Encerrados

 

susurradoraLa mujer pelirroja agita las llaves de la mazmorra con una sonrisa malévola en el rostro. Siempre le ha gustado llamar mazmorra a la especie de granero desvencijado que acaba de cerrar a cal y canto desde fuera. Dentro, tan solo una mesa, tres sillas, un fregadero, un minúsculo excusado. Y todo el tiempo del mundo para tres hombres encerrados. El cuarto, el de la barba, sigue perdido en otra clase de encierro, el enclaustramiento en sus propias ideas obtusas.

Ni una ventana que deje adivinar si llueve o hace un sol inclemente, si es de día o de noche. Una solitaria bombilla encendida cuelga del techo en el centro de la mesa. Con toda la intención, les ha dejado tres botellas de vino y un poco de queso. La experiencia le dice que el vino suelta la lengua, libera los miedos y acerca las miradas. El mundo necesita que eso ocurra.

Ninguno de los tres ha opuesto resistencia al encierro. El susurro de la pelirroja es como canto de sirena, anula las voluntades y conduce las naves felizmente al destino elegido.

El del pelo largo atado en la nuca es el primero en abrir la botella y llenar los tres vasos. Ya que están allí, mejor aprovechar las ventajas. El más alto coge el suyo y brinda levantando una ceja. “Por el acuerdo” El tercero, el que tiene cara de no haber roto un plato, mira escéptico su vaso, pero al final lo atrapa y se lo lleva a los labios. Luego alega: “Mejor será que lleguemos a alguno. Ella ha dicho que abrirá la puerta cuando lo consigamos. Y lo sabe todo, se entera de todo, no podemos engañarla”.

El alto se gira hacia el hombre con coleta: “¿Tú qué piensas?” “Que estamos aquí para entendernos” responde el otro. ”Pues vamos a intentarlo”, propone. El tercero, el de la sonrisa intachable, vuelve a beber de su vaso y alega: “No va a ser fácil”. ”Nadie dijo que lo fuera” replica el del pelo largo con su risa de conejito malote. El alto interviene tras dar un largo trago a su vino. “Utilicemos bien nuestro tiempo Bebamos y hablemos. Hemos de llegar a un pacto”.

“Desde luego, es lo que ha gritado el pueblo, lo que nos está pidiendo” señala el de la coleta.

“Bueno, pues cada uno que diga a lo que no quiere renunciar” propone el tercero.

“¿Y si ponéis sobre la mesa lo que tenéis en común, lo que todos buscáis?” La voz de la susurradora retumba en sus cabezas dejándolos desarmados.

Los tres alzan al unísono sus vasos y se los llevan a la boca. Después se miran por primera vez a los ojos.

La mujer pelirroja camina pisando la hierba amarillenta hacia la Harley que ha dejado oculta en la espesura del bosque. Solo un pájaro carpintero se hace eco de su presencia. Ella mira hacia arriba intentando adivinar su escondrijo y guiña un ojo a la nada.

Sabe que regresará pronto y abrirá esa puerta.

Escrito por Sin disculpa (Valencia)

Un comentario en “Encerrados”

  1. Aquí no se ve borroso jajaja,por fín lo he podido leer.Tendrás que esperar otra ocasión para verme con gafas.
    Por cierto ,la pelirroja está perdiendo pecas.A cuidarse y se me portan bien.

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