia.
De Inverness a Zadar, de Lisboa a Praga, de Uppsala a Roma, los españoles que pensábamos que África terminaba en los Pirineos sentíamos cierta envidia sana de estas tierras pues su visita nos permitió comprobar de primera mano que estábamos muy lejos de equipararnos social, política o culturalmente.
Me gustaba aquella Europa: de grandes viajes y hermosos lugares. Como la ruta del Loira, en cuyos márgenes podías visitar los castillos y palacetes más hermosos del país; Blois, Chenonceax, Azay-le-Rideau o Chambord son sólo cuatro ejemplos; aunque si alargabas el recorrido podías acercarte a la Bretaña y disfrutar del bosque de menhires de Carnac o de un pequeño pueblo de cuento de hadas enclavado literalmente dentro del mar como era Le Mont Sant Michel. De la misma manera que podías irte a Suecia y, si disponías de tiempo, cruzarla de norte a sur sin tocar tierra, pues era conocida como la región de los mil lagos (por cierto, ver el sol de medianoche no tiene precio).
Como he dicho Europa era multicultural, lo que permitió que una relación epistolar de varios años acabara en una visita de varios días a unos amigos daneses; ¿daneses? Por nacionalidad, sí; pero él es chileno, ella es del cantón alemán de Suiza y, sí, los hijos, daneses. Incluso los países comunistas, y a pesar de esto, eran distintos; ¿de qué manera se entendería, sino que el guardia que custodiaba la sede del parlamento húngaro en Budapest nos hiciera de guía para explicarnos los detalles históricos del edificio?
Podías, incluso coger autoestopistas (algo que ahora está totalmente prohibido) y llevarles de Trieste a Sarajevo sin problemas. Es más, para agradecerte semejante detalle te invitaban a comer en su casa, ¡y eran comunistas! O esa otra ruta que sigue el curso del Rin, desde su nacimiento en Suiza hasta su desembocadura en Rotterdam, cruzando la Selva Negra alemana y atravesando poblaciones tan magníficas como Heildelberg, Koblenz o Mainz (esta última, hermanada con Valencia).
Si, me gustaba aquella Europa. Pero no queda nada de ella salvo recuerdos. Nunca tuve muy claro dónde empezaba y acababa el continente europeo; a fin de cuentas, sus primeros pobladores entraron por los Urales y el continente americano está poblado en su mayoría por descendientes de europeos; sin embargo, ahora sí sé, desgraciadamente, dónde acaba; o al menos eso es lo que quiere Bruselas: poner límites y levantar vergonzosos muros.
No reconozco esta Europa en la que nos gobierna una Alemania, con su canciller Merkel a la cabeza, que impone sus políticas (como hiciera hace setenta años, pero ahora sin sangre). No me gusta un parlamento europeo cuyos dirigentes -la dichosa Troika- nos imponen, asimismo, reformas y recortes, en especial a los países de la cuenca mediterránea, mientras ellos se suben los sueldos.
La Historia se estudia, entre otras cosas, para no olvidar los errores del pasado y, así, evitar caer en ellos de nuevo. Bueno, pues reniego de este continente que ha perdido con demasiada facilidad y muy rápidamente su memoria; ¿o es que nadie recuerda o ha leído lo que pasó durante y después de la Guerra Civil española o la 2ª Guerra Mundial? Hubo cientos de miles de emigrantes y refugiados europeos y ningún país limítrofe con Europa cerró sus fronteras como estamos haciendo nosotros de forma tan ruin y miserable.
Quiero dejar claro mi más absoluto rechazo a cualquier tipo de terrorismo, venga de donde venga y lo ejerza quien lo ejerza, pero algo estaremos haciendo mal los europeos para habernos convertido en los últimos años en objetivo de descerebrados y locos. Y es que una mala política exterior europea, sumada a la nula atención y al ninguneo a los que hemos sometido a los colectivos de inmigrantes y sus descendientes han sido el caldo de cultivo idóneo para “fabricar” caladeros de yihadistas. Por no hablar del abandono al que hemos llevado a miles de refugiados magrebíes, subsaharianos y, en última instancia, sirios.
Los países europeos, gobernados en su mayoría por partidos de derechas, no sólo están haciendo dejación de funciones con sus políticas restrictivas, sino que están permitiendo, cuando no alentando, el auge de partidos de ultraderecha que, además, están acaparando cuota de poder de forma alarmante en parlamentos e instituciones (prefiero la Hungría comunista que conocí a esta que repele a tiros a los refugiados sirios).
Urge, pues, un giro radical en nuestra forma de hacer las cosas; y eso pasa por atajar el problema de los refugiados, pero desde su origen; pasa por cambiar las políticas económicas ultraliberales por otras de corte keynesiano; pasa, en fin, por sustituir la políticas sociales por otras que no ahonden en tantos recortes y reformas simplemente para mejorar los números de las grandes corporaciones.
Mientras Europa siga mirándose el ombligo entre reuniones del Eurogrupo, del G-20 o del G-7, nunca se solucionarán los problemas. Señores políticos, ejerzan de tales o dejen paso a otros que tengan ideas y ganas de trabajar para las personas a las que Uds. ya no representan. Nos jugamos nuestro futuro y el de los refugiados.
Moska