– Le he dado me gusta a más de 20.000 páginas. Empecé con que me gusta Kafka, claro, ¿a quién no le gusta Kafka?, luego que si Satie, que si Flaubert, que si Pessoa, más tarde que si el autobús “Unidad uno” de Johnny Cash, que si los encuadres bizarros de Carl Theodor Dreyer, que si el aire visible que respiran los personajes de Raymond Carver. Ya no puedo parar. Todos los días busco nuevas páginas a las que declarar mi gusto, consciente de que, en lugar de definirme, me desdibujo, en lugar de mover los brazos desde esa isla desierta que es nuestra soledad, me ahogo en el mar de la multitud. ¿Quién va a rescatarme así? Es un problema… Temo que algún día no quede nada que me guste sin clicar. En realidad, no es del todo cierto, lo que temo es que no haya fin, que me sigan gustando páginas y más páginas hasta que… hasta que… ¿entiende lo que le digo?
– Ajá…
– Y entonces me pregunto: ¿qué es la cultura?, ¿un escaparate, una plancha de estampación para camisetas? La cultura ¿se consume, se esnifa, se gusta? El otro día fui a ver una peli sólo para poder darle al me gusta, porque ya sabía que me iba a gustar. ¿no es de locos?
-visto así…
– No hay carretera humana para tanto coche. Y claro, el nivel va bajando. El otro día cliqué en Me gusta el cine, así sin más. ¿Qué será lo próximo, que me gusta respirar? Francamente, estoy preocupada, esto se me está yendo de las manos. Temo que desemboque en un trastorno obsesivo compulsivo, eso que llaman con acierto TOC, como un golpe dado a la puerta del cerebro. ¿Qué opina usted?
-Mmm…
– No puedo parar. Todo empieza con un deseo frágil que eclosiona con un clic. Pero cada clic, en vez de calmar mi sed, la aviva y esa sensación inicial placentera crece y crece en intensidad hasta volverse monstruosa. Y entonces… entonces…
– Lo siento, se ha acabado su tiempo. Denos un megusta si le ha gustado nuestra sesión de terapia.
Bárbara Blasco