Fue Don José Luis un ímprobo funcionario del cementerio de mascotas muy esmerado en el trato, intachable conducta, solícita diligencia y eficacia contrastada a lo largo de sus cuarenta y siete años de activo desempeño.
Aprovechando tanto su envidiable condición física como su gallardía intelectual no escatimó recursos Don José Luis, una vez jubilado, con que comenzar un extraordinario currículum artístico cultivador de latentes y nunca olvidadas pasiones de otrora.
Dotado de fino oído retomó sus clases de solfeo y piano iniciadas en su lejana infancia, atreviéndose incluso con minuetos de violín; su exquisita memoria le permitió recordar y, por ende, perfeccionar, buena parte de los vocabularios franceses, ingleses y algo alemanes almacenados en profundos pliegues de su cerebro, adquiriendo toda vez recursos lingüísticos necesarios con que aumentar su copiosa biblioteca. Viajador empedernido anduvo siempre en sus rutas acompañado de cuadernos y pinceles para recordar en sus notables acuarelas los lugares visitados; de aquellas melancólicas aguadas tradujo no menos entusiastas crónicas de sus periplos, publicadas indefectiblemente a sus regresos en el periódico local. Se permitió incluso algún soneto colaborador en gacetillas literarias, formidablemente criticado, que repartió generosamente en las veladas y soirées que con gusto organizaba en los salones de su casa. Nunca tuvo reparos en obsequiar a sus invitados con romanzas cantadas durante la sobremesa, ni de repartir los escasos recursos monetarios que recabó entre las diferentes ONGs que apadrinaba. Avezado gastrónomo, pícaro sumiller, afortunado galán y sofisticado hombre de honor y palabra, contestó disciplente a la curiosa pregunta sobre sus denodados esfuerzos en pro de tan filantrópicas veleidades culturales.
– “No hago sino cumplir un arraigado sueño de juventud que adobado en mi madurez puedo hoy definitivamente explayar: siempre quise ser una dama ilustrada de finales del XVIII”.
Y vaya si lo consiguió. Hoy su lápida reza “Doña Josefina Amescúa, marquesa de Pastrana”.
Ramón Díez