EX CATHEDRA

El distrito Universitario de Nueva Asdrubalia fue atacado en la década de los noventa por una batería de impertinencias que llevaron a la dimisión y cese inmediato de sus funciones como rector a Don Celedonio Orenga, decano con más de cincuenta y cinco años de servicio dedicados a la investigación y docencia sociológica desde uno de los departamentos de cátedra con mejor aire acondicionado de todo el campus estudiantil.

            La batería de conflictos inicióse desde el instante en que uno de sus más valorados profesores adjuntos, experto en mantener la temperatura de los cafés con leche y los churros en el recorrido de la cafetería al aula, fue interpelado no sin gravosas dosis de inquina desde las tribunas aprendices de ciencias criminológicas con la pregunta de si los confidentes de la policía nacían o se hacían, ahondando en esa eterna polémica sin resolver sobre esencia y existencia. Desarmado por completo al no contemplarse en el temario semejante demanda derivó la pregunta por orden de escalafón hasta llegar a Don Celedonio. Éste, rojo de cólera al saberse enterado de semejante aparato, convocó inmediatamente un seminario entre sus colegas de diferentes ámbitos con el fin de descabezar ipso facto semejante conjura. Pero fue peor el remedio que la enfermedad, pues cada docente entrevistado dio una opinión diferente al respecto quedando muy lejos el cónclave de hallar   solución y sí cercano al cisma. Las actas de dichas deliberaciones pueden hoy leerse en los anales universitarios y son todavía motivo de desaire su recordatorio, cuando no de escarnio.

            Pero no quedó ahí la cosa. Varias facultades al unísono fueron asaltadas por un extraño virus que afectaba a muchos de sus pedagogos allí congregados y que consistía, a groso modo, en que los más soeces programas de televisión, normalmente denostada por todos ellos, aparecían amenos a sus ojos inmediatamente antes de partir desde sus casas camino de la correspondiente jornada laboral. Este parecer tan curiosamente esparcido entre el cuerpo de catedráticos fue analizado con  taxonómica entrega por los laboratorios de Biogenética  Andariega e incluso de Botánica del Devenir, arrojando los estudiosos de una y otra industria unas pobres conclusiones y un ajado informe en el que se recomendaba acostarse un poquito antes cada noche para así poder mejor madrugar. Don Celedonio estaba que trinaba.

            Varias fueron las medidas coercitivas que se tomaron desde los despachos, a saber: privación sine diem entre los discentes de cortarse el pelo en sastrerías o modistas; requisa masiva de cualquier arma blanca en los bolsillos del profesorado durante épocas de examen; impedir la entrada en los doctorados de cualquier manifestación prerrafaelita; retirada inmediata de toda subvención a la compra de cuerdas de bandurria para la tuna; uniformidad en el tamaño de las borlas de los birretes; restricción de las horas de pastoreo en los verdines del rectorado y la elaboración de panfletos en diferentes idiomas conminando a dejar de besarse por salas, pasillos y ascensores, con especial énfasis en el retrete del Aula Magna.

            Todo en vano. El doctor emérito en Derecho, D. Avelino Cubells, dijo tener un hermano exorcista en un monasterio de Solsona (Lleida), eficaz en la  desdemonización de espacios públicos, pero la Comisión Económica hubo de pronunciarse negativamente al disfrute de sus servicios aduciendo falta de presupuesto en las dietas, conflictos lingüísticos irreparables y problemas derivados de transferencias educativas.

            Agotada pues la vía trentina  y viendo Don Celedonio a través de sus bonachones ojos como la nave del saber cristiano íbase a pique en medio de tanta injundia, zozobra y sabotaje, resolvió entregar la cuchara  apalabrando con su gestor una honrosa jubilación que le dedicase desde aquella sabia determinación a los cuidados paliativos de su anciana mascota, buscar las recomendaciones oportunas para la colocación de varios de sus nietos entre las consejerías del nuevo rectorado y a la lectura pausada y fehaciente de las memorias estilitas de Fray Cebolla, ocultas en los anaqueles de doble fondo de su biblioteca erudita para pergeñar a vuela pluma entre sus apuntes la caterva de infamias con que viéronse calumniados los últimos días de su ilustrada carrera. Dudó en un principio entre titular dichas memorias entre “O yo o el caos” o “ Arrieritos somos”, pero acabó decantando su preferencia por el de “Insaciables tórtolos”. El tiempo lo conduce camino de la incunabilidad.

Ramón Díez

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